domingo, 31 de marzo de 2019

Los árboles no crecen en Little Big Horn (recuperación)


*Este texto es una reproducción literal -incluidas erratas y con las fotos usadas entonces- de la entrada escrita en la noche del 7 de septiembre de 2013 -madrugada del 8 ya en España-. Aquel blog de la primera Ruta Pop se perdió en su día, pero gracias a Wayback Machine he podido recuperar esta entrada, la más especial de aquel viaje. Hay otras dos rescatadas, la del segundo día (visita a los Puentes de Madison) y la que narra mi encuentro con Little Big Horn, que no sé si subiré más adelante. Esta otra es una especie de 'reportaje' más o menos periodístico que quise hacer de la batalla.



Los bancos colapsaron, la economía se sumía en la depresión y la gente hacía lo que podía para subsistir. Podría ser el inicio de un artículo sobre el inminente quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Podría ser tantos inicios para tantas crisis… En cambio, es sólo el punto de partida que desembocó en la batalla más deshonrosamente simbólica para el ejército de los Estados Unidos.

Dos años antes de que Custer y unos 260 de sus hombres fueran masacrados (así titularon, en una sola palabra, los periódicos de la época) junto al río de Little Bighorn, en los confines más al norte de la América conocida, la economía prendió la mecha de unos acontecimientos (tal y como siempre ha sido en todo conflicto, para qué nos vamos a andar con moralidades o filosofías) que no explotarían hasta el 25 de junio de 1876, que sembrarían de lápidas un anodino prado de Montana.



Corría, decíamos, el año 1874 y las heridas de la Guerra de la Secesión quizá no estaban del todo cicatrizadas entre los perdedores, allá por el Sur (¿lo están hoy?).  Sin embargo, entre los ganadores la euforia era imparable y, una vez embridados los terratenientes y garantizado el acceso estratégico a los mares del Sur (la lucha contra la esclavitud fue la excusa perfecta), los padres de la patria decidieron atajar el problema de los indios.

Para ello, diseñaron en 1868 un sistema de reservas en las que las tribus podrían mantener sus derechos y sus tradiciones. Lo malo es que los territorios se eligieron a conveniencia de Washington, sin hacer demasiado caso a los implicados: la Casa Blanca sólo veía la posibilidad definitiva de extenderse hasta Canadá  y aliviar así la presión de los pioneros, que querían más y más tierras.

Este pacto casi unilateral recibió el nombre de acuerdos de Fort Laramie y, desde un primer momento, dos de los líderes más importantes de los Lakota (junto a cheyenne y arapahoe), Toro Sentado (el jefe de todos ellos por su sabiduría, un hombre de medicina, sobre todo) y Caballo Loco (el guerrero invencible), se opusieron a su firma.

Como dice un descendiente de aquellos líderes en el documental que explica la historia de Little Bighorn, los políticos y los militares nunca entendieron “que tú perteneces a la tierra: la tierra no pertenece a nadie”.

La tierra. La economía. La tradición. La ambición. Los cuatro elementos colisionaron por completo cuando los soldados del propio Custer confirmaron el hallazgo de oro en el arroyo que discurre al fondo del barranco de Deadwood. Hasta entonces, sólo hubo rumores; desde entonces, se desató la locura. 

Deadwood, hoy día una pequeña localidad infestada de casinos y famosa por viejas historias del Salvaje Oeste, anida en el corazón de las Blackhills, tierra sagrada para Toro Sentado y los suyos.



El Gobierno ofreció una millonada de las de entonces por comprar la tierra.

Nada.

Hubo más ofertas, más propuestas de diálogo y todas ellas fueron rechazadas. Los lakota, cheyenne y arapaho huyeron de sus tierras sagradas hacia el noroeste, hacia donde quedaba todavía posibilidad de cazar al gran búfalo.

Algunas tribus, como las de los crow (que son los originarios realmente de Little Bighorn) se unieron a las reservas. “Había que sobrevirir. No teníamos opción”.  Para los demás indios no existe peor traición.

Mientras tanto, Deadwood recibía a miles de tramperos y mineros, las Blackhills sucumbía a la fiebre del oro y el 1 de diciembre de 1875, Washington anunciaba su ultimátum para las reservas (un aviso que recuerda bastante a esas ucronías futuristas a lo 1984): todo aquel que no se presente en uno de los recintos acordados antes del 31 de enero de 1876 será considerado “hostil”.

El Gobierno dejó pasar el invierno y en primavera arrancó la Gran Guerra Sioux, contra todo indio no localizado o identificado. Para afrontar al rival más temible, Washington pensó en su militar más temido, el teniente coronel George Armstrong Custer, y su invencible Séptimo de Caballería.

Empieza la persecución:

Al amanecer del 25 de junio de 1876, los observadores de Custer (indios Crow) atisban un asentamiento enorme en la ribera del río Little Bighorn, el único trazo de agua en decenas de kilómetros a la redonda. Se calcula que hasta 2.000 indios (de las tres tribus principales) habitaban aquel poblado. Alrededor de 600 soldados formaban el destacamento del Séptimo (un español, que se sepa).



A partir de aquí, la historia se vuelve confusa por inconsistente (al menos, por inconsistente con la buena leyenda de Custer). Lo que sí se ha probado es que el teniente coronel divide a sus hombres en doce compañías: cinco se quedan con él, tres pasan al mando del capitán Benteen, otras tres al Mayor Reno y una última se encargaría de la retaguardia y la intendencia.

A Benteen y a la retaguardia les ordena que se queden en las lomas del sur. A Reno le ordena que ataque por el mismo sur el asentamiento indio, mientras que él rodea el río por el norte para hacer una pinza.

No hay constancia de por qué ordenó Custer el ataque al río, pero sí hay un precedente y en aquel caso el coronel salió airoso de una táctica que difícilmente aceptaría la Convención de Ginebra: atacar al pueblo y tomar como rehenes a niños, mujeres y ancianos para que se rindan los guerreros.

Sin embargo, el mayor Reno se encuentra la lógica respuesta desesperada de los que luchan por su familia y ordena una retirada desastrosa y prematura. La poca resistencia ofrecida por Reno deja a Custer y los suyos con todo el enemigo para ellos solos.

Los indios juegan en su territorio y pronto rodean a las fuerzas de Custer. Reno tarda en contactar con Benteen y los dos ignoran qué ocurre al norte de la pradera, con lo que deciden defenderse ellos mismos de los indios que aún atacan el flanco sur.

A unas cuatro millas de la colina definitiva, Benteen y Reno lucharían un día más y salvarían la vida (la suya, ya que perdieron a numerosos hombres también) con la llegada de refuerzos. Por una vez, alguien hizo de Séptimo de Caballería para el Séptimo de Caballeía.



A cuatro millas de la mitad de sus hombres, Custer se ve de pronto rodeado por unas fuerzas que le multiplican por diez. Desde el río (que es la  mancha verde que se ve al fondo de la imagen tomada desde la última colina), el séptimo de Caballería va perdiendo efectivos (como reflejan hoy día las lápidas de los caídos a lo largo de la elevación).



Al otro lado de la colina hay más indios.

Sólo queda la última opción: desmontar. Y con esa acción empieza la última batalla de Little Bighorn. Según los estudios arqueológicos, alrededor de 40 soldados murieron en esta última parada, entre ellos el propio Custer. Junto a los cuerpos humanos se encontraron también los restos de una cuarentena de caballos muertos por disparos de bala y que sirvieron de último y desesperado parapeto.

“Lo que más me impresiona de lo que me contaba mi abuelo es cuando vio a un soldado bajarse de su caballo y matarlo para usarlo de trinchera. Si un hombre le hace eso a su caballo es que aún tiene la esperanza de prevalecer. Es el último recurso”, cuenta un anciano descendiente de un guerrero lakota de aquel día (hoy, junto a los cementerios yanqui e indio, también hay uno de caballos).



El último recurso fue inútil. La batalla estaba perdida para Custer y ganada para Toro Sentado y Caballo Loco. La guerra, en cambio, se empezó a perder ese día, cuando Washington tuvo la coartada perfecta para atacar con todo. Los indios que vencieron en Little Bighorn huyeron pocos días después a Canadá.

Tanto Toro Sentado como Caballo Loco se rindieron años después. Ambos murieron, en alguna de las reservas deshonrosas, a manos de soldados que se cobraban así la venganza de su propia derrota.

Little Bighorn es, casi siglo y medio después de todos estos hechos (y algunas suposiciones), un monumento nacional. Se intenta honrar por igual a los dos contendientes, no sólo a los gubernamentales. De los indios, se dice que luchaban por defender un modo de vida. De los soldados no se dice mucho más que cumplían con su deber.

Little Bighorn es un páramo triste, repleto de tumbas y de viento que no va a ninguna parte. Abajo, el río sigue su curso y provee alguna arboleda. Pero es separarse nos diez metros del curso y sólo hay matorrales, hierba reseca, tierra apelmazada y polvo.

Como si los árboles no quisieran echar raíces donde hay tanta sangre absurda.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Pop, rock y blues




Hace diez años, cuando puse punto y final a 'Una historia pop' (lo de 'aventura' vino luego por sugerencia editorial) creía que ahí acababan las aventuras de Carmen, Ricardito y Freddy. Allí se quedaban, en la playa gaditana donde crecí, la Playa de la Torre del Puerco, desangrándose o quizá muriéndose después de una batalla imposible. Lo del epílogo aclarando un poco las cosas también vino mucho después. Durante mucho tiempo, el final fue el final. Pasarían muchos años de espera, de incertidumbre, de rechazos, de silencios, de fracasos.




Entre unos y otros, en septiembre de 2009, me vino a la cabeza un primer fogonazo de posible continuación. Fue en Monument Valley, no en las praderas de los monolitos famosos de las películas de John Ford, sino en un valle apartado, a la espalda de los turistas: por un momento, vi a los tres cabalgando a toda prisa porque les perseguían montañas que cobraban vida. O algo por el estilo.



Pero llegó 2010 y luego 2011, cuando la vida me dejó poco resquicio a la ficción y el poco aire que me quedaba lo volqué en 'Runaway' y su huida hacia delante. Poco a poco, Carmen, Ricardito y Freddy caían en el peor de los olvidos, que es el olvido de quien los creó. Nadie los quería, a nadie les interesaban. 2012 también pasó y, con él, el bicentenario definitivo de los hechos que sirven de escenario a la novela (aunque, en puridad, los hechos sucedían en 1811). 

Cuatro años después de poner el punto y final, y con otra novela más reciente entre manos, era el momento de pasar página. Había quien me decía que aquella novela era distinta, la de Pop, digo. Dani, Nuria, Ana... aquellos que la leyeron en folios impresos en casa y sobre los que agotaba cartuchos de tóner porque me empañaba en imprimir los ejemplares en color, con los protagonistas, cada vez que se les nombraba, en una tonalidad distinta: Carmen en rojo, Ricardito en azul y Freddy en naranja; aquellos que se resistían a dejar morir aquello.

Por ellos (bueno, y porque soy un poco cabezón) incluso la llegué a subir a Amazon. La compraron unos cuantos amigos, quizá algunos leáis esto. Y con eso sí que pensé que ahí se terminaba su periplo. Fue entonces, como en una peli mala, cuando ya no esperas nada, que oí a un amigo que me contaba que un amigo de un amigo estaba montando una editorial a la que había enviado una novela que había escrito y que aceptaba manuscritos. Que publicaba solo en digital. 

Esta foto me la enviaron este mismo domingo desde Cádiz una amiga lectora.


Bueno: después de solo recibir calladas por respuesta saber que había alguien que al menos abriría mi correo ya es algo. Es como lo de mandar currículms sin que haya nadie al otro lado. Y les escribí, adjuntándoles 'Runaway', que era lo último que había terminado y mi apuesta del momento. En el último segundo, añadí 'Una historia pop'. Porque adjuntar documentos era gratis (si hubiera tenido que enviarla por correo postal jamás me habría gastado otros 30 euros en imprimirla y encuadernarla de nuevo para nada). La editorial era Lapsus Calami y el contacto Jorge Vales.

Hoy, ambos nombres puedan sonar a malditos. Y sin “el pueden sonar”. Obviamente, yo les debo el comienzo de lo que pueda ser (de lo poco que pueda ser en este mundo editorial) a los Jorge Vales y Lapsus Calami de 2013 y de 2014. También a Carlos Bravo (lector cero y entusiasta), José Miguel Campos (responsable de redes y no menos entusiasta promotor de la obra) o Jean (correctora y tampoco menos entusiasta de la novela).



Primavera de 2013. Jorge me llama y me dice que me publica la novela. Esa llamada que todo aspirante a escritor sueña con recibir, me llega cinco años después de haberla escrito, casi 20 años después de haber escrito y terminado mi primera novela, allá por los primeros años de facultad. Yo creo que se refiere a 'Runaway' y dice que no, que no. Que habla de Pop. Que le gusta tanto que ha decidido editar en papel mi novela y la de aquel amigo que me habló de él. Que se pone en marcha todo. Y ocurre. Y el 9 de noviembre de 2013, día festivo por la Almudena en Madrid (lo destaco porque la primera novela de juventud que terminé, la de 1993-1994, arranca justo un día de la Almudena) cojo un autobús en Moncloa y subo a Torrelodones, donde vivía Jorge, y en un bar del centro, junto a Jean y Jorge, recibo mi primer ejemplar. Como no sé lo que es tener un hijo puede resultar algo frívolo hablar del orgullo y la felicidad con la que bajé, libro en el regazo, hojeándolo ansioso, a Madrid esa noche, en el último autobús de la noche, en la madrugada ya del día siguiente.

Hago aquí una elipsis hasta el año 2015 porque solo quiero hablar de cosas bonitas. Y momento bonito donde los haya es cuando en aquellos meses me crucé con Carmen Moreno. Poco a poco, de casualidad, de pasada, en una presentación o en otra. 

El escenario del asedio a Nueva Orleans.

A mediados de ese 2015 ya había terminado 'Un horizonte rock' (nombre original de 'La Dama Blanca del Mississippi'), una vez que Jorge me había pedido que continuase con la historia y yo, después de pasar por Nueva Orleans en el verano de 2014, decidiera que había una historia en ese otro asedio tan parecido a una ciudad que tanto se me parece a Cádiz como Nueva Orleans. 

Jorge estaba tan encantado que hasta me obligó a abrirme una cuenta de skype (nunca la he llegado a usar y no sé ni cómo quitarla del escritorio) para hacer una presentación desde la ciudad americana en mi viaje de julio de 2015. Una de sus ideas. La última. ‘Un Horizonte Rock’ no se publicó a tiempo para julio. Ni para agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre…

Jorge desaparece de escena y aparece Carmen, que andaba ya lanzando desde hacía meses su propia editorial. Por supuesto que quiere ‘Un horizonte rock, pero tiene que hacer hueco en la programación. Por supuesto. Si esperé 20 años por Pop, qué más dan ya unos meses más.

Pasa 2016.



Llega 2017 y en abril, ese otro mes donde tantas cosas (me) ocurren se publica ‘La Dama Blanca del Mississippi’. La historia desde esos días ya es algo más conocida porque he dado la brasa convenientemente en este blog y en las redes.

Esto era una historia de orígenes y de reconocimiento a quien sigue creyendo en todo ello. Hagan caso a Carmen y pasen por su tienda, la digital https://www.cazadorderatas.com/ o la física, Librería La Ratonera, en Cadi, Cadi.



Para celebrar que, tras Pop y Rock, el círculo se cierra con un Blues (o empieza de nuevo, o yo qué sé), os dejo la que podría haber sido la banda sonora de la criatura de haber elegido el mismo modelo de sus dos hermanas mayores en lugar de rendirme a la poesía.

Disfruten, al menos, de la música. Y lean. No a mí, necesariamente. 

Pero lean. 

Primer verso: ‘You only live once’, de The Strokes



Segundo verso: ‘Machine gun’, de Portishead




Tercer verso: Common People, de Pulp



Cuarto verso: ‘Behind blue eyes’, de The Who



Quinto verso: ‘Crown of love’, de Arcade Fire




Sexto verso: ‘Amie’, de Damien Rice






Séptimo verso: ‘The man who sold the world’, de David Bowie



Octavo verso: ‘Ring of fire’, de Johnny Cash




Noveno verso: ‘Crystalised’, The XX



Décimo verso: ‘California stars’, de Billy Bragg & Wilco



Undécimo verso: ‘Gotta get away’, de The Black Keys




Verso suelto: 'Yankee bayonet', de The Decemberists



sábado, 4 de agosto de 2018

Última hoja: un resumen imposible



(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las 
normas aquí)

Al dejar el coche, en Chicago, tras toda la ruta.

El Toyota Camry, antes de salir de Maine.


Un dato/hecho: 18.148,5 kilómetros (o 11.277 millas). Han sido los kilómetros que he hecho en coche entre el 5 de julio y el 2 de agosto... a los que habría que sumar, según la aplicación del móvil, algo más de 420 kilómetros andando (de los que unos 40 fueron en bicicleta por los dos tours en Chicago y San Francisco). 

Estados: Hay 48 estados agrupados en los USA (luego están Alaska, Hawai y Puerto Rico). En este viaje he tocado 41. Por abreviar, solo me han faltado los siete siguientes: Colorado, Kansas, Nebraska, Misuri, Oklahoma, Kentucky y Virginia Occidental (todos ellos agrupados en el interior). Aun así, en estos siete he estado en otras rutas, con los que sí, he tocado cada uno de los estados 'unidos'.

El motel Viking, en Detroit, con mi coche al fondo y algo de miedo en el cuerpo porque bueno, era un poco límite en todos los sentidos. No pasó nada, eso sí.

Una canción: '505', de Artic Monkeys. Porque, quitando a los Decemberists, es el grupo que más ha sonado en esta ruta y porque la cerré con un concierto en directo en Detroit (donde doblaba la media de edad de los presentes, pero bueno, la verdad es que estos chicos son un pequeño espectáculo, incluyendo aquí un homenaje a los locales White Stripes...) en la que uno de sus grandes momentos fue cuando tocaron esta 505. Además, canción de carretera (505 es un número de habitación) y sobre lo que esperamos o no al volver a donde sea que volvamos. 





Un libro: 'Bajo el volcán', de Malcom Lowry. Si no existiera Faulkner, sería mi autor preferido. También, si hubiera escrito algo más (apenas tiene media docena de novelas frente a las 40 obras maestras de Faulkner) quizá podría discutirle algo más. Esta obra, aun así, se codea con las mejores del autor sureño y está en mi top ten. Y no hay nada mejor que un volcán destacar lo más impresionante (no sé si lo mejor, es muy pronto para eso) de todo el viaje: los cien kilómetros de la Carretera del Colmillo del Oso, entre Montana y Wyoming, en las estribaciones del parque Yellowstone: cordillera de montaña, entre altos pinos, ambiente invernal en verano; alta sierra donde se cruza de un Estado a otro a más de 3.000 metros de altitud entre túneles de montículos de nieve hasta de 20 metros de alto en pleno julio; y leve descenso al valle que sirve de antesala del parque natural más inabarcable de los USA. Hay quien comenta que es la carretera más hermosa del país. Por lo que yo he recorrido, no lo niego.   



Una película: 'Amor a quemarropa', de Tony Scott. Sí: mi película más querida que, además, arranca en una Detroit que hace 25 años ya se describía como decadente y peligrosa. Hoy ha empeorado, aunque ha adquirido una especie de orgullo que la hace hermosa en su derrota (como una de esas familias caídas de desgracia de Faulkner, vamos) y se resiste a que la vituperen: su emblema favorito en las tiendas de regalos es 'Di solo cosas bonitas de Detroit'. Junto a Baltimore, sus calles están repletas de casas abandonadas y vagabundos, pero se resiste a morir. En los alrededores, humean y se oxidan durante treinta o más kilómetros a la redonda, las fábricas, muchas de ellas ya cerradas. El centro se obceca en ser un lugar amable (y lo consigue)... el problema es que el concepto centro suele ser muy reducido en los USA. Al ser mi último día de ruta quedó un poco olvidada y no, no se merece Detroit quedar fuera de esta ruta. 



Una comida/bebida: El desayuno de la casa del Blue Cannyon Grill, a las afueras de Cameron (Arizona), en la confluencia de la Desert View Drive, que viene del extremo oriental del Gran Cañón del Colorado y la Carretera 89 que va hacia el norte, hacia Utah. Pastelitos, salsa gravy, salchichas, bacon, patatas, huevos revueltos. Nada especial. Ni siquiera especialmente bueno. Lo elijo en un día de condecoraciones porque llevaba casi tres horas despierto: me levanté a ver amanecer en el Cañón, paseé por allí y por el mirador de Desert View, me comí un atasco (a las siete de la mañana, en efecto) por obras y llegué al fin a este bar en mitad de la nada (pero había un Burger King al lado), en pleno territorio navajo, donde las que servían eran navajos puros (la mujer de la caja me preguntó si quería una "bai", así pronunciado para referirse a una "bag") y me sentó como pocas otras comidas. De bien, digo. Es decir, la pongo como uno de esos momentos grandes sin ninguna razón de peso. Solo porque es un buen momento en la rutina de un viaje.

Una interestatal (la que cruza Seattle), desde lo alto.

Un error: El diseño de la ruta era demencial de origen. Una media de 700-800 kilómetros diarios da muy poco margen a detenerse a asimilar o profundizar. Está claro que hay decenas de rincones que se merecían más reposo y atención, en lugar de salir huyendo al siguiente punto. Si me arrepiento de algo es de eso... de la premura en todo lo que hacía... pero claro: si hubiera querido darle a cada lugar el tiempo que se merece hablaríamos de un viaje de dos o tres meses. ¿Si podría haber hecho algo distinto? Seguro, pero si quería darle toda la vuelta al país en 25 días (y pasar por algunos lugares irrenunciables que quizá me exigieron desvíos) pocas opciones tenía.

En cualquier caso, fuera un error de concepto o no, me siento afortunado de que no haya surgido ningún imprevisto. Más allá de las dos revisiones para cambiar el aceite (cada 5.000 millas saltaba el aviso), el susto que se quedó en anécdota del Policía que me paró en Arkansas, los inevitables atascos por obras (aunque tengo la sensación de que en esto también tuve suerte, ya que siempre me parecía que había muchos más atascos al otro lado de la carretera, en la dirección contraria) o la forma de conducir de ciertas zonas como Florida o casi toda la costa este en general. 

Lo dicho: suerte de que no pasara nada.  

La niebla y las nubes impidieron un amanecer claro en Gettysburg, pero no me quejaré de que haya niebla nunca.

Un descubrimiento: Ninguno de mis lugares sagrados me ha defraudado en el regreso. Ni Little Bighorn, ni Nueva Orleans, ni Oxford, ni las White Sands, ni las Badlands, ni Maine, ni Gettysburg. A todos ellos seguiría volviendo. De muchos no me quería ir. Tampoco otras repeticiones como el Gran Cañón o San Francisco defraudaron. Sin embargo, hablamos de descubrimientos y, como siempre sucede con las casualidades, se disfruta especialmente de aquello que no te esperabas. Fueron casualidades, y grandes hallazgos: 



-Las inmediaciones de Yellowstone y la carretera que le antecede en su esquina noreste. Ya lo he contado al principio del post, pero es que no pensaba acercarme porque exigía un desvío y lo hice por no decir que no he ido a Yellowstone. 



-La entrada oriental de las Badlands y el camino hasta la Pine Ridge Reservation. A mitad de camino en aspereza de su hermana mayor, las verdaderas Badlands, en este rincón aún se puede cultivar y ver árboles. Luego, en la reserva de los lakota, que es casi un desierto, se aprende la crueldad de la historia oficial hacia la que fue la tribu más poderosa hace menos de dos siglos.



-Montana: mi nuevo Estado preferido. Cielos inmensos, carreteras desiertas. Lo que uno piensa cuando piensa en un gran viaje por los USA. Al evitar los Kansas y Nebraska me aparté un poco de esta delicia particular de otras rutas de verme solo durante kilómetros y kilómetros en largas rectas, pero Montana ha cubierto el hueco. A eso hay que sumar que es donde me he encontrado a gente más maja. Y hace frío en verano y es donde son más razonables con las velocidades en carretera (en Texas pecan de irresponsables a veces con un exceso de permisividad). Y está Little Bighorn, y el azar me llevó por delante de donde pasó su última noche Custer de camino al cementerio. Yo creía que sería dura zona de paso y punto ciego de la ruta. Lo que decía de las sorpresas por casualidad.



-Joshua Tree: Estaba fijado en ruta y dormía allí a propósito. Ver atardecer y amanecer al día siguiente, sin embargo, superaron todas las expectativas. Lo único negativo, el ambiente algo viciado que existe en los pueblos colindantes, que tanto me recordaron a las viejas películas del oeste.



-Desert View, en el Gran Cañón: Mientras todos los turistas (porque es donde están los alojamientos) se apiñan en las zonas habituales, este rincón permanece casi vacío. Una pena descubrirlo por la mañana, porque las vistas del atardecer deben de ser insuperables (en la parte conocida, unas montañas tapan el ocaso). Además, eso de tener una torre que es lo más parecido a un faro que hay en miles y miles de kilómetros a la redonda...

Enorme suerte que desde la ventana del hotel en Chicago pudiera ver amanecer.
-Chicago: La segundona que ni siquiera es la segunda en cifras (por tamaño y población, Nueva York y Los Angeles están por delante). Ni falta que le hace serlo. Por un lado, es cierto que se nota cierto complejo en eso de reivindicarse en todo momento frente a las grandes metrópolis. Aunque quien no llora, no mama. Es una gran ciudad, pero su centro es fácilmente abarcable a pie; esa playa (de lago, sí, aunque tan inmenso que parece mar), esos paseos, ese museo, esos rascacielos, esos perritos calientes sin ketchup y con bastante verdura, esa vida, esa pasión (y hasta hace un año) maldición deportiva, esos trenes elevados, esas putas (con perdón) sirenas de emergencias a un volumen que incluso a un medio sordo como yo mareaban como pasaran cerca, esas cervezas artesanales, ese comienzo de la ruta 66, ese final o comienzo, no lo tengo claro, del Medio Oeste... Frente a la parafernalia peliculera, televisiva, popera que hacen de NY y LA (son las primeras hasta en eso, en tener siglas propias) un escenario donde todos sentimos haber estado alguna vez aunque sea la primera vez que las pisemos, Chicago atesora el encanto de la ciudad hecha a sí misma en mitad de la nada. Mira, como Estados Unidos.

PD: El béisbol. Todo un descubrimiento ir a ver un partido en directo... ¡Vamos, Cubs!    



-Donde nace el Mississippi: estaba previsto, sí. Una vez más, fue una suerte llegar sin apenas nadie alrededor, con el lujo de poder sentarme a solas y mojar los pies. 

En Montana, Maine, Michigan... y junto a Americanuty, claro...

Una imagen: Hacia el oeste, con el sol del amanecer en el retrovisor. 

A Oxford va mucha gente que se cree escritor.

Una historia: Ya no me queda mucho más que decir. Ahora mismo, unas 30 horas después de aterrizar en Madrid, apenas puedo aclararme y, mucho menos, resumir un viaje de estas dimensiones. Por experiencia de otros años, sé que solo el paso del tiempo situará cada experiencia o momento en su sitio. Aquello que dije en uno de los primeros días, cuando hablé de sufrir el síndrome de Stendhal antes de entrar en Yellowstone, se puede hacer extensible a toda la ruta. Demasiados momentos, demasiados lugares, demasiadas sensaciones, demasiadas historias. Solo lamento que mucho de ello se perderá sí o sí porque no se puede recordar todo. Guardo, por un lado, 3.500 fotos realizadas en este mes y los textos de este blog y alguna nota (pocas, para lo que daba de sí). Pero sé que mucho se perderá como la niebla mañanera del Pacífico norte o de Maine, del Mississippi o de Montana. Es lo único que lamento ahora. 

Aun así, algo perdurará de lo mejor o, si perdura sin que yo sepa muy bien por qué, será por algo. 

Lo que sí es seguro es que no dejaré de volver de una forma o de otra (ahora mismo, se me hace complicado pensar en superar esta ruta) y que solo el tiempo me demostrará todo lo que he aprendido o conocido o descubierto o recuperado o dejado atrás. Y no hablo solo de lugares o kilómetros. 

Ya sabéis, historias o historias dentro de otra historia que dan pie a otra historia.

Ah: muchas gracias por acompañarme. 

Nos vemos en la carretera.