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martes, 3 de septiembre de 2019

Otra Ruta Pop



Atardecer en Joshua Tree.

Sí.

Otra Ruta Pop.

Pero no otra en su sentido de cantidad, es decir, una nueva ruta; sino otra en su sentido de diferente. Porque, no vamos a engañar a nadie: tras el año pasado y aquella Ruta Pop Definitiva, tenía que respetar su denominación. Esos 18.000 kilómetros en un mes, fueron más que definitivos.

Sin embargo, vuelvo a Estados Unidos, por séptimo verano consecutivo. Y supongo que iré contando alguna que otra cosa. Ignoro el formato o su periodicidad. Lo que es seguro es que me asomaré por aquí a contar cosas, hacer fotos de cielos y soles y nubes y carreteras y carteles, sin olvidar las comidas, que ya sé que sois unos glotones envidiosos de tanta tortita, hamburguesa, barbacoa, hamburguesa, sándwich o pinta de cerveza artesanal.

Un desayuno ligero.



Así que bienvenidos.

Solo contar muy brevemente el recorrido, que también nace un poco mermado en comparación al año pasado (todo será una merma respecto a aquello).

Parto, como el año pasado, de Chicago (desde donde supongo que escribiré algo entre el miércoles y el jueves) y recorreré algo de esas grandes llanuras que la ruta de 2018, al ser una especie de recuadro, dejó fuera: Misuri, Kansas, Colorado, Oklahoma y, para terminar, de regreso al Mississippi (cómo no) desde Memphis y por su delta hasta Nueva Orleans y de vuelta al territorio Faulkner en torno a Oxford. Del 3 al 15 de septiembre y alrededor de 6.000 kilómetros por delante. Mucho cielo abierto (ay, esos cielos de Kansas de aquel primer viaje de 2013), mucha visita a territorios imaginados (pero muy terrenales) de autores fetiches, música en directo y paseos hasta donde haya algo digno de ver. 



No me extiendo en las razones porque eso lo dejaré para cuando vaya acumulando millas.

Venga, que arranco.



domingo, 31 de marzo de 2019

Los árboles no crecen en Little Big Horn (recuperación)


*Este texto es una reproducción literal -incluidas erratas y con las fotos usadas entonces- de la entrada escrita en la noche del 7 de septiembre de 2013 -madrugada del 8 ya en España-. Aquel blog de la primera Ruta Pop se perdió en su día, pero gracias a Wayback Machine he podido recuperar esta entrada, la más especial de aquel viaje. Hay otras dos rescatadas, la del segundo día (visita a los Puentes de Madison) y la que narra mi encuentro con Little Big Horn, que no sé si subiré más adelante. Esta otra es una especie de 'reportaje' más o menos periodístico que quise hacer de la batalla.



Los bancos colapsaron, la economía se sumía en la depresión y la gente hacía lo que podía para subsistir. Podría ser el inicio de un artículo sobre el inminente quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Podría ser tantos inicios para tantas crisis… En cambio, es sólo el punto de partida que desembocó en la batalla más deshonrosamente simbólica para el ejército de los Estados Unidos.

Dos años antes de que Custer y unos 260 de sus hombres fueran masacrados (así titularon, en una sola palabra, los periódicos de la época) junto al río de Little Bighorn, en los confines más al norte de la América conocida, la economía prendió la mecha de unos acontecimientos (tal y como siempre ha sido en todo conflicto, para qué nos vamos a andar con moralidades o filosofías) que no explotarían hasta el 25 de junio de 1876, que sembrarían de lápidas un anodino prado de Montana.



Corría, decíamos, el año 1874 y las heridas de la Guerra de la Secesión quizá no estaban del todo cicatrizadas entre los perdedores, allá por el Sur (¿lo están hoy?).  Sin embargo, entre los ganadores la euforia era imparable y, una vez embridados los terratenientes y garantizado el acceso estratégico a los mares del Sur (la lucha contra la esclavitud fue la excusa perfecta), los padres de la patria decidieron atajar el problema de los indios.

Para ello, diseñaron en 1868 un sistema de reservas en las que las tribus podrían mantener sus derechos y sus tradiciones. Lo malo es que los territorios se eligieron a conveniencia de Washington, sin hacer demasiado caso a los implicados: la Casa Blanca sólo veía la posibilidad definitiva de extenderse hasta Canadá  y aliviar así la presión de los pioneros, que querían más y más tierras.

Este pacto casi unilateral recibió el nombre de acuerdos de Fort Laramie y, desde un primer momento, dos de los líderes más importantes de los Lakota (junto a cheyenne y arapahoe), Toro Sentado (el jefe de todos ellos por su sabiduría, un hombre de medicina, sobre todo) y Caballo Loco (el guerrero invencible), se opusieron a su firma.

Como dice un descendiente de aquellos líderes en el documental que explica la historia de Little Bighorn, los políticos y los militares nunca entendieron “que tú perteneces a la tierra: la tierra no pertenece a nadie”.

La tierra. La economía. La tradición. La ambición. Los cuatro elementos colisionaron por completo cuando los soldados del propio Custer confirmaron el hallazgo de oro en el arroyo que discurre al fondo del barranco de Deadwood. Hasta entonces, sólo hubo rumores; desde entonces, se desató la locura. 

Deadwood, hoy día una pequeña localidad infestada de casinos y famosa por viejas historias del Salvaje Oeste, anida en el corazón de las Blackhills, tierra sagrada para Toro Sentado y los suyos.



El Gobierno ofreció una millonada de las de entonces por comprar la tierra.

Nada.

Hubo más ofertas, más propuestas de diálogo y todas ellas fueron rechazadas. Los lakota, cheyenne y arapaho huyeron de sus tierras sagradas hacia el noroeste, hacia donde quedaba todavía posibilidad de cazar al gran búfalo.

Algunas tribus, como las de los crow (que son los originarios realmente de Little Bighorn) se unieron a las reservas. “Había que sobrevirir. No teníamos opción”.  Para los demás indios no existe peor traición.

Mientras tanto, Deadwood recibía a miles de tramperos y mineros, las Blackhills sucumbía a la fiebre del oro y el 1 de diciembre de 1875, Washington anunciaba su ultimátum para las reservas (un aviso que recuerda bastante a esas ucronías futuristas a lo 1984): todo aquel que no se presente en uno de los recintos acordados antes del 31 de enero de 1876 será considerado “hostil”.

El Gobierno dejó pasar el invierno y en primavera arrancó la Gran Guerra Sioux, contra todo indio no localizado o identificado. Para afrontar al rival más temible, Washington pensó en su militar más temido, el teniente coronel George Armstrong Custer, y su invencible Séptimo de Caballería.

Empieza la persecución:

Al amanecer del 25 de junio de 1876, los observadores de Custer (indios Crow) atisban un asentamiento enorme en la ribera del río Little Bighorn, el único trazo de agua en decenas de kilómetros a la redonda. Se calcula que hasta 2.000 indios (de las tres tribus principales) habitaban aquel poblado. Alrededor de 600 soldados formaban el destacamento del Séptimo (un español, que se sepa).



A partir de aquí, la historia se vuelve confusa por inconsistente (al menos, por inconsistente con la buena leyenda de Custer). Lo que sí se ha probado es que el teniente coronel divide a sus hombres en doce compañías: cinco se quedan con él, tres pasan al mando del capitán Benteen, otras tres al Mayor Reno y una última se encargaría de la retaguardia y la intendencia.

A Benteen y a la retaguardia les ordena que se queden en las lomas del sur. A Reno le ordena que ataque por el mismo sur el asentamiento indio, mientras que él rodea el río por el norte para hacer una pinza.

No hay constancia de por qué ordenó Custer el ataque al río, pero sí hay un precedente y en aquel caso el coronel salió airoso de una táctica que difícilmente aceptaría la Convención de Ginebra: atacar al pueblo y tomar como rehenes a niños, mujeres y ancianos para que se rindan los guerreros.

Sin embargo, el mayor Reno se encuentra la lógica respuesta desesperada de los que luchan por su familia y ordena una retirada desastrosa y prematura. La poca resistencia ofrecida por Reno deja a Custer y los suyos con todo el enemigo para ellos solos.

Los indios juegan en su territorio y pronto rodean a las fuerzas de Custer. Reno tarda en contactar con Benteen y los dos ignoran qué ocurre al norte de la pradera, con lo que deciden defenderse ellos mismos de los indios que aún atacan el flanco sur.

A unas cuatro millas de la colina definitiva, Benteen y Reno lucharían un día más y salvarían la vida (la suya, ya que perdieron a numerosos hombres también) con la llegada de refuerzos. Por una vez, alguien hizo de Séptimo de Caballería para el Séptimo de Caballeía.



A cuatro millas de la mitad de sus hombres, Custer se ve de pronto rodeado por unas fuerzas que le multiplican por diez. Desde el río (que es la  mancha verde que se ve al fondo de la imagen tomada desde la última colina), el séptimo de Caballería va perdiendo efectivos (como reflejan hoy día las lápidas de los caídos a lo largo de la elevación).



Al otro lado de la colina hay más indios.

Sólo queda la última opción: desmontar. Y con esa acción empieza la última batalla de Little Bighorn. Según los estudios arqueológicos, alrededor de 40 soldados murieron en esta última parada, entre ellos el propio Custer. Junto a los cuerpos humanos se encontraron también los restos de una cuarentena de caballos muertos por disparos de bala y que sirvieron de último y desesperado parapeto.

“Lo que más me impresiona de lo que me contaba mi abuelo es cuando vio a un soldado bajarse de su caballo y matarlo para usarlo de trinchera. Si un hombre le hace eso a su caballo es que aún tiene la esperanza de prevalecer. Es el último recurso”, cuenta un anciano descendiente de un guerrero lakota de aquel día (hoy, junto a los cementerios yanqui e indio, también hay uno de caballos).



El último recurso fue inútil. La batalla estaba perdida para Custer y ganada para Toro Sentado y Caballo Loco. La guerra, en cambio, se empezó a perder ese día, cuando Washington tuvo la coartada perfecta para atacar con todo. Los indios que vencieron en Little Bighorn huyeron pocos días después a Canadá.

Tanto Toro Sentado como Caballo Loco se rindieron años después. Ambos murieron, en alguna de las reservas deshonrosas, a manos de soldados que se cobraban así la venganza de su propia derrota.

Little Bighorn es, casi siglo y medio después de todos estos hechos (y algunas suposiciones), un monumento nacional. Se intenta honrar por igual a los dos contendientes, no sólo a los gubernamentales. De los indios, se dice que luchaban por defender un modo de vida. De los soldados no se dice mucho más que cumplían con su deber.

Little Bighorn es un páramo triste, repleto de tumbas y de viento que no va a ninguna parte. Abajo, el río sigue su curso y provee alguna arboleda. Pero es separarse nos diez metros del curso y sólo hay matorrales, hierba reseca, tierra apelmazada y polvo.

Como si los árboles no quisieran echar raíces donde hay tanta sangre absurda.


domingo, 1 de julio de 2018

Reglas para la Ruta Pop Definitiva


(NOTA: para ver de que va esto, consultar aquí)


Este año prometo portarme bien. Y ser breve.

La propia formulación de la Ruta Pop Definitiva, con tanta agenda y kilómetros por delante, va a exigir un esfuerzo adicional de concreción. Hasta ahora, si algo ha caracterizado a las rutas de años anteriores era que cada día podía ser diferente, que decidía el asunto o el formato de cada post en función de lo que me deparase la jornada. Solo se mantenía el tono socarrón, pedante en ocasiones, de sabihondo de turno o de cínico posmoderno que me caracterizan habitualmente. Todo ello, aderezado con referencias a la cultura popular general y sentimental propia.

Y sí todo ello, con una extensión variable que tendía al exceso.

O sea, que me aplico el cuento y dejo de divagar. 

Me ceñiré a una plantilla que aplicaré todos y cada uno de los días de ruta real. Eso supone que, pese a viajar el 2, la primera entrada del post llegará el 4 de julio (y que subiré en la tarde noche americana, es decir, en la madrugada del día siguiente en España). 

Después, y según la configuración del viaje, habrá 25 entradas, ya que habrá paradas de dos días en San Francico: noches del 13 y 14 de julio; Nueva Orleans: 21 y 22; Washington DC: 25 y 26; y Bucksport: 28 y 29. En estos casos, solo escribiré un post entre ambos días...en principio.

Al grano: para los 25 post puros de ruta, seguiré este esquema:

1) Un libro.

2) Una película/serie.

3) Una canción.

4) Una comida/bebida.

5) Un dato/hecho.

6) Una imagen.

7) Un descubrimiento.

8) Un error.

9) Una historia.

En los apartados del 1 al 8 no escribiré más de cuatro líneas y hablaré de cuestiones relacionadas con lo que vea o viva ese día (y que me recuerde o haya inspirado o... no sé...). El apartado 9 será el más heterogéneo y libre, y se me ocurre que será una especie de crónica, reportaje, descripción, relato o lo que surja. Pero nunca pasará de 40 líneas (dejad que me explaye un poquito, anda).

Con esto, no sé si lograré que al final de la ruta haya un todo cohesionado. O un puchero incomestible. 

A saber.

Si no se intenta...

Os dejo la primera copla...


miércoles, 27 de junio de 2018

La Ruta Pop definitiva



Todo llega. La Ruta Pop de cada verano y, por muy largo que sea el camino, el final de toda carretera. Este año, la Ruta Pop nace para ser definitiva en su doble acepción, la de terminar un ciclo y la de compilación de todo lo anterior y enhebrar los flecos pendientes.

Si el primer año fue el Medio Oeste...


El tercero, más Nueva Orleans y el Sur central (Texas y Nuevo México)...


Y el quinto, la costa noreste...

Este año toca todo lo demás.

Serán, como mínimo (que tiendo mucho a los desvíos), 18.000 kilómetros al volante en un mes mal contado (porque habrá paradas de varios días en diversos puntos) y que arrojan una media de 700 kilómetros diarios. Al final del periplo, y contando mis ocho visitas anteriores a Estados Unidos más lo que haga en este, habré pisado todos los llamados estados continentales agrupados (a excepción de Alaska). 

Arranco a partir del próximo lunes, 2 de julio, cuando recalaré en Chicago (el primer post seguramente lo subiré el 4, pero ya veré sobre la marcha) y de donde partiré en coche hacia el este (con lo que el mapa anterior debe verse en sentido inverso a las agujas del reloj) en la mañana del día 5. Regresaré a Chicago el 2 de agosto. 

Como siempre, habrá mucha cultura popular, homenaje a mis obsesiones, guiños cinéfilos, literarios, musicales y de todo tipo. Y comidas y cervezas y paisanos y paisajes y amaneceres y atardeceres y carreteras y ciudades y aldeas y curiosidades y datos y batallitas y batallazas y épicas y miserias y personas y animales e historias, mucha historia al otro lado de un último horizonte de verano.  

Por el camino, los itinerarios serán, a grandes rasgos, así:

De Chicago parto hacia el oeste y me adentro en Iowa antes de chocar con el Mississippi y virar hacia el norte hasta el mismo nacimiento del río madre. De allí, vuelvo al sur, hasta las grandes praderas y encaro el oeste: las Badlands, Deadwood y Little Bighorn (grandes clásicos de la ruta pop originaria). 

Desde Billings busco el Pacífico, a través del norte de Yellowstone, territorio Twin Peaks, Seattle, el final de la aventura de Lewis y Clark, la costa de los Goonies, la costa pacifica y San Francisco. 

Más hacia el Sur, hacia Joshua Tree, y de vuelta al este por el Gran Cañón del Colorado, Monument Valley, la Ruta 66 más inhóspita, las White Sands y la Texas ignota. 

Y de lo desconocido a la Dallas del magnicidio antes de dormir en París y recalar en el origen sentimental de todo: la Oxford de Faulkner. De allí, retomo el Mississippi, pero hacia su fin, hacia Nueva Orleans y ya pongo proa al Atlántico, hacia la San Agustín fundada por españoles (la ciudad más antigua de Estados Unidos) y girar al norte, hasta Charleston.

El tramo final: parando en Washignton y recalando en la Maine querida (como si no tuviera ya tralla a estas alturas me voy hasta el norte profundo) antes de emprender el regreso a Chicago a través de Vermont, Pensilvania, el cinturón industrial, Detroit y...  

En unos pocos días, os cuento las normas que me impondré en esta Ruta y con las que pretendo agilizar los post y unificarlos.

Nos vemos en la carretera. 

viernes, 1 de junio de 2018

En la carretera


No hay mucho que decir (esto va de ver), salvo que hay carreteras de Arizona, California, Maine, Nuevo México, Luisiana, Pensilvania, Texas, Nebraska, Dakota del Sur, Ohio, Iowa, Nueva York, Mississippi, Georgia, Massachusetts, Kentucky, y de alguna más que ni reconozco...





lunes, 9 de octubre de 2017

Room 36

Ni Americanity me acomñaba a las habitaciones. Él se quedaba en el coche. En la imagen, en Hannibal, Misuri (septiembre de 2013).


Con más de 20.000 kilómetros de carretera en las cinco rutas pop entre 2013 y 2017, en algún momento tenía que dormir, ¿no?

Seguramente, siempre forme parte de una de las tres preguntas más recurrentes (junto a la comida, en efecto) que me hacen sobre mis rutas: ¿y los hoteles? 

Los hoteles, o los moteles en su mayor parte, pues... un poco de todo. Al ir a lo barato, mucha cadena, algunas de ellas en el límite de la cochambre y otras muy dignas; algún exotismo loco, otros con ínfulas de señorial (sobre todo, en el centro urbano de las ciudades más grandes) y mucho polvo acumulado que clama por una renovación; moquetas omnipresentes, colchas floridas, cuadros anodinos; conserjes con nacionalidades múltiples como para formar una ONU o lugareños inquietantes o simpáticos; microondas, tabla de planchar y plancha en prácticamente todos (aquí en España solo puedes aspirar a ello en los de cuatro o cinco estrellas y reclamándola en conserjería... aunque por lo general te dicen que tienen servicio de lavandería a precios de cena michelín); televisores de los ochenta, noventa, de este milenio: cadenas de cable en todos ellos (aunque creo que he encendido la tele cuatro o cinco veces en los casi 60 días que he pasado allí), solo una vez o dos vecinos ruidosos, aparcamientos desolados cuando me retiro a dormir y casi completos por la mañana, al marcharme a menudo incluso antes de partir (¿a qué hora llegan?) y una duda que me sigue rondando y a la que no encuentro explicación: ¿por qué todos sin excepción tienen máquina de hielos -da igual si hace calor o no- y, sobre todo, por qué le dan tanta importancia?

¿Bichos? 

No he visto ninguno (he sentido mosquitos, eso sí, sobre todo en Louisiana y Texas en julio)... aunque me esfuerzo no ser demasiado observador en los lugares más propensos. 

Por ahora, no me ha correteado ninguno por un brazo o por la cabeza en mitad de la noche. 

Solo, deprimido, agobiado... Biblia en Cadiz, Ohio (septiembre de 2017).

Biblias sí que hay. Porque los hoteles/moteles tienden a ser lugares cruelmente inhóspitos para solitarios. 

Y una sensación recurrente (esta es personal). En Estados Unidos o en España, en Arkansas o en Pennsilvania, en Galicia o en Jaén, siempre me asalta el final de la canción 'Hotel California' cuando llego o salgo un hotel. Esa frase lapidaria de "you can check out anytime you like, but you can never leave".

Mi plaza de aparcamiento, al marcharme del Bucksport Inn, de Maine, en septiembre de 2016.

Algo así me pasa con los hoteles de la ruta. Guardo recuerdos nítidos del 90 y largo por ciento de ellos (es imposible de todos por la impersonalidad de muchos). 

Será que nunca me he terminado de marchar. 

Me dejo ya de habladurías, que hay que registrarse ya (disculpen que, a veces, la habitación aparezca desordenada... a menudo me acordaba de hacer la foto por la mañana, antes de partir... y otras veces no hay imagen que dé testimonio de la habitación, pero creo que en esos casos -apenas tres- eran cadenas sin mucha distinción de otras tantas).

Estos son los 36 alojamientos donde me he hospedado (he repetido en dos ocasiones y en algunos he dormido más de una noche):


-Journey Inn Marion. Marion, Arkansas. 1 de septiembre de 2013




El primer motel de todas mis rutas ha sido el peor de toda la lista. Terrorífico, sucio, viejo, la puerta del baño ni encajaba, el polvo era gas mostaza (como las paredes agrietadas), el agua salía marrón de todos los grifos, el espejo del lavabo era opaco y cruzado por una cicatriz negra en diagonal... como para pensarse la cordura de las rutas solitarias. Pero la ilusión pudo con todo en ese momento (el coche, además, me dio problemas también en aquel arranque: me saltó un aviso de falta de aceite... y tenía 7.000 kilómetros por delante, así que tuve que volver a Memphis, 50 kilómetros atrás, a cambiarlo). Y tras aquella ruta (difícilmente habrá una que mejore a la primera) he seguido rodando cuatro veranos más...  

-Hannibal Inn. Hannibal, Misuri. 2 de septiembre de 2013



Otra pregunta recurrente: ¿cómo los reservo? Pues recomiendo Booking.com por encima de todas las cosas. En esta primera ruta reservé dos alojamientos con hoteles.com (este de Hannibal y el de Oxford) y en ambos tuve problemas (no tenían la reserva registrada). Gente que trabaja en el sector hotelero me hace una comparación muy gráfica con esto de las páginas que recopilan precios y ofertas: hoteles.com (y otras webs con mucho nombre y anuncio) son como las aerolíneas de bajo coste y Booking, por ejemplo, como una aerolínea tradicional. En el mundo de las reservas hoteleras en los USA eso ha supuesto que me han dado no pocas veces mejores habitaciones solo por reservar por este medio. 

Fin de la publicidad. 

-Red Roof Inn Sioux Falls. Siuox Falls, Dakota del Sur. 3 de septiembre de 2013




-Palace Express. Lead, Dakota del Sur. 4 de septiembre de 2013.



Este, también en la cola de los peores, ya ni existe. 


-Trails End Motel Sheridan. Sheridan, Wyoming. 5 de septiembre de 2013



Aquí desayuné rodeado del Primero de Caballería de Texas (el heredero actual del famoso Séptimo de Caballería), con el que luego me topé en el inolvidable Little Big Horn (donde aniquilaron al Séptimo). 


-1st Interstate Inn. Alliance, Nebraska. 6 de septiembre de 2013




-Diamond Motel. Abilene, Kansas. 7 de septiembre de 2013.



-Holiday Lodge. Pittsburh, Kansas. 8 de septiembre de 2013



-Confort Inn Oxford. Oxford, Mississippi. 9 de septiembre-12 de septiembre de 2013



En la tierra de Faulkner, pasé tres noches y dormí, por primera vez, en una habitación cuya superficie casi duplica la de mi casa. Doble cama doble, en un exceso de espacio que luego también he experimentado en otros rincones. Por el formato de la ruta iniciática, a través de las grandes praderas del Medio Oeste, tan lejos de grandes núcleos urbanos, ha sido el más barato de todos en cuanto a alojamiento. La media, 50 euros la noche, con algún sitio de 30 euros apenas (también fue el año, aquel 2013, en el que más favorable estaba el cambio para los que tenemos euros, algo así como un 20% de descuento en la prática: 10 dólares suponían ocho euros, vamos).



Pelham Hotel. New Orleans, Lousiana. 14 de julio-19 de julio de 2014





Una renovación no le vendría nada mal, todo sea dicho. Es uno de esos ejemplos de hotel anquilosado en décadas pasadas. Sin embargo, ostenta varias ventajas: es de los más baratos del centro y está en un lugar perfecto: al borde del French Quarter (en la parte de negocios, es decir, menos deprimida como otros flancos fronterizos al centro como Treme) pero sin estar en el meollo alcohólico y caótico. Además, y aunque no pertenece al hotel, en su planta baja está el Ruby Slipper, uno de los garitos para desayunar más famosos, buenos y accesibles de una ciudad famosa por su comida. 


-America Best Value Inn Greenville. Greenville, Mississippi. 19 de julio de 2014



-Super 8 Tupelo. Tupelo, Mississippi. 20 de julio de 2014



-Motel Inn Dahlonega. Dahlonega, Georgia. 21 de julio de 2014



Uno de los casos en los que no hay foto del interior. Sí hice una desde su aparcamiento el cielo anodino de este rincón perdido del norte de Georgia. 


-Quality Inn Downtown Historic District. Mobile, Alabama. 22 de julio de 2014




-Wyndham Garden Lafayette. Lafayette, Louisiana. 23 de julio de 2014



-Super 8. New Iberia. New Iberia, Lousiana. 24 de julio de 2014



Otro de los que no hay testimonio interior. Sí del exterior. Quizá es que me podían las ganas de salir de habitaciones impersonales y fotografiaba el aire en cambio (al ser un Super 8, podría servir una foto de cualquier otro Super 8: colchas en gris y verde, cuadros gigantescos en blanco y negro, conserjes paquistaníes, un Mcdonalds o Wendy o KFC al lado...). 


-Le Richelieu in the Quarter. New Orleans, Louisiana. 25 de julio-28 de julio de 2014





Cervezas en terrazas o a la puerta. Una costumbre que comencé en la terrazita de un metro cuadrado que me dieron (cortesía de lo que decía antes de Booking, porque no había reservado habitación con terrazita, que eran mucho más caras).






-Pelham Hotel. New Orleans, Lousiana. 6 de julio-11 de julio de 2015







Algo tendrá si repetí, ¿no? Fue una habitación más pequeña (individual) y, para reticentes, os dejo imágenes del desayuno del Ruby Slipper.


-Blue Moon Saloon and Guesthouse. Lafayette, Louisiana. 11 de julio de 2015






Aquí me empeñé en dormir después de conocer su versión saloon el año anterior. Porque su encanto es que es un garito donde hay música en directo y lugareños apasionados (poco turista en este rincón perdido del Estado). Como casi siempre ocurre, lo pasé mejor el primer año que en la repetición (además, se sumaron otros problemas logísticos con el coche). Había que reservar directamente con ellos (no están en ninguna web de hoteles).

Ah, la cabacera de la cama daba al escenario, con lo que había que esperar a que acabase el show para dormir.  

-Luling Inn. Luling, Texas. 12 de julio de 2015





-Sanderson Motel. Sanderson, Texas. 13 de julio de 2015





Como una hora estuve esperando que apareciera alguien por recepción. Fuera de esa sombra donde se aprecia mi coche harían unos 50 grados fácil. Sanderson es un pueblecito del sur de Texas en el que es sencillo imaginar cómo era el Salvaje Oeste. Porque por allí solo corría el polvo y, de vez en cuando, una patrullera de los policías de frontera (la carretera corre en paralelo apenas 15 kilómetros al norte del Río Grande, que es lo que separa a México de USA).

Por lo tanto, los motivos africanos de la habitación se hacen especialmente incomprensibles. 


-Fort Davis Drug Store and Hotel. Fort Davis, Texas. 14 de julio de 2015





Aquí, sin embargo, los motivos ornamentales son vaqueros, imitación de piel de vaca incluidos en las cenefas. Además, se desayunaba bien allí.


-Classic Inn Motel. Alamogordo, New Mexico. 15 de julio de 2015






Estaba tan emocionado, al anochecer y al amanecer con las White Sands aledañas que ni desde el aparcamiento hice foto. Era un motel de cadena, nada especial, por otra parte (aunque sí le recuerdo un conserje especialmente antipático). Dejo, a cambio, foto del diner donde me tomé una hamburguesa con dos tipos de jalapeños distintos bastante bastante buena. Y unas alitas picantes que, con lo primero, me tuvieron bebiendo agua hasta cuatro meses después. 


-Sandia Peak Inn. Albuquerque, New Mexico. 16 de julio-18 de julio de 2015




-America Best Value Inn. Garden City, Kansas. 18 de julio de 2015




-Motel 6. Paris, Texas. 19 de julio de 2015




Al igual que evito mirar las esquinas para no descubrir bichos, mi relación con otros huéspedes la mantengo a los mínimos de la educación, es decir, saludos y poco más. De este lugar recuerdo que había un movimiento muy extraño en su aparcamiento entre varios coches por parte de unos tipos no menos extraños. 


-Andrew Jackson Hotel French Quarter. New Orleans, Lousiana. 20 de julio-23 de julio de 2015 






Otro ejemplo de mejora no solicitada de la habitación reservada. El mejor ejemplo, puesto que me dieron la que es seguramente habitación estrella del local: con balcón enorme (todo el ancho de la habitación) a la la calle, que, como el nombre del hotel dice, se encuentra en el French Quarter (el centro histórico de New Orleans). Además, te traían a la habitación un pequeño desayuno (incluido en el precio) consistente en una jarra de café y un cruasán recién horneado. Lo único malo es que en New Orleans, a finales de julio, el calor que hace incluso al amanecer es inhumano... pero eso es casi quejarse por vicio porque esta habitación con estas prestaciones cuesta como el triple de lo que pagué...  

Además, el hotel es famoso porque dicen que el fantasma de Andrew Jackson (el primer presidente del sur profundo, ese al que comparan a Trump) deambula por sus habitaciones. Yo dormí, desayuné y estuve estupendamente. 






-Boston Omni Parker House Hotel. Boston, Massachusetts. 4 de septiembre-6 de septiembre de 2016






El hotel más caro donde me he hospedado. A la fuerza, porque los precios medios de Boston son prohibitivos y, por una oferta que logré, pude quedarme al precio habitual en un local como éste, el hotel más antiguo de los USA (sin que haya cerrado nunca desde su fundación en 1855) y un clásico donde también habitan fantasmas e imágenes históricas, toda vez que aquí se hospedaba Kennedy (en su restaurante dicen que pidió matrimonio a Jackie) o era un asiduo Mark Twain. También inventaron la Boston Cream Pie, a la que no dejé escapar en ninguno de los dos desayunos. 


-Provincetown Inn. Provincetown, Massachusetts. 6 de septiembre de 2016







En el extremo de la península de Cape Cod (lugar de veraneo de ricachones de la costa este), fuera de temporada... ¿soy yo o esos pasillos que conducían a la zona de habitaciones desde la entrada no tienen cierto aire al Resplandor? (tantos años después, me pregunto las piernas que tenía Danny... porque ir a eso velocidad en la bicicleta sobre moquetas no debía ser fácil). 


-Bucksport Motor Inn. Bucksport, Maine. 7 de septiembre-12 de septiembre de 2016






Mi rinconcito en Maine. Un motel familiar (alejado de la impersonalidad de las cadenas), donde te dejan tranquilo y haces vida (duermes o lo que sea) tranquilo. Cerveza a la puerta mientras leo (a Stephen King, por supuesto), caminatas por el paseo fluvial junto al centro urbano a unos diez minutos del motel andando, supermercado donde venden manzanas, tomates o arándanos de Maine justo enfrente... 






-Alexander Inn. Philadelphia, Pensilvania. 7 de septiembre-9 de septiembre de 2017





Al igual que el Pelham con New Orleans, la mejor opción precio-ubicación del centro de Philadelphia. Con la diferencia de que este sí lo han renovado hace menos tiempo.


-Blue Sky Motel. Gettysburg, Pensilvania. 9 de septiembre de 2017



Como regalo de cumpleaños de 2017 me encontré con el segundo peor hotel/motel de toda la ruta. El agua salía transparente, al menos. 


-Super 8 Suffolk Tidewater. Suffolk, Virginia. 10 de septiembre de 2017


Nada especial, si bien los Super 8 tienen la virtud de parecer en imagen mucho mejor de lo que son en realidad. Aun así, había un ambiente muy extraño esa noche en esta esquina de Virginia. Cené una ensalada de Mcdonalds mientras veía las noticias del huracán que había anegado Florida (sería esa vibración la que había en el ambiente, pese a estar cientos de kilómetros al norte). 


-Days Inn Morristown. Morristown, Tennessee. 11 de septiembre de 2017




Las vibraciones se convirtieron en cola muy residual del huracán en este remoto punto de Tennessee (a unos 1.300 kilómetros de Naples, la localidad más afectada por 'Irma'), con lluvias racheadas y un viento de unos 60 kilómetros por hora... algo que no impresiona a un gaditano, pero está claro que la atmósfera estaba viciada. 

-Days Inn Cadiz. Cadiz, Ohio. 12 de septiembre de 2017



-Fairbridge Inn Express. Milford, Pensilvania. 13 de septiembre de 2017




-Bucksport Motor Inn. Bucksport, Maine. 14 de septiembre-18 de septiembre de 2017




De regreso a casa, esta vez a una habitación más acogedora por su tamaño, con una cama en lugar de dos y una extensión razonable para una sola persona. Además, estaba a la vuelta del establecimiento principal, con lo que la alejaba del ajetreo de tráfico de la carretera. Perfecta. 

-Inn at Saint John . Portland, Maine. 18 de septiembre de 2017



Fin de trayecto... por ahora. Misma recomendación que con el Pelham de New Orleans o el Alexander de Philadelphia para una ciudad pequeña como el Portland de Maine que, al ser la capital oficiosa del Estado (sobre todo, en su aspecto turístico) es particularmente cara. No hay ascensor y las escaleras son empinadas y endiabladas... tampoco tienen baño particular todas las habitaciones (ojo con eso al reservar).