martes, 31 de julio de 2018

Hoja 25: Leer después de comer (edición 2018)

Como estoy con la circularidad del viaje, aquí va una caja de los mejores donuts del mundo, hechos por manos amish en Pennsilvania.

(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bennington (Vermont)-Nueva York (Estado)-Nueva Jersey-Lancaster (Pennsilvania)-Gettysburg (Pennsilvania): 620 kilómetros.

Otra nota previa: Aunque siga el formato habitual, este post solo hablará de comidas (excepto la historia), porque sé que es os mola y una foto al día no es suficiente...

Una canción: 'Space Oddity', de David Bowie. Para una canción grandiosa en todo (forma, contenido, etcétera), una de platos que podrían haber entrado en los premiados de cada día perfectamente. O sea, los mejores.







Por orden de fotos: 

-El caimán de Cochon, en Nueva Orleans. En su día dije que comí cocodrilo y era cierto, pero lo fue en una especie de tarta de queso y sabía a tarta de queso. Aquí comí trozos como croquetas de abuela de grande y, bueno... supongo que depende de cómo lo hagan. Aquí, en el Cochon, lo rebozan finamente y le ponen una salsa picante genial. Estaban maravillosos. Por lo demás, el caimán no sabe a nada especial, aunque su textura es algo dura, como de conejo de hace dos días. Pero eso de que es como el pollo... si se refieren a que no tiene sabor distinguible, vale. Lo que está claro es que es una carne para tratar y depende de lo que la acompañes o le eches al guiso. A la brasa debe de ser como morder una suela de una zapatilla de esparto. 

-El pato con mole y picante, de Frontera Grill, en Chicago. Comida mexicana cuidada y detallista. Sabores intensos pero reconocibles bajo el picante. 

-Mero con verduras, del Husk, en Charleston. Parece simple (y de tan simple, le sobra tanto cilantro que le ponen para darle algo de sabor que no necesita). Aunque esas habitas diminutas, el tomate casero y el mero, claro, perfectamente cocinado, lo llevan a este particular podio. 










Un libro: 'El poder y la gloria', de Graham Greene. Y aprovecho para recuperar aquel día en el béisbol en Chicago, con su cerveza, su perrito cutre que venden entre las gradas, un perrito que me tomé el día antes como Chicago manda (como pidas ketchup te dan patadas hasta Seattle) y, tras el partido, el bocadillo de ternera típico de la ciudad del sitio más típico, el Al's (en su franquicia junto al estadio de los Cubs).





Una película: 'El imperio contraataca'. En mi altar de la ciencia ficción y aventuras. La uso para destacar otros tres grandes platos:

-Salmón del Pacífico norte, en el Spinners, de Gold Beach (Oregón). Más blanquecino de los que conocemos en Europa, un sabor más sutil y elegante y menos intenso. 

-Las tortitas del Ruby's Slipper, en Nueva Orleans. A cada cual mejor: con sabor a crema la primera, de nueces y bacon (sí, bacon, la segunda) y con fresas, arándanos y otra vez bacon la tercera. 

-El surtido de pescado (merluza, vieiras, almejas y gambas: todo frito, claro) del Harbor View, en Bucksport (Maine). 



Un error: El Mickey's Diner de Saint Paul. Mucha fama en todas las guías, mucha cochambre (una limpieza o una inspección de sanidad le vendría bien), pero comida normalita (tostadas tipo bimbo, lomo con vetas y mucha patata para compensar). Encima es el único sitio en el que he estado en todo Estados Unidos en el que no me han rellenado el café ni una sola vez (ni preguntaron). Estaba vacío, no era por exceso de gente. 



Un descubrimiento: El Compass Rose Cafe de Brookings, en la frontera entre Oregón y California. Allá donde estuve atento a la tertulia política de los cazadores. Desayuné muy a gusto tortitas y esta tostada de aguacate con huevo pochado en un sitio muy agradable. Es más una sensación de lo bien que estuve que una comida especial. 



Una imagen: Tomarse un cóctel decadente en el Vesuvio (sí, ellos lo escriben así) de San Francisco. Era el bar donde se reunían los Gingsberg, Kerouac y demás beat. 



Un dato/hecho: Solo he comido hamburguesa en cinco ocasiones... casi como más en España de media que aquí (he estado un mes, no olvidadlo). Y solo puedo destacar la de la primera noche en el Gage, de Chicago. En concreto, era de venado. Tampoco pasaba del 6,5. Luego he tomado en Clear Lake -en una cadena que he olvidado hasta el nombre porque no había otra opción cerca- Bemidji, el posavasos de cartón del Gran Cañón y una en Nueva Orleans en plena juerga. 


Una comida/bebida: Las tortitas han sido la comida del viaje. Me ha dado por ahí este año, seguido de cerca por las french toast (con bastante peor suerte en este segundo ramo). En la imagen, las del Blue Benn en Bennington (Vermont) de este mismo martes. Una de frambuesa y chips de chocolate (espectacular) y otra de plátano y nueves (magnífica).

Lá unica novedad este año en Gettysburg es que me acerqué a la colina donde el 20 de Maine defendió una posición imposible.




Una historia: Como lo que pienso de Gettysburg ya lo conté el año pasado le robo un párrafo a Faulkner de su 'Intruso en el polvo' cuando cuenta a su manera la famosa carga suicida de los sudistas. La traducción es mía directa del inglés para no incurrir en derechos de autor nacionales: 

"Todo depende de ahora y lo sabes. Ayer no habrá terminado hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años. En cada chico sureño de 14 años, no una vez sino cada vez que lo desee, hay un instante cuando aún no son las dos en punto de aquel mediodía de julio de 1863, las brigadas están en posición tras la valla del ferrocarril, las armas están preparadas y listas en los bosques y las banderas enrolladas están ya aflojadas para desplegarse y el propio Pickett con sus largos rizos aceitosos y su sombrero probablemente en una mano y su espada en la otra mira ladera arriba a la espera de que Longstreet dé la orden y está todo en el alero, nada ha ocurrido aún, no ha empezado aún siquiera, no sólo no ha empezado aún sino que hay todavía tiempo para que no empiece nada contra esa posición y esas circunstancias que mandarán a la tumba a más hombres que Garnett y Kemper y Armistead y Wilcox, aunque va a comenzar, todos lo sabemos, hemos llegado demasiado lejos con demasiado en juego y en este punto no hace falta ser un chico de 14 años para pensar Esta vez. Puede que esta vez con todo esto por perder y todo esto por ganar: Pensilvania, Maryland, el mundo, la mismísima cúpula dorada de Washington que corone con una victoria desesperada e increíble el gambito desesperado, el órdago lanzado dos años atrás; o para cualquiera que alguna vez haya navegado en un esquife en plena marejada, el momento en 1492 cuando alguien pensó Esto es: el absoluto punto de no retorno, de volver atrás ahora y regresar a casa o navegar irrevocablemente y bien pisar tierra o sumergirse en el borde rugiente del planeta".

lunes, 30 de julio de 2018

Hoja 24: Belleza y verdad

Lagos de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bucksport y Bangor (Maine).Nuevo Hampshire-Bennington (Vermont): 800 kilómetros.

¿Y si tuvieran una plaza de becario en este periódico?

Una canción: 'Born to run'. Faltaba el jefe en la lista, el último poeta de los USA reales y rurales, urbanos y de extrarradio (con permiso de Dylan). Para echar a correr, para acelerar, para disfrutar siempre. 





Una película/serie: 'Beautiful girls'. Película bandera a lo largo de toda mi vida. Está ambientada en un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra (vale, de Massachusetts), pero podría servir casi cualquiera de esas poblaciones semi industriales, tristes, con un pub o dos donde se reúnen como pueden los que quieren algo de vida más allá de trabajo y familia. Una película imprescindible de los fracasos cotidianos y de la crisis de los 40 (y eso que me enamoré de ella a los 20).

Un mapa de nubes sobre Bucksport, en Maine.

Un libro: 'El atlas de las nubes', de David Mitchell. No he visto la película y sí lo he leído casi todo de este autor, a caballo entre lo fantástico, el terror, la novela de iniciación, el culto a la cultura popular, los guiños sentimentales y, por eso lo traigo aquí (y porque me gusta mucho toda su obra) por su empeño en lo circular, el determinismo a través de los siglos y las conexiones improbables entre personas diferentes.

A la izquierda, nectarinas; a la derecha, melocotones; en medio, los pluots.

Una comida/bebida: Los 'pluots'. No tienen traducción, que yo sepa. Son una mezcla entre los albaricoques y la ciruela. Por fuera, tienen el color verdoso/rojizo de los tomates kumato e incluso su textura exterior es similar, resbalosa y brillante. Por dentro, son rojo carmesí y dulces, muy dulces. Como una ciruela especialmente jugosa.  

Como las Meninas en Madrid esta primavera, Bennington está plagado de pumas artísticos.

Una imagen: El puma americano (o 'catamount') ronda las montañas de Vermont.

Al amanecer, sobre el puente colgante de Waldo, donde siempre paro antes de dejar Bucksport.

Un error: Una pena, para ser exactos. Me ha costado irme de Maine. Primero, me he desviado para desayunar, luego he tomado otro desvío para ver de cerca el pueblo de Carmel y, sobre todo, decidí hacer caso a una compañera de barra del otro día que me recomendó que entrase en Vermont por el norte. Eso hice, con lo que tardé mucho más en salir de Maine. 

Por allí vienen los caminantes blancos, ojo...

Un descubrimiento: Hay un Stark que ganó algo. Es el general Stark y la victoria de Bennington se recuerda como una de las grandes gestas de la independencia americana contra los ingleses. 

De izquierda a derecha, la bandera oficial de Vermont, la americana, y la de Bennington, que es la que cuelga luego por toda la ciudad. De la independentista no hay rastro, ni oficial ni en casas particulares.

Un dato/hecho: Hay cierta tendencia (de los que no son tendenciosos, qué va) en decir que Vermont es el Estado americano más independentista. Es cierto que fue independiente desde 1777 a 1791, pero si el mundo lo definen las banderas, no he visto ni una sola del movimiento que propugna la Segunda República de Vermont (y me he cruzado todo el Estado). Y sí mucha americana, como en todas partes, y en Bennington, la municipal, que es una variación de la nacional con un 76 recordando la independencia... de todo el país. 

Los puentes cubiertos de Bennington se usan aún como forma de cruzar un río. Yo he cruzado todos en ambas direcciones en coche.

El puente Henry es el más largo de los que he visto entre Iowa y Vermont.

Estampa cotidiana del centro de Bennnington, en Vermont.

Una historia: Cuando leáis esto seguramente estaré a punto de despertarme en mi antepenúltima mañana de esta Ruta Pop. Como dicen los de Semana Santa, ya he empezado la recogida a templo; en mi caso, he emprendido el camino hacia el sur primero y luego hacia el oeste poco a poco, buscando Chicago. 

Ya habrá tiempo de hacer balances (supongo, que habrá tiempo), pero empiezo a cerrar círculos incluso sin pretenderlo. Hoy ha sido el de los puentes cubiertos. Si la primera jornada de carretera me llevó a los puentes techados más famosos, los de Madison, hoy tocaba hacer lo propio con los de Bennington, acaso los segundos más famosos. Toda historia es circular, lo veamos o no, y esta ruta, que nació con la idea de volver a donde empezó, desde luego que lo es. 

Sin embargo, una cosa es la geometría y otra muy distinta la poesía. Dice Robert Frost, cuya tumba de encuentra aquí, en Bennington, que pasó toda su vida como si viviera en una pelea de enamorados con el mundo. No voy a desmentir al bueno de Frost (excelente en muchos casos), si bien sus palabras enlazan con los puentes para enamorados de Madison, donde tantos nombres lucen (o deslucen, con el paso de los años) en corazones de tinta o tallados en la madera. Donde también Mom recordaba las cinco muertes de su familia. 

Aquí, en Bennington, Mom no podría venir a escribir sobre sus hijos so riesgo de terminar atropellada. En la moderna Vermont (el Estado menos denso, uno de los más ricos, ajeno a casi todo y todos), los puentes cubiertos siguen cumpliendo su función de puentes. Pasan sobre ríos y se pueden utilizar para ir en coche de un lado a otro (andando, no, ya que no hay aceras porque apenas hay hueco para un solo vehículo y debes esperar si ves que otro coche ha entrado antes que tú).

Los puentes de Vermont son puentes de carretera, con obras de mantenimiento y excavadoras que pitan cerca, con polvo que se levanta en los arcenes, sin una sola pintada en los interiores, con un río de corriente intensa que discurre por debajo, con el ajetreo de una carretera de servicio rural. No hay turistas apenas, sino furgonetas de Seur (bueno, de FedEx, pero si digo FedEx del tirón no lo pilla más de uno) esperando a que dejes de hacer el idiota con la fotito y pases de una vez.

Los puentes de Vermont son útiles. Son bonitos. 

Los puentes de Madison son hermosos. Son inútiles. 

Decía otro poeta en su cita más famosa que colgué el otro día tal y como aparece en la Biblioteca del Congreso, que la belleza es verdad y la verdad, belleza.

La belleza del arte, sea un verso de Frost o de Keats, sea un puente colgante con promesas de amor y amor eterno de una madre, es un círculo que nunca deja de dar vueltas y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y...   


domingo, 29 de julio de 2018

Hoja 23: Fantasmas en la vieja cantera del Monte Waldo

Será que por estar en tierra de King uno tiende a las historias macabras, pero...


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Alrededores de Bucksport y Bangor (Maine): Unos 200 kilómetros.

Mañana de domingo en el Maine interior.

Una canción: 'Everyday', de Buddy Holly. Se lo debía al bueno de Buddy desde que comencé la ruta en aquel trigal donde murió. Esta canción, presente en la banda sonora de 'Cuenta Conmigo' es lo que me imagino que suena entre granjas, lagos y vías de tren solitarias del Maine profundo. 





No es difícil imaginar a los críos de la película haciendo apuestas sobre ir a la vieja cantera.

Una película: 'Cuenta conmigo'. Como pasó con 'Los Goonies', tuve la suerte de verla con una edad similar a los protagonistas, en ese momento en el que dejas de ser un niño (o empiezas a dejar de serlo, si es que lo haces del todo) y te das cuenta de que la magia de la vida adulta no es magia precisamente.




Un libro: 'Los ojos del dragón', de Stephen King. Por tercer año consecutivo me hago foto delante de su casa en Bangor, pero por no perder ya la costumbre. Elijo este libro porque es el que más me marcó en su momento. 




Un comida/bebida: El 'Dysarts' es una parada de camioneros emblema de Bangor (King la recomienda y la considera como casa de su conductor de camión asesino). Este es su Dave's Special, y lo especial es la carne de ternera deshilachada. Un pequeño lujo en medio de un desayuno clásico.




Un error: Es más una elegía. El 'Bacon Tree', un restaurante diminuto en Winterport, se había convertido en mi rincón gastronómico de Maine. Comida casera, con productos locales, pero sin renunciar a hacer cosas distintas. Un ambiente desenfadado, algo canalla, de esos por los que se pirran los guays de Seattle o de Nueva York. Pero estaba en mitad de la nada del Maine más a desmano. Lo visité en 2016 y 2017 y cerró a principios de este año. Cuando he visto que lo ha sustituido algo llamado "The wooden spoon' he pensado que quizá alguno de sus anteriores responsables podría haber recogido el guante. Pero no: es una pastelería que sirve también desayunos; no es que tenga mala pinta lo que hace, pero es un anodino local más, familiar y para gente de aquí. Le pregunto a la camarera, una cría con una gorra enorme naranja, que me recomiende una cerveza local y dice que ella no bebe. 




Un descubrimiento: Bangor me había parecido una ciudad gris en los dos años anteriores. No es que ahora sea Nueva Orleans, pero le voy cogiendo cariño a esta ciudad industrial, alejada del turismo y del resto del mundo, en la que solo recala gente para hacerse fotos delante de la casa de King. Sigue arrastrando cierto aspecto desolado y puede que eso, siendo como soy, sea lo que me guste, al fin y al cabo.




Una imagen: No puede haber más tópicos reunidos en un escaparate. Pero el mensaje es el mensaje. 




Un dato/hecho: El Bucksport Motor Inn es el hotel donde he pernoctado más noches en los USA, con once en tres años distintos. Sí, he dormido más noches en Nueva Orleans, pero en cuatro lugares diferentes. Los once días que he pasado en Maine (doce, porque estuve uno más en Portland en 2017) he vuelto a este motel y lo seguiré haciendo cada vez que venga aquí.






Una historia: La vieja cantera del Monte Waldo da escalofríos como para pensar en niños muertos, adolescentes suicidas y asesinos en serie que escondieron los cuerpos nunca encontrados de sus víctimas en los alrededores.

A la vieja cantera del monte Waldo parece que van los chavales del condado a demostrar su valentía y pintar su nombre o un mensaje cínico, a beberse su primera cerveza o darse el lote en las rocas que circundan una charca de agua estancada en la que puede que una vez al año vaya a rodar un nuevo peñasco de granito desprendida de la ladera que sirve de anfiteatro. O quizá no: quizá lleve así décadas. 

En la vieja cantera del monte Waldo se sabe que una vez hubo actividad industrial porque hay viejas ruecas oxidadas, pernos, tornillos del tamaño de un bate de béisbol, cuerdas de acero del mismo grosor que ese bate que hacían funcionar la maquinaria y transportaban las piedras de granito desde la cumbre al valle y que hoy bailan estáticas en lazos improbables; serpientes petrificadas a falta de serpientes de verdad. El color marrón anaranjado de la maquinaria contrasta con el gris perla del granito de las rocas desparramadas, el verde desganado de los árboles enanos que se atreven a crecer y el cobalto del pantano sucio.    

No se oyen pájaros. 

No se oye nada. 

Supongo que eso de percibir a los fantasmas es cosa de gatos y perros.  

Los hechos son que la cantera del Monte Waldo cerró en el año 1914, hace más de un siglo. Dicen que su granito de una resistencia especial y un color particular se usó en la construcción del monolito de Washington DC, el puente de Brooklyn o el Empire State.

Dicen también que el Monte Waldo recibe el nombre de Monte Miseria porque dos críos salieron a hacer una excursión a finales del siglo XVIII y murieron en una tormenta de nieve. 

Las guías dicen poco más, excepto que se trata de un monte del montón, de apenas 320 metros de altura y que no da para más. No lo dicen por educación, aunque uno puede imaginar que llamar monte a lo que es una colina ya es temeridad. 

Hay muchas cosas que se podrían añadir de la vieja cantera del Monte Waldo. Para llegar a ella, hay que caminar durante media hora, en cuesta arriba, resbalando entre guijarros y sin tierra compacta donde descansar las plantas. La carretera de asfalto termina abruptamente, con un cartel que advierte, muy dantesco él (dantesco en su verdadera acepción, no en la que usan y usan los informativos para hablar de accidentes) con lo que de entras por tu cuenta y riesgo. Luego, empieza un sendero de tierra donde podrían haber accedido los camiones de la cantera y gira a la izquierda, donde a unos pocos metros la montaña se ha derrumbado sobre la ladera y hay que volver a la curva, de la que salía un sendero de un metro y medio de ancho, más escarpado, más peligroso en las piedras que se resbalan. 

La naturaleza te avisa con árboles que se han derrumbado de lado a lado, cortando el paso, con mosquitos del tamaño de murciélagos a punto de convertirse en vampiros, con el aire que se adensa y la brisa que se niega a correr. Entre la vegetación, en las rocas más grandes, hay pintadas que animan a seguir, a no morir, hay un pene gigante en un tramo de suelo rocoso señalando la cumbre, hay llamadas a la libertad, de odio a la gente, de odio al amor, están Ashley y Keith. 1981 y 2018.

Ya he contado lo que había arriba.     

La vuelta es mas peligrosa porque las piedras sueltas tienden a traicionarte con más saña en los descensos. Resbalo y pongo el brazo, ruedan las piedras ladera abajo. No pasa nada. Llego al coche, sin haberme encontrado nada vivo (bueno, los mosquitos y supongo que los árboles si es que no están muertos ya y solo esperan el invierno para caerse sobre la trocha), miro atrás y, en efecto, la de historias que se me han ocurrido en torno a la cantera, los adolescentes y los fantasmas de esos adolescentes.

Siempre he pensado que en un lugar es tan especial como por el número de historias que sea capaz de suscitarme. 
  
Pues eso. 

sábado, 28 de julio de 2018

Hoja 22: Notas de carretera



(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Fishkill (Nueva York)-Connecticut-Rhode Island-Massachusetts-New Hampshire-Bucksport (Maine): 690 kilómetros.

Un centro comercial abandonado y cerrado (este se encontraba a las afueras de Fishkill, NY) da más escalofríos que una sombra en el pasillo a las cuatro de la mañana.

Una canción: 'Leslie Anne Levine', de The Decemebrists. Una y otra vez he escuchado esta canción y todo el álbum al que pertenece, 'Castaways and Cutouts'. Llegué a ellos por curiosidad y recomendación final (de Fernando Navarro) y este disco en concreto lo compré en Fargo, porque en España cuestan como 30 euros los más antiguos. Creo que me costó cuatro dólares. Vaya cuatro dólares tan bien gastados. Este disco merecía 40. O 400. 

Esto es Bucksport, Maine, pero podría ser cualquier pueblo rural de los USA.

Un libro: 'Lolita', de Vladimir Nabokov. Es más novela de carretera de lo que la gente piensa o imagina. Y su retrato de la América tras los visillos (si hubiera aquí de esas cosas) es más realista que otras muchas obras supuestamente costumbristas. Por lo demás, en mi top ten de novelas. Sí: incluso ahora. 

Motel en Charleston (Carolina del Sur).

Una película/serie: 'Lolita', de Stanley Kubrick. Siendo tan distinta de la novela, respeta toda su ambigüedad, cinismo, turbiedad y turbación. Para mí, lo mejor de Kubrick... lo sé: acabo de pisar varios callos. 



Una imagen: (para insertar a modo de bocadillo en la foto): "Sí, cariño, creo que se me ha recalentado un poco el coche". 

Todos los puntos llevan a Maine.

Un dato/hecho: Con el empeño, que me ha costado hora y media de desvío, de tocar Rhode Island, me quedan solo tres estados de los llamados continentales (exceptuando Alaska, claro) por visitar de los USA: Vermont (estaré el lunes), Michigan (el miércoles) e Indiana (de regreso a Chicago el jueves). 

Pongo mejor esta desde el muelle de Bucksport, porque en las fotos de niebla se ve muy poco por lógica.

Un descubrimiento: No se trata de ningún descubrimiento. Qué me gusta Maine, su niebla y su mal tiempo. 



Una error: Tenía que pasar. Estamos en verano, en vísperas de agosto, y pretendo llegar al norte de Maine un sábado, 28 de julio por la mañana. Me como el atasco del siglo durante New Hampsihire, sobre todo. No es una licencia narrativa: los 20 kilómetros de ancho de este Estado los crucé a diez kilómetros por hora. ¿Balance final? Hora y media de retraso. 

Eran tamaño media caña... ¿eh?

Una comida/bebida: La muestra de cuatro cervezas del Friars, en Bucksport. El dueño va vestido de monje (con sus veinte de kilos de más incluidos) y se sienten orgullosos de su advocación monacal. La prueba de cuatro cervezas caseras, muy sorprendente. La mejor, la oscura, casi licor de lo fuerte que era. 

En Dakota del Norte también se puede ir casi a 80.


Una historia: Como ha sido otro día de carretera sin más, y vamos llegando al final, una serie de consideraciones rápidas sobre el camino:

¿Habrá habido algún atasco en Montana?

1) Los americanos son más tranquilos conduciendo... si nos quedamos en los estados tranquilos. En el Este, y en torno a las grandes ciudades, y en las circunvalaciones de las medianas hay mucho cafre. Ya comenté lo de adelantar por la derecha en Jacksonville y luego se extendió a Georgia o las Carolinas. Menos barbaridades que en España, también. Lo más importante, sin embargo, es que tienen un respeto en general mayor por la carretera. Es enternecedor cómo todos se apelotonan a la izquierda o derecha en una salida concreta desde muchos kilómetros antes pese a saber que puedes seguir por el carril de al lado y meterte en el último momento... porque te lo van a permitir sin problema. 

No parece... lo del atasco en Montana, digo.

2) La velocidad. Menor que en España de media. Por lo que he experimentado (y comprobado luego en internet), Texas y Montana son los más permisivos, con máximas habituales de 80 millas por hora (más de 130 km) y con, según he visto en la red, tramos de 85 (140) en ciertas zonas de Texas. Pero, más allá de las interestatales, que es donde suele darse más velocidad, en Montana permiten los 75 casi en cualquier sitio (las rectas son de 20 kilómetros y te cruzas con dos coches cada media hora), aunque lo rebajan por las noches, y en Texas te dejan ir a 120 km (que serían al cambio los 75) por hora hasta en zona de obras. Luego, te informan en los carteles de las autopistas que van 1.782 muertos en la primera mitad del año. Texas tiene la mitad de población de España, con lo que una proyección daría cuatro veces mas víctimas. 

Tanpoco es que en Oregón haya mucho tráfico, pero...

3) La poca velocidad. Los estados más liberales son los más cerrados. En la dorada California y Oregón apenas se puede pasar de 70 y en toda la costa este (y más según se va hacia el norte, hasta Maine, que es una especie de América interior en un extremo) los límites son muy bajos, como mucho de 65 o 70. Lo paradójico (o no) es que aquí es donde menos se respetan los topes. En Nueva York o en Connecticut he pasado miedo por acatar los límites mientras camiones tan largos como un AVE te quitaban las pegatinas a derecha e izquierda.

Les falta añadir: en triciclo vas a ir más rápido.

4) ¿El peor Estado para conducir? Connecticut. No es solo que haya sitios donde te hagan ir a 60 km por hora en una autopista enorme, es que no arreglan el firme y está lleno de baches. 

El mayor intervalo sin ver coches, también en Montana.

5) ¿Y el mejor? Montana. En Texas no te quitas la sensación de ir demasiado rápido (incluso respetando los límites). En Montana, se agradece.

La desesperación anida en Carolina del Norte.

6) Publicidad. En Estados de poco glamour, como Dakota del Sur o Carolina del Sur (irá con lo de ser abajo) te abruman con carteles repetitivos de estaciones de servicio que pueden estar incluso a 200 kilómetros de distancia. Al final, paras porque llevas dos horas viendo solo carteles sobre ese sitio y la próstata manda... y porque hay que parar cada dos horas, ¿no? Después, en el interior, en el sur y en Florida (me sorprendió esto último) hay mucho anuncio religioso, sobre el aborto o sobre lo que nos ama Jesús pese a todo. En los sitios ricos se anuncian sus marcas favoritas habituales junto a mucho asegurador de accidentes o de multas. 

7) Peajes. El Este no es solo malo porque la velocidad máxima es irrisoria (100 km por hora si tienes suerte en una autopista de cinco carriles), es que te cobran peaje hasta por pensar. A mucha gente, esto de no pensar le puede dar igual, pero cuando conduces diez horas diarias se tiende a pensar bastante.

8) Me quedan 1.500 millas (unos 2.500 kilómetros). Ya os contaré.