A veces, la ruta será real, con sus kilómetros y sus paisajes. Otras, será un simple divertimento, desahogo, crítica, queja o pista. Pero siempre habrá una historia al otro lado de un último horizonte de verano.
Sabes que has entrado en territorio republicano (ahora de Trump) cuando:
-Ves carteles a pie de carretera de amor a Dios (en la guerra de las señales gigantes, como si fuera el de un McDonalds, junto a interestatales o carriles perdidos de la mano de ese mismo dios, los demócratas no entran mucho... o nada).
-El porcentaje de pick-ups iguala o supera al de coches normales.
-Ves más carteles todavía de defensa de la vida, con bebés y estadísticas que varían mucho sobre cuándo late un corazón.
-Los límites de velocidad son mayores en cualquier tipo de vía.
-Este año he visto carteles igual de intensos sobre "proteger nuestras armas" y las consecuencias del fentanilo.
-Hay muchas granjas.
-El porcentaje de hombres que usa a gorra tiende al 80%.
-Un 5% usa sombrero vaquero.
-En el dinner familiar de toda la vida de un pueblo perdido, los parroquianos usan camisetas del tenor de "Si te molesta mi patriotismo a mí me molestas tú".
-Los parroquianos usan mucha ropa imitando al camuflaje.
-La gasolina es más barata.
-La renta media, más baja.
-En las carreteras solitarias, los conductores te saludan al cruzarse contigo (en los estados azules hay menos carreteras tan solitarias).
-Los carteles de 'Propiedad privada' son bastante más grandes y amenazantes.
-Y lo más importante de todo (por poner un toque de humor): los desayunos son inmensamente mejores (será que no usan las mascotas del vecindario).
Todo lo anterior no tiene ningún criterio científico: solo miles de kilómetros a través de cada estado durante diez años. Tampoco considero que sea mejor o peor que haya más granjas o cualquier otro asunto. Tendrá que haber granjas para ponerle tanto queso y carne a las hamburguesas.
Ahora bien, ¿se nota en el ambiente la campaña? En la última, la de 2020, no estuve en USA por razones obvias. En 2016, no me acuerdo, de ser honesto, si bien aquella ruta se movió por la costa este más demócrata posible. Era raro ver algo de Trump en las zonas por las que estuve (de Boston a Maine por casi toda Nueva Inglaterra), la verdad.
Aunque he ido a mirar las fotos de entonces y mirad lo que he encontrado (es junto a la biblioteca de Boston, en pleno centro):
Lo que son las cosas: el hombre acertó.
En fin, que ya me estoy desviando. Sí, hay mayor exhibición política de lo habitual, teniendo en cuenta que es muy común aquí que en cualquier jardín se luzcan carteles de apoyo a su político preferido en cualquier momento del ciclo electoral y, cuando no hay a instituciones nacionales, se vota para el sheriff, por ejemplo. Es una de las cosas que más sorprenden: pasear por las zonas residenciales y ver el cartel del candidato a gobernador demócrata junto a un triciclo rosa tirado sobre el césped.
-Ashley, te he dicho mil veces que no dejes el triciclo en el exterior.
En fin: Chicago.
Chicago es territorio azul de siempre. Si le sumamos que Obama emergió allí, no se hable más. Aunque para colmo, como dos semanas antes de estar yo se celebró la convención demócrata en sus calles. Todavía quedan carteles de todo tipo, bien de cobertura informativa, bien de servicios municipales. Como que les da penita quitarlo todo.
Excepto en este caso, un claro ejemplo de guerrilla política de primer día de clase:
De estas banderolas en distintas farolas quedarán en todo el área céntrica como unas veinte. Pues bien: seis están en los 50 metros frente a la entrada del hotel gigantesco de Trump en el corazón de Chicago. Ese misma torre que, al otro lado, luce un enorme Trump en el que es el rincón más parecido a la Puerta del Sol en la ciudad en cuanto a trasiego de turistas y gente de todo tipo, donde arranca la Magnificent Mile sobre el río Chicago.
Sin otras noticias de Trump. Noticias políticas, quiero decir.
Vayamos a la siguiente gran parada (recordando aquel señor de 80 años que en el concierto de Nelson y Dylan lucía una gorra de apoyo a Trump y al que las invectivas políticas de Mellencamp le forzaron a poner cara amable de psicópata que te toma la matrícula para luego): Minneapolis, otro campamento base demócrata, ya que Tim Walz (el candidato a vicepresidente de Kamala Harris) ha sido gobernador allí durante seis mandatos pese a que solo una vez antes desde 1890 había sido elegido un demócrata para ello).
Aquí los cuidados jardines de los barrios más prósperos (que es donde estuve) se llenan de Harris y Walz.
Tampoco sin noticias de Trump.
Para ello, había que entrar en Dakota del Norte, Montana, Wyoming y Nebraska, todos ellos republicanos desde los tiempos de Kennedy al menos; excepto Montana, que pasó al rojo en 1996 y no se ha bajado de ahí.
Dios, armas y Trump.
Ya lo dicen desde este jardín:
Mañana bajaremos la intensidad política con el repaso gastronómico (y seguramente último post).
"El círculo se cierra", proclama entre orgulloso y nostálgico un sesentón en la cola de acceso al concierto que retoma, tras un parón veraniego, el Festival Outlaw que este año reúne sobre un escenario a dos leyendas de la música americana de casi el último siglo: Willie Nelson y Bob Dylan. Orgulloso porque aquí está, en Somerset, un adormecido pueblo en la orilla oriental del Mississippi, la que baña Wisconsin. No muy lejos (las distancias son tan eufemísticas por aquí) de donde nace el río madre que saja en dos (en tantos aspectos) el país, en la vecina Minnesota, con la Duluth dylaniana a unos 200 kilómetros también río arriba. Nostálgico, porque le comenta a otro sesentón que va con bastón y el pie escayolado que casi no recuerda el concierto de John Mellencamp (el tercer grande de hoy) del que luce camiseta (gira de 2005) de lo borracho que iba; que hoy ni eso, que tendrá que conducir. Orgulloso porque aquí está, en efecto, junto a miles de personas que forman un público que, si hay que ponerse a hacer una media de edad, difícilmente baja de 50 años (y soy generoso, que por debajo de 25 he visto a un par, entre miles y miles de gorras, algún sombrero vaquero, mucha bota vaquera, un solo joven de color, ningún asiático y a saber si algún hispano no muy oscura la piel).
Nostálgicos casi todos, porque, como Nelson (91 años) o Dylan (83) la edad aprieta. El orgullo es llegar hasta aquí sabiendo que el fin se acerca.
Eso será cuando tenga que ser. Que se lo diga a la pareja (en efecto, por encima de 60) que, pocos minutos antes de arrancar el festival, baila en un pasillo junto al control de sonido el 'On the road again'. Y la sonrisa que lucen constata que tanto que siguen.
Al poco, incluso unos minutos antes de hora fijada (las viejas -dicho lo de viejas como adjetivo descriptivo ineludible- glorias tampoco están para terminar esto a medianoche), toma el escenario Southern Avenue, un grupo formado en su mayoría por lo que podrían ser nietos. Blues, pop, gospel, toques sureños por todos los costados (el nombre no engaña) con una solista potente al estilo de las antiguas estrellas de color de... claro está, el sur. Suenan demasiado bien para el caso que le hace la concurrencia de la que se ganan su respeto poco a poco, con cierta displicencia de quien ha visto tanto. Pero se lo ganan. Incluso aplauden algo.
La energía, que nunca se destruye. 'No te rindas', cantan en su última canción y pretenden (sin mucho éxito, como cada vez que la solista toca palmas para que le sigan) que el público los coree. Que viene John, maja. Ya tendrás tu oportunidad.
A ser posible sin el sol en la cara. Para cuando arranca, el atardecer se recuesta sobre el Mississippi y sobre la loma donde los que compraron las entradas más baratas asisten al concierto como en un día de playa caletera, de Cádiz Cádiz: sillita plegable (alquilada a la entrada, que de casa no se podía traer) y manta en vez de toalla, que esto es casi Canadá en altitud; luego, al caer la noche, los termómetros se hunden por debajo de los diez grados.
Con la humedad que adereza el Mississippi aquí cerca.
No manta, aquí faltan fogatas.
De calentar al respetable se encarga John Mellencamp. No es un crío tampoco, con los 72 años que le contemplan. Y es salir en tromba la banda arañando guitarras y machacando la batería y más de media audiencia se levanta brazos en alto. Habrá mucha camiseta de Nelson, algunas de Dylan, pero aquí se baila cuando Mellencamp lo dice. ¿Lo que decíamos de la energía? Como si las 10.000 personas del prado se la hubieran transmitido. Canta todos sus clásicos (digo yo que lo son por las reproducciones de YouTube de las que reconozco) y, hacia el final, antes del bis de regalo, se pone a versionar su propio clásico, 'Pink houses', en la que repite si esto no es América, hablando de gente humilde que lo pasa mal, de los suburbios de color y él añade a mexicanos e hispanos.
Dos metros a mi espalda, un hombre entre la generación de Nelson y Dylan (digamos que 88 años), mira con cara de circunstancias la olla en ebullición en la que se ha convertido el recinto. Lleva una gorra de Trump y, cuando acaba Mellencamp, aplaude educadamente en pie.
Lo bueno es bueno y hasta el concierto llegan los vientos electorales. Junto al anciano republicano, y mientras me comía el atasco camino al aparcamiento, un tipo en el arcén sostiene una bandera americana y un cartel que, en la distancia, creía yo que era de la organización señalando el camino. No. O sí, señalaba otro camino, que es el del voto para Kamala Harris. Nadie le pita, nadie le hace un mal gesto. Ni bueno.
La política baña los jardines y los sembrados por todo Wisconsin (en 2020 ganó Biden, pero en 2016 Trump rompió una racha demócrata que venía desde Reagan, a principios de los ochenta). Cuanto más se va a las ciudades, más azul (aclaremos que el azul es demócrata y el rojo republicano); cuanto más se adentra en la campiña, rojo.
En una ciudad industrial a a la vera del río en Minnesota creció Dylan. El Premio Nobel de Literatura es como es y no es casualidad que tarde casi tres cuartos de hora en montar su piano tras el huracán Mellencamp. Hay que templar los ánimos en el intermedio. Vaya si lo hace. Cuando lleva dos canciones, medio auditorio aprovecha para irse al baño, rellenar las cervezas y los infames cócteles con fresa o melón, o pillar algo de comer en el centenar de tenderetes que rodean el recinto.
Al principio, le falla la voz, hasta que logra calentar más adelante. No le resulta sencillo, inaugurando su puesta en escena con una rareza como 'Silvio', una canción de los 80 muy rápida y que exige vocalmente. A continuación, da las buenas noches como canta, rota la voz y entre murmullos desde su piano del que no se levantará. Tras el despliegue blusero, toca frenar y elige 'Shooting star', más reconocible por algún asistente, pero que avisa de que será un concierto calmado y a lo suyo. La banda, como siempre, embellece y eleva lo que masculla el jefe y hay quien baila las baladas amargas de Dylan (iría con unos pocos de esos vodka con sandía encima). Casi nada de clásicos indiscutibles, excepto un par en la recta final (el primero, el mejor momento de la noche y el segundo, para cerrar repertorio): 'A hard rain's a-gonna fall' y 'Ballad of a thin man'.
Con la última, característica por su insistente 'Do you, Mister Jones?', Dylan debe de recordar que está muy cerca de casita y se recrea al estilo vocal de Minnesota pronunciando 'Duya' ostensiblemente.
Es el momento que casi parece humano.
Es Dylan.
Aquí no hemos venido a pasarlo bien, sino una noche con Dylan. Si te gusta, tienes (tengo) mucha suerte.
Si no, pues aprovecha para comprarte unas alitas de pollo.
La euforia es cosa de la familia Nelson. Willie supera los noventa años y también le cuesta cantar. Casi recita, como el bisabuelo (o tatarabuelo, no sé) que es, su clásica versión del 'Whiskey river', durante la que tarda dos minutos en quitarse el sombrero vaquero y lucir su inconfundible badana roja en la frente. A las tres canciones y media, deja los trastos en la familia y descansa para reponer fuerzas y regalar a la audiencia con su 'On the road again'.
Ah... de esto iba este blog. De carretera.
De eso hablaré mañana, que arrancó la ruta en mi mañana de viernes (tarde noche en España), pero con eso de ir pillado para llegar al festival tuve que escribir crónica desde los interludios de los conciertos y este sábado.
Prometo fotos de comidas para compensar.
Bueno, vale. Os dejo el bocadillo y la cerveza que me tomé en el aparcamiento del festival, donde había decenas de coches abiertos con asistentes haciendo botellón antes de entrar.
PS: No exagero tampoco si digo que la media de personas que sacaron su móvil para hacer foto o grabar un vídeo era de una por cada 500 asistentes. Y un par de segundos, nada de estar todo el concierto grabando. Yo fui de los que grabó algo, lo admito. Pero dos momentos de 30 segundos.
Fue una plantación-pueblo porque tenía hasta colegio, además de barracones a decenas, y en ella vivían cuatro centenares de familias de aparceros. Miles de personas. Negras. Las Dockery Farms fueron ideadas por un emprendedor (o como se llamase entonces), William Alfred Dockery, en 1895. Compró miles de hectáreas junto al río Sunflower, un afluente del Yazoo, que es un río que compite en caudal en esta zona con el mismísimo Mississippi, porque le vio posibilidades para el cultivo del algodón. Dicen los carteles que informan del conjunto que era un hombre que trataba de forma justa a sus empleados.
Puede ser. El caso es que entre la hierba que crece sin freno, la humedad aplastante de la zona, los mosquitos que devoran lo que haya por allí con sangre, el calor por encima de los 40 grados (sumen la humedad, otra vez) y las jornadas de sol a sol, los trabajadores de la granja se reunían por la noche y cantaban sus penas o para espantar sus penas. Aunque es imposible saberlo, dicen que aquí mismo nació el blues. Así lo atestigua nada menos que BB King, para quien la presencia de Charley Patton y su familia durante años en esta reata de establos dan fe del título honorífico. También pasaría por aquí Robert Johnson, el pionero del club de músicos que mueren a los 27 años y al que la leyenda sitúa vendiendo su alma al diablo a cambio de la eternidad. El diablo le vendió una eternidad en vida muy cortita.
En fin, que no quiero repetirme mucho con estos lares, porque ya los visité en 2014 y lo contaba algo más extensamente aquí. En cualquier caso, la plantación-pueblo y sus 400 familias son un botón de muestra en una zona como es la del Delta del Mississippi a la que se le caen de los bolsillos genios musicales por metro cuadrado. Así lo cuenta el Museo del Delta, en la capital oficiosa del entorno, Clarksdale. La lista de aportaciones musicales de bebés que vieron la luz en las inmediaciones es extenuante y va desde el propio rey BB King a Muddy Waters, John Lee Hooker, Ike Turner, Sam Cooke... amén de una abrumadora alineación de estrellas desconocidas para el resto del universo pero sin las que no se entendería toda la música del siglo XX (y cada vez menos del XXI, porque la mayor parte de la música generalista de este siglo es incomprensible a todas luces). Aun así, Clarksdale se derrumba pedazos.
Esto es la milla de oro de Craksdale. Y no es ironía.
No hace mucho, hubo un intento de gente famosa con dinero que quiso revitalizarla. Incluso Morgan Freeman abrió un restaurante de 150 euros el cubierto y le duró un puñado de años. Con 150 euros viven 15 familias de Clarksdale en un solo día. Mucho duró. Hay también festivales que atraen a lo mejor del país y de donde sea por unos días. Pero suena a esas reuniones de pijos que se visten de hippies para conectar con la madre naturaleza en alguna isla veraniega y luego vuelven a sus vidas en las terrazas de la Castellana y en los after de Chamberí.
Clarksdale es pobre de solemnidad. He contado a cuatro turistas en mis tres horas allí. Además de las tiendas cerradas, solo hay un par de museos/tiendas ad hoc y media docena de comercios que se dedican a arreglar o fabricas instrumentos musicales (debe de ser que la gente viene aquí a eso desde todo el Estado). Quizá es que hay que ser pobre como una rata para honrar al blues. Ya lo dijo Muddy Waters, toda una referencia del género, cuando hizo carrera y, como tantos otros, cogió en la misma estación de tren que ahora acoge al museo, el 'Chicago Nine' que unía el Sur con la ciudad del viento. Allí, pasados Memphis y San Luis (otras dos ciudades que dicen haber inventado el blues) fue donde realmente el blues se subió a la catapulta y se hizo internacional. También se hicieron estrellas los pobres cantantes del Delta. Decía que Waters llegó a quejarse ya de mayor que se subía al escenario en Chicago y le daba a la gente lo que quería, que aquel público jamás había oído el verdadero blues, "el que tocábamos cuando no teníamos dinero". Estate tranquilo Muddy, cantes por donde cantes ahora. Al Delta sigue sin llegar el dinero. Por mucho cartel que pongan en Clarksdale al estilo Las Vegas (aunque un poco torpes, hacerlo pegado a los semáforos para que no haya foto limpia), del cruce de dos caminos míticos como el de la autopista 61 (ya Dylan la elevó a los altares absolutos) y la 49. Allí mismo, a todo esto, vendió su alma Johnson.
Aunque hay carteles en el Museo que piden por favor no creerse esa historia diabólica. Lo dice en serio. Mejor ver que creer a secas. Como esta otra imagen de la 61 profunda (me metí a buscar un diner para desayunar en una aldea llamada Duncan y al menos me llevé a la boca la foto):
Va a ser que la cámara hace el efecto entre sol y cartel (como me pasó con Treme el otro día) sin saber yo cómo.
Ver se ve aún que el algodón sigue cubriendo el Delta y que el negocio más básico, como es una gasolinera, no fluye.
Hablando de ver. Aquí estoy (tampoco había nadie a quien pedir que me hiciera foto; los mosquitos eran grandes pero estos móviles gigantes que nos gastamos ahora pesan demasiado... y no tienen sangre):
No me preguntéis por qué hay gilipollas en el mundo que cruzan con su niño de dos años a la espalda a través de rocas resbaladizas como un piropo del demonio.
(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí) Bemidji (Minnesota)-Lake Itasca-Fargo (Dakota del Norte)-Kimball (Dakota del Sur): 790 kilómetros.
En el escalón de rocas que delimita este extremo del Lago Itasca, al norte de Minnesota, nace el río Mississippi.
Un dato/hecho: El Mississipi es el segundo río más largo de Estados Unidos tras el Missouri y el segundo más caudaloso por detrás del Ohio. Pero nadie duda de que es el más importante, pese a ser segundo en todo. Será la importancia de saber cuál es tu sitio.
Lo bueno de llegar a un parque nacional antes de que pongan los árboles de temprano es que te puedes sentar y poner a remojo los pies. Luego, una hora después, allí hay más gente que en Nochevieja en Sol.
Un libro: 'Las aventuras de Huckleberry Finn', de Mark Twain. No hay mejor libro no solo del Mississippi, sino de esa resbaladiza edad en la que todo te empuja a crecer de una vez pero hay un alma en tus entrañas que te dice que no, que esperes, que sigas siendo un niño.
Desde esas rocas para abajo, todo es río hasta México, un continente después.
Una canción: 'Down by the water', de The Decemberits. Porque cuando algo nace lo único que sabe es que algún día, cerca o lejos, se acabará.
Y este es el lago donde todo nace.
Una película/serie: 'Mud', de Jeff Nichols. Una revisión moderna, y sin atisbo de romanticismo, de las viejas historias de iniciación junto al Mississippi. Somos más cínicos en estos tiempos.
Lo de abajo es tarta de calabaza y era estupenda también. Y no, no pedí ración doble, pero alguien debió de entender que habían cortado una porción demasiado pequeña y pusieron otra igual.
Una comida/bebida: Iba el día con la pinta de que iba a recomendar unas cerezas de Michigan que compré en Chicago y me iba comiendo en el coche cuando antes de recluirme en el motel en Kimball he pasado por el Ditty's Diner y he tomado una cena más que digna: alitas picantes y wrap de pollo frito.
Un descubrimiento: Fargo. Como el GPS me llevó al teórico centro y la Main Street (que siempre es donde está la acción en cualquier pueblo) es dolorosamente triste, iba a criticar la nadería de Fargo. Pero crucé la vía del tren y me encontré con una calle con un ambiente que más quisieran capitales.
Mucho atasco no me he comido hoy, la verdad.
Un error: Más que un error son las exigencias de un viaje como este, que acoplo los días según puedo. Empezar la jornada con el nacimiento del Mississippi, por definición, es el punto culminante. Las ocho horas restantes, de este modo, se han hecho eternas en la carretera.
A cien metros de su nacimiento, con tres metros de ancho y algo menos de medio de profundidad.
Una imagen: El primer puente sobre el Mississippi, a cien metros de echar a rodar.
Una historia: El desnivel es de apenas diez centímetros, una medida escasa a todos los efectos. El lago Itasca, cuya forma de habichuela aplastada al fondo de una bolsa de la compra se retuerce al norte de Minnesota, se tropieza con una hilera de rocas humildes (la más grande apenas llega al doble de un balón de fútbol) y se escurre por donde puede. Al lago, que dicen que es glacial (signifique lo que signifique eso), le sobra mucha agua y en ese pequeño escalón ya se crea una corriente con ansias de empezar a recorrer el largo camino que le espera hasta el mar (anda que no está lejos cualquier mar de aquí). El remanso al que caen las aguas que le sobran al Itasca suma unos veinte metros de diámetro (a eso de las diez se queda diminuto para tanto turista) y luego fue esculpiendo durante siglos un sendero de agua de unos tres metros de ancho (y si llega al medio de profundidad es porque estamos exagerando). A ese hilo de agua lo llamaban los indios algo así como 'río que ocupa un gran espacio'. Mississippi, al cambio semántico de la época. Dudo mucho que aquellos indios pensaran que ese gran espacio que ocupaba el río diera como para 4.000 kilómetros de longitud. Pero a saber, porque ellos tenían tipos que leían las estrellas, observaban las vísceras de los bisontes como si fuera un canal de pago, bailaban para que lloviera (y llovía, porque siempre termina lloviendo) y tal. Hasta lo más grande nace pequeño. Que diría Buddy Holly anticipando a Paulo Coelho. El Mississippi nace pequeño y corriendo hacia al oeste y, a unos cien metros, gira hacia el norte en una semi circunferencia en forma de hoz o de cicatriz en la frente de todo el Estado de Minnesota. O sea, empieza a andar hacia donde le da la gana, porque el Golfo de México está hacia el sureste. Sin prisas. Todo esto, que parece un folleto informativo del centro de visitantes de la cabecera del Mississippi, está repleto de metáforas, que es una virtud del lenguaje por la que cada ser humano saca la conclusión que le da la gana de cualquier cosa. Todos somos un poco Mississippi.
En Duluth, tan al norte de Minnesota que roza con Canadá, nació Bob Dylan. Pero no venden ni una pegatina de él. Y el par de carteles señalizando una ruta un poco cutre tienen apenas un par de años.
(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí) Clear Lake (Iowa)-Bemidji (Minnesota), pasando por Saint Paul (MN), Superior (Wisconsin) y Duluth (MN): 715 kilómetros.
La casa donde nació Fitzgerald en Saint Paul se acaba de vender. Por si os interesaba.
A esta otra se mudó Fitzgerald, que no dejaba de ser un señorito de provincias con ínfulas de diva en Nueva York, en una zona más pija de Saint Paul.
Un libro: 'Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra', de John Irving. Exacto, estoy en Minnesota, el hogar de F. Scott Fitzgerald. Pero una concatenación de ideas (y no solo por Tobey Maguire) me ha llevado de la pomposidad e impostura del local al goce de una novela total como la de Irving.
En Duluth, una chica denunció haber sido violada y la policía detuvo directamente a tres negros de un circo que actuaba esa noche allí. Ya en el calabozo, una multitud de un millar de personas los sacó de allí, les dieron una paliza y los colgaron de una farola. Con mucha cita bonita sobre verdad y justicia, la misma ciudad que los mató aún les recuerda.
Una película/serie: 'Grupo Salvaje'. Otra de de ideas encadenadas. Érase un Bob Dylan pésimo actor en la por lo general fallida y pretenciosa 'Pat Garret y Billy the Kid' (salvo en el momento en que suena 'Knockin on heaven's door'), de Sam Peckinpah. Pues todo lo excelso del director está en 'Grupo Salvaje'.
En una empinada colina, la casa donde nació Dylan apenas luce una plaquita. Será que Duluth es la ciudad del mundo con más Premios Nobel.
Una canción: 'Things have changed', de Bob Dylan. Tenía que ser una de Bob Dylan. Podrían ser 200 (y no exagero). Pero esta es como una segunda parte sombría y realista de aquel himno de décadas antes en el que cantaba que las cosas iban a cambiar. Y cambiaron. Pero no como uno se esperaba a los 18
Una comida/bebida: Pertenece a una pequeña casa de Minnesota, la Revelation. Sabe a café y chocolate, pero también, y sobre todo porque de eso se trata, a cerveza.
La serie 'Fargo' dedica su primera temporada a unos crímenes perpetrados en Bemidji (MN).
Los alrededores desolados de Bemidji son tan Coen.
Un dato/hecho: La primera temporada de 'Fargo', la serie, se desarrolla en Bemidji, al norte de Minnesota. Pero ni una sola escena se rodó allí (todo se filmó en Calgary, Canadá). Como buena ficción, su verdad no está en el respeto a la realidad física o geográfica. De esa tenemos de sobra con los mapas.
Una imagen: 'M' de mito en un amanecer junto a la interestatal.
Un descubrimiento: El Estado de Mississippi y Minnesota están separados por casi 2.000 kilómetros. Solo comparten el río. O no: también cierto carácter en su paisaje.En plena autopista, me sueltas en Minnesota sin saberlo y me preguntas dónde estoy y contesto que Mississippi. El río es mucho río.
En Bemidji se sienten muy orgullosos de su leñador Paul y su toro Babe, ambas esculturas creadas para una feria del gremio en los años 30 y que perduran casi un siglo después como símbolos muy pop (eso hay que reconocerlo) de la comarca.
Un error: El ritmo del viaje y la responsabilidad que conlleva me impiden hacer cosas como quedarme esta tarde en la Bemidji Brewing probando una por una sus quince variedades de cervezas caseras.
En este local, el Armory de Duluth, en una noche de finales de enero de 1959, un adolescente Bob Dylan se quedó enamorado de la música de Buddy Holly, quien moriría tres días despues.
Una historia: Anoche me visitó en sueños el fantasma de Buddy Holly. Solo él, que Ritchie Valens andaba de gira onírica, empeñado en demostrar a las nuevas generaciones hispanas que la verdadera música latina era su 'Bamba' y no tanto perreo. -Hola, soy Buddy. -Ya te veo. -He venido a contarte una cosa. -Pues eso está muy bien porque no tenía clara la historia de hoy. -Todo pasa por alguna razón. -Eso se lo has quitado a Paulo Coelho. Manifiestamente enfadado, Buddy se ajusta el puente de las gafas antes de decir: -Te equivocas. Paulo Coelho no ha inventado ninguna chorrada nueva. Todo estaba en las canciones de rock de los 40 y 50. Todo. Lo malo y lo bueno. -Si tú lo dices. -No me toques los cojones que puedo tener cara de pajillero de instituto, pero soy de Texas. -Vale, habla: que nos quedamos sin líneas. -¿Sabias que justo tres noches antes de matarme conocí a Bob Dylan? O, mejor dicho, él fue a un concierto de nuestra banda (los mismos que nos quedamos a vivir para siempre entre el maíz de Iowa) en Duluth. Y la historia de la música cambió en ese momento. De la música y de las artes. -Ajá. -No me irás a negar que Dylan es el mejor autor de música popular del último siglo. -Lo que no veo es que sea gracias a ti. -No, yo no hice nada más que morirme. Lo que quiero decir es que mira a Dylan y mira a Fiztgerald, el otro gran creador universal de Minnesota. -Me he perdido. -A Dylan solo le importa su música, sus letras y sus acordes. Sale a cantar en un concierto y no levanta la mirada del teclado. Va allí a tocar, no a ser vanagloriado. Le importa lo que hace, ama lo que hace, respeta lo que hace. -¿Y qué tiene que ver con Fitzgerald? -Fitzgerald era un paleto de provincias en la gran ciudad. Un tipo con un don sublime pero al que no le importaba la literatura salvo como vehículo para su ego y alcanzar la fama y bebérsela y drogarse y tirarse a lo primero que se moviera. Era el Cristiano Ronaldo de la generación perdida. -Pero fue bueno. Lo es. Sí, es un poco pedante y recargado, pero es genial. -No me has entendido. Luego me acusas de ser como Paulo Coelho y decir obviedades. Pero se trata de cómo lo haces y por qué y puede que por quién (mientras no sea por ti mismo). El para qué es un callejón sin salida.