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jueves, 12 de septiembre de 2019

400 familias en la plantación



Fue una plantación-pueblo porque tenía hasta colegio, además de barracones a decenas, y en ella vivían cuatro centenares de familias de aparceros. Miles de personas. Negras. Las Dockery Farms fueron ideadas por un emprendedor (o como se llamase entonces), William Alfred Dockery, en 1895. Compró miles de hectáreas junto al río Sunflower, un afluente del Yazoo, que es un río que compite en caudal en esta zona con el mismísimo Mississippi, porque le vio posibilidades para el cultivo del algodón. Dicen los carteles que informan del conjunto que era un hombre que trataba de forma justa a sus empleados.




Puede ser. El caso es que entre la hierba que crece sin freno, la humedad aplastante de la zona, los mosquitos que devoran lo que haya por allí con sangre, el calor por encima de los 40 grados (sumen la humedad, otra vez) y las jornadas de sol a sol, los trabajadores de la granja se reunían por la noche y cantaban sus penas o para espantar sus penas. Aunque es imposible saberlo, dicen que aquí mismo nació el blues. Así lo atestigua nada menos que BB King, para quien la presencia de Charley Patton y su familia durante años en esta reata de establos dan fe del título honorífico. También pasaría por aquí Robert Johnson, el pionero del club de músicos que mueren a los 27 años y al que la leyenda sitúa vendiendo su alma al diablo a cambio de la eternidad. 

El diablo le vendió una eternidad en vida muy cortita.




En fin, que no quiero repetirme mucho con estos lares, porque ya los visité en 2014 y lo contaba algo más extensamente aquí

En cualquier caso, la plantación-pueblo y sus 400 familias son un botón de muestra en una zona como es la del Delta del Mississippi a la que se le caen de los bolsillos genios musicales por metro cuadrado. Así lo cuenta el Museo del Delta, en la capital oficiosa del entorno, Clarksdale. La lista de aportaciones musicales de bebés que vieron la luz en las inmediaciones es extenuante y va desde el propio rey BB King a Muddy Waters, John Lee Hooker, Ike Turner, Sam Cooke... amén de una abrumadora alineación de estrellas desconocidas para el resto del universo pero sin las que no se entendería toda la música del siglo XX (y cada vez menos del XXI, porque la mayor parte de la música generalista de este siglo es incomprensible a todas luces). 

Aun así, Clarksdale se derrumba pedazos.


Esto es la milla de oro de Craksdale. Y no es ironía.

No hace mucho, hubo un intento de gente famosa con dinero que quiso revitalizarla. Incluso Morgan Freeman abrió un restaurante de 150 euros el cubierto y le duró un puñado de años. Con 150 euros viven 15 familias de Clarksdale en un solo día. 

Mucho duró.  

Hay también festivales que atraen a lo mejor del país y de donde sea por unos días. Pero suena a esas reuniones de pijos que se visten de hippies para conectar con la madre naturaleza en alguna isla veraniega y luego vuelven a sus vidas en las terrazas de la Castellana y en los after de Chamberí.




Clarksdale es pobre de solemnidad. He contado a cuatro turistas en mis tres horas allí. Además de las tiendas cerradas, solo hay un par de museos/tiendas ad hoc y media docena de comercios que se dedican a arreglar o fabricas instrumentos musicales (debe de ser que la gente viene aquí a eso desde todo el Estado).

Quizá es que hay que ser pobre como una rata para honrar al blues. Ya lo dijo Muddy Waters, toda una referencia del género, cuando hizo carrera y, como tantos otros, cogió en la misma estación de tren que ahora acoge al museo, el 'Chicago Nine' que unía el Sur con la ciudad del viento. Allí, pasados Memphis y San Luis (otras dos ciudades que dicen haber inventado el blues) fue donde realmente el blues se subió a la catapulta y se hizo internacional. 

También se hicieron estrellas los pobres cantantes del Delta. Decía que Waters llegó a quejarse ya de mayor que se subía al escenario en Chicago y le daba a la gente lo que quería, que aquel público jamás había oído el verdadero blues, "el que tocábamos cuando no teníamos dinero".

Estate tranquilo Muddy, cantes por donde cantes ahora. Al Delta sigue sin llegar el dinero. 

Por mucho cartel que pongan en Clarksdale al estilo Las Vegas (aunque un poco torpes, hacerlo pegado a los semáforos para que no haya foto limpia), del cruce de dos caminos míticos como el de la autopista 61 (ya Dylan la elevó a los altares absolutos) y la 49. Allí mismo, a todo esto, vendió su alma Johnson. 




Aunque hay carteles en el Museo que piden por favor no creerse esa historia diabólica.

Lo dice en serio. 

Mejor ver que creer a secas. 

Como esta otra imagen de la 61 profunda (me metí a buscar un diner para desayunar en una aldea llamada Duncan y al menos me llevé a la boca la foto):


Va a ser que la cámara hace el efecto entre sol y cartel (como me pasó con Treme el otro día) sin saber yo cómo. 

Ver se ve aún que el algodón sigue cubriendo el Delta y que el negocio más básico, como es una gasolinera, no fluye.





Hablando de ver. Aquí estoy (tampoco había nadie a quien pedir que me hiciera foto; los mosquitos eran grandes pero estos móviles gigantes que nos gastamos ahora pesan demasiado... y no tienen sangre): 



miércoles, 30 de julio de 2014

Bonus track 2 (o los 10 mejores momentos)

Todos los días (del 1 al 15)



Os debía el corte final, el de los diez mejores momentos (o algo así) de la Ruta Pop 2. Perdonad el retraso, pero ayer todavía andaba entre mohíno, jetlageado, agotado, morriñero y bajonero. 

Seré breve.

Aunque antes, brindemos con un bourbon de la tierra para ir entrando en calor: 


10) Sin contratiempos



Ahora sí lo puedo decir: Nueva Orleans tiene la mayor tasa de criminalidad de Estados Unidos. Siempre se ha dicho que los crímenes se quedan entre los locales, es decir, entre bandas y rencillas de vecindario y muy bien se guardan de afectar a zonas turísticas. Sin embargo, justo una semana antes de coger el avión hubo un tiroteo en plena noche del sábado en Bourbon Street (como si en Madrid lo hubiera en la Puerta del Sol). El resultado: nueve heridos y una chica de 20 años muerta. 

Estuve a punto de cambiarlo todo y no pasar ocho de los 15 días en Nueva Orleans. No lo hice y me alegro. Incluso os remito al punto 6 como contrapunto (además... en Bourbon Street no me iban a coger, precisamente). 

Por otra parte, los 4.000 kilómetros de carretera tampoco registraron problema alguno.

9) La otra Nueva Orleans



La Nueva Orleans del Treme o del Garden District. Del Uptown o de la Mid City. La de Faubourg-Marigny y Bywater. La que descubrías subiéndote a tranvías y autobuses locales. O andando ocho horas al día bajo 40 grados con humedad.

Sí, también las de los samatari. Cuánta razón tenías, André



8) Raíces criollas



O españolas, para más señas... y para lo que más nos importa a nosotros. Desde el diseño de las calles hasta la plaza principal, de la mano de la baronesa de Pontalba y sus ovarios. Pero a Nueva Orleans le sobra historia por todos lados y reducirse a lo español es una catetada.  



¿Hay material suficiente para una segunda parte de Una aventura pop

La hay. Más que de sobra...

7) Las comidas




Pasar 15 días en Estados Unidos y comer una sola hamburguesa es insólito. O no lo es tanto cuando visitas Nueva Orleans o territorio cajún. Lo mejor, el pastel de caimán. Lo peor... No poder probar más cosas.

6) Hospitalidad



La gente de Nueva Orleans es amable. Mucho. La de Louisiana, en general (ya no puedo decir lo mismo de la sensación que me dejaron en Georgia o Alabama... no fue mala... pero tampoco buena). No obstante, en Louisiana los viandantes te van dando los buenos días por la calle o una señora se sienta en una parada de autobús con una caja de pasteles, empieza a hablar con un hombre a su lado y termina dándole un pastel. 

En Nueva Orleans es complicado sentirse solo. Te puedes tomar una cerveza en la barra y empezar una conversación con el tipo de lado, acabar bebiendo cervezas y tequilas durante tres horas y ya tener amigos en Austin para cuando quieras ir. O puedes pasarte por el Blue Moon Saloon en Lafayette a las seis y media de la tarde, enterarte que el espectáculo no empieza hasta las nueve y media y no aburrirte, mientras hablas con unos y con otros y te haces amigo de Bobby, ese camarero con pinta de Kent al que le gustaba el ciclismo (y se quejaba de que en los USA no echan nada de ciclismo por la tele).

O puedes (y aquí explico la foto) ir la última mañana a ver amanecer sobre el Mississippi y, de pronto, que te vengan dos ingleses (qué manía con que el Barcelona es mejor) que llevaban toda la noche rondando a las chicas de ahí arriba (la de la derecha era puertorriqueña; la de la izquierda, de lo más profundo del Estado de Mississippi). El más despabilado de los ingleses (el otro iba borracho total y se dedicó a saltar entre las piedras, inconsciente él de que si caía al río ya no le encontraría nadie... bueno, era tan inconsciente que no sabía ni el nombre del río) se empeñó en hacernos una foto. Pues resulta que las dos chicas habían estado tres años en España haciendo cursos en Jaén. Hasta conocían el pueblecito donde nació mi padre, Jódar (la puertorriqueña también se había pasado un verano acampando por todo Cádiz). 

Mundo sorprendente éste. 

5) Dockery: o donde nació la música



A través de las carreteras secundarias de Mississippi se esconden las raíces de buena parte de nuestra cultura pop contemporánea. A la vera de un pequeño afluente del río madre se erigió en su día la Dockery Farm, el lugar con mayor consenso para ser considerado la cuna del blues

Remontando el río está Memphis y el Sun Studio, desde el que se empezó a cimentar la leyenda del rock y donde U2 (esto es muy personal) grabó dos de las que seguramente son mis canciones preferidas del grupo (Love rescue me y Angel of Harlame, además de la muy contundente When Love comes to town junto a la leyenda BB King).

4) Al final, había hasta mar



Pese a que su presencia se deja notar en la humedad brutal, el mar está muy, muy lejos de Nueva Orleans (unos cien kilómetros). ¿Y para encontrarlo hay que perderse entre carreteras? ¿Dónde hay que firmar?


3) Frenchmen Street




Nueva Orleans es todo lo contrario a Bourbon Street. Para disfrutar de la música (la de verdad y la buena) tampoco hay que irse demasiado lejos del centro. Se puede ir hasta caminando. En el barrio de Faubourg-Marigny (se podría decir que es el Malasaña-Chueca de Madrid) tienes lo mejor (unos veinte garitos de alta calidad sin excepción en apenas 200 metros y cada uno con su directo).

2) Perezoso (y peligroso) Mississippi: principio y fin





El Mississippi. Poco más que decir: donde amanece, donde revives y donde (en su hermano pequeño, el bayou Saint John, atardece).

1) Treme (noche en)



El alma de la ciudad.

domingo, 20 de julio de 2014

Asaltando cunas

Día 7




¿Esto qué es? ¿Faulkner? ¿Oxford otra vez? Si esta foto es del año pasado... Sí a las tres preguntas y no a la afirmación. La foto es de hoy y constituía una cuenta pendiente con el señor Faulkner, ya que hace un año, cuando pasé tres días en la ciudad en la que vivió toda su vida (aunque no nació allí) no se me ocurrió hacerme una foto con él. 

Vaya fan (o flan) estoy hecho. 

Asignatura pendiente aprobada (tampoco me he tenido que desviar mucho y he aprovechado para pasearme por la magnífica Square Books un buen rato y tomarme de nuevo el mejor café helado que he probado nunca del High Point). Ya se acercaban las cinco de la tarde y, a esas horas, andaba un poco harto de coche y de cunas (y aún me quedaba otra).

Porque lo de asaltando cunas sigue sin tener nada que ver con chicas (lo siento, ya sé que en toda esta brasa falta el elemento sentimental que anime la historieta, pero es lo que hay y lo que hay es que apenas interactúo con nadie más allá de pedirle el desayuno, más coca-cola o la cuenta). Hoy he asaltado unas pocas cunas musicales. Que sean de verdad donde el bebé en cuestión babeó sus primeros balbuceos ya entra en discusiones peregrinas. 

Pongamos algo de música:



Este señor es Charley Patton. Antes de hablar de él, os dejo fotos de ambiente, de cómo la niebla se hace la remolona al amanecer en el delta del Mississippi, que por algún lado tendrá que respirar tanta agua bajo el fango:



Luego, se va despejando.



Y ahora os cuento que las imágenes pertenecen a lo más profundo del Delta, a los pueblos donde hasta muy entrado el siglo XX (hasta bien pasada su mitad, de hecho) se fraguó toda la música negra que hoy impregna cualquier canción (hasta las de Bisbal) entre dolores imposibles de espalda, manos encallecidas y pulmones destrozados de tanto respirar algodón.

Clarksdale, Greenville, Greenwood, Indianola, Rulleville, Cleveland, Leland... Por cada población hay alguna leyenda (o media docena) que nació (empezamos con las cunas) o se crió en ella. 



BB King, por ejemplo, creció en Indianola (nada que ver con un Indiana Jones que se llame Lola, es decir, dirigido por Pedro Almodóvar), donde reside ahora su museo, pero del que yo preferí girar la cámara (el museo en sí es un edificio soso de ladrillo) a la fábrica abandonada:



Digamos que Indianola es también la capital del Condado de Sunflower, en cuyo centro casi geográfico nos encontramos con la Dockery Farms. 





Pues bien, no lo digo yo, lo dicen los tipos que estudian el blues y hasta lo confirmó BB King, el último rey del estilo: la Dockery Farms tiene el mayor número de papeletas para considerarse la Cuna (ésta va en alta) del Blues.



Y ahora es el momento de volver a don Charley Patton. Como dice el cartelito, aquí trabajó y vivió durante varias décadas y aquí enseñó a decenas de jovenzuelos a seguirle el ritmo. Algunos, como Robert Johnson, casi derivó en acosador y luego, al no conseguir el toque suficiente, dicen que pactó con el diablo y, a partir de ahí, se convirtió en un mito. Tanto, que inauguró el llamado club de los 27, ese que si eres una estrella precoz del rock te mata a antes de cumplir 28 (Jimi Hendrix, Janis Joplin, Brian Jones, Jim Morrison y, en años más recientes, Kurt Cobain y Amy Winehouse).

No engañemos al respetable con épica musical: la Dockery Farms era una plantación de algodón masiva, que llegó a contar con más de 3.000 esclavos en su apogeo. Los que hacen ahora los panfletos aseveran que su propietario era bueno (hasta había cementerio para enterrar a los que morían de cansacio o devorados por cocodrilos o envenenados por serpientes o hasta los cojones de trabajar) y que incluso familias como las de Patton seguían viviendo allí incluso sin necesidad de estar en nómina. De hecho, Patton cogía la guitarra y tocaba en un establo a la vera del río (ardió hace décadas y por eso no hay fotos) y al principio decía que tocaba por la voluntad a ver si podía comprarse un coche. A los pocos meses, con lo que recaudaba en cada actuación podría comprarse un coche cada día siguiente. 

No nos engañemos (insisto): el blues nació porque los negros, hartos de ser explotados, se reunían a la fresca para desahogarse con algunas canciones tristes o con rasgueos de guitarra algo más rápidos para ahuyentar la desesperanza.

Toldo esto no lo cuentan los distintos carteles (lo mejor de la plantación es que aprietas un botón rojo enorme en un atril -como el de las bombas atómicas en las películas de coña- y empieza a sonar en el interior de los barracones semi destruidos blues de la época), sino que un señor muy majo que me encontré (y que tiene algo que ver con el cuidado de la plantación) se prestó a explicarme la historia sin aceptar propinas. Incluso me regaló un póster de la plantación y me hizo esta foto frente a la gasolinera (también de época) que está a la entrada del complejo:



Hospitalidad sureña. La gente sigue sin dar crédito a que un españolito solitario ande recorriendo rincones de historia que, por otra parte, casi nadie recorre: en uno de los graneros había un libro de firmas y la media era de una visita cada dos días.  


Remontamos el delta y desembarcamos en Memphis, ciudad que se pone la medalla de ser también la cuna del blues porque sus estudios fueron los encargados de profesionalizar a los vagabundos de la guitarra.

Me niego a compartir esa versión. Uno nace donde nace y por mucho que estudie en un colegio de pago nació donde nació. Pero, ¿qué me decís del rock? La del vídeo de arriba está considerada como la primera canción de la historia del rock. Lo cuentan (pese a que no fueron ellos los que la lanzaron) en el Sun Studio (casi asesino a una persona hoy: la chica que explicaba el tour era insoportablemente falsa y simpática -o lo pretendía- hasta la náusea).



Aquí si nacieron muchas cosas. Por lo que en un principio fue simplemente un negocio de grabación (su fundador, Sam Phillips, grababa hasta misas por encargo) y luego una discográfica, pasaron Johnny Cash, Roy Orbison, BB King, Jerry Lee Lewis... y, por supuesto, Elvis Presley, al que le lanzaron al olimpo con esto (la primera noche que se emitió en una radio local la gente insistió con que la repitieran y así se hizo hasta en 14 ocasiones más):



Todavía se usa hoy en día el estudio de grabación donde parieron canciones como aquella (o ésta...



o ésta...



o ésta...






Y no, yo no nací para estrella del rock (tengo menos salero que un hospital):



Podría poner centenares de canciones históricas. Sin embargo, yo me quedo con esta mezcla de pasado (BB King) y menos pasado (U2: presente y futuro tienen poco los irlandeses ya), grabada en entre esas cuatro paredes (otras dos canciones del Rattle and Hum -Angel of Harlem y Love Rescue Me- también se interpretaron en el Sun Studio).



Así, mientras el amor llegaba a la ciudad, yo me iba largando, no sin antes probar las famosas costillas de cerdo de Memphis (la salsa barbacoa es una religión donde cada ciudadano tiene a su profeta). Con eso de ser domingo, media docena de los locales más renombrados estaban cerrados. El Interstate Bar-b-q vino a mi rescate:




Ya os lo digo: comer costillas a partir de ahora en un Fosters o en un Tony Roma debe de ser como pedir tortillitas de camarones en Somalia. 

Acostillado hasta las entrañas (el sueño que da eso) fui poniendo faros hacia Tupelo (será el tuyo, porque mi pelo es escaso... ta-ta-tachán: chiste peor del día), un pequeño reducto en la zona más media de Mississippi (el lado pobre y negro es el del delta, al oeste, junto al río; mientras que el más pudiente y blanco queda al este, zona a la que pertenece Tupelo).

Aquí nació (imagino que lo sabéis) Elvis. A los 14 años se iría a Memphis y por eso dicen en Memphis que es de Memphis (entonces Messi sería español), pero ya sabéis el canibalismo al que someten las grandes ciudades a los mitos (ahora que lo pienso, quizá Elvis es catalán porque si es de Memphis y en Memphis han jugado los dos hermanos Gasol, tan catalanes ellos, entonces...).

Lo siento... aunque el canibalismo de las metrópolis es generalizado: ¿por qué cuando nieva en Madrid todos los telediarios abren con ello? ¿Qué pasa con Soria? ¿Y con Cuenca? 

Vaaaaaale. Vuelvo al redil:


 

En esa casucha, construida por el padre con sus propias manos, taconeaba y movía las caderas el niño Elvis. 

Arriquitaun. Ah no, que eso es otra cosa. 


sábado, 19 de julio de 2014

Me palpita el corazón

Día 6

¿Subís?



La Ruta Pop ha echado a rodar (el coche de este año es una pequeña decepción porque es un Nissan y no uno made in the USA). 

El corazón me palpita. 

Calma: no me he vuelto un Federico Moccia ni me siento ñoño, melancólico o, por qué negarlo, gilipollas; tampoco me he enamorado (creo que no). El corazón me late como las caderas de una bailarina zydeco por esto:



Y por esto:



Con lo primero comencé el día en Nueva Orleans y con lo segundo acabé (o casi acaba conmigo) en Greenville, en lo más recóndito del delta del Mississippi.

Empecemos por el principio (que, además de ser de buena educación evita el recurso facilón de películas y series de iniciar en la media res -o en la mitad, si no queremos latinajos- cuando se quedan sin ideas -o cuando saben que el principio real de una historia es algo aburrido si no se le añade la intriga de 'Cómo una cosa así de sosa ha terminado con un reloj en cuenta atrás a punto de volar por los aires media humanidad'-).

Así no hay quien empiece nada: cuando un párrafo tiene cuatro palabras y el resto es un paréntesis es que lo que he volado por los aires es la lógica narrativa. 

Ya, ya paro... 

La primera foto es mi último desayuno en el Ruby Slipper. Sin quererlo, me dejé lo mejor para el final. Ellos lo llaman Migas (así, en español directamente), pero podrían llamarlo Schopenhauer. Porque si alguno ha pensado en las migas extremeñas, granadinas o castellanas (o incluso mexicanas) no es desde luego el que ideó el plato en Nueva Orleans. Por otra parte, con el nombre se me acaban todas las quejas. 

A la sexta mañana ha llegado el gran desayuno de este viaje (y los ha habido realmente buenos). Las Migas Schopenhauer llevan varios huevos revueltos, tomate, cebolla, cerdo picante (ellos lo llaman chorizo, pero podrían llamarlo Autovía de circunvalación), queso fundido, una salsa agria y aguacate... ah, también unos pocas tiras de maíz (como los Fritos de paquete nuestros), que elucubro que aportan la miga al asunto (tachán: chiste peor del día).

Con eso en el cuerpo, importa menos que siguiera lloviendo en Nueva Orleans (no hay que quejarse, porque es pura estadística: julio es el mes más lluvioso en la ciudad) y que, por una cosa y por otra, no haya salido de allí hasta las diez y media cuando quería hacerlo a las nueve. 



La foto es lamentable, he de reconocerlo. Pero aporta dos detallitos de lo que rodea a Nueva Orleans. Al fondo, si tenéis buena vista, veréis una serie de fábricas sobre el paisaje imposible de marismas. Si tenéis buen gusto (o habéis tenido tiempo) reconoceréis la referencia a True Detective (la semana que viene volveré a la zona con mayor detalle y tiempo). Y el segundo, es que desde el mismo momento en que se termina la ciudad (Nola es pequeña, de apenas 400.000 habitantes; Murcia es más grande, pero sólo en habitantes y no estoy seguro ni siquiera si en tomates, porque los tomates de Nueva Orleans están de muerte)... bueno, que decía que desde el mismo momento en que se termina la ciudad, la carretera circula en constante viaducto sobre las marismas hasta unas 50 millas tierra adentro.

Pasado Baton Rouge (siempre hacia el norte a muy pocos metros del Mississippi que pasta a la izquierda), más me daba haber alquilado una lancha, del agua que me ha caído la primera mitad del viaje. Las adversidades climatológicas no han frustrado mi paso por St. Francisville, una pequeña localidad al norte de Baton Rouge que es peculiar porque conserva casi 200 edificios de principios dei siglo XIX (en proporción al resto del pueblo y al resto de los USA es todo un logro).



Igualmente, al término municipal de Villa de San Paquito pertenece la Rosedown Plantation, una de las muchas (plantaciones) que se conservan en los alrededores de Nueva Orleans.








Muy bonito todo (viendo una plantación de verdad, me reafirmo en que Faulkner es lo que quiso replicar, a pequeña escala, en su Oxford de las entretelas), pero me ralla una cosilla. Y es que en la plantación no falta de nada, ni jardines cuidados ni diosas en estatuas ni fuentes de toda condición, ni la casita aledaña de las niñas para que jugasen, ni el ahumadero ni el granero o incluso ni una pequeña vivienda que le construyeron exclusivamente al médico para el tiempo que estuvo cuidando en la finca de uno de los críos que enfermó de fiebre amarilla. Vamos, con esta plantación te hacía Galería del Coleccionista un pack monísimo a escala de casa de muñecas (se puede pagar contrareembolso, con tarjeta de crédito o con la tarjeta del Corte Inglés). Sin embargo, ¿qué es una plantación sin el algodón, el azúcar o lo que fuera que cultivaran hasta la extenuación los negros? Es más: ¿qué es una plantación sin los establos (porque me niego a llamarlos ni barracones) donde se hacinaban los negros?

Pues una casa de muñecas gigante es lo que es.

La furia de los dioses (o la de la borrasca sobre el Golfo de México, para ser más mundanos) se desató sobre la carretera y, entre cortinas de agua entré en Mississippi... momento que aprovecho para presentaros (o representaros, a los que estuvieran el año pasado) a mi locuaz copiloto:

¡¡¡¡¡Americanity!!!!!



Quien no se resiste a la moda de los selfies y aprovecha que abandonamos Louisiana y entramos en Mississippi para saludaros (y también para darme la brasa porque no entiende que locuaz no es necesariamente un insulto).

Mississippi, en esta parte inicial (y de forma particular, todo lo que rodea a Natchez) es verde en cada una de las tonalidades que podáis imaginar. Las plantas trepadoras abrazan a los árboles desde la raíz hasta la copa y evitan que se distinga algún marrón.



Como dejen de pasar coches aunque sea un solo día, el bosque se come la carretera. 

Juego de palabras burdo (lo de comer) que me conduce al final de la jornada, al Doe's Eat Place de Greenville.



Así visto parece un garito más de tantos en los que me meto. No obstante, el vecindario es como para que se te pinche una rueda (o te demores más de un segundo en un semáforo). Daos una vuelta por vuestra mente y pensad en un barrio pobre negro de Estados Unidos. Pobre, pobre, pobre. 

Multiplicad por veinte. 

Sorprende más en este caso que el local esté regentado por blancos y que una familia blanca fue la que fundó a principios del siglo XX una pequeña tienda de verduras locales que fue el origen del restaurante. En plena Segunda Guerra Mundial (1941), el hijo del propietario original (a quien le fue el negocio de maravilla pero al que la gran inundación de 1927 y el posterior crack le hundieron en la miseria) retomó el negocio y lo refundó con su nombre actual (los materiales, el suelo, las paredes, las mesas, la mitad de las camareras, siguen siendo de entonces). 

Mamie, la mujer de Doe, aprendió a hacer tamales picantes:



Fue un éxito inmediato (los tamales se componen de carne picada muy prensada y enrolllada con un fuerte sabor a picante), pero el Doe's no era un restaurante todavía. En aquellos años, denominar racismo a lo que se respiraba en el sur profundo es un sarcasmo por lo corto que se queda. Aun así, los dueños blancos del Doe's no tuvieron problema para convertir su local en un honky-tonk -un garito de mala muerte donde se bailaba y se bebía sólo para negros porque tenían prohibida la entrada en cualquier bar- para los chicos del barrio (venga, admitid que más de uno creía que era un bar de Alonso Martínez).

Entonces, un médico blanco que iba a atender a las familias humildes se convirtió en un habitual de los filetes que le servía Big Doe en la parte de atrás del local (de modo que no se mezclase con los negros). El mundo al revés: se corrió la voz y los blancos empezaron a querer filetes y a comer en la parte de atrás (si la trastienda en la parte trasera de una tienda, ¿la de un bar es trasbar?) mientras que los de color disfrutaba de la zona noble. 

Los años hicieron el resto más rápido que en el resto de Mississippi y de medio Estados Unidos y, en los sesenta, blancos y negros compartían mesas sin problemas.
       

La abuela (desconozco si hija de Mamie) se encarga de preparar la ensalada (eso no lo probé) y para los chicos queda el asador (por el que pasas nada más entrar en el local y antes de alcanzar el salón):



Como colofón, la referencia puramente gastronómica. Mi elección es la especialidad de la casa, el Porterhouse o T-Bone. Como su segunda acepción indica es una carne con hueso en forma de T. A un lado, la textura es similar a la del mejor chuletón que se pueda pedir; al otro, la de un solomillo que se puede cortar con el canto del tenedor. Los americanos, muy dados a las ofertas de dos por uno, llevan siglos comiendo su Chuletonazo/Solomillaco.



El corazón me palpita, de amor sincero, eterno y caníbal.