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viernes, 13 de septiembre de 2024

La campaña, según carteles, pickups y desayunos

 


Sabes que has entrado en territorio republicano (ahora de Trump) cuando: 

-Ves carteles a pie de carretera de amor a Dios (en la guerra de las señales gigantes, como si fuera el de un McDonalds, junto a interestatales o carriles perdidos de la mano de ese mismo dios, los demócratas no entran mucho... o nada). 

-El porcentaje de pick-ups iguala o supera al de coches normales.

-Ves más carteles todavía de defensa de la vida, con bebés y estadísticas que varían mucho sobre cuándo late un corazón.


-Los límites de velocidad son mayores en cualquier tipo de vía.

-Este año he visto carteles igual de intensos sobre "proteger nuestras armas" y las consecuencias del fentanilo.

-Hay muchas granjas.

-El porcentaje de hombres que usa a gorra tiende al 80%. 

-Un 5% usa sombrero vaquero. 

-En el dinner familiar de toda la vida de un pueblo perdido, los parroquianos usan camisetas del tenor de "Si te molesta mi patriotismo a mí me molestas tú". 

-Los parroquianos usan mucha ropa imitando al camuflaje.

-La gasolina es más barata. 

-La renta media, más baja.

-En las carreteras solitarias, los conductores te saludan al cruzarse contigo (en los estados azules hay menos carreteras tan solitarias).

-Los carteles de 'Propiedad privada' son bastante más grandes y amenazantes. 

-Y lo más importante de todo (por poner un toque de humor): los desayunos son inmensamente mejores (será que no usan las mascotas del vecindario).


Todo lo anterior no tiene ningún criterio científico: solo miles de kilómetros a través de cada estado durante diez años. Tampoco considero que sea mejor o peor que haya más granjas o cualquier otro asunto. Tendrá que haber granjas para ponerle tanto queso y carne a las hamburguesas.

Ahora bien, ¿se nota en el ambiente la campaña? En la última, la de 2020, no estuve en USA por razones obvias. En 2016, no me acuerdo, de ser honesto, si bien aquella ruta se movió por la costa este más demócrata posible. Era raro ver algo de Trump en las zonas por las que estuve (de Boston a Maine por casi toda Nueva Inglaterra), la verdad. 

Aunque he ido a mirar las fotos de entonces y mirad lo que he encontrado (es junto a la biblioteca de Boston, en pleno centro):


Lo que son las cosas: el hombre acertó. 

En fin, que ya me estoy desviando. Sí, hay mayor exhibición política de lo habitual, teniendo en cuenta que es muy común aquí que en cualquier jardín se luzcan carteles de apoyo a su político preferido en cualquier momento del ciclo electoral y, cuando no hay a instituciones nacionales, se vota para el sheriff, por ejemplo. Es una de las cosas que más sorprenden: pasear por las zonas residenciales y ver el cartel del candidato a gobernador demócrata junto a un triciclo rosa tirado sobre el césped. 

-Ashley, te he dicho mil veces que no dejes el triciclo en el exterior. 



En fin: Chicago. 

Chicago es territorio azul de siempre. Si le sumamos que Obama emergió allí, no se hable más. Aunque para colmo, como dos semanas antes de estar yo se celebró la convención demócrata en sus calles. Todavía quedan carteles de todo tipo, bien de cobertura informativa, bien de servicios municipales. Como que les da penita quitarlo todo. 

Excepto en este caso, un claro ejemplo de guerrilla política de primer día de clase: 




De estas banderolas en distintas farolas quedarán en todo el área céntrica como unas veinte. Pues bien: seis están en los 50 metros frente a la entrada del hotel gigantesco de Trump en el corazón de Chicago. Ese misma torre que, al otro lado, luce un enorme Trump en el que es el rincón más parecido a la Puerta del Sol en la ciudad en cuanto a trasiego de turistas y gente de todo tipo, donde arranca la Magnificent Mile sobre el río Chicago. 

Sin otras noticias de Trump. Noticias políticas, quiero decir. 

Vayamos a la siguiente gran parada (recordando aquel señor de 80 años que en el concierto de Nelson y Dylan lucía una gorra de apoyo a Trump y al que las invectivas políticas de Mellencamp le forzaron a poner cara amable de psicópata que te toma la matrícula para luego): Minneapolis, otro campamento base demócrata, ya que Tim Walz (el candidato a vicepresidente de Kamala Harris) ha sido gobernador allí durante seis mandatos pese a que solo una vez antes desde 1890 había sido elegido un demócrata para ello). 


Aquí los cuidados jardines de los barrios más prósperos (que es donde estuve) se llenan de Harris y Walz. 

Tampoco sin noticias de Trump.

Para ello, había que entrar en Dakota del Norte, Montana, Wyoming y Nebraska, todos ellos republicanos desde los tiempos de Kennedy al menos; excepto Montana, que pasó al rojo en 1996 y no se ha bajado de ahí. 



Dios, armas y Trump. 

Ya lo dicen desde este jardín:


Mañana bajaremos la intensidad política con el repaso gastronómico (y seguramente último post). 

 

domingo, 8 de septiembre de 2024

Clásicos de carretera y mantel


Volvamos atrás. Pensemos que el primer mensaje publicado ayer era como eso que llaman 'cold open' en películas y series, un anticipo antes de créditos, música e incluso acción con el protagonista de verdad. 

Ahora sí: la ruta pop vuelve a la carretera en una nueva edición (de la primera de 2013 no hay registros completos, solo retazos, pero las demás se pueden consultar en el archivo del blog: bien en julio o septiembre, donde haya más post, ahí estará la ruta pop de ese año). En resumen, cada verano desde entonces me marcho a Estados Unidos, alquilo un coche y sumo kilómetros tratando de visitar lugares que signifiquen algo en la cultura pop general: literatura, cine, música, series... sean lugares reales o trasuntos, sean pueblos de nacimiento o casas familiares, sean una inspiración para poema o canción, sea, en más de múltiples ocasiones, hallazgos sobre el camino. Cualquier excusa vale y este año serán unos 5.000 kilómetros en poco más de una semana, visitando Chicago y los estados de Wisconsin, Minnesota, Dakota del Norte, Montana, Wyoming, Nebraska, Iowa y de vuelta a Illinois. 

Y vale que la mansión de Faulkner o la simbología de Wilco quedan fenomenal para el postureo, pero desde el primerísimo día de hace más de un decenio, ¿sabéis qué es lo que pidió más el (escaso pero ilustre) lector de este diario de viajes? Carnaza. 

Carnaza entendida como comidas al más puro estilo de dinner de carretera y colesterol en la sangre, desayunos con los que comerían los invitados de una comunión entera en España o cenas que el equipo de waterpolo nacional no se podría abrochar ni sumando esfuerzos. 

Suena exagerado y lo es. 

Casi siempre. 

Así que como este año se ha arrancado un poco en falso, lanzo la primera entrega de comilonas ya mismo, sin esperar al último día. Para no quemar más de la cuenta, me limitaré a Chicago y sus casi dos días completos. 


¿Chicago dices? ¿Que yo veo muchas series, me insistes? Pues la primera visita era obligada: la fachada que le tomó 'The Bear' a este rincón del centro, si bien por dentro no tiene nada que ver. El objetivo era probar su famoso bocadillo de carne asada. Sobre la bocina llegué, que vaya cola se montó en el aeropuerto con inmigración y cerraba a las cinco. Apuré y a las cuatro y media estaba en la puerta. 

La primera en la frente: cerrado por vacaciones justo esta semana. 

Solo cierra una semana al año y tenía que ser esta (por el Labor Day, vale, pero en fin...).

Así que no me quedó otra, le hice una foto por cumplir la visita y me puse a pensar dónde se podría enjugar la decepción. Miro alrededor y justo al lado hay un bareto donde hay una pizarra con gracietas con muy poca gracia ('sí, los rumores son ciertos, vendemos alcohol'), pero miro un poco más arriba en la placa que hay junto a la puerta y resulta que se trata de The Green Door, la taberna más antigua de Chicago, abierta en 1872 y superviviente a la Ley Seca. 

Vale, aceptamos taberna más antigua de Chicago. Que es cierto su encanto de irlandés con madera vieja (no con pintura envejecida) y carteles que tuvo que mirar Al Capone (esto me lo estoy inventando). 




Aquí la comida es la que es: de pub de toda la vida (en la imagen, un sándwich de filete de pollo a la plancha y ahumado en picante; pasable). Porque en este sitio se bebe. Cerveza local (marca propia incluida) y de los estados adyacentes (Michigan suele tener más peso cervecero) viendo el partido que pongan ese día en la tele. 



Enjugado el prurito turístico en parte, de allí me dirigí al Kumiko, única coctelería de Chicago que logró meterse entre las 100 mejores de este año. Gran parte de su encanto proviene de su esencia japonesa: no es que los únicos whiskys que hayan sean de allí ni que el resto de bebidas (del sake a incluso sucedáneos del vermú europeo) también vengan desde el otro lado del mundo. Su fuerte es que marida los particulares cócteles con bocados no menos japoneses: ostras con salsas agridulces, pescado crudo o frito, fideos o lo que se tercie. Yo ya había comido, pero me hice fuerte con tres cócteles:





Por orden: el primero es una versión del Sazerac (qué pesado soy con llevar Nueva Orleans a todo) pero con el particular vermú japonés, elaborado con ocra. Diría que un 8. 

El segundo se llamaba Cloud Hopper y el nombre me engañó (por el pintor). Es una mamarrachada: lleva sobre todo licor de arroz y mezcal, además de suero de leche y algo de fruta. A mí me supo a arroz con leche al que no le han puesto el arroz y se le han caído del estante superior del frigorífico unas natillas del día anterior. Un 3. 

El tercero era un Old Fashioned (que es básicamente whisky con soda y angostura en su versión original), al que además de usar un whisky nipón se le añadió como toque ácido un buen jerez palo cortado. Me podrá la tierra, pero se merece un 9.    


Pasada la primera noche (y un día especialmente largo, con el viaje de por medio y hasta 26 horas seguidas sin dormir), tenía que empezar el primer día completo de la ruta pop con fuerza. Así que no hubo experimentos y me fui (tras un paseo de dos horas con el amanecer) al Wildberry Pancakes & Cafe, cuyo nombre y aspecto parecen una franquicia con ínfulas, pero que sirve los mejores desayunos de Chicago. Y, como su nombre indica, las mejores tortitas. Estas que me pusieron llevaban crema de cacahuete, coco, plátano y sirope. 



Un valor seguro... así como muy grande de tamaño y sabor. 

Que eso no me obligó a seguir paseando y decidir que a la comida que tenía reservada en un barrio algo alejado del centro lo haría andando. En Chicago hay metros, trenes, autobuses y hasta taxi, lo sé. 

Pero me dio por ahí. Adelantando el recuento (porque me volví también andando), según el Google Fit el jueves me hice 35 kilómetros andando, con casi 40 grados en la ida y tormenta de verano a la vuelta. 

En fin. A lo que iba. Tiré hacia Wicker Park y Logan Square, que son la versión americana de Malasaña, con su aspecto decadente a la vez que moderno, sus tiendas de segunda mano y versiones sublimadas de marcas grandes, sus locales de comidas exóticas y su aversión por la taberna de Chicago de toda la vida (en Malasaña resiste algún bar de siempre más). Iba con tiempo de sobra.

Tanto, que llegué tres horas antes de la reserva de la comida y me metí en otro recomendado por todas las guías: el Big Star. Otro spoiler: fue el mejor del día (el único no esperado). Es una taquería sin ningún mexicano a la vista pero seguramente en la cocina, porque sus tacos eran espectaculares: 




El primero, de camarones. Bien dicho: camarones. Por mucho que parezcan y tengan el tamaño de gambas, sabían como a camarones de La Isla. Que de eso algo sé. 

El segundo, no menos bueno: de carne asada y picante. 

Cervezas no menos buenas y los siete magníficos al rescate en la televisión. 



Que debería haberles llamado después del robo al que fui sometido en el Giant. Se trata de un italiano con miras muy altas y precios todavía más altos. Porque a ver: vale que por una pasta con bacon, gorgonzola y jalapeños te cobren 25 dólares sin que ningún ingrediente de postín justifique el precio. Estaba espectacular en cualquier caso y eso de estar a medio metro de donde lo hacen tiene su punto. Más duele que no se pueda pedir uno una cerveza a cinco o seis euros y evitar las copas de vino a 16 o 17 dólares porque las cervezas valían 15 también (y no eran especiales, que las he visto en otros sitios a eso, a 5 euros la botella). Ya puestos, descubro dos vinos italianos. 


Pero, pero, pero... Steve Mcqueen de mi vida. La foto engaña con las proporciones. 



¿Veis eso blanco de ahí? La Lonely Planet la recomienda encarecidamente: ensalada de cangrejo. La carta pone que el precio es según mercado. El tamaño es el de media cucharada de helado al estilo que los sitios viejunos ponen la ensaladilla cuarteada. Ensaladilla parece y ensaladilla es a fin de cuentas. Lo de atrás no son pretzels, sino patatas al estilo waffle (en congelados La Sirena creo que los venden) fritas. 

26 dólares uno encima de otro.  

Entre ensaladilla, pasta de universitario aventajado, vinos y propina, casi 100 dólares. 

Os pilla Yul Brynner y os arranca el pelo a jirones hasta dejaros como él. 

En fin, que había que bajar el disgusto. 



Esto otro se llama The Violet Hour. No tiene cartel ni señas. Tampoco luz (como veréis pronto en las fotos), por mucho que en la foto sí que haya solazo. El menú que he vinculado no tiene nada que ver con el que había. Ponen nombres originales y descripciones que se pasan de 'algo supuestamente divertido que no tiene demasiada gracia'. Una de las camareras también era de esas. Además de soltar una chapa de diez minutos sobre lo especiales que son.

Suerte que no tenía que ponerle cara de entenderla porque con la poca luz que había no me veía. 




El primer cóctel se llamaba 'As if'. Siendo andaluz, uno las palabra y así, así me quedé. El típico cóctel con voda y sabores afrutados. Casi de todo incluido en la Costa Dorada. El segundo tenía nombre que he olvidado pero hacía gracieta sobre la hombría de los hombres. Era su versión del old fashioned.

Pues vale. 

A esas alturas del día, con el cansancio del jet lag del día anterior, las caminatas interminables y el orgullo herido del bolsillo, ya me daba un poco igual todo. 

Todavía me cayó una tormenta de una hora (de la que me resguardé solo a medias) de camino al hotel.

Lo mejor era irse a dormir y despedirme de Chicago a la mañana siguiente en el Wildberry con unos bizcochitos con salchicha, huevos pochados, salsa de cerdo y patatas machacadas. 



Así sí.

Así se podía empezar la ruta. 

sábado, 14 de septiembre de 2019

Resumen de comilonas en cuatro zonas



Nota previa: seré muy breve antes de ir a las comidas.

Llegamos al final. Escribo ya desde Springfield, capital del Estado de Illinois y una ciudad totalmente volcada con su vecino (que no natural) más ilustre, Abraham Lincoln (que no los Simpsons). Aquí vivió la mayor parte de su carrera profesional antes de la presidencia, aquí compró su única casa y aquí está enterrado junto a su mujer y varios de sus hijos en un monumento tan alto como un edificio de cuatro plantas (no es exageración, son metros). 




Creo (y aquí quizá sí exagere un pelín) que si juntamos todas las estatuas, imágenes, fotos, nombres de calles o de locales y menciones en general a Lincoln que hay en esta ciudad de algo más de 100.000 habitantes hay más que billetes de cinco dólares (que son los van con la cara de Lincoln) existen en todo Estados Unidos. 

Al grano. A solo tres horas de coche de Chicago, de donde despegaré ya mañana, quedan atrás algo más de 4.000 millas (unos 6.500 kilómetros) en diez días de ruta, muchas sorpresas agradables, poco malo que contar (y se me olvidará el lunes) y un par de amaneceres para enmarcar. Aunque también, en resumen, ha sido menos intensa que otras (sobre todo, que la de 2018). 

Como siempre, estas rutas no me defraudan. Muchas gracias por estar ahí y perdón por el exceso de fotos con el sol detrás... pero es que siempre llego a los sitios interesantes a primeras o últimas horas del día. 

Juro que la foto siguiente ha sido casual. Estaba haciéndome hace un rato el selfie delante del garito mítico de la Ruta 66 y luego he pensado que con ese 'food' detrás (aunque sea al estilo 'redrum' en el Resplandor, que hay que leerlo al revés) era la imagen perfecta para despedirse. 




Chicago

Fue quizá una pequeña decepción en cuanto a la proporción entre las expectativas y la realidad de las comidas que tomé. Eso sí, el ambiente de los locales mereció la visita por sí sola. 




Situado bajo la calle, en un túnel que atraviesa la avenida dorada de los comercios de Chicago, el Billy Goat es uno de los bares más famosos no solo de la ciudad sino de América. Empezando por sus propios vecinos, ha sido durante décadas la parada tras el cierre de los periodistas del Tribune, situado justo encima. 

Lo que habrán oído sus paredes que jamás pudo ser publicado.




Además, su nombre (y la cabra de la foto de arriba) hace referencia a la cabra de Billy, la culpable de que los Cubs, uno de los dos equipos locales de béisbol, incurriera en una maldición centenaria que le tuvo sin ganar nada pese a encontrarse a punto en numerosas ocasiones. La lista de desgracias es muy larga y los Cubs rompieron 108 años de mala suerte en 2016 cuando ganaron la MLB. 

Siete años por un espejo, 108 por no permitir entrar una cabra al estadio (que fue lo que desencadenó la furia caprina desde el más allá).




Ah, la comida. Esta vez la foto hace justicia a lo normalita que fue la hamburguesa. La carne, muy buena; como siempre lo es aquí. Aunque al Billy Goat a lo que se va de veras es a beber y a tragarse noticias que te ha echado para atrás el jefe. 

A la mañana siguiente en Chicago (la primera del viaje) volví al Wildberry Pancakes (estuve en 2018) para desayunar y cometí la estupidez de no abotonarme la especialidad de la casa como el año pasado. Sí, ponen tortitas junto al plato principal, pero no es lo mismo. La tortilla de queso y jamón... es una tortilla de queso y jamón. Como las que me hacía de cena mi hermana cuando yo tenía ocho años (y ella once). 



De allí (horas después, se entiende... de hecho, ese miércoles en Chicago anduve nueve horas según la aplicación del móvil), recalé donde dicen que ponen las mejores costillas de Chicago y del Medio Oeste. Lo primero, no lo sé, aunque si es así no querría probar las peores. Lo segundo es mentira. Recordad la barbacoa de Kansas City.  

El garito, el Twin Anchors, está en la zona llamada Old Town y reconozco que ver un partido de los Cubs aquí puede tener su gracia por el ambiente de barrio, la camarera sesentona y escuchimizada con una camiseta XL de los Cubs... Variada oferta de cerveza. La comida, buena, pero sin exagerar. Las costillas se desprendían del hueso y el sabor era destacable. Diría que lo mejor del plato fueron las espinacas a la crema de pimienta (también pedí unas alitas pasables).

Lo malo de la perspectiva es que pone a cada cual en su sitio y, al lado de la ternera suprema de Kansas City, ya no habrá nunca otra cosa que se le acerque.





La ronda de decepciones culinarias por Chicago concluyó donde arranca la Ruta 66, en el Lou Mitchell. Su especialidad son los huevos, así que los pedí revueltos con esa ingente cantidad de cosas que le ponen a los desayunos. Estaba muy bien, de acuerdo... y aquí viene el 'pero': en muchos diner de pueblos perdidos los he probado mejores (véase el de un par de párrafos más abajo, por ejemplo).  



Las grandes llanuras

También he comido pescado. Poco y frito, no nos hagamos los saludables ahora. En Hannibal las opciones culinarias no eran para lanzar indios al espacio (¿han fracasado, los pobres, ¿no?). Me metí en un pub y no sé si por el espíritu británico, el cocinero que andaba cubriendo la barra porque la camarera se había ido al baño me recomendó un catfish muy bueno. 

¿Frito? Pregunté. 

Me puso cara rara y asumí que sí. 

¿En bocadillo? Insistí.

Se fue para dentro a ponerme el pescado frito en pan de hamburguesa. Pasé del pan por cabezonería más que otra cosa (y porque sobraba, la verdad).

Ya de la cerveza aguada con sabor a mango no hablo. 

Me niego, como el cocinero. 




La redención gastronómica del hogar de Twain vino en el Becky Thatcher's, donde su desayuno es el claro ejemplo de un buen desayuno americano en cada uno de sus elementos. La salchicha, que es esa cosa redonda que parece (y sabe) a mini hamburguesa de cerdo, es la mejor que he tomado aunque tenga un aspecto enfermizo en la foto.




La siguiente parada del día fue el paraíso. 




Ya babeé en esta entrada sobre la costilla de ternera suprema. Pero permitidme poner una foto de cómo se quedaba el hueso al tocar suavemente con el tenedor la carne. Sin resistencia, como untar mantequilla derretida en una mañana que vuelves de juerga y desayunas antes de irte a la cama en un bar de carretera.




Ya no comí más ese día por incapacidad física y mental. 

A la mañana siguiente quería ver amanecer desde el centro de los USA y allí no hay ningún servicio (no hay nada salvo belleza, como ya conté). Así que en la gasolinera donde paré a las cuatro y media de la mañana me compré un café gigante y dos donuts recién hechos (el que emulaba a una tarta de zanahoria una pequeña joya calórica) y me senté en el merendero (porque 'desayundero' no existe) a ver cómo el sol escalaba remolón. 




Con el sol en el retrovisor, tomé la carretera hacia el oeste, hacia Colorado. Allí dormiría en Burlington, donde hay un local, el Dish Room, con solo tres años a sus espaldas, y, como me dijo el amable recepcionista del motel, "un sitio demasiado grande para un pueblo tan pequeño". 

Él se refería al tamaño, cuando le preguntaba por si habría problemas de mesa al ser sábado por la noche. Yo lo extiendo a lo demás. Burlington, en efecto, es un polvoriento villorrio a pie de interestatal con poco que ver o hacer y, aun así, en el Dish Room se empeñan en darle otro toque a la comida. Te ponen la hamburguesa y el filetón si los quieres. Yo, como andaban de tercer aniversario, me pedí el menú degustación que ofrecían (por 33 dólares). Y no me arrepentí:





El primer plato era una especie de chile, con cerdo de calidad aunque mezclado con pico de gallo y queso de cabra. Más parecido a lo que le ponen encima a los nachos por lo general. El pan de la derecha, masa dura como de pizza. 

El segundo era costilla de ternera (ellos decían que de waygu) con mole, para enrollar en tortillas, con arroz violeta que no sabía a nada. La ternera era espectacular, si bien no entiendo que la estropeen con el mole. Hubiera preferido un corte más al uso. Las intenciones excelentes con un resultado normalillo. 

Todo lo contrario que el postre. De nuevo, reminiscencias mexicanas, con un molde de gofre en forma de taco con nata, mango y fresas naturales y, de sorpresa, una crema de chocolate en el interior que catapultaba el resultado. 

Un hallazgo por lo inesperado y lo ofrecido. Un local con tan buenas intenciones que se le perdonan las pretensiones. 

Por lo tanto, ya se sabe lo que viene ahora según la ley del péndulo. Algo malo donde me esperaba algo bueno. 

Decían todas las recomendaciones en internet que el Garret Wrangler era el mejor dinner de Ponca City. Aceptemos que Ponca City no es París en cuanto a oferta de restaurantes se refiere, pero miren los platos (por desgracia, tuve que desayunar en el mismo sitio porque era lo único abierto y que no fuera una cadena tipo Wendy):





Este post no se merece perder el tiempo con su descripción.
Memphis y Nueva Orleans

Traspasado el Mississippi, tocaba de nuevo un momento costilla. De cerdo, como manda en Memphis. Fue en el Central BBQ, también a la cabeza de todas las listas y... so riesgo de ser pesado, es que ya ninguna expectativa me iba a saciar si hablamos de costillas. 


Tuve suerte con el timing: justo entró a los 30 segundos de llegar yo un grupo de 40 turistas (aquí son muy lentos porque tienes que pedir en la barra, como en las ferias y verbenas) y, claro, te quedas media hora eligiendo en la caja.




Más carne que se deshilacha sin dejar rastro en el hueso y con la peculiaridad en este garito de que no solo la asan a la barbacoa, sino que la dejan macerar un tiempo, con lo que permanece un sabor a horno muy reconocible (y excelente). 

Aun así, de lo mejor de Memphis fue la cerveza IPA de Ghost River, que tomé en el local del mítico BB King en Beale Street.

Ha sido el viaje de las IPA, por otra parte. Allá donde iba, requería la cerveza local que tuvieran de esta variedad. 




De Memphis, y de mi cumpleaños de 31 horas, me despedí a la mañana siguiente en el Arcade Café, allá donde iba a terminar sus largas noches Elvis y, a la sazón, el diner más antiguo de la ciudad. 

Buenas french toast, cuya elaboración varía según el local (ya no solo el Estado). Hay quien así llama a pan de molde tostado, otros lo mojan en leche, otros los fríen... en este caso, se parecía al pan frito que hacía mi madre. Así que punto más que extra de nostalgia para el Arcade. 






Siguiendo el curso del Mississippi, Interestatal 55 hacia el sur, llego a Nueva Orleans y al que sin duda sigue siendo el mejor bocadillo de mi vida. Se llama Muffaletta y su versión del Cochon Butcher un clásico en mis post veraniegos. 

No digo más porque no hay palabras que le hagan justicia. 



Desde ahí... mi peregrinaje de Nueva Orleans...


La versión tostada de la cerveza 'local' más popular, la Abita, en el Chart Room.

Un Aviation en el Tonique (siempre tomo un Aviation aquí).

Un Sazerac, un cóctel oriundo de Nueva Orleans, que nunca había pedido (su base es el whisky).

Una pinta de una IPA local que no entendí el nombre. En el R Bar, el garito cuya fachada sirve de escenario para el bar del protagonista de NCIS New Orleans (el interior del de la serie es decorado).

La versión más común de la Abita, la amber, en otro de mis fijos, el Spotted Cat.

La versión IPA de la Abita, en el Buffa.

Y había que metabolizar tanto alcohol con grasa. La cheesebacon del Clover Grill, un antro que abre 24 horas muy convenientemente en la parte civilizada de Bourbon Street.


Tras todo eso, aún quedaba un último homenaje. Volvía a alojarme en el Hotel Pelham, que es más bien barato, céntrico, le tengo cariño porque dormí en 2014 y 2015 allí y, como descubrí en la primera mañana que pasé en Nueva Orleans, uno de los locales del Ruby Slipper está en su mismo bajo. Teniendo como tiene de los mejores desayunos de la ciudad, había que ir. 

Fui y pedí lo que aquella primera mañana de julio de 2014, las tostadas francesas (en este caso, se parecen más a las torrijas) con plátano y beicon. 




Como todo en Nueva Orleans, sin objeciones que valga.

El Sur

Última zona geográfica de la ruta. Aunque suene raro viniendo desde Nueva Orleans (la ciudad importante más al sur excepto Miami), remontamos el Mississippi hacia el norte y nos adentramos en el sur profundo. 



Dos noches en Oxford permiten variar. Para la primera velada, un gastropub para jovenzuelos y comida americana desenfadada, el Bouré (en la misma plaza principal del pueblo). De entrante, unos tomates verdes fritos (que nunca había probado aquí). Eran verdes (o sea: no eran rojos sin madurar, que es la trampa común) y el rebozado era bueno y crujiente. 




De segundo, una versión sureña del clásico de Filadelfia, el Philly Steak Sandwich. La distinción, en una ternera de calidad y en un queso fundido suizo a juego. Todo, en un pan al estilo poboy de Luisiana (que era su única aportación al estándar de Filadelfia). 




A la mañana siguiente, desayuno tardío (lo excelente se hace esperar) en la Mom's House of Pancakes de Clarksdale. Todo muy básico, todo superior (lo simple es lo más complicado). Las patatas de acompañamiento, insuperables. El local, lo que se espera en la tercera localidad más pobre del Estado y la primera ciudad mundial en genio musical por metro cuadrado. 


La expresión en inglés 'joint' se puede traducir como garito en español, pero se inventó para sitios como este que, además, es sala de fiestas y bar para ver los deportes en su local anexo. La Mom sí que sabe. 

Pasamos de un plumazo del desayuno proletario a la cena del adinerado. 




Es el Ravine, se encuentra en una colina a cinco kilómetros del centro de Oxford, tiene un par de cabañas por si quieres dormir también y es uno de esos sitios que, de estar en el French Quarter de Nueva Orleans o en la Old Town de Chicago te cobraría 200 dólares por cena. 




A mí me costó 60. 

Me supo a los de 200. 

Empecé con su minihamburguesa, que parece modesta a la vista de foto pero la carne era sublime (con un toque de queso de cabra y pepinillo). Por solo tres dólares, no es que se tirase a la piscina de cobrarte ocho por estar donde está. 




Después vino la ensalada de brotes tiernos recolectados en el huerto de al lado y salpicados de nueces pecanas recolectadas de los árboles de al lado y recolectado todo en un plato de una cerámica que no sé si se horneó aquí cerca. Para ser brotes con nueces (y costar seis euros... por lo que veis, no se suben a la parra por ser quienes son), me parece más que digno.




Y la estrella de la carta, el pato braseado con verduras y pudin de arroz de pecana. Al punto, sabroso, crujiente la grasa exterior... Perfecto en todos sus complicados detalles. Sin alardes en lo que para mí es un plus. No hace falta con esa materia prima. Solo no joderlo. 




Aunque mi estrella de la velada fue esta tarta de queso. Por fin una tarta de queso sin frambuesas ni chocolate. Solo un poco de naranja a un lado, por si uno quiere mojar (si bien al escuchar la palabra 'orange' fue cuando me decidí por ella). Un postre salado, porque la tarta estaba salada gracias al queso. Es habitual que la tarta de queso tenga un toque salado en la galleta de fondo. Aquí era por el queso. Como tiene que ser. 




Por lo tanto, Oxford se ha portado en sus menús (el único inconveniente del Ravine fue que la cerveza no la ponían muy fría... no entiendo ese toque británico, por mucho que estemos en Oxford, ya que en el Oxford de Mississippi rozamos los 50 grados de sensación térmica a las tres de la tarde). 

Como despedida, desayuno del viernes en el Big Bad Breakfast, donde me lancé a por el pollo frito sobre un gofre. 




En teoría, debía llevar miel, pero se olvidaron o pusieron muy poca. Sea como sea, un pollo frito y un gofre son más secos que yo cuando me pongo seco, por lo que opté por tirar del sirope de arce que tenía a mano. 

De pronto, la cosa se multiplicó por mil. 

No le dije nada al cocinero. Esta receta me la guardo. 

No muy lejos de Oxford, en la Tupelo que vio a Elvis nacer, seguí con el periplo (en principio, iba a dormir en Oxford tres días, pero los precios de hotel del viernes eran astronómicos, por eso de que jugaba el equipo local en casa el sábado). Me fui al Blue Canoe, que se autoproclama el primer local de música en directo de la ciudad (iba a quedarme al concierto, pero empezaba a las diez de la noche y yo suelo despertarme a las tres para empezar rutas). 

El lugar merecía el esfuerzo, con todo. La comida ya dicen las guías que es buena, muy buena. 

Sin embargo, yo destaco su parte sorprendente. 

Miren:




Acumula en un solo plato clichés de la comida sureña más básica, como son la cantidad desmesurada sin pretensión de presentaciones, el cerdo asado en tiras, las gachas de base o el pan de maíz. Sumen algo tan inocuo (y raro aquí) como una especie de grelos. Pongan un poco de picante y tienen un plato espectacular que desde ya considero que va a crecer en mi memoria. 

Al final, un postre en una jarra de café:




Lo admito: visto así, parece que Alien, el Octavo Pasajero, ha vomitado desde dentro de la taza. 

Es, en teoría, un pudin de donut. No sé si me ha gustado. Estaba caliente (es decir, recién hecho, como demuestra que tardaron un cuarto de hora en traerlo) y es algo excesivo. Al final no tiene demasiado sabor excepto el del relleno de los donuts una y otra vez. En este caso, la desmesura sureña jugó en contra.




Y hasta aquí hemos llegado. Paro el blog en tierras presidenciales y en otro local emblema de la Ruta 66 en su primer estado, el de Illinois. Si el Lou Mitchell es para desayunar, el Cozy Dog podría servir de segunda parada culinaria para comer (ya que está a tres horas de Chicago, a poco que pares un rato a echar gasolina y a hacer foto, se te viene encima la hora del almuerzo). Su gracia está en que dicen ser los inventores del perrito caliente rebozado. 

A ver: si una salchicha ya es una bomba de colesterol, ¿hay necesidad de embadurnarla de harina de maíz y huevo y freírlo todo?




Esto es América y a este blog venimos a ver (y yo disfrutar) comidas absurdamente sabrosas que jamás recomendará tu médico. 

Nos vemos y salud.