viernes, 1 de junio de 2018

En la carretera


No hay mucho que decir (esto va de ver), salvo que hay carreteras de Arizona, California, Maine, Nuevo México, Luisiana, Pensilvania, Texas, Nebraska, Dakota del Sur, Ohio, Iowa, Nueva York, Mississippi, Georgia, Massachusetts, Kentucky, y de alguna más que ni reconozco...





miércoles, 23 de mayo de 2018

Huir, irse lejos




‘Runaway’ es, seguramente, una de las primeras canciones que recuerdo que me gustasen irracionalmente.

Que es como te gustan las canciones de las que no puedes escapar jamás.

Hablo de la canción de Del Shannon y de una época en la que yo pondría tener siete u ocho años y andaban por mi casa viejas colecciones a modo de enciclopedias de éxitos del primer rock and roll. Elvis, Little Richard, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis en discos de vinilo a 45 revoluciones (los pequeñitos que adornan cafeterías chic ahora, en efecto)… Unos años después, cuando se estrenase en 1987 la película ‘La Bamba’ descubrí que ese rock and roll nació, vivió deprisa y empezó a morirse con Buddy Holly (y Ritchie Valens y un tal The Big Bopper cuyo nombre he tenido que comprobar en la Wikipedia) en un accidente de avión al norte de Iowa, en una fría noche de febrero de 1959.

Pero hablábamos de ‘Runaway’ y de Del Shannon (publicada en 1961 y dejando claro que el muerto rock and roll sonaba muy vivo).

Os sonará, supongo.



Quizá sea más difícil de explicar por qué he llamado ‘Runaway’ a la novela que me acaba de publicar la editorial Cazador (y que podéis comprar aquí).

El nombre no aparece ni se justifica en toda la novela. Por la trama, podría referirse a los accidentes de tráfico sin aclarar y en el que se ha dado a la fuga (run away, o sea) el conductor culpable (incluso, en una versión inicial me inventaba que la Guardia Civil denominaba así este tipo de siniestros). A los chicos que se escapan de casa en el mundo anglosajón se les llama así, ‘runaways’ (hay un cómic y una serie de televisión –algo lenta y cargante, la verdad- así llamados por un grupo superhéroes adolescentes huidos). Y escuchando a Del Shannon pensaba en su amor recién perdido pero yo siempre me lo imaginé como su escapada del mundo, su descanso de la mierda de vida que llevaba y a la que está condenado cualquiera que ha perdido algo muy querido.





Sumen todo o no elijan ninguna de las tres. Si no lo sé ni yo... 

Sí sé que ‘Runaway’ la escribí en un momento que, como el conductor culpable, el adolescente rebelde o la chica de Del, necesitaba huir.



Y huí a la literatura.

Por el camino, por las radios que oía en carreteras de Granada o Cádiz (recuerdo momentos exactos en que sonaban esas canciones en lugares muy concretos de ambas), me encontré con estas otras dos 'Runaway' (mismo nombre, pero nada que ver con la de Shannon).




Y seguí viajando. Y descubriendo canciones y carreteras. Y escribiendo. 

viernes, 9 de febrero de 2018

El principio del p*** amor




(Nota previa: para un análisis a fondo y documentado sobre la serie -y muchas más., mejor os desviáis hacia este blog)


No hace mucho tiempo… o sí: hará este otoño 25 años nada menos… la Gran Vía de Madrid estaba repleta de grandes cines con varias plantas de altura (yo vi una película una vez desde el piso 9), monumentales teatros centenarios con cartelería gigante en sus fachadas; como buen provinciano recién aterrizado en la capital, se me caía la baba con los Kevin Costner o Tom Hanks de 40 metros por 40 metros (medio campo de fútbol) de tamaño y pintados por un gremio sobre el que me pregunto qué habrá sido de ellos ahora que todo es serigrafía.

Bueno, quizá se me caía la baba más con las Meg Ryan de ese tamaño.

También se me caía la baba en el interior de las salas, de sillones rojizos, mullidos, entre balconería y pedrería de imitación, en penumbra entre ese olor antiguo de cine veterano que no me voy a molestar en describirlo porque solo los que lo han olido saben lo maravilloso que es. Salas donde, en la primera sesión de tarde, apenas se entrevían a señoras mayores en visones (seguramente, de imitación también; todo era una imitación) y caballeros de gabardina y traje de lana gruesa; hace 25 años, el frío en Madrid llegaba ya en octubre y, por lo tanto, los recuerdos de mis primeros cines madrileños son de chulapos ancianos bien abrigados.



Hace 25 años, la acera de los impares de Gran Vía (la más cercana a Sol) era la acera del Madrid Rock (sí, queridos jóvenes: había tiendas de tres plantas que solo vendían discos) y la otra, la de la Ser. También se reconocían los distintos puntos de la Gran Vía en función de sus cines. Hoy, quedan tres como tales (Callao, Palacio de la Prensa y Capitol), otros siguen ejerciendo de teatros (aunque para musicales) y otros tantos se han convertido en multinacionales de ropa.

También hay edificios clausurados, incluso en plena Gran Vía, que no han reabierto en ninguna condición posible pese a los años transcurridos desde su cierre como cines. Está –o estaba- el Rex, junto al Capitol, donde podías ir a ver los grandes estrenos cuando estaban a punto de quitarlos de la cartelera, el cinecito –porque era uno pequeñito, coqueto- de las últimas oportunidades; y, en el número 35 (impares: la acera del Madrid Rock; en este caso, al poco de salir de Callao y enfilar hacia la Casa del Libro), el Palacio de la Música, con tres salas a cada cual más enorme y, por lo tanto, tres grandes cartelones con las estrellas en vívidos colores.



Allí, a mediados de noviembre del año 1993, en una sesión de las cuatro de la tarde, entre señoras de collares ruidosos y toses de señores que fumaban tabaco negro, me metí (en efecto, iba solo al cine porque tenía tanta ansia de ver todo lo que ponían que no podía esperar a ir acompañado) a ver una película porque me sorprendió el elenco de estrellas que se anunciaban en su carátula: Brad Pitt, Gary Oldman, Val Kilmer, Dennis Hopper y Christopher Walken y, como protagonistas destacados (los más desconocidos), Christian Slater y Patricia Arquette. La película (para los que me conocen es casi evidente desde el título del post) era Amor a quemarropa (True Romance). Dirigida por el hermano bueno de los Scott (para mí, Tony era mejor director que Ridley, lo siento) y con un guion de un tal Quentin Tarantino, quien con el dinero que cobró por él, pudo rodar su primera película, Reservoir Dogs.    

A esas alturas de mi vida (a los 18 años te crees que lo has vivido todo), me creía un amante del cine. Pero Amor a quemarropa me demostró cómo de grande podría ser el amor verdadero (y no farolero, como dicen en otra película que no hace falta que os señale).

¿A qué viene todo esto? A que, 25 años después, y también tras casi una década de seguimiento de series, me he topado con una digna sucesora de Amor a quemarropa en la pequeña pantalla (o grande, porque en proporción a mi casa, mi tele es grande). Se ha comparado ya mucho The End of the F***ing World a True Romance. Más allá del argumento, la serie toma prestado mucho más que la sinopsis básica (pareja de incomprendidos comete crímenes casi sin pretenderlo y huye de todo y todos). Es un homenaje constante.



No voy a detenerme en todos ellos (la camisa rojiza con motivos cantosos del chico, la chica de rubio artificial, el tratamiento de la música, cabinas telefónicas solitarias en medio del páramo, el humor negro, el final en una playa, el destino fatalista de los perdedores). Quizá sí en lo esencial: es la serie de adolescentes más realista que he visto en mi vida (pese a ir de crímenes, atracos, persecuciones…). Porque los protagonistas son verídicos en su obvia exageración alegórica. Son apenas 160 minutos (ocho capítulos de unos 20 cada uno; una película larga) a un ritmo frenético en la acción y en las cargas de profundidad que va soltando por el camino como quien no quiere la cosa.



Al final, no es más que una historia de amor. La crítica soterrada a las nuevas tecnologías apuntala el conjunto: lo primero que vemos de Alyssa, la protagonista, es que destroza su móvil e insulta a una compañera de instituto porque le acaba de mandar un mensaje por el móvil cuando ambas estén sentadas una junto a la otra; el chico de la gasolinera, un solitario llamado Frodo (¿de verdad te llamas Frodo?) es incapaz de transgredir con algo más contundente que beberse de un trago una botella de leche porque tiene la imaginación amputada; el protagonista es un psicópata que mata animales, sueña con dar el paso a los seres humanos y metió la mano en una fredidora de aceite hirviendo porque es incapaz de sentir nada. La imaginación, la aventura, el riesgo, en todo este entorno, como sinónimos de los sentimientos puros. De vivir. Porque de eso va la serie, de la necesidad de todo ser humano de sentirse querido y de amar; de lo capaces o incapaces que somos para el amor. 

Que todo eso es un lío monumental cuando se tienen 17 años es el punto de partida.

25 años después, como corroboran también todos los adultos de la serie en segundo plano, en las mismas seguimos.

Así que no me preguntas qué serie veo ahora. Estás tardando en ver esta. Y saber de qué va eso del puto amor entre humanos.