A veces, la ruta será real, con sus kilómetros y sus paisajes. Otras, será un simple divertimento, desahogo, crítica, queja o pista. Pero siempre habrá una historia al otro lado de un último horizonte de verano.
Fue en Jamestown donde vi de pasada un cartel en el que se juraba que en aquella zona se producía la mayor concentración de pájaros diferentes de Estados Unidos. Ahora no encuentro nada en internet que lo refrende y sí veo que hay cierto consenso en situar en algo más de 400 las especies distintas que se ven en Dakota del Norte. En California, que es donde más, rozan los 700. Y hay hasta diez estados que superan las 500.
Pues muy bien. No sé si volando Dakota del Norte puede presumir mucho de su fauna aviar. Pero a ras de asfalto, sobre la misma carretera (a poder ser, no la interestatal), ya os aseguro yo que nadie la supera. Hay rincones desolados desde un punto de vista humano que ves cruzar pájaros por el asfalto como en el semáforo ese famoso de Japón.
Ya os digo que hay tres pájaros menos en Dakota del Norte de hoy. Que me los he llevado por delante pese a tener más cuidado que a la salida de un colegio.
Pero es que los muy capullos se ponen a correr en diagonal y...
Sí, como el chiste de los dos tomates que van por una autopista.
De eso no hay foto.
Sí de esto:
Da escalofríos. Mucho. Como si fueran a moverse de pronto y vengar a los suyos y pisarme o comerme o no sé. Lo que sea que hagan los pájaros gigantes de metal que cobran vida.
Nada bueno.
Por mucho que en Regent, un pueblo en el centro de Dakota del Norte donde el único café que encuentras a las ocho de la mañana te lo regalan en una ferretería/gasolinera.
Puedes dejar un dólar en la lata.
Así que eso y la chocolatina más rara que encontré entre la variedad de diez que había fue mi desayuno especial de cumpleaños (el de la víspera va camino de ser el mejor en mucho tiempo, pero de eso no hablaré hoy).
Hoy, decía, es un lunes de septiembre en Dakota del Norte, el estado en el que te pasas media hora sin cruzarte con un coche en ciertas carreteras. No llega a tanto la Carretera Encantada (Enchanted Highway) que une Regent con Gladstone en 50 kilómetros adornados por esculturas gigantes con la manufactura de un trabajo de manualidades para niños de ocho años.
Hasta aquí me he desviado yo y, de los diez coches que he visto en esos 50 kilómetros (incluyendo las paradas), seis era gente que se paraba a ver las esculturas. O sea, que el 60% del tráfico se debe a la hojalata kitsch con motivos de la zona. Aquí van el resto, de una tacada cruel:
Sin duda, los saltamontes alienígenas pueblan las pesadillas de los niños turistas que hayan tenido la mala suerte de que sus padres creyeran que esto es una buena idea.
Estoy siendo injusto. E incluso incongruente. Porque este post era para proclamar que me está gustando mucho Dakota del Norte. Tenía mis prevenciones de dedicarle tres días y ahora admito que he acertado puesto que me ha dado lo que buscaba: carreteras vacías, paisajes en el límite de lo humano, tranquilidad y un puñado de buenos rincones y momentos. Dakota del Norte es mucho más bonita de media que otros estados colindantes, si bien todos ellos se guardan ases en la manga que merecen acercarse. Aquí no hay nada del nivel del parque Yellowstone, las Blackhills y su monte Rushmore o el nacimiento del Mississippi (por hablar de los tres colindantes); aquí es el camino el que recompensa.
Como cuando sale el sol sobre el río Missuri:
La niebla se mantiene obstinada:
Los pájaros vuelan y no se me ponen a corretear (que en carriles como en los que me mete el GPS de vez en cuando hasta comprendo que sea su territorio):
E incluso tiene su versión norteña (y más extensa) de las espectaculares Badlands (las famosas que salen en las películas están en Dakota del Sur):
Hay bisontes a los que podrías acariciar de lo accesibles que están si no fuera porque te arrancarían la cabeza:
La ruta sigue y esto es lo más cerca que vais a tener de una foto mía:
Hasta mañana, que me despido de Dakota del Norte y vuelvo a Little Big Horn.
Un centro comercial abandonado y cerrado (este se encontraba a las afueras de Fishkill, NY) da más escalofríos que una sombra en el pasillo a las cuatro de la mañana.
Una canción: 'Leslie Anne Levine', de The Decemebrists. Una y otra vez he escuchado esta canción y todo el álbum al que pertenece, 'Castaways and Cutouts'. Llegué a ellos por curiosidad y recomendación final (de Fernando Navarro) y este disco en concreto lo compré en Fargo, porque en España cuestan como 30 euros los más antiguos. Creo que me costó cuatro dólares. Vaya cuatro dólares tan bien gastados. Este disco merecía 40. O 400.
Esto es Bucksport, Maine, pero podría ser cualquier pueblo rural de los USA.
Un libro: 'Lolita', de Vladimir Nabokov. Es más novela de carretera de lo que la gente piensa o imagina. Y su retrato de la América tras los visillos (si hubiera aquí de esas cosas) es más realista que otras muchas obras supuestamente costumbristas. Por lo demás, en mi top ten de novelas. Sí: incluso ahora.
Motel en Charleston (Carolina del Sur).
Una película/serie: 'Lolita', de Stanley Kubrick. Siendo tan distinta de la novela, respeta toda su ambigüedad, cinismo, turbiedad y turbación. Para mí, lo mejor de Kubrick... lo sé: acabo de pisar varios callos.
Una imagen: (para insertar a modo de bocadillo en la foto): "Sí, cariño, creo que se me ha recalentado un poco el coche".
Todos los puntos llevan a Maine.
Un dato/hecho: Con el empeño, que me ha costado hora y media de desvío, de tocar Rhode Island, me quedan solo tres estados de los llamados continentales (exceptuando Alaska, claro) por visitar de los USA: Vermont (estaré el lunes), Michigan (el miércoles) e Indiana (de regreso a Chicago el jueves).
Pongo mejor esta desde el muelle de Bucksport, porque en las fotos de niebla se ve muy poco por lógica.
Un descubrimiento: No se trata de ningún descubrimiento. Qué me gusta Maine, su niebla y su mal tiempo.
Una error: Tenía que pasar. Estamos en verano, en vísperas de agosto, y pretendo llegar al norte de Maine un sábado, 28 de julio por la mañana. Me como el atasco del siglo durante New Hampsihire, sobre todo. No es una licencia narrativa: los 20 kilómetros de ancho de este Estado los crucé a diez kilómetros por hora. ¿Balance final? Hora y media de retraso.
Eran tamaño media caña... ¿eh?
Una comida/bebida: La muestra de cuatro cervezas del Friars, en Bucksport. El dueño va vestido de monje (con sus veinte de kilos de más incluidos) y se sienten orgullosos de su advocación monacal. La prueba de cuatro cervezas caseras, muy sorprendente. La mejor, la oscura, casi licor de lo fuerte que era.
En Dakota del Norte también se puede ir casi a 80.
Una historia: Como ha sido otro día de carretera sin más, y vamos llegando al final, una serie de consideraciones rápidas sobre el camino:
¿Habrá habido algún atasco en Montana?
1) Los americanos son más tranquilos conduciendo... si nos quedamos en los estados tranquilos. En el Este, y en torno a las grandes ciudades, y en las circunvalaciones de las medianas hay mucho cafre. Ya comenté lo de adelantar por la derecha en Jacksonville y luego se extendió a Georgia o las Carolinas. Menos barbaridades que en España, también. Lo más importante, sin embargo, es que tienen un respeto en general mayor por la carretera. Es enternecedor cómo todos se apelotonan a la izquierda o derecha en una salida concreta desde muchos kilómetros antes pese a saber que puedes seguir por el carril de al lado y meterte en el último momento... porque te lo van a permitir sin problema.
No parece... lo del atasco en Montana, digo.
2) La velocidad. Menor que en España de media. Por lo que he experimentado (y comprobado luego en internet), Texas y Montana son los más permisivos, con máximas habituales de 80 millas por hora (más de 130 km) y con, según he visto en la red, tramos de 85 (140) en ciertas zonas de Texas. Pero, más allá de las interestatales, que es donde suele darse más velocidad, en Montana permiten los 75 casi en cualquier sitio (las rectas son de 20 kilómetros y te cruzas con dos coches cada media hora), aunque lo rebajan por las noches, y en Texas te dejan ir a 120 km (que serían al cambio los 75) por hora hasta en zona de obras. Luego, te informan en los carteles de las autopistas que van 1.782 muertos en la primera mitad del año. Texas tiene la mitad de población de España, con lo que una proyección daría cuatro veces mas víctimas.
Tanpoco es que en Oregón haya mucho tráfico, pero...
3) La poca velocidad. Los estados más liberales son los más cerrados. En la dorada California y Oregón apenas se puede pasar de 70 y en toda la costa este (y más según se va hacia el norte, hasta Maine, que es una especie de América interior en un extremo) los límites son muy bajos, como mucho de 65 o 70. Lo paradójico (o no) es que aquí es donde menos se respetan los topes. En Nueva York o en Connecticut he pasado miedo por acatar los límites mientras camiones tan largos como un AVE te quitaban las pegatinas a derecha e izquierda.
Les falta añadir: en triciclo vas a ir más rápido.
4) ¿El peor Estado para conducir? Connecticut. No es solo que haya sitios donde te hagan ir a 60 km por hora en una autopista enorme, es que no arreglan el firme y está lleno de baches.
El mayor intervalo sin ver coches, también en Montana.
5) ¿Y el mejor? Montana. En Texas no te quitas la sensación de ir demasiado rápido (incluso respetando los límites). En Montana, se agradece.
La desesperación anida en Carolina del Norte.
6) Publicidad. En Estados de poco glamour, como Dakota del Sur o Carolina del Sur (irá con lo de ser abajo) te abruman con carteles repetitivos de estaciones de servicio que pueden estar incluso a 200 kilómetros de distancia. Al final, paras porque llevas dos horas viendo solo carteles sobre ese sitio y la próstata manda... y porque hay que parar cada dos horas, ¿no? Después, en el interior, en el sur y en Florida (me sorprendió esto último) hay mucho anuncio religioso, sobre el aborto o sobre lo que nos ama Jesús pese a todo. En los sitios ricos se anuncian sus marcas favoritas habituales junto a mucho asegurador de accidentes o de multas. 7) Peajes. El Este no es solo malo porque la velocidad máxima es irrisoria (100 km por hora si tienes suerte en una autopista de cinco carriles), es que te cobran peaje hasta por pensar. A mucha gente, esto de no pensar le puede dar igual, pero cuando conduces diez horas diarias se tiende a pensar bastante. 8) Me quedan 1.500 millas (unos 2.500 kilómetros). Ya os contaré.
Justo en la ventana que ya casi no se ve, la que va antes del saliente, se supone que dispararon a JFK.
(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí) Seminole (Texas)-París (Texas): 832 kilómetros.
La réplica tejana de la Torre Eiffel está coronada por un sombrero vaquero rojo.
Una película: 'París, Texas', de Win Wenders. No hay mejor momento posible que pasar la noche en la París tejana para reivindicar una de las obras maestras de finales de siglo pasado. Se junta todo: el mejor Wenders (nunca lo hizo así de bien), actores sobresalientes, fotografía, música y guión de otro de mis indiscutibles, Sam Shepard.
En el centro de Dallas,un comboy persigue a una res revoltosa mientras lleva a treinta más en perfecta fila detrás.
Una canción: 'Dallas-Memphis', de Quique González. Hoy he estado en Dallas y mañana estaré en Memphis. Ya sé que la canción se refiere a un partido de baloncesto a las tantas, pero también parece un pequeño retazo de la ruta. También, aquel disco por completo me acompañó en la primera ruta.
Amanecer a las afueras de Seminole, en el Oeste de Texas.
Un libro: 'Apocalipsis', de Stephen King. Podría haber elegido de King, por el lugar donde estoy, el que va de JFK (que es uno de sus mejores libros en mucho tiempo), pero prefiero su obra magna (aunque no mi preferida, exactamente). En cualquier caso, en toda la obra de King se nota que le tiene cierta manía a los tejanos.
Los molinos de viento pierden en proporción de uno a mil contra los insectos estos de petróleo.
Un dato/hecho: En el país más capitalista del mundo, en el rincón con mayor proliferación de explotaciones de petróleo que he visto (el este de Nuevo México y el oeste de Texas), tienen una costumbre un poco del otro bando de la historia. En concreto, en unas 20 gasolineras o así que vi de los condados donde abundaban las extractoras de crudo vendían el combustible exactamente al mismo precio. No sé si Trump sabe eso de sus votantes.
Un descubrimiento: París, Texas. Tiene su encanto y su humildad. Es un pueblo algo polvoriento y abandonado en una esquina olvidada de Texas. Pero me gusta. Se toman a broma ser la hermana pequeñísima de una de las ciudades más bellas del planeta. Digna y humildemente a broma.
En mi improvisación para salir de Dallas me metí en una carretera así de vacía (había mil coches por todos los scalectrix contiguos) y llegué a pensar si no se abriría un semáforo al fondo y vendrían a fila de a ocho contra mí. Pero no: iba perfecto para salir de allí
Un error: Hoy no ha sido mi día con las indicaciones. Primero, Amparito está desactualizada, la pobre (por mi culpa), y para salir de Dallas me mandaba por carreteras que no existen ya y autopistas reconvertidas en peajes que van para otro punto cardinal. Me las apañé como pude. Mucho mejor que en París, donde de pronto me entró el complejo de Mcfly total y no he dejado de intentar meterme por direcciones prohibidas y dar marcha atrás a toda prisa para enmendarme y hasta casi saltarme un stop en el que me han pasado rozando. He salido vivo (y sin que me vea un poli) de mi día tonto. Y nadie me ha pitado.
Una comida/bebida: Auténtica barbacoa texana en un antro de París, el Scholl Brothers. Todo es como se hace aquí: entras, pides lo que quieres, te lo sirven sin platos y directamente en una bandeja de plástico, dos acompañamientos, te dan un vaso que lo rellenas todas las veces que quieras de refresco, hay también helado gratis si te apetece y a cebarte. Manda huevos que le pregunto al chico que servía que me recomiende algo y, en plena Texas donde solo hay vacas, me dice que el pavo. Le hago caso, pero le digo que me ponga ternera también. Y salchicha. Y ensalada de patata y otra de col de acompañamientos. Lo mejor, en efecto, era el pavo... aunque la ternera o la salchicha solas podrían haber entrado solas en este apartado cualquier otro día. Para ser perfectas, las barbacoas de Texas deberían vender cerveza también.
Una imagen: Se llama Fort Phantom Hill, aunque nunca se llamó así y solo estuvo activo un par de años al principio del asentamiento texano en sus guerras con los comanches. Quedan unos pocos restos (no sé por qué solo las chimeneas, además de una cabaña) y no lo visita ni dios porque, sinceramente, no tiene mucho interés. Está perdido cerca de Abilene, famosa ciudad de pelis de vaqueros en mitad de Texas y fui por hacer algo entre Seminole y Dallas (seis horas entre ambos). Como mucho, dicen que frecuenta las ruinas el fantasma de una chica a la que mató su novio en el lago adyacente. El muchacho se fue y volvió entero de la Segunda Guerra Mundial y el capullo de su amigo le gastó una broma diciéndole que se había acostado con su novia. Él la estranguló y tiró el cuerpo al lago. De lo que le hizo al amigo no hay constancia en la leyenda urbana. Por si acaso, yo lo visité en pleno mediodía.
La 'x' pintada en blanco justo delante del coche más adelantado marca donde fue alcanzado Kennedy. Le dispararon, supuestamente, desde el edificio marrón claro de detrás, desde la ventana de en medio del extremo derecho.
Una historia: París, Texas, ha venido a fastidiarme todo lo que había pensado para esta historia. Había ido elucubrando todo el día, entre carreteras comarcales e interestatales, en lo diferentes que son Montana y Texas. Por supuesto: no tienen nada que ver porque una está en el extremo norte y otra en el sur. Sin embargo, son quizá los estados más orgullosos del sentimiento vaquero por antonomasia, sus ranchos adornan los valles infinitos de cada sitio y el caballo es el mejor amigo del hombre. Unos, en Montana, desde la melancolía de la lejanía y la sobriedad del clima frío, que dan un carácter sereno y ajeno al mundo entre la sombra de las montañas gigantes de Yellowstone y el viento polar que los aplasta desde Canadá. Los otros, los tejanos, bulliciosos y orgullosos, gallitos y pendencieros, escorpiones que sobreviven como pueden al desierto que los circunda y el polvo que viene de cualquier rincón desde el que pueda soplar el viento. Han vivido toda su historia (de apenas siglo y medio, hay urbanizaciones de adosados junto a la M-30 de Madrid más antiguas) peleándose con todo el mundo: los indios, mexicanos, españoles, americanos inclusos, yanquis (ellos iban con el Sur para ser independientes a su vez cuando todo terminase) y ahora mexicanos otra vez. Montana me dio buenas vibraciones desde el principio. Sé que no es un método ni científico ni antropológico, pero me suele coincidir allí donde voy. Hay lugares en los que me siento bien y otros de los que quiero huir. Seattle o Los Ángeles me levantan sarpullidos, me parecen impostados y sucios, artificiales y vanidosos. Otros se van revelando poco a poco: en Minnesota son secos, pero francos; Dakota del Sur depende de en qué partes aterrices; Chicago me sorprendió por su hospitalidad, San Francisco esconde dobleces y maravillas por igual, en Nuevo Mexico tienen un carácter afable, en los estados más yanquis (Nueva Inglaterra, Pensilvania) son estirados y orgullosos; en los del Sur aristócrata (Virginia y las carolinas) son estirados y orgullosos y huelen a naftalina (aún creen que fue injusto perder la guerra), en el Sur profundo demasiado tienen con seguir viviendo entre tanto calor y ausencia de recursos y en los estados del cinturón industrial son laboriosos y callados, las manos duras, las uñas negras, la mirada cortada del que trabaja lejos de la luz. Montana confirmó la buena onda. En Billings, no me pusieron ningún reparo a pasar la revisión al coche en la oficina, en el taller me aceptaron sin haber recibido aún la confirmación de la agencia, el conserje del hotel de Rock Creek ha sido el más amable y simpático de todos y una chica de una gasolinera me atendió hora y media antes de su hora de apertura y pese a que había un borracho dormido en sus vómitos junto a la puerta. En Texas no me ha pasado nada malo exactamente (ni ahora ni en 2015). Nada que justifique esta inquina, realmente. No obstante, estoy deseando salir siempre de ella. Hasta que he llegado hoy a París. Me bajo donde está la réplica de la Torre Eiffel. Había un coche que se marcha justo. Hace el récord de calor de la ruta (113 grados fahrenheit, unos 45 nuestros) y no hay nadie más. Empiezo a hacer fotos y me hago un selfie. Veo que en el edificio de al lado (Love Civic Center, se llama, sea lo que sea con ese nombre) se mueve un coche y viene hacia mí. Una mujer me grita: ¿quieres que te haga una foto? Se baja, todo amabilidad, me pregunta de dónde soy (todo sonrisas), me hace fotos no del todo malas (incluso sale la bandera americana a la derecha) y hasta me dice que me espere y me entrega un pin de la ciudad. Un regalo para que te lleves a España, me dice cuando me da apuro y le pregunto si le tengo que dar algo. Y yo rajando de los tejanos (todo sea porque Paris está junto a Luisiana).
Sí, puede parecer una montaña nevada cualquiera. Pero estamos a 45 grados y es polvo de yeso cristalizado. El choque sensorial (parece que estás en la nieve pero hace calor) es brutal. Se llaman White Sands y deslumbran siempre (ya estuve en 2015).
(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí) Grants (New Mexico)-White Sands (NM)-Seminole (Texas): 862 kilómetros.
Un dato/hecho: Las dos caras del progreso en las White Sands. Alrededor de estas dunas de yeso pulverizado en medio de las inabarcables llanuras del sur de Nuevo México se han producido todo tipo de acontecimientos científicos. Los dos más importantes: aquí se detonó 'Trinity', la primera prueba de una bomba nuclear el 16 de julio de 1945 (hace un par de días fue su cumpe). Y en estos llanos también realizó la NASA las primeras pruebas reales en su carrera espacial.
Una película/serie: 'El hombre que mató a Liberty Valance', de John Ford. Está ambientada en una ciudad fronteriza que muy bien pudiera estar por esta zona. Aquí, en torno al bosque nacional de Lincoln, campó a sus anchas Billy el Niño y en su busca andaba Par Garrett.
Al este de Nuevo México.
Un libro: 'El hijo', de Philipp Meyer. Una novela de esas que llaman épicas que narra la historia de una familia desde la creación de la República de Texas, a mediados del XIX, los enfrentamientos feroces con los indios (aunque el protagonista lo viva más como un indio que como un americano) y, finalmente, la fiebre del oro negro. Entretenida.
Ha sido un día muy largo de carreteras solitarias.
Una canción: 'Long Hard times to come' de Gangstagrass. Porque eso, ha sido un día largo de carreteras solitarias y América profunda.
Una comida/bebida: El 'Larry's special', de El Cafecito, que es donde cené el martes en la misma Grants. A falta de otra cosa en un día árido también en comidas, este revuelto de huevos, patatas, bacon, carne, queso y salsa de chile rojo (¿sabíais que en Nuevo México -a lo mejor también en todo el mundo, no sé- el chile más picante es el verde y no el rojo como uno asocia con ese color?) hizo la excepción positiva.
Para evitar un tramo de 300 metros de carretera cortada te mandan por caminos de cabras como este.
Un error:Una condena, en el día de hoy. Las obras constantes en carretera. Desesperante. Más de esto en la historia.
Un descubrimiento: Redescubrimiento, porque ya pasé por aquí, a las afueras de Carrizoso, en 2015. No es ni parque ni nada, solo un área recreativa, pero eso de que en plenas llanuras de Nuevo México se haya levantado la tierra en forma de roca volcánica da un poquito de miedo... como si el mundo fuera a reventar por aquí mismo.
Entre Carrizoso y Tuscaloosa.
Una imagen: La montaña locomotora (lo que hace el aburrimiento).
En las White Sands, tras más de cuatro horas de carretera... y quedaba más de la mitad aún.
Una historia: Cronología de un día cualquiera en la carretera (versión sureña): 5:30: Me despierto, algo más tarde de lo habitual pero es que como si fueran mis 4:30 por el cambio horario. 7:05: Me abrocho un desayuno con chile picante y huevos y bacon y carne y queso y patatas. Y me sienta estupendamente (y menos mal, porque fue la única comida decente en todo el día) 7:30: En la Interestatal 40 hacia el este me permito los pocos kilómetros de velocidad interesante (luego vendrá el infierno). En alguna curva, me inquieta un mensaje (no me daba tiempo a sacar foto): "Gusty winds may be possible". Vientos racheados pueden ser posibles. Bonita forma de decirlo, aunque lo de gusty suene a dibujo animado. Me quedan por delante diez horas de carretera.
8:00. Salgo de la Interestatal y dejo ya para siempre de ver cartelitos de la Ruta 66. 9:00. En un grupo de whatsapp de amigos en el que hablamos en teoría de deportes, me recuerdan que hay buena etapa del tour. Conecto el móvil para entretenerme.
9:50. Le quitan a un español la victoria de etapa por 300 metros. Pero a mí me ha entretenido la mañana hasta que...
9:51. Del Tour a 'detour' (desvío y chiste facilísimo). Al salir de la otra Interstatal de la mañana (un tramito de solo 40 kilómetros), en San Antonio (el de Nuevo México, no el conocido) está cortada la carretera y me desvían hacia la izquierda, hacia el norte (yo iba al este). Yo pensaba que en una calle paralela, como en toda la vida de dios, se solucionaría el entuerto, pero...
-Gire cuando sea posible.
Dice Amparito, que es como llama a la mujer del GPS mi amiga Luisa.
-Gire cuando sea posible.
Insiste Amparito a los 300 metros sin que hayamos girado y siga el desvío.
-Gire cuando sea posible.
Lo intento, Amparito.
Medio kilómetro.
-Gire cuando sea posible.
Más quisiera.
1 kilómetro.
-Gire cuando sea posible.
Que sí, Amparito. Explícaselo tú a los de los cascos.
Cinco kilómetros ya hacia el norte.
-Gire cuando sea posible.
Ya.
-Gire cuando sea posible.
Que sí, Amparito.
10 kilómetros hacia el norte.
-Gire cuando sea posible.
Que sí, Amparo.
¿Vuestra madre también pasaba del diminutivo a vuestro nombre completo cuando se enfadaba?
A los 15 kilómetros hacia el norte, giro por fin al este. Apenas lo hago 500 metros antes de volver al sur.
500 putos metros de carretera cortada y 30 kilómetros de desvío.
10:20. Salgo del desvío, donde los obreros también echan a las vacas de su sagrado desvío. ¿Las tirarían al arroyo para que nos les pisaran el cemento fresco?
11:00. Entro en el país de Billy el Niño. Justo antes dos cosas inquietantes: hay un cartel que avisa de tormentas de arena en las próximas dos millas (solo en esas dos millas en mitad de una llanura de 100 kilómetros) y el mundo está reventando por aquí mismo (ver el apartado un descubrimiento).
12:00. Me como otro tramo jodido de obras antes de Alamogordo. Al salir del pueblo hacia las White Sands otros dos carteles inquietantes: uno enorme, alertando de que cuando se enciendan las luces intermitentes que coronan el cartel la carretera permanecerá cerrada porque estarán probando a tirar misiles. La otra, que no se recoja a autoestopistas. No dice que sea ilegal, pero avisa de que hay "muchos centros de detenciones en los alrededores". No hay nada como el miedo para cumplir órdenes.
12:45. Llego con una hora de retraso a la única parada del día, las White Sands. 45 grados y la arena blanca que ciega, el calor que embota el sentido porque ese blanco es de nieve y frío. Pero más ciega lo bonito que es.
15:00. Antes de irme de las White Sands, pruebo el café que compré a las once, cuatro horas antes, y todavía hay que soplarle un poco por caliente (está claro que el coche aparcado mientras paseaba yo por las dunas ha servido de microondas).
16:00. El Bosque Nacional de Lincoln es bonito si no has visto hace unos días Yellowstone, el Gran Cañón, las Badlands, la costa agreste de Oregón, Joshua Tree, Monument Valley... Este son pinos y montañas. Pues vale. Lo jodido es que he ido a ponerme la radio (a escuchar el Partidazo de la Cope en vuestra medianoche) y no había cobertura. He vencido el sueño maldiciendo el bosquecito de los cojones.
17:00. Vuelve la cobertura. Tomás Guasch dice que vamos a echar de menos a Ronaldo. Yo no. ¿Y la foto? Había múltiples cabañas abandonadas en el bosque. No será tan bonito el dichoso bosque nacional cuando la gente migra.
18:00. Carretera y más carretera.
18:30. Empieza el inquietante territorio de las perforaciones de petróleo. Como una plaga de langostas steampunk, durante casi 200 kilómetros la tierra a ambos lados de la carretera está sembrada de ellas (al tener que estar a cierta distancia una de otra las fotos no captan bien que están por todas partes).
19:00. Más bichos de estos. Más y más.
19:01 y 20:01. Entro en Texas puntual y pierdo otra hora con el cambio de Estado.
20:30. Me registro en el hotel y por segunda vez me piden el pasaporte (también lo hicieron en Seattle). Pero este tipo (que parece de Bangladesh) me pregunta primero con el rostro torcido si soy de México. Cuando le digo España, contesta con un lacónico "ah". Se lleva diez minutos rellenando cosas.
21:00. Me compro la cena en un Walmart creyendo que habría sandwichs o ensaladas preparadas. Nada: hay pistolas, pero no una bolsa de lechuga o una manzana. Me compro un paquete de patatas, un kit de lonchas de pavo, queso y crackers y una tarrina que dice ser ensalada de pollo pero es dentífrico para críos. Tomo dos chucharadas y lo tiro.
22:40. Termino este post.
22:52 (tras repasar si hay erratas en el post). Sigo preguntándome si los GPS se cansan en algún momento de recalcular. Seguramente, los humanos siempre lo apagamos antes por no escuchar más a la Amparito.