A veces, la ruta será real, con sus kilómetros y sus paisajes. Otras, será un simple divertimento, desahogo, crítica, queja o pista. Pero siempre habrá una historia al otro lado de un último horizonte de verano.
"El círculo se cierra", proclama entre orgulloso y nostálgico un sesentón en la cola de acceso al concierto que retoma, tras un parón veraniego, el Festival Outlaw que este año reúne sobre un escenario a dos leyendas de la música americana de casi el último siglo: Willie Nelson y Bob Dylan. Orgulloso porque aquí está, en Somerset, un adormecido pueblo en la orilla oriental del Mississippi, la que baña Wisconsin. No muy lejos (las distancias son tan eufemísticas por aquí) de donde nace el río madre que saja en dos (en tantos aspectos) el país, en la vecina Minnesota, con la Duluth dylaniana a unos 200 kilómetros también río arriba. Nostálgico, porque le comenta a otro sesentón que va con bastón y el pie escayolado que casi no recuerda el concierto de John Mellencamp (el tercer grande de hoy) del que luce camiseta (gira de 2005) de lo borracho que iba; que hoy ni eso, que tendrá que conducir. Orgulloso porque aquí está, en efecto, junto a miles de personas que forman un público que, si hay que ponerse a hacer una media de edad, difícilmente baja de 50 años (y soy generoso, que por debajo de 25 he visto a un par, entre miles y miles de gorras, algún sombrero vaquero, mucha bota vaquera, un solo joven de color, ningún asiático y a saber si algún hispano no muy oscura la piel).
Nostálgicos casi todos, porque, como Nelson (91 años) o Dylan (83) la edad aprieta. El orgullo es llegar hasta aquí sabiendo que el fin se acerca.
Eso será cuando tenga que ser. Que se lo diga a la pareja (en efecto, por encima de 60) que, pocos minutos antes de arrancar el festival, baila en un pasillo junto al control de sonido el 'On the road again'. Y la sonrisa que lucen constata que tanto que siguen.
Al poco, incluso unos minutos antes de hora fijada (las viejas -dicho lo de viejas como adjetivo descriptivo ineludible- glorias tampoco están para terminar esto a medianoche), toma el escenario Southern Avenue, un grupo formado en su mayoría por lo que podrían ser nietos. Blues, pop, gospel, toques sureños por todos los costados (el nombre no engaña) con una solista potente al estilo de las antiguas estrellas de color de... claro está, el sur. Suenan demasiado bien para el caso que le hace la concurrencia de la que se ganan su respeto poco a poco, con cierta displicencia de quien ha visto tanto. Pero se lo ganan. Incluso aplauden algo.
La energía, que nunca se destruye. 'No te rindas', cantan en su última canción y pretenden (sin mucho éxito, como cada vez que la solista toca palmas para que le sigan) que el público los coree. Que viene John, maja. Ya tendrás tu oportunidad.
A ser posible sin el sol en la cara. Para cuando arranca, el atardecer se recuesta sobre el Mississippi y sobre la loma donde los que compraron las entradas más baratas asisten al concierto como en un día de playa caletera, de Cádiz Cádiz: sillita plegable (alquilada a la entrada, que de casa no se podía traer) y manta en vez de toalla, que esto es casi Canadá en altitud; luego, al caer la noche, los termómetros se hunden por debajo de los diez grados.
Con la humedad que adereza el Mississippi aquí cerca.
No manta, aquí faltan fogatas.
De calentar al respetable se encarga John Mellencamp. No es un crío tampoco, con los 72 años que le contemplan. Y es salir en tromba la banda arañando guitarras y machacando la batería y más de media audiencia se levanta brazos en alto. Habrá mucha camiseta de Nelson, algunas de Dylan, pero aquí se baila cuando Mellencamp lo dice. ¿Lo que decíamos de la energía? Como si las 10.000 personas del prado se la hubieran transmitido. Canta todos sus clásicos (digo yo que lo son por las reproducciones de YouTube de las que reconozco) y, hacia el final, antes del bis de regalo, se pone a versionar su propio clásico, 'Pink houses', en la que repite si esto no es América, hablando de gente humilde que lo pasa mal, de los suburbios de color y él añade a mexicanos e hispanos.
Dos metros a mi espalda, un hombre entre la generación de Nelson y Dylan (digamos que 88 años), mira con cara de circunstancias la olla en ebullición en la que se ha convertido el recinto. Lleva una gorra de Trump y, cuando acaba Mellencamp, aplaude educadamente en pie.
Lo bueno es bueno y hasta el concierto llegan los vientos electorales. Junto al anciano republicano, y mientras me comía el atasco camino al aparcamiento, un tipo en el arcén sostiene una bandera americana y un cartel que, en la distancia, creía yo que era de la organización señalando el camino. No. O sí, señalaba otro camino, que es el del voto para Kamala Harris. Nadie le pita, nadie le hace un mal gesto. Ni bueno.
La política baña los jardines y los sembrados por todo Wisconsin (en 2020 ganó Biden, pero en 2016 Trump rompió una racha demócrata que venía desde Reagan, a principios de los ochenta). Cuanto más se va a las ciudades, más azul (aclaremos que el azul es demócrata y el rojo republicano); cuanto más se adentra en la campiña, rojo.
En una ciudad industrial a a la vera del río en Minnesota creció Dylan. El Premio Nobel de Literatura es como es y no es casualidad que tarde casi tres cuartos de hora en montar su piano tras el huracán Mellencamp. Hay que templar los ánimos en el intermedio. Vaya si lo hace. Cuando lleva dos canciones, medio auditorio aprovecha para irse al baño, rellenar las cervezas y los infames cócteles con fresa o melón, o pillar algo de comer en el centenar de tenderetes que rodean el recinto.
Al principio, le falla la voz, hasta que logra calentar más adelante. No le resulta sencillo, inaugurando su puesta en escena con una rareza como 'Silvio', una canción de los 80 muy rápida y que exige vocalmente. A continuación, da las buenas noches como canta, rota la voz y entre murmullos desde su piano del que no se levantará. Tras el despliegue blusero, toca frenar y elige 'Shooting star', más reconocible por algún asistente, pero que avisa de que será un concierto calmado y a lo suyo. La banda, como siempre, embellece y eleva lo que masculla el jefe y hay quien baila las baladas amargas de Dylan (iría con unos pocos de esos vodka con sandía encima). Casi nada de clásicos indiscutibles, excepto un par en la recta final (el primero, el mejor momento de la noche y el segundo, para cerrar repertorio): 'A hard rain's a-gonna fall' y 'Ballad of a thin man'.
Con la última, característica por su insistente 'Do you, Mister Jones?', Dylan debe de recordar que está muy cerca de casita y se recrea al estilo vocal de Minnesota pronunciando 'Duya' ostensiblemente.
Es el momento que casi parece humano.
Es Dylan.
Aquí no hemos venido a pasarlo bien, sino una noche con Dylan. Si te gusta, tienes (tengo) mucha suerte.
Si no, pues aprovecha para comprarte unas alitas de pollo.
La euforia es cosa de la familia Nelson. Willie supera los noventa años y también le cuesta cantar. Casi recita, como el bisabuelo (o tatarabuelo, no sé) que es, su clásica versión del 'Whiskey river', durante la que tarda dos minutos en quitarse el sombrero vaquero y lucir su inconfundible badana roja en la frente. A las tres canciones y media, deja los trastos en la familia y descansa para reponer fuerzas y regalar a la audiencia con su 'On the road again'.
Ah... de esto iba este blog. De carretera.
De eso hablaré mañana, que arrancó la ruta en mi mañana de viernes (tarde noche en España), pero con eso de ir pillado para llegar al festival tuve que escribir crónica desde los interludios de los conciertos y este sábado.
Prometo fotos de comidas para compensar.
Bueno, vale. Os dejo el bocadillo y la cerveza que me tomé en el aparcamiento del festival, donde había decenas de coches abiertos con asistentes haciendo botellón antes de entrar.
PS: No exagero tampoco si digo que la media de personas que sacaron su móvil para hacer foto o grabar un vídeo era de una por cada 500 asistentes. Y un par de segundos, nada de estar todo el concierto grabando. Yo fui de los que grabó algo, lo admito. Pero dos momentos de 30 segundos.
Un dato/hecho: 18.148,5 kilómetros (o 11.277 millas). Han sido los kilómetros que he hecho en coche entre el 5 de julio y el 2 de agosto... a los que habría que sumar, según la aplicación del móvil, algo más de 420 kilómetros andando (de los que unos 40 fueron en bicicleta por los dos tours en Chicago y San Francisco).
Estados: Hay 48 estados agrupados en los USA (luego están Alaska, Hawai y Puerto Rico). En este viaje he tocado 41. Por abreviar, solo me han faltado los siete siguientes: Colorado, Kansas, Nebraska, Misuri, Oklahoma, Kentucky y Virginia Occidental (todos ellos agrupados en el interior). Aun así, en estos siete he estado en otras rutas, con los que sí, he tocado cada uno de los estados 'unidos'.
El motel Viking, en Detroit, con mi coche al fondo y algo de miedo en el cuerpo porque bueno, era un poco límite en todos los sentidos. No pasó nada, eso sí.
Una canción: '505', de Artic Monkeys. Porque, quitando a los Decemberists, es el grupo que más ha sonado en esta ruta y porque la cerré con un concierto en directo en Detroit (donde doblaba la media de edad de los presentes, pero bueno, la verdad es que estos chicos son un pequeño espectáculo, incluyendo aquí un homenaje a los locales White Stripes...) en la que uno de sus grandes momentos fue cuando tocaron esta 505. Además, canción de carretera (505 es un número de habitación) y sobre lo que esperamos o no al volver a donde sea que volvamos.
Un libro: 'Bajo el volcán', de Malcom Lowry. Si no existiera Faulkner, sería mi autor preferido. También, si hubiera escrito algo más (apenas tiene media docena de novelas frente a las 40 obras maestras de Faulkner) quizá podría discutirle algo más. Esta obra, aun así, se codea con las mejores del autor sureño y está en mi top ten. Y no hay nada mejor que un volcán destacar lo más impresionante (no sé si lo mejor, es muy pronto para eso) de todo el viaje: los cien kilómetros de la Carretera del Colmillo del Oso, entre Montana y Wyoming, en las estribaciones del parque Yellowstone: cordillera de montaña, entre altos pinos, ambiente invernal en verano; alta sierra donde se cruza de un Estado a otro a más de 3.000 metros de altitud entre túneles de montículos de nieve hasta de 20 metros de alto en pleno julio; y leve descenso al valle que sirve de antesala del parque natural más inabarcable de los USA. Hay quien comenta que es la carretera más hermosa del país. Por lo que yo he recorrido, no lo niego.
Una película: 'Amor a quemarropa', de Tony Scott. Sí: mi película más querida que, además, arranca en una Detroit que hace 25 años ya se describía como decadente y peligrosa. Hoy ha empeorado, aunque ha adquirido una especie de orgullo que la hace hermosa en su derrota (como una de esas familias caídas de desgracia de Faulkner, vamos) y se resiste a que la vituperen: su emblema favorito en las tiendas de regalos es 'Di solo cosas bonitas de Detroit'. Junto a Baltimore, sus calles están repletas de casas abandonadas y vagabundos, pero se resiste a morir. En los alrededores, humean y se oxidan durante treinta o más kilómetros a la redonda, las fábricas, muchas de ellas ya cerradas. El centro se obceca en ser un lugar amable (y lo consigue)... el problema es que el concepto centro suele ser muy reducido en los USA. Al ser mi último día de ruta quedó un poco olvidada y no, no se merece Detroit quedar fuera de esta ruta.
Una comida/bebida: El desayuno de la casa del Blue Cannyon Grill, a las afueras de Cameron (Arizona), en la confluencia de la Desert View Drive, que viene del extremo oriental del Gran Cañón del Colorado y la Carretera 89 que va hacia el norte, hacia Utah. Pastelitos, salsa gravy, salchichas, bacon, patatas, huevos revueltos. Nada especial. Ni siquiera especialmente bueno. Lo elijo en un día de condecoraciones porque llevaba casi tres horas despierto: me levanté a ver amanecer en el Cañón, paseé por allí y por el mirador de Desert View, me comí un atasco (a las siete de la mañana, en efecto) por obras y llegué al fin a este bar en mitad de la nada (pero había un Burger King al lado), en pleno territorio navajo, donde las que servían eran navajos puros (la mujer de la caja me preguntó si quería una "bai", así pronunciado para referirse a una "bag") y me sentó como pocas otras comidas. De bien, digo. Es decir, la pongo como uno de esos momentos grandes sin ninguna razón de peso. Solo porque es un buen momento en la rutina de un viaje.
Una interestatal (la que cruza Seattle), desde lo alto.
Un error: El diseño de la ruta era demencial de origen. Una media de 700-800 kilómetros diarios da muy poco margen a detenerse a asimilar o profundizar. Está claro que hay decenas de rincones que se merecían más reposo y atención, en lugar de salir huyendo al siguiente punto. Si me arrepiento de algo es de eso... de la premura en todo lo que hacía... pero claro: si hubiera querido darle a cada lugar el tiempo que se merece hablaríamos de un viaje de dos o tres meses. ¿Si podría haber hecho algo distinto? Seguro, pero si quería darle toda la vuelta al país en 25 días (y pasar por algunos lugares irrenunciables que quizá me exigieron desvíos) pocas opciones tenía.
En cualquier caso, fuera un error de concepto o no, me siento afortunado de que no haya surgido ningún imprevisto. Más allá de las dos revisiones para cambiar el aceite (cada 5.000 millas saltaba el aviso), el susto que se quedó en anécdota del Policía que me paró en Arkansas, los inevitables atascos por obras (aunque tengo la sensación de que en esto también tuve suerte, ya que siempre me parecía que había muchos más atascos al otro lado de la carretera, en la dirección contraria) o la forma de conducir de ciertas zonas como Florida o casi toda la costa este en general.
Lo dicho: suerte de que no pasara nada.
La niebla y las nubes impidieron un amanecer claro en Gettysburg, pero no me quejaré de que haya niebla nunca.
Un descubrimiento: Ninguno de mis lugares sagrados me ha defraudado en el regreso. Ni Little Bighorn, ni Nueva Orleans, ni Oxford, ni las White Sands, ni las Badlands, ni Maine, ni Gettysburg. A todos ellos seguiría volviendo. De muchos no me quería ir. Tampoco otras repeticiones como el Gran Cañón o San Francisco defraudaron. Sin embargo, hablamos de descubrimientos y, como siempre sucede con las casualidades, se disfruta especialmente de aquello que no te esperabas. Fueron casualidades, y grandes hallazgos:
-Las inmediaciones de Yellowstone y la carretera que le antecede en su esquina noreste. Ya lo he contado al principio del post, pero es que no pensaba acercarme porque exigía un desvío y lo hice por no decir que no he ido a Yellowstone.
-La entrada oriental de las Badlands y el camino hasta la Pine Ridge Reservation. A mitad de camino en aspereza de su hermana mayor, las verdaderas Badlands, en este rincón aún se puede cultivar y ver árboles. Luego, en la reserva de los lakota, que es casi un desierto, se aprende la crueldad de la historia oficial hacia la que fue la tribu más poderosa hace menos de dos siglos.
-Montana: mi nuevo Estado preferido. Cielos inmensos, carreteras desiertas. Lo que uno piensa cuando piensa en un gran viaje por los USA. Al evitar los Kansas y Nebraska me aparté un poco de esta delicia particular de otras rutas de verme solo durante kilómetros y kilómetros en largas rectas, pero Montana ha cubierto el hueco. A eso hay que sumar que es donde me he encontrado a gente más maja. Y hace frío en verano y es donde son más razonables con las velocidades en carretera (en Texas pecan de irresponsables a veces con un exceso de permisividad). Y está Little Bighorn, y el azar me llevó por delante de donde pasó su última noche Custer de camino al cementerio. Yo creía que sería dura zona de paso y punto ciego de la ruta. Lo que decía de las sorpresas por casualidad.
-Joshua Tree: Estaba fijado en ruta y dormía allí a propósito. Ver atardecer y amanecer al día siguiente, sin embargo, superaron todas las expectativas. Lo único negativo, el ambiente algo viciado que existe en los pueblos colindantes, que tanto me recordaron a las viejas películas del oeste.
-Desert View, en el Gran Cañón: Mientras todos los turistas (porque es donde están los alojamientos) se apiñan en las zonas habituales, este rincón permanece casi vacío. Una pena descubrirlo por la mañana, porque las vistas del atardecer deben de ser insuperables (en la parte conocida, unas montañas tapan el ocaso). Además, eso de tener una torre que es lo más parecido a un faro que hay en miles y miles de kilómetros a la redonda...
Enorme suerte que desde la ventana del hotel en Chicago pudiera ver amanecer.
-Chicago: La segundona que ni siquiera es la segunda en cifras (por tamaño y población, Nueva York y Los Angeles están por delante). Ni falta que le hace serlo. Por un lado, es cierto que se nota cierto complejo en eso de reivindicarse en todo momento frente a las grandes metrópolis. Aunque quien no llora, no mama. Es una gran ciudad, pero su centro es fácilmente abarcable a pie; esa playa (de lago, sí, aunque tan inmenso que parece mar), esos paseos, ese museo, esos rascacielos, esos perritos calientes sin ketchup y con bastante verdura, esa vida, esa pasión (y hasta hace un año) maldición deportiva, esos trenes elevados, esas putas (con perdón) sirenas de emergencias a un volumen que incluso a un medio sordo como yo mareaban como pasaran cerca, esas cervezas artesanales, ese comienzo de la ruta 66, ese final o comienzo, no lo tengo claro, del Medio Oeste... Frente a la parafernalia peliculera, televisiva, popera que hacen de NY y LA (son las primeras hasta en eso, en tener siglas propias) un escenario donde todos sentimos haber estado alguna vez aunque sea la primera vez que las pisemos, Chicago atesora el encanto de la ciudad hecha a sí misma en mitad de la nada. Mira, como Estados Unidos.
PD: El béisbol. Todo un descubrimiento ir a ver un partido en directo... ¡Vamos, Cubs!
-Donde nace el Mississippi: estaba previsto, sí. Una vez más, fue una suerte llegar sin apenas nadie alrededor, con el lujo de poder sentarme a solas y mojar los pies.
En Montana, Maine, Michigan... y junto a Americanuty, claro...
Una imagen: Hacia el oeste, con el sol del amanecer en el retrovisor.
A Oxford va mucha gente que se cree escritor.
Una historia: Ya no me queda mucho más que decir. Ahora mismo, unas 30 horas después de aterrizar en Madrid, apenas puedo aclararme y, mucho menos, resumir un viaje de estas dimensiones. Por experiencia de otros años, sé que solo el paso del tiempo situará cada experiencia o momento en su sitio. Aquello que dije en uno de los primeros días, cuando hablé de sufrir el síndrome de Stendhal antes de entrar en Yellowstone, se puede hacer extensible a toda la ruta. Demasiados momentos, demasiados lugares, demasiadas sensaciones, demasiadas historias. Solo lamento que mucho de ello se perderá sí o sí porque no se puede recordar todo. Guardo, por un lado, 3.500 fotos realizadas en este mes y los textos de este blog y alguna nota (pocas, para lo que daba de sí). Pero sé que mucho se perderá como la niebla mañanera del Pacífico norte o de Maine, del Mississippi o de Montana. Es lo único que lamento ahora.
Aun así, algo perdurará de lo mejor o, si perdura sin que yo sepa muy bien por qué, será por algo.
Lo que sí es seguro es que no dejaré de volver de una forma o de otra (ahora mismo, se me hace complicado pensar en superar esta ruta) y que solo el tiempo me demostrará todo lo que he aprendido o conocido o descubierto o recuperado o dejado atrás. Y no hablo solo de lugares o kilómetros.
Ya sabéis, historias o historias dentro de otra historia que dan pie a otra historia.
Bucksport y Bangor (Maine).Nuevo Hampshire-Bennington (Vermont): 800 kilómetros.
¿Y si tuvieran una plaza de becario en este periódico?
Una canción: 'Born to run'. Faltaba el jefe en la lista, el último poeta de los USA reales y rurales, urbanos y de extrarradio (con permiso de Dylan). Para echar a correr, para acelerar, para disfrutar siempre.
Una película/serie: 'Beautiful girls'. Película bandera a lo largo de toda mi vida. Está ambientada en un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra (vale, de Massachusetts), pero podría servir casi cualquiera de esas poblaciones semi industriales, tristes, con un pub o dos donde se reúnen como pueden los que quieren algo de vida más allá de trabajo y familia. Una película imprescindible de los fracasos cotidianos y de la crisis de los 40 (y eso que me enamoré de ella a los 20).
Un mapa de nubes sobre Bucksport, en Maine.
Un libro: 'El atlas de las nubes', de David Mitchell. No he visto la película y sí lo he leído casi todo de este autor, a caballo entre lo fantástico, el terror, la novela de iniciación, el culto a la cultura popular, los guiños sentimentales y, por eso lo traigo aquí (y porque me gusta mucho toda su obra) por su empeño en lo circular, el determinismo a través de los siglos y las conexiones improbables entre personas diferentes.
A la izquierda, nectarinas; a la derecha, melocotones; en medio, los pluots.
Una comida/bebida: Los 'pluots'. No tienen traducción, que yo sepa. Son una mezcla entre los albaricoques y la ciruela. Por fuera, tienen el color verdoso/rojizo de los tomates kumato e incluso su textura exterior es similar, resbalosa y brillante. Por dentro, son rojo carmesí y dulces, muy dulces. Como una ciruela especialmente jugosa.
Como las Meninas en Madrid esta primavera, Bennington está plagado de pumas artísticos.
Una imagen: El puma americano (o 'catamount') ronda las montañas de Vermont.
Al amanecer, sobre el puente colgante de Waldo, donde siempre paro antes de dejar Bucksport.
Un error: Una pena, para ser exactos. Me ha costado irme de Maine. Primero, me he desviado para desayunar, luego he tomado otro desvío para ver de cerca el pueblo de Carmel y, sobre todo, decidí hacer caso a una compañera de barra del otro día que me recomendó que entrase en Vermont por el norte. Eso hice, con lo que tardé mucho más en salir de Maine.
Por allí vienen los caminantes blancos, ojo...
Un descubrimiento: Hay un Stark que ganó algo. Es el general Stark y la victoria de Bennington se recuerda como una de las grandes gestas de la independencia americana contra los ingleses.
De izquierda a derecha, la bandera oficial de Vermont, la americana, y la de Bennington, que es la que cuelga luego por toda la ciudad. De la independentista no hay rastro, ni oficial ni en casas particulares.
Un dato/hecho: Hay cierta tendencia (de los que no son tendenciosos, qué va) en decir que Vermont es el Estado americano más independentista. Es cierto que fue independiente desde 1777 a 1791, pero si el mundo lo definen las banderas, no he visto ni una sola del movimiento que propugna la Segunda República de Vermont (y me he cruzado todo el Estado). Y sí mucha americana, como en todas partes, y en Bennington, la municipal, que es una variación de la nacional con un 76 recordando la independencia... de todo el país.
Los puentes cubiertos de Bennington se usan aún como forma de cruzar un río. Yo he cruzado todos en ambas direcciones en coche.
El puente Henry es el más largo de los que he visto entre Iowa y Vermont.
Estampa cotidiana del centro de Bennnington, en Vermont.
Una historia: Cuando leáis esto seguramente estaré a punto de despertarme en mi antepenúltima mañana de esta Ruta Pop. Como dicen los de Semana Santa, ya he empezado la recogida a templo; en mi caso, he emprendido el camino hacia el sur primero y luego hacia el oeste poco a poco, buscando Chicago. Ya habrá tiempo de hacer balances (supongo, que habrá tiempo), pero empiezo a cerrar círculos incluso sin pretenderlo. Hoy ha sido el de los puentes cubiertos. Si la primera jornada de carretera me llevó a los puentes techados más famosos, los de Madison, hoy tocaba hacer lo propio con los de Bennington, acaso los segundos más famosos. Toda historia es circular, lo veamos o no, y esta ruta, que nació con la idea de volver a donde empezó, desde luego que lo es. Sin embargo, una cosa es la geometría y otra muy distinta la poesía. Dice Robert Frost, cuya tumba de encuentra aquí, en Bennington, que pasó toda su vida como si viviera en una pelea de enamorados con el mundo. No voy a desmentir al bueno de Frost (excelente en muchos casos), si bien sus palabras enlazan con los puentes para enamorados de Madison, donde tantos nombres lucen (o deslucen, con el paso de los años) en corazones de tinta o tallados en la madera. Donde también Mom recordaba las cinco muertes de su familia. Aquí, en Bennington, Mom no podría venir a escribir sobre sus hijos so riesgo de terminar atropellada. En la moderna Vermont (el Estado menos denso, uno de los más ricos, ajeno a casi todo y todos), los puentes cubiertos siguen cumpliendo su función de puentes. Pasan sobre ríos y se pueden utilizar para ir en coche de un lado a otro (andando, no, ya que no hay aceras porque apenas hay hueco para un solo vehículo y debes esperar si ves que otro coche ha entrado antes que tú). Los puentes de Vermont son puentes de carretera, con obras de mantenimiento y excavadoras que pitan cerca, con polvo que se levanta en los arcenes, sin una sola pintada en los interiores, con un río de corriente intensa que discurre por debajo, con el ajetreo de una carretera de servicio rural. No hay turistas apenas, sino furgonetas de Seur (bueno, de FedEx, pero si digo FedEx del tirón no lo pilla más de uno) esperando a que dejes de hacer el idiota con la fotito y pases de una vez. Los puentes de Vermont son útiles. Son bonitos. Los puentes de Madison son hermosos. Son inútiles. Decía otro poeta en su cita más famosa que colgué el otro día tal y como aparece en la Biblioteca del Congreso, que la belleza es verdad y la verdad, belleza. La belleza del arte, sea un verso de Frost o de Keats, sea un puente colgante con promesas de amor y amor eterno de una madre, es un círculo que nunca deja de dar vueltas y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y...
Un centro comercial abandonado y cerrado (este se encontraba a las afueras de Fishkill, NY) da más escalofríos que una sombra en el pasillo a las cuatro de la mañana.
Una canción: 'Leslie Anne Levine', de The Decemebrists. Una y otra vez he escuchado esta canción y todo el álbum al que pertenece, 'Castaways and Cutouts'. Llegué a ellos por curiosidad y recomendación final (de Fernando Navarro) y este disco en concreto lo compré en Fargo, porque en España cuestan como 30 euros los más antiguos. Creo que me costó cuatro dólares. Vaya cuatro dólares tan bien gastados. Este disco merecía 40. O 400.
Esto es Bucksport, Maine, pero podría ser cualquier pueblo rural de los USA.
Un libro: 'Lolita', de Vladimir Nabokov. Es más novela de carretera de lo que la gente piensa o imagina. Y su retrato de la América tras los visillos (si hubiera aquí de esas cosas) es más realista que otras muchas obras supuestamente costumbristas. Por lo demás, en mi top ten de novelas. Sí: incluso ahora.
Motel en Charleston (Carolina del Sur).
Una película/serie: 'Lolita', de Stanley Kubrick. Siendo tan distinta de la novela, respeta toda su ambigüedad, cinismo, turbiedad y turbación. Para mí, lo mejor de Kubrick... lo sé: acabo de pisar varios callos.
Una imagen: (para insertar a modo de bocadillo en la foto): "Sí, cariño, creo que se me ha recalentado un poco el coche".
Todos los puntos llevan a Maine.
Un dato/hecho: Con el empeño, que me ha costado hora y media de desvío, de tocar Rhode Island, me quedan solo tres estados de los llamados continentales (exceptuando Alaska, claro) por visitar de los USA: Vermont (estaré el lunes), Michigan (el miércoles) e Indiana (de regreso a Chicago el jueves).
Pongo mejor esta desde el muelle de Bucksport, porque en las fotos de niebla se ve muy poco por lógica.
Un descubrimiento: No se trata de ningún descubrimiento. Qué me gusta Maine, su niebla y su mal tiempo.
Una error: Tenía que pasar. Estamos en verano, en vísperas de agosto, y pretendo llegar al norte de Maine un sábado, 28 de julio por la mañana. Me como el atasco del siglo durante New Hampsihire, sobre todo. No es una licencia narrativa: los 20 kilómetros de ancho de este Estado los crucé a diez kilómetros por hora. ¿Balance final? Hora y media de retraso.
Eran tamaño media caña... ¿eh?
Una comida/bebida: La muestra de cuatro cervezas del Friars, en Bucksport. El dueño va vestido de monje (con sus veinte de kilos de más incluidos) y se sienten orgullosos de su advocación monacal. La prueba de cuatro cervezas caseras, muy sorprendente. La mejor, la oscura, casi licor de lo fuerte que era.
En Dakota del Norte también se puede ir casi a 80.
Una historia: Como ha sido otro día de carretera sin más, y vamos llegando al final, una serie de consideraciones rápidas sobre el camino:
¿Habrá habido algún atasco en Montana?
1) Los americanos son más tranquilos conduciendo... si nos quedamos en los estados tranquilos. En el Este, y en torno a las grandes ciudades, y en las circunvalaciones de las medianas hay mucho cafre. Ya comenté lo de adelantar por la derecha en Jacksonville y luego se extendió a Georgia o las Carolinas. Menos barbaridades que en España, también. Lo más importante, sin embargo, es que tienen un respeto en general mayor por la carretera. Es enternecedor cómo todos se apelotonan a la izquierda o derecha en una salida concreta desde muchos kilómetros antes pese a saber que puedes seguir por el carril de al lado y meterte en el último momento... porque te lo van a permitir sin problema.
No parece... lo del atasco en Montana, digo.
2) La velocidad. Menor que en España de media. Por lo que he experimentado (y comprobado luego en internet), Texas y Montana son los más permisivos, con máximas habituales de 80 millas por hora (más de 130 km) y con, según he visto en la red, tramos de 85 (140) en ciertas zonas de Texas. Pero, más allá de las interestatales, que es donde suele darse más velocidad, en Montana permiten los 75 casi en cualquier sitio (las rectas son de 20 kilómetros y te cruzas con dos coches cada media hora), aunque lo rebajan por las noches, y en Texas te dejan ir a 120 km (que serían al cambio los 75) por hora hasta en zona de obras. Luego, te informan en los carteles de las autopistas que van 1.782 muertos en la primera mitad del año. Texas tiene la mitad de población de España, con lo que una proyección daría cuatro veces mas víctimas.
Tanpoco es que en Oregón haya mucho tráfico, pero...
3) La poca velocidad. Los estados más liberales son los más cerrados. En la dorada California y Oregón apenas se puede pasar de 70 y en toda la costa este (y más según se va hacia el norte, hasta Maine, que es una especie de América interior en un extremo) los límites son muy bajos, como mucho de 65 o 70. Lo paradójico (o no) es que aquí es donde menos se respetan los topes. En Nueva York o en Connecticut he pasado miedo por acatar los límites mientras camiones tan largos como un AVE te quitaban las pegatinas a derecha e izquierda.
Les falta añadir: en triciclo vas a ir más rápido.
4) ¿El peor Estado para conducir? Connecticut. No es solo que haya sitios donde te hagan ir a 60 km por hora en una autopista enorme, es que no arreglan el firme y está lleno de baches.
El mayor intervalo sin ver coches, también en Montana.
5) ¿Y el mejor? Montana. En Texas no te quitas la sensación de ir demasiado rápido (incluso respetando los límites). En Montana, se agradece.
La desesperación anida en Carolina del Norte.
6) Publicidad. En Estados de poco glamour, como Dakota del Sur o Carolina del Sur (irá con lo de ser abajo) te abruman con carteles repetitivos de estaciones de servicio que pueden estar incluso a 200 kilómetros de distancia. Al final, paras porque llevas dos horas viendo solo carteles sobre ese sitio y la próstata manda... y porque hay que parar cada dos horas, ¿no? Después, en el interior, en el sur y en Florida (me sorprendió esto último) hay mucho anuncio religioso, sobre el aborto o sobre lo que nos ama Jesús pese a todo. En los sitios ricos se anuncian sus marcas favoritas habituales junto a mucho asegurador de accidentes o de multas. 7) Peajes. El Este no es solo malo porque la velocidad máxima es irrisoria (100 km por hora si tienes suerte en una autopista de cinco carriles), es que te cobran peaje hasta por pensar. A mucha gente, esto de no pensar le puede dar igual, pero cuando conduces diez horas diarias se tiende a pensar bastante. 8) Me quedan 1.500 millas (unos 2.500 kilómetros). Ya os contaré.