Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil USA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra Civil USA. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de septiembre de 2019

Cuatro estaciones en la penitencia por Faulkner


Bienvenidos a Yoknapatawpha, el condado imaginario que William Cuthbert Faulkner erigió para, como él mismo dijo en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, ilustrar todos esos valores que, pese a quien le pese, hacen al ser humano digno de prevalecer: el valor y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, la empatía, el sacrificio. 

Lo hizo hablando de excombatientes y agricultores, esclavos y discapacitados mentales (mutilados hay unos pocos también), arribistas, usureros, ingenuos, cobardes, comerciantes y herreros, ganaderos y caballeros decadentes, valientes y estúpidos, asesinos y héroes, jueces y proscritos, buscavidas, buscones, cazadores, predicadores y monjas, caballos y perros. La tierra, el campo, la ciudad que evoluciona, la guerra que sigue en tiempos de paz. El hombre. 

Lo hizo desde su tierra natal, Oxford (su fugar paso por Hollywood le dio dinero y las ganas definitivas de no salir mucho más de Mississippi). Donde pasó la mayor parte de su vida si somos exactos. Donde está enterrado, que es la primera parada de mi estación de penitencia/homenaje particular: 


El cabezón entre tumbas no es un fantasma, sino yo mismo.

Descansa Faulkner junto a su mujer. Ya conté el año pasado (en la historia al final de ese post) la vida hogareña y lo que le costó casarse con Estelle (ella se casó con otro antes porque el padre no permitió una boda con un tipo que quería escribir). También hay una de las hijas en la trasera del monolito.

De vez en cuando, hay quien deja botellas de bourbon junto a la tumba para homenajear a quien murió de beber demasiado. 

Me habrá tocado mañana de limpieza. 




Del final (eso de no respetar los tiempos lógicos es muy de Faulkner) paso a la eternidad. A la que dejó tras de sí el que muchos consideran el mejor escritor americano (al menos está entre los cinco primeros en cualquier lista). No muy lejos del cementerio, en la plaza principal de Oxford (al noreste de Mississippi) llega la segunda parada en la esquina que ocupa la Square Books, una librería estupenda que reserva una estantería completa para Faulkner, pero que también presenta selecciones muy cuidadas de autores del resto del sur, así como de cualquier materia en general. De ficción a ensayos, pasando por poesía o infantil. 

Una joya en una localidad de vibraciones algo alteradas. Porque Oxford es una localidad que lo tiene todo para ser bucólica y hervirse en su propia tranquilidad. Pero es, muy por encima de la vecindad de Faulkner, la sede principal de la Universidad de Mississipi, lo que duplica en temporada escolar sus 20.000 habitantes censados y convierte sus calles en una locura circulatoria de niñatos y niñatas móvil en mano y con coches más caros que la renta per capita media de la ciudad. 

La vida académica lo marca todo en Oxford. Sus grandes bulevares repletos de centros comerciales y establecimientos de comida rápida, su pasión por el equipo universitario (los Rebels, en su versión futbolera) que lleva medio siglo sin ganar nada (es muy del Sur eso del orgullo por los tiempos pasados y el morirse de hambre en el presente)... 

Ahora que estamos de lleno en la temporada deportiva, se explica lo que viene a continuación, mi tercera parada faulkneriana. 




Es Rowan Oak, la casa donde vivió Faulkner durante décadas, a unos diez minutos andando de la plaza principal. Hoy ha sido la tercera vez que la visito (en 2013 y 2018 las dos anteriores) y cuando así se lo he dicho al que estaba de guardia en la casa/museo me ha dejado entrar gratis. 

No había nadie, claro (vendrían tres personas más en la hora siguiente). El tipo, que no sabía cómo esconderse tras un modesto "está bien" cuando le he preguntado si le gustaba Faulkner (lo que en el lenguaje universal significa que tirando a no) lleva aquí desde 2013. Cuando se lo he recordado, me ha dicho que ojalá que no, que ya está cansado pero que no sabe cómo salir de este puesto. La propiedad pertenece a la Universidad y, por ejemplo el año pasado, había dos estudiantes ayudándole. Pero este año, añade, se han complicado las condiciones para contratar becarios y han puesto muchas pegas. Luego, ha dado una lección de neoliberalismo al decir que ojalá fuera privado el sitio y no público, porque si fuera así "habría una tienda de regalos, una cafetería y se harían las cosas como tienen que hacerse" (lo que en el lenguaje universal de los que se quejan de su trabajo significa que así cobraría más también). 

El tipo a todo esto, me recuerda mucho a este: 




¿Os acordáis del tío de la urticaria en 'Algo pasa con Mary? 

No me estoy metiendo con él. Solo digo que se parece (y sin la urticaria). Además, por esas cosas del destino, y junto al extra de no pagar (que hice al final, de todos modos), el hombre me permitió un pequeño lujo, como retirarme la mampara que protege los pasillos en cada acceso a las habitaciones y hacerlo, en concreto, en el estudio donde Faulkner escribía. Así fue como pude hacer una foto en condiciones y de cerca a su máquina de escribir (luego, me hizo la foto de rigor desde el umbral ya... aunque se puede apreciar la mampara apartada que también sobrepasé).





El caso es que es normal que el tipo se aburra. Dice que aquí viene muy poca gente. En todo caso, con eso de los partidos de los Rebels, se notan picos puntuales si es por la tarde y los visitantes tienen un hueco por la mañana. La temporada alta, en cualquier caso, también la explica la universidad: es en agosto, cuando empiezan a desembarcar los estudiantes y sus familias buscando alojamientos y tal. 

Por lo tanto, Faulkner y Rowan Oak serían un oasis aún más apartado de no existir la Ole Miss (que es como se llama a la universidad).




Una lección ante la que nadan a contracorriente en New Albany, una ciudad unos 50 kilómetros al noreste de OXford y que fue donde nació realmente Faulkner. La cuarta parada de este rosario que ha ido al revés, de la tumba a la cuna. 

Solo vivió un año allí, pero en el cruce de las calles Cleveland y Jefferson (no creo que sea casualidad que la capital de su condado literario se llame Jefferson), donde hoy se encuentra esta casa de ladrillo similar a la de madera de entonces, vino al mundo el pequeño William: 




Hasta hace muy poco, a New Albany le daba igual Faulkner y no había nada con su nombre. Hoy empieza a ser una encantadora (encantadora por lo que tiene de melancólica) plaga. Hay un museo del condado donde la mitad de la colección se dedica al escritor, hay un jardín algo cutre en dicho museo con flores y citas en obras donde se habla de esas flores, está la casa... y ya...

Antes, la carretera que une Oxford con New Albany también lleva el nombre de Faulkner (lo de escénica es porque atraviesa un bosque protegido). 





Y poco más. Lo que importa de Faulkner está en sus libros.

Como todo de la gente que escribe.  

domingo, 8 de septiembre de 2019

El Mago, la Bruja, el psicópata y el héroe



Ruta del 8 de septiembre: Burlington (Colorado)-Cheyenne (Oklahoma)-Ponca City (OK). Alrededor de 1.000 kilómetros (no es una errata).

El Mago es el de Oz. Porque si esto es Kansas (o lo fue ayer, o lo ha sido durante el día de hoy o ya no sé ni por dónde ando a veces con jornadas de doce horas al volante que me marco). Pues bien, a eso de las nueve y media de la mañana, el sol andaba remolón por el Este tras una densa niebla que me había acompañado durante unos 150 kilómetros al despuntar el día; pero, al salir de la bruma, ahí estaba, la escalera hacia el mundo mágico. Las coordenadas son en alguna carretera perdida al sureste de Kansas. Abajo a la derecha, vamos.  




La Bruja es la del Oeste. Que es lo que tienen los portales a otros universos, que no solo circula gente de bien, sino malas personas que caminan y que vuelan a lomos de escoba. Por lo que la bruja en cuestión (eso de que fuera la del Oeste no fue casualidad por parte de su creador: ya se sabe, del Oeste todo lo malo, raro y salvaje en los USA) se coló por el ascensor y se descolgó sobre los campos de maíz, y fue formando desde sus dominios, o sea, del oeste, una tormenta que, de lejos, me venía muy bien para hacer fotos (aunque lo intenté, no logré ninguna de un rayo, que caían como entrenadores del Madrid desde hace un año y pico).



Con eso de las nubes andaba yo despistado y me creía que la tormenta corría hacia el norte. 

Ya sabéis lo que viene ahora, ¿no?. 




Directo al ojo de lo más oscuro que se pueda apreciar en la imagen. Derechito y que empieza a llover, luego a jarrear como si el vórtice que lleva al universo donde el Apocalipsis acaba de despertar se hubiera abierto; después, el viento; entre una cosa y otra, aquello parece una discoteca cutre de tanto efecto estroboscópico que dibujan los rayos (y yo que hago que me quedo tranquilo porque en estas llanuras donde la última vez que se vio un árbol le hicieron una serie de ocho temporadas hay al menos un puñado de molinos de viento y digo yo que antes caerán sobre ellos... digo yo). 


Esta foto es de una vez pasado el ojo... que no hago ningún espoiler porque si estoy escribiendo esto es que no he volado.

Y en esto que en algo me sonríe la suerte porque llego a Minneola, un núcleo urbano (o tres calles mal puestas con su silo de trigo gigante y tanque de agua con su nombre grabado correspondientes a estos lares). Más edificios altos para que los rayos elijan a sus víctimas. Aunque la intensidad de la lluvia ya no es normal. Me paro en el único stop del pueblo y noto que el viento pretende levantarme el morro del coche. Como si el mismísimo Magneto estuviera ahí delante y quisiera convertirme en helicóptero. Miro a mi alrededor y no veo a Magneto, sino goterones del tamaño de una cabeza nuclear y una gasolinera. 

Paro donde la gasolinera a que pase aquello. 

Más o menos pasa rápido. Parece. Por si acaso, me meto a comprar un Red Bull (es lo que se toma para calmar los ánimos, ¿no?) y le pregunto a la dependienta si eso de ahí afuera es una tormentita de nada para ellos o nos vamos a llevar así todo el domingo. Una oriunda en chándal y acodada en el mostrador me dice que no. O hace muchos aspavientos contrariados porque no entiendo una mierda de lo que dice.  

La dependienta calla y se pone a mirar el móvil. 

No es una millenial, ya que no baja de los 50. 

De hecho, está haciéndome un favor porque se ha puesto a buscar en uno de sus enlaces rápidos la evolución en directo del tiempo (es lo que tiene vivir en tierra de fenómenos extremos y simultáneos, que te pones esas cosas en marcación rápida) y me enseña que el nubarrón ya está pasando y se va hacia el noreste. 

Yo voy al sur.

Digo. 

Pues tira palante. 

Me dicen no con esa expresión castiza, sino con un movimiento sincronizado (la dependienta y la borracha aburrida de domingo por la mañana) de desprecio hacia el turista cagón. 

Afuera hay charcos en las calles de Minneola que podrían albergar los mundiales de natación si se dan prisa. 

Sigo hacia el sur, dejando la tormenta atrás y enfilando Oklahoma, donde, como todo el día de hoy y el de ayer, no dejo de ver vacas por todas partes. 

Vacas y molinos, Sancho.



Carraspeo porque me pongo serio para hablar del psicópata.

Es un viejo conocido de mis rutas pop y hace mucho que dejó de ser el bueno de mi película personal. Hablo del general, coronel, teniente coronel (fue ascendido, degradado, ascendido de nuevo...) George Amstrong Custer. Para no aburriros con su historia (o su muerte en Little Big Horn, mejor dicho), aquí está mi visión de 2013 y aquí, la del año pasado.  

Ya en una o en otra, Custer era un capullo sin género de dudas. Pero seis años antes de su muerte (luego cuento un detalle curioso), demostró hasta dónde llegaba su ansia de poder y ambición. 

Invierno de 1868. Washignton no sabe cómo quitarse de encima a los indios. No dan más que problemas. Encima, en un rincón de Colorado llamado Sand Creek, un grupo de voluntarios estatales ha perpetrado una matanza que los tiene soliviantados por todas las grandes llanuras con lo que eso supone de ataques a pobres colonos y honrados trabajadores del ferrocarril. En esto que el máximo responsable del Ejército en DC, el general Sheridan (un héroe para los azules de la Guerra Civil aunque un juicio de Nuremberg o una vistilla en la Haya no los hubiera pasado), decide que hay que terminar con eso y que hay que escarmentar a los indios de una vez. Espera a que sea invierno porque ya se sabe que los son como animales, que hibernan y que dejan famélicos a sus caballos porque no hay pasto... que son vulnerables, vamos. 


De pronto, un remolino se alzó en las inmediaciones de Washita. Otra vez el viento.

Ataca con todo, le ordena Sheridan a su viejo esbirro Custer, caído en cierta desgracia una vez que la guerra con los paletos del sur terminó y esos aires que se dan no son muy de tiempos pacíficos. Le restituye con empleo de coronel y lo envía a exterminar a los cheyenne en las tierras al suroeste. La campaña es bautizada, con gran predicamento en la prensa de la época, 'guerra total' contra el indio, pacífico, guerrero o el primero que pase por allí y no tenga los ojos azules y el pelo rubio. Lo de daños colaterales fue un invento del siglo XX.

Sea como sea, Custer termina con su Séptimo de Caballería en los confines de la tierra civilizada (al oeste de la Oklahoma de hoy), en las inmediaciones del río Washita. 

Cumple encantado sus órdenes. Ataca y arrasa (lo de 'search and destroy' que se puso de moda en Vietnam venía de un siglo antes). Hay crónicas que atestiguan que, en un momento dado, un explorador le recordó que estaban matando a mujeres y niños y que no querría caer en el error de Sand Creek (en el error de la mala prensa, quería decir). Tras lo que Custer deja de atacar. A cambio, ordena que maten a todos los caballos, casi 800. 

Un indio a pie es menos peligroso. 


Con motivo del 150 aniversario de la masacre de Washita, los niños de los colegios cercanos elaboraron cerca de 800 caballos de madera en conmemoración de lo ocurrido. Hoy se exponen en el parque nacional.

Las escaramuzas todavía continúan aquí y allá y Custer, en uno de esos gestos de honor que le honran (espero que se capten los momentos de ironía a lo largo de esta narración) decide secuestrar a 53 mujeres y niñas para usarlas de rehenes en su movimiento de retirada (así no atacan los guerreros). También, y según declaró luego el capitán Benteen (en Little Big Horn sería ya mayor y de su pifia en no cumplir bien las órdenes de Custer vino el desastre final), Custer conminó a sus oficiales a que escogieran a una indígena a su gusto para el viaje de vuelta.


Algunas de las rehenes, que tardaron meses en ser devueltas a los suyos, pasando de fuerte en fuerte de los soldados. 

La Batalla del Río Washita (nombre oficial, aunque los indios le añaden lo de 'masacre') es uno de los episodios más sonrojantes de las denominadas Guerras Indias, la larga campaña de casi 20 años que el Gobierno federal mantuvo contra los indígenas. Hay mil libros sobre ello y no voy a cansar más. Poco se sabe del número de víctimas que realmente cayeron en aquella matanza. Se sabe a ciencia cierta que fueron una veintena de soldados de una fuerza de casi 600 efectivos. ¿Indígenas? Es que esta gente suele enterrar a los suyos en suelos sagrados y no sueltan prenda. Hay quien dice que había unos 150 guerreros en el poblado cuando atacaron los casacas azules (en proporción de cuatro a uno, vamos), así como otros 250 habitantes entre mujeres, niños y ancianos. La mayoría de fuentes nativas apuntan a más de 150 muertos, incluyendo al jefe Black Keetle, quien había sobrevivido de milagro a la masacre de Sand Creek cuando alzó como loco ante los soldados dos banderas: la blanca y la de Unión. 

De los 800 caballos muertos no hay duda. 




Cuando se mete el pie o no hay roca o hierba de por medio, la tierra en torno al río Washita es de color rojo arcilla. Los zapatos se manchan de colorado. 

No voy a hacer el símil fácil. 

¿El Héroe del título?

En la vida real no hay héroes.

PD: sin héroe del que echar mano, un poco de justicia poética para los malos, tan poco común en la vida real. Tras los hechos de Washita, Custer volvió a la zona unos meses después y se sentó a fumar la pipa de la paz con los indios. El jefe cheyenne le recordó que si incumplía su palabra el destino iría a por él. En Little Big Horn, había numerosos cheyennes entre los guerreros que exterminaron al Séptimo de Caballería.    

domingo, 31 de marzo de 2019

Los árboles no crecen en Little Big Horn (recuperación)


*Este texto es una reproducción literal -incluidas erratas y con las fotos usadas entonces- de la entrada escrita en la noche del 7 de septiembre de 2013 -madrugada del 8 ya en España-. Aquel blog de la primera Ruta Pop se perdió en su día, pero gracias a Wayback Machine he podido recuperar esta entrada, la más especial de aquel viaje. Hay otras dos rescatadas, la del segundo día (visita a los Puentes de Madison) y la que narra mi encuentro con Little Big Horn, que no sé si subiré más adelante. Esta otra es una especie de 'reportaje' más o menos periodístico que quise hacer de la batalla.



Los bancos colapsaron, la economía se sumía en la depresión y la gente hacía lo que podía para subsistir. Podría ser el inicio de un artículo sobre el inminente quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Podría ser tantos inicios para tantas crisis… En cambio, es sólo el punto de partida que desembocó en la batalla más deshonrosamente simbólica para el ejército de los Estados Unidos.

Dos años antes de que Custer y unos 260 de sus hombres fueran masacrados (así titularon, en una sola palabra, los periódicos de la época) junto al río de Little Bighorn, en los confines más al norte de la América conocida, la economía prendió la mecha de unos acontecimientos (tal y como siempre ha sido en todo conflicto, para qué nos vamos a andar con moralidades o filosofías) que no explotarían hasta el 25 de junio de 1876, que sembrarían de lápidas un anodino prado de Montana.



Corría, decíamos, el año 1874 y las heridas de la Guerra de la Secesión quizá no estaban del todo cicatrizadas entre los perdedores, allá por el Sur (¿lo están hoy?).  Sin embargo, entre los ganadores la euforia era imparable y, una vez embridados los terratenientes y garantizado el acceso estratégico a los mares del Sur (la lucha contra la esclavitud fue la excusa perfecta), los padres de la patria decidieron atajar el problema de los indios.

Para ello, diseñaron en 1868 un sistema de reservas en las que las tribus podrían mantener sus derechos y sus tradiciones. Lo malo es que los territorios se eligieron a conveniencia de Washington, sin hacer demasiado caso a los implicados: la Casa Blanca sólo veía la posibilidad definitiva de extenderse hasta Canadá  y aliviar así la presión de los pioneros, que querían más y más tierras.

Este pacto casi unilateral recibió el nombre de acuerdos de Fort Laramie y, desde un primer momento, dos de los líderes más importantes de los Lakota (junto a cheyenne y arapahoe), Toro Sentado (el jefe de todos ellos por su sabiduría, un hombre de medicina, sobre todo) y Caballo Loco (el guerrero invencible), se opusieron a su firma.

Como dice un descendiente de aquellos líderes en el documental que explica la historia de Little Bighorn, los políticos y los militares nunca entendieron “que tú perteneces a la tierra: la tierra no pertenece a nadie”.

La tierra. La economía. La tradición. La ambición. Los cuatro elementos colisionaron por completo cuando los soldados del propio Custer confirmaron el hallazgo de oro en el arroyo que discurre al fondo del barranco de Deadwood. Hasta entonces, sólo hubo rumores; desde entonces, se desató la locura. 

Deadwood, hoy día una pequeña localidad infestada de casinos y famosa por viejas historias del Salvaje Oeste, anida en el corazón de las Blackhills, tierra sagrada para Toro Sentado y los suyos.



El Gobierno ofreció una millonada de las de entonces por comprar la tierra.

Nada.

Hubo más ofertas, más propuestas de diálogo y todas ellas fueron rechazadas. Los lakota, cheyenne y arapaho huyeron de sus tierras sagradas hacia el noroeste, hacia donde quedaba todavía posibilidad de cazar al gran búfalo.

Algunas tribus, como las de los crow (que son los originarios realmente de Little Bighorn) se unieron a las reservas. “Había que sobrevirir. No teníamos opción”.  Para los demás indios no existe peor traición.

Mientras tanto, Deadwood recibía a miles de tramperos y mineros, las Blackhills sucumbía a la fiebre del oro y el 1 de diciembre de 1875, Washington anunciaba su ultimátum para las reservas (un aviso que recuerda bastante a esas ucronías futuristas a lo 1984): todo aquel que no se presente en uno de los recintos acordados antes del 31 de enero de 1876 será considerado “hostil”.

El Gobierno dejó pasar el invierno y en primavera arrancó la Gran Guerra Sioux, contra todo indio no localizado o identificado. Para afrontar al rival más temible, Washington pensó en su militar más temido, el teniente coronel George Armstrong Custer, y su invencible Séptimo de Caballería.

Empieza la persecución:

Al amanecer del 25 de junio de 1876, los observadores de Custer (indios Crow) atisban un asentamiento enorme en la ribera del río Little Bighorn, el único trazo de agua en decenas de kilómetros a la redonda. Se calcula que hasta 2.000 indios (de las tres tribus principales) habitaban aquel poblado. Alrededor de 600 soldados formaban el destacamento del Séptimo (un español, que se sepa).



A partir de aquí, la historia se vuelve confusa por inconsistente (al menos, por inconsistente con la buena leyenda de Custer). Lo que sí se ha probado es que el teniente coronel divide a sus hombres en doce compañías: cinco se quedan con él, tres pasan al mando del capitán Benteen, otras tres al Mayor Reno y una última se encargaría de la retaguardia y la intendencia.

A Benteen y a la retaguardia les ordena que se queden en las lomas del sur. A Reno le ordena que ataque por el mismo sur el asentamiento indio, mientras que él rodea el río por el norte para hacer una pinza.

No hay constancia de por qué ordenó Custer el ataque al río, pero sí hay un precedente y en aquel caso el coronel salió airoso de una táctica que difícilmente aceptaría la Convención de Ginebra: atacar al pueblo y tomar como rehenes a niños, mujeres y ancianos para que se rindan los guerreros.

Sin embargo, el mayor Reno se encuentra la lógica respuesta desesperada de los que luchan por su familia y ordena una retirada desastrosa y prematura. La poca resistencia ofrecida por Reno deja a Custer y los suyos con todo el enemigo para ellos solos.

Los indios juegan en su territorio y pronto rodean a las fuerzas de Custer. Reno tarda en contactar con Benteen y los dos ignoran qué ocurre al norte de la pradera, con lo que deciden defenderse ellos mismos de los indios que aún atacan el flanco sur.

A unas cuatro millas de la colina definitiva, Benteen y Reno lucharían un día más y salvarían la vida (la suya, ya que perdieron a numerosos hombres también) con la llegada de refuerzos. Por una vez, alguien hizo de Séptimo de Caballería para el Séptimo de Caballeía.



A cuatro millas de la mitad de sus hombres, Custer se ve de pronto rodeado por unas fuerzas que le multiplican por diez. Desde el río (que es la  mancha verde que se ve al fondo de la imagen tomada desde la última colina), el séptimo de Caballería va perdiendo efectivos (como reflejan hoy día las lápidas de los caídos a lo largo de la elevación).



Al otro lado de la colina hay más indios.

Sólo queda la última opción: desmontar. Y con esa acción empieza la última batalla de Little Bighorn. Según los estudios arqueológicos, alrededor de 40 soldados murieron en esta última parada, entre ellos el propio Custer. Junto a los cuerpos humanos se encontraron también los restos de una cuarentena de caballos muertos por disparos de bala y que sirvieron de último y desesperado parapeto.

“Lo que más me impresiona de lo que me contaba mi abuelo es cuando vio a un soldado bajarse de su caballo y matarlo para usarlo de trinchera. Si un hombre le hace eso a su caballo es que aún tiene la esperanza de prevalecer. Es el último recurso”, cuenta un anciano descendiente de un guerrero lakota de aquel día (hoy, junto a los cementerios yanqui e indio, también hay uno de caballos).



El último recurso fue inútil. La batalla estaba perdida para Custer y ganada para Toro Sentado y Caballo Loco. La guerra, en cambio, se empezó a perder ese día, cuando Washington tuvo la coartada perfecta para atacar con todo. Los indios que vencieron en Little Bighorn huyeron pocos días después a Canadá.

Tanto Toro Sentado como Caballo Loco se rindieron años después. Ambos murieron, en alguna de las reservas deshonrosas, a manos de soldados que se cobraban así la venganza de su propia derrota.

Little Bighorn es, casi siglo y medio después de todos estos hechos (y algunas suposiciones), un monumento nacional. Se intenta honrar por igual a los dos contendientes, no sólo a los gubernamentales. De los indios, se dice que luchaban por defender un modo de vida. De los soldados no se dice mucho más que cumplían con su deber.

Little Bighorn es un páramo triste, repleto de tumbas y de viento que no va a ninguna parte. Abajo, el río sigue su curso y provee alguna arboleda. Pero es separarse nos diez metros del curso y sólo hay matorrales, hierba reseca, tierra apelmazada y polvo.

Como si los árboles no quisieran echar raíces donde hay tanta sangre absurda.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Pop, rock y blues




Hace diez años, cuando puse punto y final a 'Una historia pop' (lo de 'aventura' vino luego por sugerencia editorial) creía que ahí acababan las aventuras de Carmen, Ricardito y Freddy. Allí se quedaban, en la playa gaditana donde crecí, la Playa de la Torre del Puerco, desangrándose o quizá muriéndose después de una batalla imposible. Lo del epílogo aclarando un poco las cosas también vino mucho después. Durante mucho tiempo, el final fue el final. Pasarían muchos años de espera, de incertidumbre, de rechazos, de silencios, de fracasos.




Entre unos y otros, en septiembre de 2009, me vino a la cabeza un primer fogonazo de posible continuación. Fue en Monument Valley, no en las praderas de los monolitos famosos de las películas de John Ford, sino en un valle apartado, a la espalda de los turistas: por un momento, vi a los tres cabalgando a toda prisa porque les perseguían montañas que cobraban vida. O algo por el estilo.



Pero llegó 2010 y luego 2011, cuando la vida me dejó poco resquicio a la ficción y el poco aire que me quedaba lo volqué en 'Runaway' y su huida hacia delante. Poco a poco, Carmen, Ricardito y Freddy caían en el peor de los olvidos, que es el olvido de quien los creó. Nadie los quería, a nadie les interesaban. 2012 también pasó y, con él, el bicentenario definitivo de los hechos que sirven de escenario a la novela (aunque, en puridad, los hechos sucedían en 1811). 

Cuatro años después de poner el punto y final, y con otra novela más reciente entre manos, era el momento de pasar página. Había quien me decía que aquella novela era distinta, la de Pop, digo. Dani, Nuria, Ana... aquellos que la leyeron en folios impresos en casa y sobre los que agotaba cartuchos de tóner porque me empañaba en imprimir los ejemplares en color, con los protagonistas, cada vez que se les nombraba, en una tonalidad distinta: Carmen en rojo, Ricardito en azul y Freddy en naranja; aquellos que se resistían a dejar morir aquello.

Por ellos (bueno, y porque soy un poco cabezón) incluso la llegué a subir a Amazon. La compraron unos cuantos amigos, quizá algunos leáis esto. Y con eso sí que pensé que ahí se terminaba su periplo. Fue entonces, como en una peli mala, cuando ya no esperas nada, que oí a un amigo que me contaba que un amigo de un amigo estaba montando una editorial a la que había enviado una novela que había escrito y que aceptaba manuscritos. Que publicaba solo en digital. 

Esta foto me la enviaron este mismo domingo desde Cádiz una amiga lectora.


Bueno: después de solo recibir calladas por respuesta saber que había alguien que al menos abriría mi correo ya es algo. Es como lo de mandar currículms sin que haya nadie al otro lado. Y les escribí, adjuntándoles 'Runaway', que era lo último que había terminado y mi apuesta del momento. En el último segundo, añadí 'Una historia pop'. Porque adjuntar documentos era gratis (si hubiera tenido que enviarla por correo postal jamás me habría gastado otros 30 euros en imprimirla y encuadernarla de nuevo para nada). La editorial era Lapsus Calami y el contacto Jorge Vales.

Hoy, ambos nombres puedan sonar a malditos. Y sin “el pueden sonar”. Obviamente, yo les debo el comienzo de lo que pueda ser (de lo poco que pueda ser en este mundo editorial) a los Jorge Vales y Lapsus Calami de 2013 y de 2014. También a Carlos Bravo (lector cero y entusiasta), José Miguel Campos (responsable de redes y no menos entusiasta promotor de la obra) o Jean (correctora y tampoco menos entusiasta de la novela).



Primavera de 2013. Jorge me llama y me dice que me publica la novela. Esa llamada que todo aspirante a escritor sueña con recibir, me llega cinco años después de haberla escrito, casi 20 años después de haber escrito y terminado mi primera novela, allá por los primeros años de facultad. Yo creo que se refiere a 'Runaway' y dice que no, que no. Que habla de Pop. Que le gusta tanto que ha decidido editar en papel mi novela y la de aquel amigo que me habló de él. Que se pone en marcha todo. Y ocurre. Y el 9 de noviembre de 2013, día festivo por la Almudena en Madrid (lo destaco porque la primera novela de juventud que terminé, la de 1993-1994, arranca justo un día de la Almudena) cojo un autobús en Moncloa y subo a Torrelodones, donde vivía Jorge, y en un bar del centro, junto a Jean y Jorge, recibo mi primer ejemplar. Como no sé lo que es tener un hijo puede resultar algo frívolo hablar del orgullo y la felicidad con la que bajé, libro en el regazo, hojeándolo ansioso, a Madrid esa noche, en el último autobús de la noche, en la madrugada ya del día siguiente.

Hago aquí una elipsis hasta el año 2015 porque solo quiero hablar de cosas bonitas. Y momento bonito donde los haya es cuando en aquellos meses me crucé con Carmen Moreno. Poco a poco, de casualidad, de pasada, en una presentación o en otra. 

El escenario del asedio a Nueva Orleans.

A mediados de ese 2015 ya había terminado 'Un horizonte rock' (nombre original de 'La Dama Blanca del Mississippi'), una vez que Jorge me había pedido que continuase con la historia y yo, después de pasar por Nueva Orleans en el verano de 2014, decidiera que había una historia en ese otro asedio tan parecido a una ciudad que tanto se me parece a Cádiz como Nueva Orleans. 

Jorge estaba tan encantado que hasta me obligó a abrirme una cuenta de skype (nunca la he llegado a usar y no sé ni cómo quitarla del escritorio) para hacer una presentación desde la ciudad americana en mi viaje de julio de 2015. Una de sus ideas. La última. ‘Un Horizonte Rock’ no se publicó a tiempo para julio. Ni para agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre…

Jorge desaparece de escena y aparece Carmen, que andaba ya lanzando desde hacía meses su propia editorial. Por supuesto que quiere ‘Un horizonte rock, pero tiene que hacer hueco en la programación. Por supuesto. Si esperé 20 años por Pop, qué más dan ya unos meses más.

Pasa 2016.



Llega 2017 y en abril, ese otro mes donde tantas cosas (me) ocurren se publica ‘La Dama Blanca del Mississippi’. La historia desde esos días ya es algo más conocida porque he dado la brasa convenientemente en este blog y en las redes.

Esto era una historia de orígenes y de reconocimiento a quien sigue creyendo en todo ello. Hagan caso a Carmen y pasen por su tienda, la digital https://www.cazadorderatas.com/ o la física, Librería La Ratonera, en Cadi, Cadi.



Para celebrar que, tras Pop y Rock, el círculo se cierra con un Blues (o empieza de nuevo, o yo qué sé), os dejo la que podría haber sido la banda sonora de la criatura de haber elegido el mismo modelo de sus dos hermanas mayores en lugar de rendirme a la poesía.

Disfruten, al menos, de la música. Y lean. No a mí, necesariamente. 

Pero lean. 

Primer verso: ‘You only live once’, de The Strokes



Segundo verso: ‘Machine gun’, de Portishead




Tercer verso: Common People, de Pulp



Cuarto verso: ‘Behind blue eyes’, de The Who



Quinto verso: ‘Crown of love’, de Arcade Fire




Sexto verso: ‘Amie’, de Damien Rice






Séptimo verso: ‘The man who sold the world’, de David Bowie



Octavo verso: ‘Ring of fire’, de Johnny Cash




Noveno verso: ‘Crystalised’, The XX



Décimo verso: ‘California stars’, de Billy Bragg & Wilco



Undécimo verso: ‘Gotta get away’, de The Black Keys




Verso suelto: 'Yankee bayonet', de The Decemberists



martes, 31 de julio de 2018

Hoja 25: Leer después de comer (edición 2018)

Como estoy con la circularidad del viaje, aquí va una caja de los mejores donuts del mundo, hechos por manos amish en Pennsilvania.

(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bennington (Vermont)-Nueva York (Estado)-Nueva Jersey-Lancaster (Pennsilvania)-Gettysburg (Pennsilvania): 620 kilómetros.

Otra nota previa: Aunque siga el formato habitual, este post solo hablará de comidas (excepto la historia), porque sé que es os mola y una foto al día no es suficiente...

Una canción: 'Space Oddity', de David Bowie. Para una canción grandiosa en todo (forma, contenido, etcétera), una de platos que podrían haber entrado en los premiados de cada día perfectamente. O sea, los mejores.







Por orden de fotos: 

-El caimán de Cochon, en Nueva Orleans. En su día dije que comí cocodrilo y era cierto, pero lo fue en una especie de tarta de queso y sabía a tarta de queso. Aquí comí trozos como croquetas de abuela de grande y, bueno... supongo que depende de cómo lo hagan. Aquí, en el Cochon, lo rebozan finamente y le ponen una salsa picante genial. Estaban maravillosos. Por lo demás, el caimán no sabe a nada especial, aunque su textura es algo dura, como de conejo de hace dos días. Pero eso de que es como el pollo... si se refieren a que no tiene sabor distinguible, vale. Lo que está claro es que es una carne para tratar y depende de lo que la acompañes o le eches al guiso. A la brasa debe de ser como morder una suela de una zapatilla de esparto. 

-El pato con mole y picante, de Frontera Grill, en Chicago. Comida mexicana cuidada y detallista. Sabores intensos pero reconocibles bajo el picante. 

-Mero con verduras, del Husk, en Charleston. Parece simple (y de tan simple, le sobra tanto cilantro que le ponen para darle algo de sabor que no necesita). Aunque esas habitas diminutas, el tomate casero y el mero, claro, perfectamente cocinado, lo llevan a este particular podio. 










Un libro: 'El poder y la gloria', de Graham Greene. Y aprovecho para recuperar aquel día en el béisbol en Chicago, con su cerveza, su perrito cutre que venden entre las gradas, un perrito que me tomé el día antes como Chicago manda (como pidas ketchup te dan patadas hasta Seattle) y, tras el partido, el bocadillo de ternera típico de la ciudad del sitio más típico, el Al's (en su franquicia junto al estadio de los Cubs).





Una película: 'El imperio contraataca'. En mi altar de la ciencia ficción y aventuras. La uso para destacar otros tres grandes platos:

-Salmón del Pacífico norte, en el Spinners, de Gold Beach (Oregón). Más blanquecino de los que conocemos en Europa, un sabor más sutil y elegante y menos intenso. 

-Las tortitas del Ruby's Slipper, en Nueva Orleans. A cada cual mejor: con sabor a crema la primera, de nueces y bacon (sí, bacon, la segunda) y con fresas, arándanos y otra vez bacon la tercera. 

-El surtido de pescado (merluza, vieiras, almejas y gambas: todo frito, claro) del Harbor View, en Bucksport (Maine). 



Un error: El Mickey's Diner de Saint Paul. Mucha fama en todas las guías, mucha cochambre (una limpieza o una inspección de sanidad le vendría bien), pero comida normalita (tostadas tipo bimbo, lomo con vetas y mucha patata para compensar). Encima es el único sitio en el que he estado en todo Estados Unidos en el que no me han rellenado el café ni una sola vez (ni preguntaron). Estaba vacío, no era por exceso de gente. 



Un descubrimiento: El Compass Rose Cafe de Brookings, en la frontera entre Oregón y California. Allá donde estuve atento a la tertulia política de los cazadores. Desayuné muy a gusto tortitas y esta tostada de aguacate con huevo pochado en un sitio muy agradable. Es más una sensación de lo bien que estuve que una comida especial. 



Una imagen: Tomarse un cóctel decadente en el Vesuvio (sí, ellos lo escriben así) de San Francisco. Era el bar donde se reunían los Gingsberg, Kerouac y demás beat. 



Un dato/hecho: Solo he comido hamburguesa en cinco ocasiones... casi como más en España de media que aquí (he estado un mes, no olvidadlo). Y solo puedo destacar la de la primera noche en el Gage, de Chicago. En concreto, era de venado. Tampoco pasaba del 6,5. Luego he tomado en Clear Lake -en una cadena que he olvidado hasta el nombre porque no había otra opción cerca- Bemidji, el posavasos de cartón del Gran Cañón y una en Nueva Orleans en plena juerga. 


Una comida/bebida: Las tortitas han sido la comida del viaje. Me ha dado por ahí este año, seguido de cerca por las french toast (con bastante peor suerte en este segundo ramo). En la imagen, las del Blue Benn en Bennington (Vermont) de este mismo martes. Una de frambuesa y chips de chocolate (espectacular) y otra de plátano y nueves (magnífica).

Lá unica novedad este año en Gettysburg es que me acerqué a la colina donde el 20 de Maine defendió una posición imposible.




Una historia: Como lo que pienso de Gettysburg ya lo conté el año pasado le robo un párrafo a Faulkner de su 'Intruso en el polvo' cuando cuenta a su manera la famosa carga suicida de los sudistas. La traducción es mía directa del inglés para no incurrir en derechos de autor nacionales: 

"Todo depende de ahora y lo sabes. Ayer no habrá terminado hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años. En cada chico sureño de 14 años, no una vez sino cada vez que lo desee, hay un instante cuando aún no son las dos en punto de aquel mediodía de julio de 1863, las brigadas están en posición tras la valla del ferrocarril, las armas están preparadas y listas en los bosques y las banderas enrolladas están ya aflojadas para desplegarse y el propio Pickett con sus largos rizos aceitosos y su sombrero probablemente en una mano y su espada en la otra mira ladera arriba a la espera de que Longstreet dé la orden y está todo en el alero, nada ha ocurrido aún, no ha empezado aún siquiera, no sólo no ha empezado aún sino que hay todavía tiempo para que no empiece nada contra esa posición y esas circunstancias que mandarán a la tumba a más hombres que Garnett y Kemper y Armistead y Wilcox, aunque va a comenzar, todos lo sabemos, hemos llegado demasiado lejos con demasiado en juego y en este punto no hace falta ser un chico de 14 años para pensar Esta vez. Puede que esta vez con todo esto por perder y todo esto por ganar: Pensilvania, Maryland, el mundo, la mismísima cúpula dorada de Washington que corone con una victoria desesperada e increíble el gambito desesperado, el órdago lanzado dos años atrás; o para cualquiera que alguna vez haya navegado en un esquife en plena marejada, el momento en 1492 cuando alguien pensó Esto es: el absoluto punto de no retorno, de volver atrás ahora y regresar a casa o navegar irrevocablemente y bien pisar tierra o sumergirse en el borde rugiente del planeta".