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sábado, 7 de septiembre de 2019

El centro y sus cuatro caras




Ruta del 7 de septiembre: Salina (Kansas)-Lebanon (Kansas)-Yuma (Colorado)-Burlington (Colorado). Unos 730 kilómetros.

El centro-centro
El centro geográfico de Estados Unidos huele a estiércol y a vaca. Si me se permite la gracieta, añadiría que el eje de los 48 estados contiguos (quitando a Alaska, Hawai y Puerto Rico) está en medio de ninguna parte. Pertenece al término municipal de un pueblo perdido que se llama Lebanon y al que solo puedes llegar porque tienes unas ganas enormes de llegar; no está en el paso de ninguna carretera ni tiene otras atracciones turísticas (monumentos, sitios históricos o parques naturales) a menos de 500 kilómetros y dudo que hasta el Mago de Oz pudiera saber cómo se volaba hasta aquí.

Estuve hora y media en la zona y, en lo que respecta a vida, solo vi vacas y una furgoneta que salió de la granja adyacente en dirección contraria un rato antes de salir el sol; a trabajar, supongo.

La vida sería la que llevase el volante, digo yo.



Aquí se viene a lo que se viene: a ver una placa con dos banderas (de Kansas y USA), un merendero con tres mesas, cuatro bancos y un solo columpio (si por un casual muy poco probable coincidieran dos niños en las instalaciones habría pelea), una barbacoa, otra placa de la visita del embajador del Líbano y una capilla la mitad de pequeña que mi casa en Madrid (y mi casa en Madrid tiene 25 metros cuadrados) que tuvo que ser reconstruida después de que hace unas décadas un cafre no frenara en la carretera que se termina justo aquí y pusiera de hinojos el carburador contra el altar.  



El centro de una historia: A la espalda de todo este tinglado, sobre un pequeño montículo, otea todo el paisaje que se abre al oriente un motel abandonado. 



Las puertas y ventanas están candadas o tapiadas, el color gris de maquetas sin pintar ha homogeneizado el abandono y queda a la puerta un contenedor que pedía por favor a los clientes que no arrojasen a sus mascotas al recipiente negro, que para eso está el río (bueno, lo único que pone el contenedor es 'no animals' -que digo que dirigido a los ganaderos-, pero yo soy un batallitas).



Y porque soy un batallitas es por lo que me entraron escalofríos al ver esto:



Mi mente pensó de inmediato en la historia de un vagabundo que vive en esa habitación y los niños del lugar (que harán unas piernas increíbles si tienen que venir en bici hasta aquí desde el pueblo) creen que es un fantasma. Pero un fantasma que un día descubrieron que come y desde entonces le dejan comida en la puerta (son mazorcas, sí) para que remita la maldición que pesa sobre el condado y que mata en extraños accidentes de carretera a los jóvenes de la zona. 

Por poner un ejemplo no muy desarrollado. 

No había apenas viento y fue lo máximo que pude sacar. Es una bandera para la reelección de Trump en 2020 en el único bar del centro de Yuma (Colorado).

El centro de la América real: Quizá debería decir realista. No lo sé. Que elija quien se vea capaz. Hablo de Yuma, en la esquina noreste de Colorado, en plenas Llanuras Altas de dicho Estado, un pueblo como muchos en estos alrededores, que vive del trigo, el maíz, las vacas y todo lo que muevan esas tres materias primas. Turismo, poco; novedades, ninguna. Solo hay que ver cómo está el cartel de una película recién estrenada ayer mismo (y que estará por dos semanas o dentro de dos semanas)... Menos mal que el título es corto. Dudo que tengan muchas letras en el almacén del teatro:



Las coincidencias son así. Este año que no voy a Maine después de tres veranos seguidos rindiendo visita a la tierra de King, me voy a Yuma y me encuentro con su sombra. Porque a Yuma he venido porque es la ciudad que inspiró a uno de los mejores descubrimientos literarios que he tenido en mucho tiempo. Me refiero a Kent Haruf, un tipo que escribió su primera novela con 41 años, que tardaba casi décadas en escribir una nueva (solo terminó seis) y que la última la repasó sabiendo que le quedaban semanas de vida. Precisamente, esa última obra, 'Nosotros en la noche' le ha dado cierta notoriedad porque Robert Redford y Jane Fonda hicieron una película (dicen que regulera) hace poco. Por eso, porque se iba a hacer o porque se había estrenado ya (no sé cuándo se tomó la decisión editorial) se publicó la novela en español y luego le han seguido las tres entregas de su Trilogía de la Llanura ('La canción de la llanura', 'Al caer la tarde' y 'Bendición'). Todas están ambientadas en el imaginado pueblo de Holt, en las coordenadas más o menos exactas de Yuma, que fue donde vivió un tiempo el propio autor y sacó todas sus ideas o hizo caso a los escritores que dan consejos a los que quieren ser escritores en eso de que siempre hay que comenzar por lo que uno conoce. 




Será por eso, porque Haruf es una persona sin estridencias, su escritura es de sencillez pasmosa e íntima a la vez, sin alharacas ni fuegos artificiales, solo gente sencilla (granjeros de ganadería y de trigo, profesores de colegios con un puñado de alumnos, adolescentes embarazadas sin más futuro que trabajar en la gasolinera, asistentes sociales...) que vive como puede y muere como todos. Con sus problemas de cosecha, sentimentales, de soledad o tristeza, abandono o frustración, rechazo o reivindicación tan universales.

Las historias de Haruf van del granjero tal o el profesor cual que un día se despiertan y charlan con su vecino. 

En la forma, claro. 

Había que rendirle tributo. Además, por lo que veo desde el escaparate del 'Yuma Pionner' (el periódico local) su único componente (que dice que no estará en todo el fin de semana porque se ha ido a cubrir a los equipos deportivos locales a otras partes del condado) es digno miembro de la profesión por el desorden que ha dejado a la mesa.



El centro de los cielos: Porque Kansas (y alrededores que son lo mismo en su paisaje) son sus cielos. Que son inmensos. 



    

domingo, 23 de septiembre de 2018

Pop, rock y blues




Hace diez años, cuando puse punto y final a 'Una historia pop' (lo de 'aventura' vino luego por sugerencia editorial) creía que ahí acababan las aventuras de Carmen, Ricardito y Freddy. Allí se quedaban, en la playa gaditana donde crecí, la Playa de la Torre del Puerco, desangrándose o quizá muriéndose después de una batalla imposible. Lo del epílogo aclarando un poco las cosas también vino mucho después. Durante mucho tiempo, el final fue el final. Pasarían muchos años de espera, de incertidumbre, de rechazos, de silencios, de fracasos.




Entre unos y otros, en septiembre de 2009, me vino a la cabeza un primer fogonazo de posible continuación. Fue en Monument Valley, no en las praderas de los monolitos famosos de las películas de John Ford, sino en un valle apartado, a la espalda de los turistas: por un momento, vi a los tres cabalgando a toda prisa porque les perseguían montañas que cobraban vida. O algo por el estilo.



Pero llegó 2010 y luego 2011, cuando la vida me dejó poco resquicio a la ficción y el poco aire que me quedaba lo volqué en 'Runaway' y su huida hacia delante. Poco a poco, Carmen, Ricardito y Freddy caían en el peor de los olvidos, que es el olvido de quien los creó. Nadie los quería, a nadie les interesaban. 2012 también pasó y, con él, el bicentenario definitivo de los hechos que sirven de escenario a la novela (aunque, en puridad, los hechos sucedían en 1811). 

Cuatro años después de poner el punto y final, y con otra novela más reciente entre manos, era el momento de pasar página. Había quien me decía que aquella novela era distinta, la de Pop, digo. Dani, Nuria, Ana... aquellos que la leyeron en folios impresos en casa y sobre los que agotaba cartuchos de tóner porque me empañaba en imprimir los ejemplares en color, con los protagonistas, cada vez que se les nombraba, en una tonalidad distinta: Carmen en rojo, Ricardito en azul y Freddy en naranja; aquellos que se resistían a dejar morir aquello.

Por ellos (bueno, y porque soy un poco cabezón) incluso la llegué a subir a Amazon. La compraron unos cuantos amigos, quizá algunos leáis esto. Y con eso sí que pensé que ahí se terminaba su periplo. Fue entonces, como en una peli mala, cuando ya no esperas nada, que oí a un amigo que me contaba que un amigo de un amigo estaba montando una editorial a la que había enviado una novela que había escrito y que aceptaba manuscritos. Que publicaba solo en digital. 

Esta foto me la enviaron este mismo domingo desde Cádiz una amiga lectora.


Bueno: después de solo recibir calladas por respuesta saber que había alguien que al menos abriría mi correo ya es algo. Es como lo de mandar currículms sin que haya nadie al otro lado. Y les escribí, adjuntándoles 'Runaway', que era lo último que había terminado y mi apuesta del momento. En el último segundo, añadí 'Una historia pop'. Porque adjuntar documentos era gratis (si hubiera tenido que enviarla por correo postal jamás me habría gastado otros 30 euros en imprimirla y encuadernarla de nuevo para nada). La editorial era Lapsus Calami y el contacto Jorge Vales.

Hoy, ambos nombres puedan sonar a malditos. Y sin “el pueden sonar”. Obviamente, yo les debo el comienzo de lo que pueda ser (de lo poco que pueda ser en este mundo editorial) a los Jorge Vales y Lapsus Calami de 2013 y de 2014. También a Carlos Bravo (lector cero y entusiasta), José Miguel Campos (responsable de redes y no menos entusiasta promotor de la obra) o Jean (correctora y tampoco menos entusiasta de la novela).



Primavera de 2013. Jorge me llama y me dice que me publica la novela. Esa llamada que todo aspirante a escritor sueña con recibir, me llega cinco años después de haberla escrito, casi 20 años después de haber escrito y terminado mi primera novela, allá por los primeros años de facultad. Yo creo que se refiere a 'Runaway' y dice que no, que no. Que habla de Pop. Que le gusta tanto que ha decidido editar en papel mi novela y la de aquel amigo que me habló de él. Que se pone en marcha todo. Y ocurre. Y el 9 de noviembre de 2013, día festivo por la Almudena en Madrid (lo destaco porque la primera novela de juventud que terminé, la de 1993-1994, arranca justo un día de la Almudena) cojo un autobús en Moncloa y subo a Torrelodones, donde vivía Jorge, y en un bar del centro, junto a Jean y Jorge, recibo mi primer ejemplar. Como no sé lo que es tener un hijo puede resultar algo frívolo hablar del orgullo y la felicidad con la que bajé, libro en el regazo, hojeándolo ansioso, a Madrid esa noche, en el último autobús de la noche, en la madrugada ya del día siguiente.

Hago aquí una elipsis hasta el año 2015 porque solo quiero hablar de cosas bonitas. Y momento bonito donde los haya es cuando en aquellos meses me crucé con Carmen Moreno. Poco a poco, de casualidad, de pasada, en una presentación o en otra. 

El escenario del asedio a Nueva Orleans.

A mediados de ese 2015 ya había terminado 'Un horizonte rock' (nombre original de 'La Dama Blanca del Mississippi'), una vez que Jorge me había pedido que continuase con la historia y yo, después de pasar por Nueva Orleans en el verano de 2014, decidiera que había una historia en ese otro asedio tan parecido a una ciudad que tanto se me parece a Cádiz como Nueva Orleans. 

Jorge estaba tan encantado que hasta me obligó a abrirme una cuenta de skype (nunca la he llegado a usar y no sé ni cómo quitarla del escritorio) para hacer una presentación desde la ciudad americana en mi viaje de julio de 2015. Una de sus ideas. La última. ‘Un Horizonte Rock’ no se publicó a tiempo para julio. Ni para agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre…

Jorge desaparece de escena y aparece Carmen, que andaba ya lanzando desde hacía meses su propia editorial. Por supuesto que quiere ‘Un horizonte rock, pero tiene que hacer hueco en la programación. Por supuesto. Si esperé 20 años por Pop, qué más dan ya unos meses más.

Pasa 2016.



Llega 2017 y en abril, ese otro mes donde tantas cosas (me) ocurren se publica ‘La Dama Blanca del Mississippi’. La historia desde esos días ya es algo más conocida porque he dado la brasa convenientemente en este blog y en las redes.

Esto era una historia de orígenes y de reconocimiento a quien sigue creyendo en todo ello. Hagan caso a Carmen y pasen por su tienda, la digital https://www.cazadorderatas.com/ o la física, Librería La Ratonera, en Cadi, Cadi.



Para celebrar que, tras Pop y Rock, el círculo se cierra con un Blues (o empieza de nuevo, o yo qué sé), os dejo la que podría haber sido la banda sonora de la criatura de haber elegido el mismo modelo de sus dos hermanas mayores en lugar de rendirme a la poesía.

Disfruten, al menos, de la música. Y lean. No a mí, necesariamente. 

Pero lean. 

Primer verso: ‘You only live once’, de The Strokes



Segundo verso: ‘Machine gun’, de Portishead




Tercer verso: Common People, de Pulp



Cuarto verso: ‘Behind blue eyes’, de The Who



Quinto verso: ‘Crown of love’, de Arcade Fire




Sexto verso: ‘Amie’, de Damien Rice






Séptimo verso: ‘The man who sold the world’, de David Bowie



Octavo verso: ‘Ring of fire’, de Johnny Cash




Noveno verso: ‘Crystalised’, The XX



Décimo verso: ‘California stars’, de Billy Bragg & Wilco



Undécimo verso: ‘Gotta get away’, de The Black Keys




Verso suelto: 'Yankee bayonet', de The Decemberists



lunes, 30 de julio de 2018

Hoja 24: Belleza y verdad

Lagos de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bucksport y Bangor (Maine).Nuevo Hampshire-Bennington (Vermont): 800 kilómetros.

¿Y si tuvieran una plaza de becario en este periódico?

Una canción: 'Born to run'. Faltaba el jefe en la lista, el último poeta de los USA reales y rurales, urbanos y de extrarradio (con permiso de Dylan). Para echar a correr, para acelerar, para disfrutar siempre. 





Una película/serie: 'Beautiful girls'. Película bandera a lo largo de toda mi vida. Está ambientada en un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra (vale, de Massachusetts), pero podría servir casi cualquiera de esas poblaciones semi industriales, tristes, con un pub o dos donde se reúnen como pueden los que quieren algo de vida más allá de trabajo y familia. Una película imprescindible de los fracasos cotidianos y de la crisis de los 40 (y eso que me enamoré de ella a los 20).

Un mapa de nubes sobre Bucksport, en Maine.

Un libro: 'El atlas de las nubes', de David Mitchell. No he visto la película y sí lo he leído casi todo de este autor, a caballo entre lo fantástico, el terror, la novela de iniciación, el culto a la cultura popular, los guiños sentimentales y, por eso lo traigo aquí (y porque me gusta mucho toda su obra) por su empeño en lo circular, el determinismo a través de los siglos y las conexiones improbables entre personas diferentes.

A la izquierda, nectarinas; a la derecha, melocotones; en medio, los pluots.

Una comida/bebida: Los 'pluots'. No tienen traducción, que yo sepa. Son una mezcla entre los albaricoques y la ciruela. Por fuera, tienen el color verdoso/rojizo de los tomates kumato e incluso su textura exterior es similar, resbalosa y brillante. Por dentro, son rojo carmesí y dulces, muy dulces. Como una ciruela especialmente jugosa.  

Como las Meninas en Madrid esta primavera, Bennington está plagado de pumas artísticos.

Una imagen: El puma americano (o 'catamount') ronda las montañas de Vermont.

Al amanecer, sobre el puente colgante de Waldo, donde siempre paro antes de dejar Bucksport.

Un error: Una pena, para ser exactos. Me ha costado irme de Maine. Primero, me he desviado para desayunar, luego he tomado otro desvío para ver de cerca el pueblo de Carmel y, sobre todo, decidí hacer caso a una compañera de barra del otro día que me recomendó que entrase en Vermont por el norte. Eso hice, con lo que tardé mucho más en salir de Maine. 

Por allí vienen los caminantes blancos, ojo...

Un descubrimiento: Hay un Stark que ganó algo. Es el general Stark y la victoria de Bennington se recuerda como una de las grandes gestas de la independencia americana contra los ingleses. 

De izquierda a derecha, la bandera oficial de Vermont, la americana, y la de Bennington, que es la que cuelga luego por toda la ciudad. De la independentista no hay rastro, ni oficial ni en casas particulares.

Un dato/hecho: Hay cierta tendencia (de los que no son tendenciosos, qué va) en decir que Vermont es el Estado americano más independentista. Es cierto que fue independiente desde 1777 a 1791, pero si el mundo lo definen las banderas, no he visto ni una sola del movimiento que propugna la Segunda República de Vermont (y me he cruzado todo el Estado). Y sí mucha americana, como en todas partes, y en Bennington, la municipal, que es una variación de la nacional con un 76 recordando la independencia... de todo el país. 

Los puentes cubiertos de Bennington se usan aún como forma de cruzar un río. Yo he cruzado todos en ambas direcciones en coche.

El puente Henry es el más largo de los que he visto entre Iowa y Vermont.

Estampa cotidiana del centro de Bennnington, en Vermont.

Una historia: Cuando leáis esto seguramente estaré a punto de despertarme en mi antepenúltima mañana de esta Ruta Pop. Como dicen los de Semana Santa, ya he empezado la recogida a templo; en mi caso, he emprendido el camino hacia el sur primero y luego hacia el oeste poco a poco, buscando Chicago. 

Ya habrá tiempo de hacer balances (supongo, que habrá tiempo), pero empiezo a cerrar círculos incluso sin pretenderlo. Hoy ha sido el de los puentes cubiertos. Si la primera jornada de carretera me llevó a los puentes techados más famosos, los de Madison, hoy tocaba hacer lo propio con los de Bennington, acaso los segundos más famosos. Toda historia es circular, lo veamos o no, y esta ruta, que nació con la idea de volver a donde empezó, desde luego que lo es. 

Sin embargo, una cosa es la geometría y otra muy distinta la poesía. Dice Robert Frost, cuya tumba de encuentra aquí, en Bennington, que pasó toda su vida como si viviera en una pelea de enamorados con el mundo. No voy a desmentir al bueno de Frost (excelente en muchos casos), si bien sus palabras enlazan con los puentes para enamorados de Madison, donde tantos nombres lucen (o deslucen, con el paso de los años) en corazones de tinta o tallados en la madera. Donde también Mom recordaba las cinco muertes de su familia. 

Aquí, en Bennington, Mom no podría venir a escribir sobre sus hijos so riesgo de terminar atropellada. En la moderna Vermont (el Estado menos denso, uno de los más ricos, ajeno a casi todo y todos), los puentes cubiertos siguen cumpliendo su función de puentes. Pasan sobre ríos y se pueden utilizar para ir en coche de un lado a otro (andando, no, ya que no hay aceras porque apenas hay hueco para un solo vehículo y debes esperar si ves que otro coche ha entrado antes que tú).

Los puentes de Vermont son puentes de carretera, con obras de mantenimiento y excavadoras que pitan cerca, con polvo que se levanta en los arcenes, sin una sola pintada en los interiores, con un río de corriente intensa que discurre por debajo, con el ajetreo de una carretera de servicio rural. No hay turistas apenas, sino furgonetas de Seur (bueno, de FedEx, pero si digo FedEx del tirón no lo pilla más de uno) esperando a que dejes de hacer el idiota con la fotito y pases de una vez.

Los puentes de Vermont son útiles. Son bonitos. 

Los puentes de Madison son hermosos. Son inútiles. 

Decía otro poeta en su cita más famosa que colgué el otro día tal y como aparece en la Biblioteca del Congreso, que la belleza es verdad y la verdad, belleza.

La belleza del arte, sea un verso de Frost o de Keats, sea un puente colgante con promesas de amor y amor eterno de una madre, es un círculo que nunca deja de dar vueltas y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y...   


domingo, 29 de julio de 2018

Hoja 23: Fantasmas en la vieja cantera del Monte Waldo

Será que por estar en tierra de King uno tiende a las historias macabras, pero...


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Alrededores de Bucksport y Bangor (Maine): Unos 200 kilómetros.

Mañana de domingo en el Maine interior.

Una canción: 'Everyday', de Buddy Holly. Se lo debía al bueno de Buddy desde que comencé la ruta en aquel trigal donde murió. Esta canción, presente en la banda sonora de 'Cuenta Conmigo' es lo que me imagino que suena entre granjas, lagos y vías de tren solitarias del Maine profundo. 





No es difícil imaginar a los críos de la película haciendo apuestas sobre ir a la vieja cantera.

Una película: 'Cuenta conmigo'. Como pasó con 'Los Goonies', tuve la suerte de verla con una edad similar a los protagonistas, en ese momento en el que dejas de ser un niño (o empiezas a dejar de serlo, si es que lo haces del todo) y te das cuenta de que la magia de la vida adulta no es magia precisamente.




Un libro: 'Los ojos del dragón', de Stephen King. Por tercer año consecutivo me hago foto delante de su casa en Bangor, pero por no perder ya la costumbre. Elijo este libro porque es el que más me marcó en su momento. 




Un comida/bebida: El 'Dysarts' es una parada de camioneros emblema de Bangor (King la recomienda y la considera como casa de su conductor de camión asesino). Este es su Dave's Special, y lo especial es la carne de ternera deshilachada. Un pequeño lujo en medio de un desayuno clásico.




Un error: Es más una elegía. El 'Bacon Tree', un restaurante diminuto en Winterport, se había convertido en mi rincón gastronómico de Maine. Comida casera, con productos locales, pero sin renunciar a hacer cosas distintas. Un ambiente desenfadado, algo canalla, de esos por los que se pirran los guays de Seattle o de Nueva York. Pero estaba en mitad de la nada del Maine más a desmano. Lo visité en 2016 y 2017 y cerró a principios de este año. Cuando he visto que lo ha sustituido algo llamado "The wooden spoon' he pensado que quizá alguno de sus anteriores responsables podría haber recogido el guante. Pero no: es una pastelería que sirve también desayunos; no es que tenga mala pinta lo que hace, pero es un anodino local más, familiar y para gente de aquí. Le pregunto a la camarera, una cría con una gorra enorme naranja, que me recomiende una cerveza local y dice que ella no bebe. 




Un descubrimiento: Bangor me había parecido una ciudad gris en los dos años anteriores. No es que ahora sea Nueva Orleans, pero le voy cogiendo cariño a esta ciudad industrial, alejada del turismo y del resto del mundo, en la que solo recala gente para hacerse fotos delante de la casa de King. Sigue arrastrando cierto aspecto desolado y puede que eso, siendo como soy, sea lo que me guste, al fin y al cabo.




Una imagen: No puede haber más tópicos reunidos en un escaparate. Pero el mensaje es el mensaje. 




Un dato/hecho: El Bucksport Motor Inn es el hotel donde he pernoctado más noches en los USA, con once en tres años distintos. Sí, he dormido más noches en Nueva Orleans, pero en cuatro lugares diferentes. Los once días que he pasado en Maine (doce, porque estuve uno más en Portland en 2017) he vuelto a este motel y lo seguiré haciendo cada vez que venga aquí.






Una historia: La vieja cantera del Monte Waldo da escalofríos como para pensar en niños muertos, adolescentes suicidas y asesinos en serie que escondieron los cuerpos nunca encontrados de sus víctimas en los alrededores.

A la vieja cantera del monte Waldo parece que van los chavales del condado a demostrar su valentía y pintar su nombre o un mensaje cínico, a beberse su primera cerveza o darse el lote en las rocas que circundan una charca de agua estancada en la que puede que una vez al año vaya a rodar un nuevo peñasco de granito desprendida de la ladera que sirve de anfiteatro. O quizá no: quizá lleve así décadas. 

En la vieja cantera del monte Waldo se sabe que una vez hubo actividad industrial porque hay viejas ruecas oxidadas, pernos, tornillos del tamaño de un bate de béisbol, cuerdas de acero del mismo grosor que ese bate que hacían funcionar la maquinaria y transportaban las piedras de granito desde la cumbre al valle y que hoy bailan estáticas en lazos improbables; serpientes petrificadas a falta de serpientes de verdad. El color marrón anaranjado de la maquinaria contrasta con el gris perla del granito de las rocas desparramadas, el verde desganado de los árboles enanos que se atreven a crecer y el cobalto del pantano sucio.    

No se oyen pájaros. 

No se oye nada. 

Supongo que eso de percibir a los fantasmas es cosa de gatos y perros.  

Los hechos son que la cantera del Monte Waldo cerró en el año 1914, hace más de un siglo. Dicen que su granito de una resistencia especial y un color particular se usó en la construcción del monolito de Washington DC, el puente de Brooklyn o el Empire State.

Dicen también que el Monte Waldo recibe el nombre de Monte Miseria porque dos críos salieron a hacer una excursión a finales del siglo XVIII y murieron en una tormenta de nieve. 

Las guías dicen poco más, excepto que se trata de un monte del montón, de apenas 320 metros de altura y que no da para más. No lo dicen por educación, aunque uno puede imaginar que llamar monte a lo que es una colina ya es temeridad. 

Hay muchas cosas que se podrían añadir de la vieja cantera del Monte Waldo. Para llegar a ella, hay que caminar durante media hora, en cuesta arriba, resbalando entre guijarros y sin tierra compacta donde descansar las plantas. La carretera de asfalto termina abruptamente, con un cartel que advierte, muy dantesco él (dantesco en su verdadera acepción, no en la que usan y usan los informativos para hablar de accidentes) con lo que de entras por tu cuenta y riesgo. Luego, empieza un sendero de tierra donde podrían haber accedido los camiones de la cantera y gira a la izquierda, donde a unos pocos metros la montaña se ha derrumbado sobre la ladera y hay que volver a la curva, de la que salía un sendero de un metro y medio de ancho, más escarpado, más peligroso en las piedras que se resbalan. 

La naturaleza te avisa con árboles que se han derrumbado de lado a lado, cortando el paso, con mosquitos del tamaño de murciélagos a punto de convertirse en vampiros, con el aire que se adensa y la brisa que se niega a correr. Entre la vegetación, en las rocas más grandes, hay pintadas que animan a seguir, a no morir, hay un pene gigante en un tramo de suelo rocoso señalando la cumbre, hay llamadas a la libertad, de odio a la gente, de odio al amor, están Ashley y Keith. 1981 y 2018.

Ya he contado lo que había arriba.     

La vuelta es mas peligrosa porque las piedras sueltas tienden a traicionarte con más saña en los descensos. Resbalo y pongo el brazo, ruedan las piedras ladera abajo. No pasa nada. Llego al coche, sin haberme encontrado nada vivo (bueno, los mosquitos y supongo que los árboles si es que no están muertos ya y solo esperan el invierno para caerse sobre la trocha), miro atrás y, en efecto, la de historias que se me han ocurrido en torno a la cantera, los adolescentes y los fantasmas de esos adolescentes.

Siempre he pensado que en un lugar es tan especial como por el número de historias que sea capaz de suscitarme. 
  
Pues eso. 

miércoles, 27 de junio de 2018

La Ruta Pop definitiva



Todo llega. La Ruta Pop de cada verano y, por muy largo que sea el camino, el final de toda carretera. Este año, la Ruta Pop nace para ser definitiva en su doble acepción, la de terminar un ciclo y la de compilación de todo lo anterior y enhebrar los flecos pendientes.

Si el primer año fue el Medio Oeste...


El tercero, más Nueva Orleans y el Sur central (Texas y Nuevo México)...


Y el quinto, la costa noreste...

Este año toca todo lo demás.

Serán, como mínimo (que tiendo mucho a los desvíos), 18.000 kilómetros al volante en un mes mal contado (porque habrá paradas de varios días en diversos puntos) y que arrojan una media de 700 kilómetros diarios. Al final del periplo, y contando mis ocho visitas anteriores a Estados Unidos más lo que haga en este, habré pisado todos los llamados estados continentales agrupados (a excepción de Alaska). 

Arranco a partir del próximo lunes, 2 de julio, cuando recalaré en Chicago (el primer post seguramente lo subiré el 4, pero ya veré sobre la marcha) y de donde partiré en coche hacia el este (con lo que el mapa anterior debe verse en sentido inverso a las agujas del reloj) en la mañana del día 5. Regresaré a Chicago el 2 de agosto. 

Como siempre, habrá mucha cultura popular, homenaje a mis obsesiones, guiños cinéfilos, literarios, musicales y de todo tipo. Y comidas y cervezas y paisanos y paisajes y amaneceres y atardeceres y carreteras y ciudades y aldeas y curiosidades y datos y batallitas y batallazas y épicas y miserias y personas y animales e historias, mucha historia al otro lado de un último horizonte de verano.  

Por el camino, los itinerarios serán, a grandes rasgos, así:

De Chicago parto hacia el oeste y me adentro en Iowa antes de chocar con el Mississippi y virar hacia el norte hasta el mismo nacimiento del río madre. De allí, vuelvo al sur, hasta las grandes praderas y encaro el oeste: las Badlands, Deadwood y Little Bighorn (grandes clásicos de la ruta pop originaria). 

Desde Billings busco el Pacífico, a través del norte de Yellowstone, territorio Twin Peaks, Seattle, el final de la aventura de Lewis y Clark, la costa de los Goonies, la costa pacifica y San Francisco. 

Más hacia el Sur, hacia Joshua Tree, y de vuelta al este por el Gran Cañón del Colorado, Monument Valley, la Ruta 66 más inhóspita, las White Sands y la Texas ignota. 

Y de lo desconocido a la Dallas del magnicidio antes de dormir en París y recalar en el origen sentimental de todo: la Oxford de Faulkner. De allí, retomo el Mississippi, pero hacia su fin, hacia Nueva Orleans y ya pongo proa al Atlántico, hacia la San Agustín fundada por españoles (la ciudad más antigua de Estados Unidos) y girar al norte, hasta Charleston.

El tramo final: parando en Washignton y recalando en la Maine querida (como si no tuviera ya tralla a estas alturas me voy hasta el norte profundo) antes de emprender el regreso a Chicago a través de Vermont, Pensilvania, el cinturón industrial, Detroit y...  

En unos pocos días, os cuento las normas que me impondré en esta Ruta y con las que pretendo agilizar los post y unificarlos.

Nos vemos en la carretera.