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domingo, 31 de marzo de 2019

Los árboles no crecen en Little Big Horn (recuperación)


*Este texto es una reproducción literal -incluidas erratas y con las fotos usadas entonces- de la entrada escrita en la noche del 7 de septiembre de 2013 -madrugada del 8 ya en España-. Aquel blog de la primera Ruta Pop se perdió en su día, pero gracias a Wayback Machine he podido recuperar esta entrada, la más especial de aquel viaje. Hay otras dos rescatadas, la del segundo día (visita a los Puentes de Madison) y la que narra mi encuentro con Little Big Horn, que no sé si subiré más adelante. Esta otra es una especie de 'reportaje' más o menos periodístico que quise hacer de la batalla.



Los bancos colapsaron, la economía se sumía en la depresión y la gente hacía lo que podía para subsistir. Podría ser el inicio de un artículo sobre el inminente quinto aniversario de la caída de Lehman Brothers. Podría ser tantos inicios para tantas crisis… En cambio, es sólo el punto de partida que desembocó en la batalla más deshonrosamente simbólica para el ejército de los Estados Unidos.

Dos años antes de que Custer y unos 260 de sus hombres fueran masacrados (así titularon, en una sola palabra, los periódicos de la época) junto al río de Little Bighorn, en los confines más al norte de la América conocida, la economía prendió la mecha de unos acontecimientos (tal y como siempre ha sido en todo conflicto, para qué nos vamos a andar con moralidades o filosofías) que no explotarían hasta el 25 de junio de 1876, que sembrarían de lápidas un anodino prado de Montana.



Corría, decíamos, el año 1874 y las heridas de la Guerra de la Secesión quizá no estaban del todo cicatrizadas entre los perdedores, allá por el Sur (¿lo están hoy?).  Sin embargo, entre los ganadores la euforia era imparable y, una vez embridados los terratenientes y garantizado el acceso estratégico a los mares del Sur (la lucha contra la esclavitud fue la excusa perfecta), los padres de la patria decidieron atajar el problema de los indios.

Para ello, diseñaron en 1868 un sistema de reservas en las que las tribus podrían mantener sus derechos y sus tradiciones. Lo malo es que los territorios se eligieron a conveniencia de Washington, sin hacer demasiado caso a los implicados: la Casa Blanca sólo veía la posibilidad definitiva de extenderse hasta Canadá  y aliviar así la presión de los pioneros, que querían más y más tierras.

Este pacto casi unilateral recibió el nombre de acuerdos de Fort Laramie y, desde un primer momento, dos de los líderes más importantes de los Lakota (junto a cheyenne y arapahoe), Toro Sentado (el jefe de todos ellos por su sabiduría, un hombre de medicina, sobre todo) y Caballo Loco (el guerrero invencible), se opusieron a su firma.

Como dice un descendiente de aquellos líderes en el documental que explica la historia de Little Bighorn, los políticos y los militares nunca entendieron “que tú perteneces a la tierra: la tierra no pertenece a nadie”.

La tierra. La economía. La tradición. La ambición. Los cuatro elementos colisionaron por completo cuando los soldados del propio Custer confirmaron el hallazgo de oro en el arroyo que discurre al fondo del barranco de Deadwood. Hasta entonces, sólo hubo rumores; desde entonces, se desató la locura. 

Deadwood, hoy día una pequeña localidad infestada de casinos y famosa por viejas historias del Salvaje Oeste, anida en el corazón de las Blackhills, tierra sagrada para Toro Sentado y los suyos.



El Gobierno ofreció una millonada de las de entonces por comprar la tierra.

Nada.

Hubo más ofertas, más propuestas de diálogo y todas ellas fueron rechazadas. Los lakota, cheyenne y arapaho huyeron de sus tierras sagradas hacia el noroeste, hacia donde quedaba todavía posibilidad de cazar al gran búfalo.

Algunas tribus, como las de los crow (que son los originarios realmente de Little Bighorn) se unieron a las reservas. “Había que sobrevirir. No teníamos opción”.  Para los demás indios no existe peor traición.

Mientras tanto, Deadwood recibía a miles de tramperos y mineros, las Blackhills sucumbía a la fiebre del oro y el 1 de diciembre de 1875, Washington anunciaba su ultimátum para las reservas (un aviso que recuerda bastante a esas ucronías futuristas a lo 1984): todo aquel que no se presente en uno de los recintos acordados antes del 31 de enero de 1876 será considerado “hostil”.

El Gobierno dejó pasar el invierno y en primavera arrancó la Gran Guerra Sioux, contra todo indio no localizado o identificado. Para afrontar al rival más temible, Washington pensó en su militar más temido, el teniente coronel George Armstrong Custer, y su invencible Séptimo de Caballería.

Empieza la persecución:

Al amanecer del 25 de junio de 1876, los observadores de Custer (indios Crow) atisban un asentamiento enorme en la ribera del río Little Bighorn, el único trazo de agua en decenas de kilómetros a la redonda. Se calcula que hasta 2.000 indios (de las tres tribus principales) habitaban aquel poblado. Alrededor de 600 soldados formaban el destacamento del Séptimo (un español, que se sepa).



A partir de aquí, la historia se vuelve confusa por inconsistente (al menos, por inconsistente con la buena leyenda de Custer). Lo que sí se ha probado es que el teniente coronel divide a sus hombres en doce compañías: cinco se quedan con él, tres pasan al mando del capitán Benteen, otras tres al Mayor Reno y una última se encargaría de la retaguardia y la intendencia.

A Benteen y a la retaguardia les ordena que se queden en las lomas del sur. A Reno le ordena que ataque por el mismo sur el asentamiento indio, mientras que él rodea el río por el norte para hacer una pinza.

No hay constancia de por qué ordenó Custer el ataque al río, pero sí hay un precedente y en aquel caso el coronel salió airoso de una táctica que difícilmente aceptaría la Convención de Ginebra: atacar al pueblo y tomar como rehenes a niños, mujeres y ancianos para que se rindan los guerreros.

Sin embargo, el mayor Reno se encuentra la lógica respuesta desesperada de los que luchan por su familia y ordena una retirada desastrosa y prematura. La poca resistencia ofrecida por Reno deja a Custer y los suyos con todo el enemigo para ellos solos.

Los indios juegan en su territorio y pronto rodean a las fuerzas de Custer. Reno tarda en contactar con Benteen y los dos ignoran qué ocurre al norte de la pradera, con lo que deciden defenderse ellos mismos de los indios que aún atacan el flanco sur.

A unas cuatro millas de la colina definitiva, Benteen y Reno lucharían un día más y salvarían la vida (la suya, ya que perdieron a numerosos hombres también) con la llegada de refuerzos. Por una vez, alguien hizo de Séptimo de Caballería para el Séptimo de Caballeía.



A cuatro millas de la mitad de sus hombres, Custer se ve de pronto rodeado por unas fuerzas que le multiplican por diez. Desde el río (que es la  mancha verde que se ve al fondo de la imagen tomada desde la última colina), el séptimo de Caballería va perdiendo efectivos (como reflejan hoy día las lápidas de los caídos a lo largo de la elevación).



Al otro lado de la colina hay más indios.

Sólo queda la última opción: desmontar. Y con esa acción empieza la última batalla de Little Bighorn. Según los estudios arqueológicos, alrededor de 40 soldados murieron en esta última parada, entre ellos el propio Custer. Junto a los cuerpos humanos se encontraron también los restos de una cuarentena de caballos muertos por disparos de bala y que sirvieron de último y desesperado parapeto.

“Lo que más me impresiona de lo que me contaba mi abuelo es cuando vio a un soldado bajarse de su caballo y matarlo para usarlo de trinchera. Si un hombre le hace eso a su caballo es que aún tiene la esperanza de prevalecer. Es el último recurso”, cuenta un anciano descendiente de un guerrero lakota de aquel día (hoy, junto a los cementerios yanqui e indio, también hay uno de caballos).



El último recurso fue inútil. La batalla estaba perdida para Custer y ganada para Toro Sentado y Caballo Loco. La guerra, en cambio, se empezó a perder ese día, cuando Washington tuvo la coartada perfecta para atacar con todo. Los indios que vencieron en Little Bighorn huyeron pocos días después a Canadá.

Tanto Toro Sentado como Caballo Loco se rindieron años después. Ambos murieron, en alguna de las reservas deshonrosas, a manos de soldados que se cobraban así la venganza de su propia derrota.

Little Bighorn es, casi siglo y medio después de todos estos hechos (y algunas suposiciones), un monumento nacional. Se intenta honrar por igual a los dos contendientes, no sólo a los gubernamentales. De los indios, se dice que luchaban por defender un modo de vida. De los soldados no se dice mucho más que cumplían con su deber.

Little Bighorn es un páramo triste, repleto de tumbas y de viento que no va a ninguna parte. Abajo, el río sigue su curso y provee alguna arboleda. Pero es separarse nos diez metros del curso y sólo hay matorrales, hierba reseca, tierra apelmazada y polvo.

Como si los árboles no quisieran echar raíces donde hay tanta sangre absurda.


viernes, 27 de julio de 2018

Hoja 21: ¿Quién vive ahí?

Casas cerradas, basura sin recoger desde hace días, ningún cuidado de acerado y zonas comunes. Eso es gran parte de Baltimore. También la real.

(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Arlington (Virgina)-Washington DC-Maryland-Delaware-Atlantic City (Nueva Jersey)-Fishkill (Nueva York): 620 kilómetros.


En la serie se llamaba de otra manera, el Kavanagh, pero en esta esquina se vomitó alguna vez el exceso de cerveza y whisky.

Una película/serie: 'The Wire', de David Simon. La mejor serie de la historia y la segunda en mis preferencias absolutas (soy de 'Deadwood' hasta el final). Unas pocas líneas no le hacen justicia, salvo en que, 15 años después, Baltimore no parece que haya mejorado mucho si te sales del puerto interior para turisteo.



Una canción: 'Way down in the hole', de Tom Waits. Aunque pongo montaje con las cinco versiones que encabezaron cada una de las temporadas de la serie. 





Estación central de policía de Baltimore. En la manzana contigua está la zona de los clubes de alterne: como veinte en cien metros.

Un libro: 'Cualquier otro día', de Dennis Lehane. Colaboró como guionista en la serie y el libro cuenta la historia novelada de una familia de policías cuando se creó el primer sindicato en el cuerpo de los USA en Boston. Novela negra que es también una de esas grandes novelas americanas universales. La especie de segunda parte ('Vivir de noche') bajó mucho, pero 'Ese mundo desaparecido', que cierra la saga, es digna heredera de la impresionante primera entrega.




Una comida/bebida: Es de la noche del jueves en Arlington (junto al DC). Lo tomé en el Ray The Steaks y es, probablemente, la mejor pieza de carne que he tomado en muchos, muchos, muchos años (por no ser absoluto). Es un corte americano (no hay equivalente español), de la parte tierna del rib-eye, que sería algo así como un solomillo con consistencia o un chuletón tierno que se pueda cortar con el tenedor.




Una imagen: Desde lo alto del embarcadero de Atlantic City que se adentra en el océano y que hoy es un centro comercial. Empezaba a llover. 




Un error: Amparito se ha vengado de que haga sorna con ella. Cuando he puesto que me lleve a West Point me ha mandado a la mitad de la nada (eso lo he visto luego), pero lo peor es que, para llegar allí, me ha metido en el peor atasco de todas las rutas pop que, de haberme dirigido bien (vi carteles tarde), no hubiera acabado ahí encerrado: una hora de retención para 500 metros. O quizá la culpa no sea de Amparito, porque no puede ser casualidad tampoco que en todos mis viajes apenas he visto diez rotondas y el atasco de hoy lo provocaba, precisamente, una rotondita.  




Un descubrimiento: Nuestra Señora de las Autopistas. No es broma: en Childs, al norte de Maryland casi tocando con Delaware, hay una capilla erigida en honor a esta advocación desde el año 1973, cuando los franciscanos que vivían en la zona asistieron a un accidente múltiple ocasionado por la niebla. No hay foto, porque no no me dio tiempo, pero os dejo una de los alrededores (y hoy también había niebla). 




Un dato/hecho: En una ciudad como Atlantic City, donde todo es una imitación de una imitación (querer parecerse a Las Vegas es algo muy triste), hay una estatua, en la parte más noble del embarcadero (donde está el centro oficial de congresos) dedicado a todos los obreros que han muerto en distintos trabajos de construcción de la ciudad. 





Una historia: Nunca he visto una ciudad con más casas tapiadas y cerradas, clausuradas y ni siquiera con un cartel de se vende porque saben que jamás la venderán. Eso, en el caso de que alguien sepa quién es el propietario. 

Baltimore es una ciudad amarga, sueño americano devenido en pesadilla que no termina, dura y cruda realidad que superan a la ya descarnada ficción. En el radio mínimo que late alrededor del Puerto Interior hay un empeño en lucir como un lugar amable, simpático con los visitantes, que de desvive por desplegar una oferta de turismo familiar: tres barcos históricos y un submarino se pueden visitar a pie de muelle, hay decenas de atracciones infantiles, grandes cadenas de restaurantes y una estampa bucólica de yates amarrados al otro lado de la bahía. Aquí nació el himno nacional en 1812, proclaman orgullosos.




Todo eso lo vi al final de mis dos horas en Baltimore. Como es lógico, esta ruta peca de apresurada y de impresiones a salto de mata. Puede que sea injusto con Baltimore por abordarla con un paseo largo en coche (en las zonas más 'The Wire' mejor no bajarse del coche y no estar mucho parado) y otro a pie por el centro. Aunque cuando lo único que ves, en la zona turística y en el resto de la ciudad, son indigentes sin saber qué hacer ya a las seis y media de la mañana es que algo no termina de funcionar. 


Hay numerosos carteles anunciando que se compran casas (arriba a la izquierda).
No solo en las zonas deprimidas (que son inmensa mayoría). También junto a la comisaría principal, el Ayuntamiento, tirados en un banco del monumento contra el Holocausto, en el suelo del bonito puerto interior (supongo que cuando abran los comercios y las familias se perderán en el paisaje). Incluso en un barrio que barrunto que era bueno porque solo había blancos paseando al perro y haciendo carreritas, el aspecto de las casas tiende a destartalado, uniforme, apocado. 




'The Wire' es mucho más que una radiografía de Baltimore. Es una metáfora de los monstruos que también crea toda sociedad desarrollada; cuando digo monstruo me refiero a un entorno, no a una persona. Es posible que Nuestra Señora de las Autopistas velase por mí y me enviase una tormenta apocalíptica cuando me adentré en el oprimido West Baltimore. Digo que veló por mí porque la tromba de agua impidió que se me ocurriera bajarme del coche o recrearme en las fotos (de ahí que salgan movidas o parezcan precipitadas... porque llovía a manguerazos y fueron precipitadas). Aun así, más de una mirada fija me llevé de viandantes renqueantes y huesudos, cansados y encorvados. 




El centro solo es ligeramente mejor a las afueras. En los alrededores del Ayuntamiento, como está la comisaría cerca, puedes sentirte algo más seguro. Eso sí, solo vi coches de policía aparcados y somnolientos, ni un solo agente. 


Otro fondo habitual en la serie. La estatua de delante está decida a todos los "negro heroes".

Imagino que todas estas percepciones nacen de la sensación de desamparo que se inoculó mientras conducía de afuera hacia dentro y de dentro hacia fuera de Baltimore. Pareciera que nadie, o casi nadie, quiere vivir aquí. La gente se va de las casas, alguien las ciega y se caerán a pedazos algún día (muchas de las localizaciones, en particular las que se filmaron en viviendas protegidas, ya han sido derribadas).

Aun así, menudean los carteles de gente que se ofrece a comprar casas. No voy  especular más sobre supuestas especulaciones.


Esto es ya Atlantic City, donde en el embarcadero abundan los negocios cerrados.



Luego, unas tres horas más tarde, Atlantic City no elevó las buenas vibraciones, precisamente. Sabía que no queda nada de lo que aparece en otra de mis series más queridas, 'Boardwalk Empire'. Aunque una cosa es un decorado y otra un embarcadero mal baldeado, con el olor agrio de la orina, los vómitos, el alcohol derramado y la suciedad apenas baldeada. El día de niebla tampoco ayudaba a quitarte la idea de estar en un Fin del Mundo, donde solo faltan los zombis, en un paseo desangelado, con poco visitante y en el que unos enormes monitores de pronto rompían el silencio con estruendosos anuncios. La denominada Las Vegas del Este es un grisáceo paseo marítimo de obras y cartón piedra, sucursales de bajo coste de casinos famosos de la verdadera Las Vegas y una playa donde, para rematar el día, los escasos turistas tuvieron que huir de ella a toda prisa cuando se precipitó la tormenta.

Nuestra Señora de las Autopistas, que volvía a invitarme a marcharme corriendo de allí, porque será que no quiere que vea más las sombras de su país.  

domingo, 8 de julio de 2018

Hoja 5: Tierra mala

La conquista del Oeste.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Kimball-Wounded Knee-Badlands-Deadwood (todo en Dakota del Sur): 700 kilómetros.


En la colina del fondo hay un cementerio donde se recuerda a las 146 víctimas indias de Wounded Knee. Desde el aparcamiento oficial, hay que pasar por varios mensajes que dejan claro que aquello no es una atracción, sino un lugar santo.


Un dato/hecho: El 29 de diciembre de 1890 se produjo el último enfrentamiento sangriento entre indios y el Gobierno americano, la masacre de Wounded Knee. Murieron cerca de 200 personas, la mayoría mujeres y niños acribillados por ametralladoras del Séptimo de Caballería, fusilería y cargas. 

Que yo sepa, no hay olivos en las Badlands.

Lo que sí permanece es el río Blanco y su valle, donde la aspereza de las Badlands todavía deja aire para que haya algo de vida y se crie ganado. 

Un libro: 'La Dama Blanca del Mississippi'. Entro en modo autopromoción porque sí, porque no todos los días se visita el lugar al otro lado del mundo donde acabas una novela. Eso sí, no he encontrado un olivo por ninguna parte. Será que Freddy se esconde de las rutas para los turistas en las Badlands.





Una película/serie: 'Deadwood', de David Milch. Si me preguntas cuál es para mí la mejor serie, contestaré que 'The Wire' sin dudarlo, pero si la pregunta es cuál es mi serie favorita seria esta sobre este pueblo perdido en territorio Lakota donde se encontró oro y saltó por los aires la posible bondad de los hombres. 




Una canción: 'Sunday Bloody Sunday'. de U2. Repite U2 sin que pretendiera yo repetir a nadie, pero nada más encender la radio del coche salió esta canción. Y era domingo e iba hacia lugares donde se había derramado mucha sangre. Y el buen U2 nunca sobra.






Una comida/bebida: Tortita en el Ditty's Dinner de Kimball. Parece simple, sin mil añadidos (toppings, los llaman los guays) ni rellenos. La elijo por su pureza, ya que, pese a ser harina, leche y huevo, sabe a la parrilla donde se ha hecho (¿por qué están tan buenos el sandwich mixto de bar?). Sabe a auténtica.



Un descubrimiento: Me he acordado que ya lo pensé en 2013 cuando conocí las Badlands. Pero lo había olvidado hasta hoy: en muchas de las formaciones rocosas, si miras de esa forma esquiva en la que no fijas la vista pero ves de reojo, captas figuras y rostros en la piedra. ¿Las almas de los lakotas?





Una imagen: Las Badlands, así llamadas por los Lakotas, que ya temían a esta tierra de nadie como a un nublado. No hay pasto ni caza ni agua, solo piedras y arena y unos pocos hierbajos. Al otro lado de estas malas tierras mandaron a los últimos indios rebeldes, a lo que hoy es la Pine Ridge Reservation.





Un error: La inclusión de Wounded Knee ha sido un (más que feliz) añadido de última hora. Sin embargo, el viaje da para pocos extras y eso me ha restado fuerzas e ímpetu para afrontar con todo su respeto y calma las Badlands.





Una historia: Jerilyn, de unos sesenta años pero con la piel (roja) tersa de los treinta, una camiseta de hombre azulona con dibujos de su tribu, unas gafas anacrónicamente modernas, la dentadura limada y mellada, la voz pausada de los que ya no tienen prisa pero en cada frase permiten que rezumen el dolor y la desesperación, dice: "Yo no soy sioux, ni mucho menos soy india o indígena americana: yo soy lakota". Como ella, lakota de verdad, solo quedan cien más en la reserva de Pine Ridge (bastante más grande que todo el Pais Vasco en extensión) y mil repartidos por el país. Hace siglo y medio, aglutinaban a las siete grandes tribus que dominaban medio continente.
Para ser lakota, tu padre y madre y abuelos deben ser lakotas. "Ahora mucha gente dice que es lakota, pero cuando yo era pequeña en el colegio me insultaban por no saber hablar y otros compañeros, indios incluidos, me decían que los lakotas eran los indios más sucios y pobres". 
Tiene razón objetiva Jerilyn en lo segundo: la reserva al sur de Dakota de Sur es una de las comarcas más pobres de Estados Unidos. 
"Nos traen iglesias de todo tipo: católicas, evangélicas, baptistas... pero nos morimos de hambre. Llevamos más de cien años muriéndonos de hambre".
Más o menos, desde que el hombre blanco vino desde el otro lado del mundo y acabó con el sustento de las tribus: el bisonte.
Jerilyn Elk es la mujer del jefe. Viven unos pocos metros más atrás, en casas prefabricadas que se caen a pedazos y en las que se antoja difícil pensar que llegue la electricidad. Subsisten al borde de la indigencia en una tierra tan alejada de todo, tan yerma y dura como el lado oculto de la luna. Cada mañana, la familia Elk contempla al salir de su hogar la loma donde en 1890 medio millar de soldados del Séptimo de Caballería acribillaron con todo lo que tenían (hasta ametralladoras) a un grupo de lakotas que ya se habían rendido desde hacía días (aunque habían puesto nerviosas a las autoridades porque estaban replicando una serie de rituales en los que profetizaban el fin del hombre blanco). Entre las 146 víctimas hubo decenas de mujeres, niños, ancianos y heridos. También murieron 36 soldados, muchos de ellos asesinados por sus propios compañeros que disparaban al bulto. A ese día sangriento se le llama la Masacre de Wounded Knee y fue el último gran enfrentamiento entre los indios y los soldados del Gobierno de Washington.
"¿Qué quieres que te hable, de 1890 o de 1973?", me pregunta Jerilyn. 
¿1973? Puesto que yo he ido esta mañana a este rincón dejado de la mano de las cuatro fuerzas de la naturaleza (si hablamos en lakota no puedo decir de la mano de dios) por la masacre de 1890. De 1973 pocos hablan excepto los (muy) pocos lakota que quedan. A raíz de una protesta de los movimientos indígenas, un grupo de lakotas se encerró en una iglesia que había junto al cementerio actual. El Gobierno mandó hasta tanques para reducir la protesta. Murieron dos indios y resultaron heridos más de diez tras varios días de sitio.
"Ahora, ser lakota es motivo de orgullo", dice Jerilyn con media sonrisa, acariciando los ajados (y remendados con papel de celo mil veces) documentos que muestra a los turistas sobre los dos incidentes de Wounded Knee. "Todos quieren ser lakotas", comenta, con la condescendencia de quien viene de vuelta y considera, por ejemplo, que ahora todos se dejan barba y llevan jerseys apolillados porque es lo que manda la moda. "Incluso en la misma reserva vive un descendiente de Custer que dice ser lakota... De Custer..." Concluye, y no escupe al decir el nombre del jefe del séptimo de Caballería (ya muerto cuando la masacre, pero él mismo había perpetró otras muchas antes) porque los lakotas son educados. Sonríe, mientras la ira brilla en sus ojos negros tras las gafas de montura de metacrilato. La ira antigua de los derrotados. O quizá lo que brille sea la esperanza irreductible de que quizá algún día vuelvan a ganar.










miércoles, 27 de junio de 2018

La Ruta Pop definitiva



Todo llega. La Ruta Pop de cada verano y, por muy largo que sea el camino, el final de toda carretera. Este año, la Ruta Pop nace para ser definitiva en su doble acepción, la de terminar un ciclo y la de compilación de todo lo anterior y enhebrar los flecos pendientes.

Si el primer año fue el Medio Oeste...


El tercero, más Nueva Orleans y el Sur central (Texas y Nuevo México)...


Y el quinto, la costa noreste...

Este año toca todo lo demás.

Serán, como mínimo (que tiendo mucho a los desvíos), 18.000 kilómetros al volante en un mes mal contado (porque habrá paradas de varios días en diversos puntos) y que arrojan una media de 700 kilómetros diarios. Al final del periplo, y contando mis ocho visitas anteriores a Estados Unidos más lo que haga en este, habré pisado todos los llamados estados continentales agrupados (a excepción de Alaska). 

Arranco a partir del próximo lunes, 2 de julio, cuando recalaré en Chicago (el primer post seguramente lo subiré el 4, pero ya veré sobre la marcha) y de donde partiré en coche hacia el este (con lo que el mapa anterior debe verse en sentido inverso a las agujas del reloj) en la mañana del día 5. Regresaré a Chicago el 2 de agosto. 

Como siempre, habrá mucha cultura popular, homenaje a mis obsesiones, guiños cinéfilos, literarios, musicales y de todo tipo. Y comidas y cervezas y paisanos y paisajes y amaneceres y atardeceres y carreteras y ciudades y aldeas y curiosidades y datos y batallitas y batallazas y épicas y miserias y personas y animales e historias, mucha historia al otro lado de un último horizonte de verano.  

Por el camino, los itinerarios serán, a grandes rasgos, así:

De Chicago parto hacia el oeste y me adentro en Iowa antes de chocar con el Mississippi y virar hacia el norte hasta el mismo nacimiento del río madre. De allí, vuelvo al sur, hasta las grandes praderas y encaro el oeste: las Badlands, Deadwood y Little Bighorn (grandes clásicos de la ruta pop originaria). 

Desde Billings busco el Pacífico, a través del norte de Yellowstone, territorio Twin Peaks, Seattle, el final de la aventura de Lewis y Clark, la costa de los Goonies, la costa pacifica y San Francisco. 

Más hacia el Sur, hacia Joshua Tree, y de vuelta al este por el Gran Cañón del Colorado, Monument Valley, la Ruta 66 más inhóspita, las White Sands y la Texas ignota. 

Y de lo desconocido a la Dallas del magnicidio antes de dormir en París y recalar en el origen sentimental de todo: la Oxford de Faulkner. De allí, retomo el Mississippi, pero hacia su fin, hacia Nueva Orleans y ya pongo proa al Atlántico, hacia la San Agustín fundada por españoles (la ciudad más antigua de Estados Unidos) y girar al norte, hasta Charleston.

El tramo final: parando en Washignton y recalando en la Maine querida (como si no tuviera ya tralla a estas alturas me voy hasta el norte profundo) antes de emprender el regreso a Chicago a través de Vermont, Pensilvania, el cinturón industrial, Detroit y...  

En unos pocos días, os cuento las normas que me impondré en esta Ruta y con las que pretendo agilizar los post y unificarlos.

Nos vemos en la carretera.