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viernes, 13 de septiembre de 2024

La campaña, según carteles, pickups y desayunos

 


Sabes que has entrado en territorio republicano (ahora de Trump) cuando: 

-Ves carteles a pie de carretera de amor a Dios (en la guerra de las señales gigantes, como si fuera el de un McDonalds, junto a interestatales o carriles perdidos de la mano de ese mismo dios, los demócratas no entran mucho... o nada). 

-El porcentaje de pick-ups iguala o supera al de coches normales.

-Ves más carteles todavía de defensa de la vida, con bebés y estadísticas que varían mucho sobre cuándo late un corazón.


-Los límites de velocidad son mayores en cualquier tipo de vía.

-Este año he visto carteles igual de intensos sobre "proteger nuestras armas" y las consecuencias del fentanilo.

-Hay muchas granjas.

-El porcentaje de hombres que usa a gorra tiende al 80%. 

-Un 5% usa sombrero vaquero. 

-En el dinner familiar de toda la vida de un pueblo perdido, los parroquianos usan camisetas del tenor de "Si te molesta mi patriotismo a mí me molestas tú". 

-Los parroquianos usan mucha ropa imitando al camuflaje.

-La gasolina es más barata. 

-La renta media, más baja.

-En las carreteras solitarias, los conductores te saludan al cruzarse contigo (en los estados azules hay menos carreteras tan solitarias).

-Los carteles de 'Propiedad privada' son bastante más grandes y amenazantes. 

-Y lo más importante de todo (por poner un toque de humor): los desayunos son inmensamente mejores (será que no usan las mascotas del vecindario).


Todo lo anterior no tiene ningún criterio científico: solo miles de kilómetros a través de cada estado durante diez años. Tampoco considero que sea mejor o peor que haya más granjas o cualquier otro asunto. Tendrá que haber granjas para ponerle tanto queso y carne a las hamburguesas.

Ahora bien, ¿se nota en el ambiente la campaña? En la última, la de 2020, no estuve en USA por razones obvias. En 2016, no me acuerdo, de ser honesto, si bien aquella ruta se movió por la costa este más demócrata posible. Era raro ver algo de Trump en las zonas por las que estuve (de Boston a Maine por casi toda Nueva Inglaterra), la verdad. 

Aunque he ido a mirar las fotos de entonces y mirad lo que he encontrado (es junto a la biblioteca de Boston, en pleno centro):


Lo que son las cosas: el hombre acertó. 

En fin, que ya me estoy desviando. Sí, hay mayor exhibición política de lo habitual, teniendo en cuenta que es muy común aquí que en cualquier jardín se luzcan carteles de apoyo a su político preferido en cualquier momento del ciclo electoral y, cuando no hay a instituciones nacionales, se vota para el sheriff, por ejemplo. Es una de las cosas que más sorprenden: pasear por las zonas residenciales y ver el cartel del candidato a gobernador demócrata junto a un triciclo rosa tirado sobre el césped. 

-Ashley, te he dicho mil veces que no dejes el triciclo en el exterior. 



En fin: Chicago. 

Chicago es territorio azul de siempre. Si le sumamos que Obama emergió allí, no se hable más. Aunque para colmo, como dos semanas antes de estar yo se celebró la convención demócrata en sus calles. Todavía quedan carteles de todo tipo, bien de cobertura informativa, bien de servicios municipales. Como que les da penita quitarlo todo. 

Excepto en este caso, un claro ejemplo de guerrilla política de primer día de clase: 




De estas banderolas en distintas farolas quedarán en todo el área céntrica como unas veinte. Pues bien: seis están en los 50 metros frente a la entrada del hotel gigantesco de Trump en el corazón de Chicago. Ese misma torre que, al otro lado, luce un enorme Trump en el que es el rincón más parecido a la Puerta del Sol en la ciudad en cuanto a trasiego de turistas y gente de todo tipo, donde arranca la Magnificent Mile sobre el río Chicago. 

Sin otras noticias de Trump. Noticias políticas, quiero decir. 

Vayamos a la siguiente gran parada (recordando aquel señor de 80 años que en el concierto de Nelson y Dylan lucía una gorra de apoyo a Trump y al que las invectivas políticas de Mellencamp le forzaron a poner cara amable de psicópata que te toma la matrícula para luego): Minneapolis, otro campamento base demócrata, ya que Tim Walz (el candidato a vicepresidente de Kamala Harris) ha sido gobernador allí durante seis mandatos pese a que solo una vez antes desde 1890 había sido elegido un demócrata para ello). 


Aquí los cuidados jardines de los barrios más prósperos (que es donde estuve) se llenan de Harris y Walz. 

Tampoco sin noticias de Trump.

Para ello, había que entrar en Dakota del Norte, Montana, Wyoming y Nebraska, todos ellos republicanos desde los tiempos de Kennedy al menos; excepto Montana, que pasó al rojo en 1996 y no se ha bajado de ahí. 



Dios, armas y Trump. 

Ya lo dicen desde este jardín:


Mañana bajaremos la intensidad política con el repaso gastronómico (y seguramente último post). 

 

martes, 10 de septiembre de 2024

Un día más en Dakota del Norte y tres pájaros menos


Fue en Jamestown donde vi de pasada un cartel en el que se juraba que en aquella zona se producía la mayor concentración de pájaros diferentes de Estados Unidos. Ahora no encuentro nada en internet que lo refrende y sí veo que hay cierto consenso en situar en algo más de 400 las especies distintas que se ven en Dakota del Norte. En California, que es donde más, rozan los 700. Y hay hasta diez estados que superan las 500. 

Pues muy bien. No sé si volando Dakota del Norte puede presumir mucho de su fauna aviar. Pero a ras de asfalto, sobre la misma carretera (a poder ser, no la interestatal), ya os aseguro yo que nadie la supera. Hay rincones desolados desde un punto de vista humano que ves cruzar pájaros por el asfalto como en el semáforo ese famoso de Japón. 

Ya os digo que hay tres pájaros menos en Dakota del Norte de hoy. Que me los he llevado por delante pese a tener más cuidado que a la salida de un colegio. 

Pero es que los muy capullos se ponen a correr en diagonal y...

Sí, como el chiste de los dos tomates que van por una autopista.

De eso no hay foto. 

Sí de esto: 


Da escalofríos. Mucho. Como si fueran a moverse de pronto y vengar a los suyos y pisarme o comerme o no sé. Lo que sea que hagan los pájaros gigantes de metal que cobran vida. 

Nada bueno. 

Por mucho que en Regent, un pueblo en el centro de Dakota del Norte donde el único café que encuentras a las ocho de la mañana te lo regalan en una ferretería/gasolinera. 

Puedes dejar un dólar en la lata. 

Así que eso y la chocolatina más rara que encontré entre la variedad de diez que había fue mi desayuno especial de cumpleaños (el de la víspera va camino de ser el mejor en mucho tiempo, pero de eso no hablaré hoy). 


Hoy, decía, es un lunes de septiembre en Dakota del Norte, el estado en el que te pasas media hora sin cruzarte con un coche en ciertas carreteras. No llega a tanto la Carretera Encantada (Enchanted Highway) que une Regent con Gladstone en 50 kilómetros adornados por esculturas gigantes con la manufactura de un trabajo de manualidades para niños de ocho años.


Hasta aquí me he desviado yo y, de los diez coches que he visto en esos 50 kilómetros (incluyendo las paradas), seis era gente que se paraba a ver las esculturas. O sea, que el 60% del tráfico se debe a la hojalata kitsch con motivos de la zona. Aquí van el resto, de una tacada cruel:






Sin duda, los saltamontes alienígenas pueblan las pesadillas de los niños turistas que hayan tenido la mala suerte de que sus padres creyeran que esto es una buena idea.      

Estoy siendo injusto. E incluso incongruente. Porque este post era para proclamar que me está gustando mucho Dakota del Norte. Tenía mis prevenciones de dedicarle tres días y ahora admito que he acertado puesto que me ha dado lo que buscaba: carreteras vacías, paisajes en el límite de lo humano, tranquilidad y un puñado de buenos rincones y momentos. Dakota del Norte es mucho más bonita de media que otros estados colindantes, si bien todos ellos se guardan ases en la manga que merecen acercarse. Aquí no hay nada del nivel del parque Yellowstone, las Blackhills y su monte Rushmore o el nacimiento del Mississippi (por hablar de los tres colindantes); aquí es el camino el que recompensa. 

Como cuando sale el sol sobre el río Missuri:


La niebla se mantiene obstinada: 



Los pájaros vuelan y no se me ponen a corretear (que en carriles como en los que me mete el GPS de vez en cuando hasta comprendo que sea su territorio): 


E incluso tiene su versión norteña (y más extensa) de las espectaculares Badlands (las famosas que salen en las películas están en Dakota del Sur):




 



Hay bisontes a los que podrías acariciar de lo accesibles que están si no fuera porque te arrancarían la cabeza: 





La ruta sigue y esto es lo más cerca que vais a tener de una foto mía: 


  Hasta mañana, que me despido de Dakota del Norte y vuelvo a Little Big Horn. 


domingo, 8 de septiembre de 2019

El Mago, la Bruja, el psicópata y el héroe



Ruta del 8 de septiembre: Burlington (Colorado)-Cheyenne (Oklahoma)-Ponca City (OK). Alrededor de 1.000 kilómetros (no es una errata).

El Mago es el de Oz. Porque si esto es Kansas (o lo fue ayer, o lo ha sido durante el día de hoy o ya no sé ni por dónde ando a veces con jornadas de doce horas al volante que me marco). Pues bien, a eso de las nueve y media de la mañana, el sol andaba remolón por el Este tras una densa niebla que me había acompañado durante unos 150 kilómetros al despuntar el día; pero, al salir de la bruma, ahí estaba, la escalera hacia el mundo mágico. Las coordenadas son en alguna carretera perdida al sureste de Kansas. Abajo a la derecha, vamos.  




La Bruja es la del Oeste. Que es lo que tienen los portales a otros universos, que no solo circula gente de bien, sino malas personas que caminan y que vuelan a lomos de escoba. Por lo que la bruja en cuestión (eso de que fuera la del Oeste no fue casualidad por parte de su creador: ya se sabe, del Oeste todo lo malo, raro y salvaje en los USA) se coló por el ascensor y se descolgó sobre los campos de maíz, y fue formando desde sus dominios, o sea, del oeste, una tormenta que, de lejos, me venía muy bien para hacer fotos (aunque lo intenté, no logré ninguna de un rayo, que caían como entrenadores del Madrid desde hace un año y pico).



Con eso de las nubes andaba yo despistado y me creía que la tormenta corría hacia el norte. 

Ya sabéis lo que viene ahora, ¿no?. 




Directo al ojo de lo más oscuro que se pueda apreciar en la imagen. Derechito y que empieza a llover, luego a jarrear como si el vórtice que lleva al universo donde el Apocalipsis acaba de despertar se hubiera abierto; después, el viento; entre una cosa y otra, aquello parece una discoteca cutre de tanto efecto estroboscópico que dibujan los rayos (y yo que hago que me quedo tranquilo porque en estas llanuras donde la última vez que se vio un árbol le hicieron una serie de ocho temporadas hay al menos un puñado de molinos de viento y digo yo que antes caerán sobre ellos... digo yo)


Esta foto es de una vez pasado el ojo... que no hago ningún espoiler porque si estoy escribiendo esto es que no he volado.

Y en esto que en algo me sonríe la suerte porque llego a Minneola, un núcleo urbano (o tres calles mal puestas con su silo de trigo gigante y tanque de agua con su nombre grabado correspondientes a estos lares). Más edificios altos para que los rayos elijan a sus víctimas. Aunque la intensidad de la lluvia ya no es normal. Me paro en el único stop del pueblo y noto que el viento pretende levantarme el morro del coche. Como si el mismísimo Magneto estuviera ahí delante y quisiera convertirme en helicóptero. Miro a mi alrededor y no veo a Magneto, sino goterones del tamaño de una cabeza nuclear y una gasolinera. 

Paro donde la gasolinera a que pase aquello. 

Más o menos pasa rápido. Parece. Por si acaso, me meto a comprar un Red Bull (es lo que se toma para calmar los ánimos, ¿no?) y le pregunto a la dependienta si eso de ahí afuera es una tormentita de nada para ellos o nos vamos a llevar así todo el domingo. Una oriunda en chándal y acodada en el mostrador me dice que no. O hace muchos aspavientos contrariados porque no entiendo una mierda de lo que dice.  

La dependienta calla y se pone a mirar el móvil. 

No es una millenial, ya que no baja de los 50. 

De hecho, está haciéndome un favor porque se ha puesto a buscar en uno de sus enlaces rápidos la evolución en directo del tiempo (es lo que tiene vivir en tierra de fenómenos extremos y simultáneos, que te pones esas cosas en marcación rápida) y me enseña que el nubarrón ya está pasando y se va hacia el noreste. 

Yo voy al sur.

Digo. 

Pues tira palante. 

Me dicen no con esa expresión castiza, sino con un movimiento sincronizado (la dependienta y la borracha aburrida de domingo por la mañana) de desprecio hacia el turista cagón. 

Afuera hay charcos en las calles de Minneola que podrían albergar los mundiales de natación si se dan prisa. 

Sigo hacia el sur, dejando la tormenta atrás y enfilando Oklahoma, donde, como todo el día de hoy y el de ayer, no dejo de ver vacas por todas partes. 

Vacas y molinos, Sancho.



Carraspeo porque me pongo serio para hablar del psicópata.

Es un viejo conocido de mis rutas pop y hace mucho que dejó de ser el bueno de mi película personal. Hablo del general, coronel, teniente coronel (fue ascendido, degradado, ascendido de nuevo...) George Amstrong Custer. Para no aburriros con su historia (o su muerte en Little Big Horn, mejor dicho), aquí está mi visión de 2013 y aquí, la del año pasado.  

Ya en una o en otra, Custer era un capullo sin género de dudas. Pero seis años antes de su muerte (luego cuento un detalle curioso), demostró hasta dónde llegaba su ansia de poder y ambición. 

Invierno de 1868. Washignton no sabe cómo quitarse de encima a los indios. No dan más que problemas. Encima, en un rincón de Colorado llamado Sand Creek, un grupo de voluntarios estatales ha perpetrado una matanza que los tiene soliviantados por todas las grandes llanuras con lo que eso supone de ataques a pobres colonos y honrados trabajadores del ferrocarril. En esto que el máximo responsable del Ejército en DC, el general Sheridan (un héroe para los azules de la Guerra Civil aunque un juicio de Nuremberg o una vistilla en la Haya no los hubiera pasado), decide que hay que terminar con eso y que hay que escarmentar a los indios de una vez. Espera a que sea invierno porque ya se sabe que los son como animales, que hibernan y que dejan famélicos a sus caballos porque no hay pasto... que son vulnerables, vamos. 


De pronto, un remolino se alzó en las inmediaciones de Washita. Otra vez el viento.

Ataca con todo, le ordena Sheridan a su viejo esbirro Custer, caído en cierta desgracia una vez que la guerra con los paletos del sur terminó y esos aires que se dan no son muy de tiempos pacíficos. Le restituye con empleo de coronel y lo envía a exterminar a los cheyenne en las tierras al suroeste. La campaña es bautizada, con gran predicamento en la prensa de la época, 'guerra total' contra el indio, pacífico, guerrero o el primero que pase por allí y no tenga los ojos azules y el pelo rubio. Lo de daños colaterales fue un invento del siglo XX.

Sea como sea, Custer termina con su Séptimo de Caballería en los confines de la tierra civilizada (al oeste de la Oklahoma de hoy), en las inmediaciones del río Washita. 

Cumple encantado sus órdenes. Ataca y arrasa (lo de 'search and destroy' que se puso de moda en Vietnam venía de un siglo antes). Hay crónicas que atestiguan que, en un momento dado, un explorador le recordó que estaban matando a mujeres y niños y que no querría caer en el error de Sand Creek (en el error de la mala prensa, quería decir). Tras lo que Custer deja de atacar. A cambio, ordena que maten a todos los caballos, casi 800. 

Un indio a pie es menos peligroso. 


Con motivo del 150 aniversario de la masacre de Washita, los niños de los colegios cercanos elaboraron cerca de 800 caballos de madera en conmemoración de lo ocurrido. Hoy se exponen en el parque nacional.

Las escaramuzas todavía continúan aquí y allá y Custer, en uno de esos gestos de honor que le honran (espero que se capten los momentos de ironía a lo largo de esta narración) decide secuestrar a 53 mujeres y niñas para usarlas de rehenes en su movimiento de retirada (así no atacan los guerreros). También, y según declaró luego el capitán Benteen (en Little Big Horn sería ya mayor y de su pifia en no cumplir bien las órdenes de Custer vino el desastre final), Custer conminó a sus oficiales a que escogieran a una indígena a su gusto para el viaje de vuelta.


Algunas de las rehenes, que tardaron meses en ser devueltas a los suyos, pasando de fuerte en fuerte de los soldados. 

La Batalla del Río Washita (nombre oficial, aunque los indios le añaden lo de 'masacre') es uno de los episodios más sonrojantes de las denominadas Guerras Indias, la larga campaña de casi 20 años que el Gobierno federal mantuvo contra los indígenas. Hay mil libros sobre ello y no voy a cansar más. Poco se sabe del número de víctimas que realmente cayeron en aquella matanza. Se sabe a ciencia cierta que fueron una veintena de soldados de una fuerza de casi 600 efectivos. ¿Indígenas? Es que esta gente suele enterrar a los suyos en suelos sagrados y no sueltan prenda. Hay quien dice que había unos 150 guerreros en el poblado cuando atacaron los casacas azules (en proporción de cuatro a uno, vamos), así como otros 250 habitantes entre mujeres, niños y ancianos. La mayoría de fuentes nativas apuntan a más de 150 muertos, incluyendo al jefe Black Keetle, quien había sobrevivido de milagro a la masacre de Sand Creek cuando alzó como loco ante los soldados dos banderas: la blanca y la de Unión. 

De los 800 caballos muertos no hay duda. 




Cuando se mete el pie o no hay roca o hierba de por medio, la tierra en torno al río Washita es de color rojo arcilla. Los zapatos se manchan de colorado. 

No voy a hacer el símil fácil. 

¿El Héroe del título?

En la vida real no hay héroes.

PD: sin héroe del que echar mano, un poco de justicia poética para los malos, tan poco común en la vida real. Tras los hechos de Washita, Custer volvió a la zona unos meses después y se sentó a fumar la pipa de la paz con los indios. El jefe cheyenne le recordó que si incumplía su palabra el destino iría a por él. En Little Big Horn, había numerosos cheyennes entre los guerreros que exterminaron al Séptimo de Caballería.    

domingo, 31 de marzo de 2019

Los árboles no crecen en Little Big Horn (recuperación)


*Este texto es una reproducción literal -incluidas erratas y con las fotos usadas entonces- de la entrada escrita en la noche del 7 de septiembre de 2013 -madrugada del 8 ya en España-. Aquel blog de la primera Ruta Pop se perdió en su día, pero gracias a Wayback Machine he podido recuperar esta entrada, la más especial de aquel viaje. Hay otras dos rescatadas, la del segundo día (visita a los Puentes de Madison) y la que narra mi encuentro con Little Big Horn, que no sé si subiré más adelante. Esta otra es una especie de 'reportaje' más o menos periodístico que quise hacer de la batalla.



Los bancos colapsaron, la economía se sumía en la depresión y la gente hacía lo que podía para subsistir. Podría ser el inicio de un artículo sobre el inminente quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Podría ser tantos inicios para tantas crisis… En cambio, es sólo el punto de partida que desembocó en la batalla más deshonrosamente simbólica para el ejército de los Estados Unidos.

Dos años antes de que Custer y unos 260 de sus hombres fueran masacrados (así titularon, en una sola palabra, los periódicos de la época) junto al río de Little Bighorn, en los confines más al norte de la América conocida, la economía prendió la mecha de unos acontecimientos (tal y como siempre ha sido en todo conflicto, para qué nos vamos a andar con moralidades o filosofías) que no explotarían hasta el 25 de junio de 1876, que sembrarían de lápidas un anodino prado de Montana.



Corría, decíamos, el año 1874 y las heridas de la Guerra de la Secesión quizá no estaban del todo cicatrizadas entre los perdedores, allá por el Sur (¿lo están hoy?).  Sin embargo, entre los ganadores la euforia era imparable y, una vez embridados los terratenientes y garantizado el acceso estratégico a los mares del Sur (la lucha contra la esclavitud fue la excusa perfecta), los padres de la patria decidieron atajar el problema de los indios.

Para ello, diseñaron en 1868 un sistema de reservas en las que las tribus podrían mantener sus derechos y sus tradiciones. Lo malo es que los territorios se eligieron a conveniencia de Washington, sin hacer demasiado caso a los implicados: la Casa Blanca sólo veía la posibilidad definitiva de extenderse hasta Canadá  y aliviar así la presión de los pioneros, que querían más y más tierras.

Este pacto casi unilateral recibió el nombre de acuerdos de Fort Laramie y, desde un primer momento, dos de los líderes más importantes de los Lakota (junto a cheyenne y arapahoe), Toro Sentado (el jefe de todos ellos por su sabiduría, un hombre de medicina, sobre todo) y Caballo Loco (el guerrero invencible), se opusieron a su firma.

Como dice un descendiente de aquellos líderes en el documental que explica la historia de Little Bighorn, los políticos y los militares nunca entendieron “que tú perteneces a la tierra: la tierra no pertenece a nadie”.

La tierra. La economía. La tradición. La ambición. Los cuatro elementos colisionaron por completo cuando los soldados del propio Custer confirmaron el hallazgo de oro en el arroyo que discurre al fondo del barranco de Deadwood. Hasta entonces, sólo hubo rumores; desde entonces, se desató la locura. 

Deadwood, hoy día una pequeña localidad infestada de casinos y famosa por viejas historias del Salvaje Oeste, anida en el corazón de las Blackhills, tierra sagrada para Toro Sentado y los suyos.



El Gobierno ofreció una millonada de las de entonces por comprar la tierra.

Nada.

Hubo más ofertas, más propuestas de diálogo y todas ellas fueron rechazadas. Los lakota, cheyenne y arapaho huyeron de sus tierras sagradas hacia el noroeste, hacia donde quedaba todavía posibilidad de cazar al gran búfalo.

Algunas tribus, como las de los crow (que son los originarios realmente de Little Bighorn) se unieron a las reservas. “Había que sobrevirir. No teníamos opción”.  Para los demás indios no existe peor traición.

Mientras tanto, Deadwood recibía a miles de tramperos y mineros, las Blackhills sucumbía a la fiebre del oro y el 1 de diciembre de 1875, Washington anunciaba su ultimátum para las reservas (un aviso que recuerda bastante a esas ucronías futuristas a lo 1984): todo aquel que no se presente en uno de los recintos acordados antes del 31 de enero de 1876 será considerado “hostil”.

El Gobierno dejó pasar el invierno y en primavera arrancó la Gran Guerra Sioux, contra todo indio no localizado o identificado. Para afrontar al rival más temible, Washington pensó en su militar más temido, el teniente coronel George Armstrong Custer, y su invencible Séptimo de Caballería.

Empieza la persecución:

Al amanecer del 25 de junio de 1876, los observadores de Custer (indios Crow) atisban un asentamiento enorme en la ribera del río Little Bighorn, el único trazo de agua en decenas de kilómetros a la redonda. Se calcula que hasta 2.000 indios (de las tres tribus principales) habitaban aquel poblado. Alrededor de 600 soldados formaban el destacamento del Séptimo (un español, que se sepa).



A partir de aquí, la historia se vuelve confusa por inconsistente (al menos, por inconsistente con la buena leyenda de Custer). Lo que sí se ha probado es que el teniente coronel divide a sus hombres en doce compañías: cinco se quedan con él, tres pasan al mando del capitán Benteen, otras tres al Mayor Reno y una última se encargaría de la retaguardia y la intendencia.

A Benteen y a la retaguardia les ordena que se queden en las lomas del sur. A Reno le ordena que ataque por el mismo sur el asentamiento indio, mientras que él rodea el río por el norte para hacer una pinza.

No hay constancia de por qué ordenó Custer el ataque al río, pero sí hay un precedente y en aquel caso el coronel salió airoso de una táctica que difícilmente aceptaría la Convención de Ginebra: atacar al pueblo y tomar como rehenes a niños, mujeres y ancianos para que se rindan los guerreros.

Sin embargo, el mayor Reno se encuentra la lógica respuesta desesperada de los que luchan por su familia y ordena una retirada desastrosa y prematura. La poca resistencia ofrecida por Reno deja a Custer y los suyos con todo el enemigo para ellos solos.

Los indios juegan en su territorio y pronto rodean a las fuerzas de Custer. Reno tarda en contactar con Benteen y los dos ignoran qué ocurre al norte de la pradera, con lo que deciden defenderse ellos mismos de los indios que aún atacan el flanco sur.

A unas cuatro millas de la colina definitiva, Benteen y Reno lucharían un día más y salvarían la vida (la suya, ya que perdieron a numerosos hombres también) con la llegada de refuerzos. Por una vez, alguien hizo de Séptimo de Caballería para el Séptimo de Caballeía.



A cuatro millas de la mitad de sus hombres, Custer se ve de pronto rodeado por unas fuerzas que le multiplican por diez. Desde el río (que es la  mancha verde que se ve al fondo de la imagen tomada desde la última colina), el séptimo de Caballería va perdiendo efectivos (como reflejan hoy día las lápidas de los caídos a lo largo de la elevación).



Al otro lado de la colina hay más indios.

Sólo queda la última opción: desmontar. Y con esa acción empieza la última batalla de Little Bighorn. Según los estudios arqueológicos, alrededor de 40 soldados murieron en esta última parada, entre ellos el propio Custer. Junto a los cuerpos humanos se encontraron también los restos de una cuarentena de caballos muertos por disparos de bala y que sirvieron de último y desesperado parapeto.

“Lo que más me impresiona de lo que me contaba mi abuelo es cuando vio a un soldado bajarse de su caballo y matarlo para usarlo de trinchera. Si un hombre le hace eso a su caballo es que aún tiene la esperanza de prevalecer. Es el último recurso”, cuenta un anciano descendiente de un guerrero lakota de aquel día (hoy, junto a los cementerios yanqui e indio, también hay uno de caballos).



El último recurso fue inútil. La batalla estaba perdida para Custer y ganada para Toro Sentado y Caballo Loco. La guerra, en cambio, se empezó a perder ese día, cuando Washington tuvo la coartada perfecta para atacar con todo. Los indios que vencieron en Little Bighorn huyeron pocos días después a Canadá.

Tanto Toro Sentado como Caballo Loco se rindieron años después. Ambos murieron, en alguna de las reservas deshonrosas, a manos de soldados que se cobraban así la venganza de su propia derrota.

Little Bighorn es, casi siglo y medio después de todos estos hechos (y algunas suposiciones), un monumento nacional. Se intenta honrar por igual a los dos contendientes, no sólo a los gubernamentales. De los indios, se dice que luchaban por defender un modo de vida. De los soldados no se dice mucho más que cumplían con su deber.

Little Bighorn es un páramo triste, repleto de tumbas y de viento que no va a ninguna parte. Abajo, el río sigue su curso y provee alguna arboleda. Pero es separarse nos diez metros del curso y sólo hay matorrales, hierba reseca, tierra apelmazada y polvo.

Como si los árboles no quisieran echar raíces donde hay tanta sangre absurda.