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viernes, 27 de julio de 2018

Hoja 21: ¿Quién vive ahí?

Casas cerradas, basura sin recoger desde hace días, ningún cuidado de acerado y zonas comunes. Eso es gran parte de Baltimore. También la real.

(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Arlington (Virgina)-Washington DC-Maryland-Delaware-Atlantic City (Nueva Jersey)-Fishkill (Nueva York): 620 kilómetros.


En la serie se llamaba de otra manera, el Kavanagh, pero en esta esquina se vomitó alguna vez el exceso de cerveza y whisky.

Una película/serie: 'The Wire', de David Simon. La mejor serie de la historia y la segunda en mis preferencias absolutas (soy de 'Deadwood' hasta el final). Unas pocas líneas no le hacen justicia, salvo en que, 15 años después, Baltimore no parece que haya mejorado mucho si te sales del puerto interior para turisteo.



Una canción: 'Way down in the hole', de Tom Waits. Aunque pongo montaje con las cinco versiones que encabezaron cada una de las temporadas de la serie. 





Estación central de policía de Baltimore. En la manzana contigua está la zona de los clubes de alterne: como veinte en cien metros.

Un libro: 'Cualquier otro día', de Dennis Lehane. Colaboró como guionista en la serie y el libro cuenta la historia novelada de una familia de policías cuando se creó el primer sindicato en el cuerpo de los USA en Boston. Novela negra que es también una de esas grandes novelas americanas universales. La especie de segunda parte ('Vivir de noche') bajó mucho, pero 'Ese mundo desaparecido', que cierra la saga, es digna heredera de la impresionante primera entrega.




Una comida/bebida: Es de la noche del jueves en Arlington (junto al DC). Lo tomé en el Ray The Steaks y es, probablemente, la mejor pieza de carne que he tomado en muchos, muchos, muchos años (por no ser absoluto). Es un corte americano (no hay equivalente español), de la parte tierna del rib-eye, que sería algo así como un solomillo con consistencia o un chuletón tierno que se pueda cortar con el tenedor.




Una imagen: Desde lo alto del embarcadero de Atlantic City que se adentra en el océano y que hoy es un centro comercial. Empezaba a llover. 




Un error: Amparito se ha vengado de que haga sorna con ella. Cuando he puesto que me lleve a West Point me ha mandado a la mitad de la nada (eso lo he visto luego), pero lo peor es que, para llegar allí, me ha metido en el peor atasco de todas las rutas pop que, de haberme dirigido bien (vi carteles tarde), no hubiera acabado ahí encerrado: una hora de retención para 500 metros. O quizá la culpa no sea de Amparito, porque no puede ser casualidad tampoco que en todos mis viajes apenas he visto diez rotondas y el atasco de hoy lo provocaba, precisamente, una rotondita.  




Un descubrimiento: Nuestra Señora de las Autopistas. No es broma: en Childs, al norte de Maryland casi tocando con Delaware, hay una capilla erigida en honor a esta advocación desde el año 1973, cuando los franciscanos que vivían en la zona asistieron a un accidente múltiple ocasionado por la niebla. No hay foto, porque no no me dio tiempo, pero os dejo una de los alrededores (y hoy también había niebla). 




Un dato/hecho: En una ciudad como Atlantic City, donde todo es una imitación de una imitación (querer parecerse a Las Vegas es algo muy triste), hay una estatua, en la parte más noble del embarcadero (donde está el centro oficial de congresos) dedicado a todos los obreros que han muerto en distintos trabajos de construcción de la ciudad. 





Una historia: Nunca he visto una ciudad con más casas tapiadas y cerradas, clausuradas y ni siquiera con un cartel de se vende porque saben que jamás la venderán. Eso, en el caso de que alguien sepa quién es el propietario. 

Baltimore es una ciudad amarga, sueño americano devenido en pesadilla que no termina, dura y cruda realidad que superan a la ya descarnada ficción. En el radio mínimo que late alrededor del Puerto Interior hay un empeño en lucir como un lugar amable, simpático con los visitantes, que de desvive por desplegar una oferta de turismo familiar: tres barcos históricos y un submarino se pueden visitar a pie de muelle, hay decenas de atracciones infantiles, grandes cadenas de restaurantes y una estampa bucólica de yates amarrados al otro lado de la bahía. Aquí nació el himno nacional en 1812, proclaman orgullosos.




Todo eso lo vi al final de mis dos horas en Baltimore. Como es lógico, esta ruta peca de apresurada y de impresiones a salto de mata. Puede que sea injusto con Baltimore por abordarla con un paseo largo en coche (en las zonas más 'The Wire' mejor no bajarse del coche y no estar mucho parado) y otro a pie por el centro. Aunque cuando lo único que ves, en la zona turística y en el resto de la ciudad, son indigentes sin saber qué hacer ya a las seis y media de la mañana es que algo no termina de funcionar. 


Hay numerosos carteles anunciando que se compran casas (arriba a la izquierda).
No solo en las zonas deprimidas (que son inmensa mayoría). También junto a la comisaría principal, el Ayuntamiento, tirados en un banco del monumento contra el Holocausto, en el suelo del bonito puerto interior (supongo que cuando abran los comercios y las familias se perderán en el paisaje). Incluso en un barrio que barrunto que era bueno porque solo había blancos paseando al perro y haciendo carreritas, el aspecto de las casas tiende a destartalado, uniforme, apocado. 




'The Wire' es mucho más que una radiografía de Baltimore. Es una metáfora de los monstruos que también crea toda sociedad desarrollada; cuando digo monstruo me refiero a un entorno, no a una persona. Es posible que Nuestra Señora de las Autopistas velase por mí y me enviase una tormenta apocalíptica cuando me adentré en el oprimido West Baltimore. Digo que veló por mí porque la tromba de agua impidió que se me ocurriera bajarme del coche o recrearme en las fotos (de ahí que salgan movidas o parezcan precipitadas... porque llovía a manguerazos y fueron precipitadas). Aun así, más de una mirada fija me llevé de viandantes renqueantes y huesudos, cansados y encorvados. 




El centro solo es ligeramente mejor a las afueras. En los alrededores del Ayuntamiento, como está la comisaría cerca, puedes sentirte algo más seguro. Eso sí, solo vi coches de policía aparcados y somnolientos, ni un solo agente. 


Otro fondo habitual en la serie. La estatua de delante está decida a todos los "negro heroes".

Imagino que todas estas percepciones nacen de la sensación de desamparo que se inoculó mientras conducía de afuera hacia dentro y de dentro hacia fuera de Baltimore. Pareciera que nadie, o casi nadie, quiere vivir aquí. La gente se va de las casas, alguien las ciega y se caerán a pedazos algún día (muchas de las localizaciones, en particular las que se filmaron en viviendas protegidas, ya han sido derribadas).

Aun así, menudean los carteles de gente que se ofrece a comprar casas. No voy  especular más sobre supuestas especulaciones.


Esto es ya Atlantic City, donde en el embarcadero abundan los negocios cerrados.



Luego, unas tres horas más tarde, Atlantic City no elevó las buenas vibraciones, precisamente. Sabía que no queda nada de lo que aparece en otra de mis series más queridas, 'Boardwalk Empire'. Aunque una cosa es un decorado y otra un embarcadero mal baldeado, con el olor agrio de la orina, los vómitos, el alcohol derramado y la suciedad apenas baldeada. El día de niebla tampoco ayudaba a quitarte la idea de estar en un Fin del Mundo, donde solo faltan los zombis, en un paseo desangelado, con poco visitante y en el que unos enormes monitores de pronto rompían el silencio con estruendosos anuncios. La denominada Las Vegas del Este es un grisáceo paseo marítimo de obras y cartón piedra, sucursales de bajo coste de casinos famosos de la verdadera Las Vegas y una playa donde, para rematar el día, los escasos turistas tuvieron que huir de ella a toda prisa cuando se precipitó la tormenta.

Nuestra Señora de las Autopistas, que volvía a invitarme a marcharme corriendo de allí, porque será que no quiere que vea más las sombras de su país.  

domingo, 22 de julio de 2018

Hoja 17: El sol siempre sale



(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Oxford (Mississippi)-Nueva Orleans (Luisiana): 600 kilómetros.







Una canción: 'The House of the Rising Sun', de The Animals. No podía ser otra. Originariamente titulada 'The Rising Sun Blues', es un clásico de esta ciudad y me ha acompañado desde que tenía apenas 12 años y se coló en un recopilatorio de canciones antiguas que llegó a mis manos. 






Velada de sábado tarde en el Spotted Cat, de Frenchmen Street, un habitual de la serie Treme.

Una película/serie: 'Treme', de David Simon. Considerada por muchos obra menor del autor de 'The Wire', para mí es de las mejores posibles. Me enamoré de Nueva Orleans antes, durante y después de verla y antes, durante y después de conocer la ciudad en persona.


No es una columna, sino un pedestal sin su estatua. Ahí arriba estaba el general Lee, y la plaza se llamaba Lee Circle. Pero, como en otras ciudades, han decidido ir erradicando símbolos confederados y Lee era el jefe máximo de los grises. 

Un libro: 'La conjura de los necios', de John Kennedy Toole. Libro ambientado en esa Nueva Orleans mugrienta y enajenada, sucia y límite. Una novela maldita porque se publicó después de que su autor, tras enviarla a decenas de editoriales y ser rechazado, se suicidase. Fue su madre la que retomó el ingrato trabajo del hijo y lo intentó durante once años, hasta que se puso en contacto con Walker Percy (autor de otra estupenda novela ambientada en Nueva Orleans, 'El cinéfilo', y que sí había tenido éxito), quien medió ante las editoriales. Se publicó en 1980 y en 1981 ganó el Pulitzer. Pero su autor llevaba casi doce años muerto para entonces.


El tipo que me hizo la foto llevaba una cámara que podría costar la mitad del PIB de Japón y se puso a hacer escorzos para pillar angulo (casi se mata contra un cañón que hay detrás). Quizá la moda en fotografía ahora sea cortar las cosas por los extremos. 



Un descubrimiento: La ciudad se ha adecentado ligeramente para el turista. En el camino, ha perdido algo de encanto: por ejemplo, hace tres años se podía bajar hasta el río por una destartalada escalera de madera que te llevaba hasta el agua si querías. Ahora lo han cambiado por unas gradas de cemento que te dejan a unos metros (lo otro es verdad que es un poco peligroso en una ciudad de borrachos como esta). También, para llegar hasta aquí han arreglado el camino existente desde la plaza de Jackson: antes había que atravesar unas vías de tren en un entorno como en una novela de Dickens. En 2018, está bien pavimentado y mono. Serán los festejos por los 300 años de historia. 


Monumento a los inmigrantes italianos junto al paseo del río.

Un error: Seguir empeñado en que es buena idea eso de irme a andar bajo este calor de bochorno y barbecho que hay en Nueva Orleans.




Un dato/hecho: En 1719, los barcos 'Aurore' y 'Duc du Maine' llegaron a Nueva Orleans con 451 esclavos a bordo. Fue el inicio de un siglo de trata de personas reglada que, incluso prohibida en 1808, seguiría produciéndose en este puerto hasta mediados de siglo. Ah... lo permitieron en ese tiempo franceses, españoles y americanos.




Una comida/bebida: La Muffuletta de Cochon Butcher es el mejor bocadillo que he probado. No tengo nada más que decir. 




Una imagen: Una postal en mitad de la nada del Estado de Mississippi, donde la vegetación exagerada que origina el cercano río madre ha atrapado para siempre a este tren de mercancías. 


Puerta de un garaje real con las indicaciones que se apuntaban en los días posteriores al Katrina para los equipos de salvamento. Está en una exposición que organiza el Cabildo. 

Una historia: Podrían ser 1.833 historias, aunque me voy a atener a los hechos:

-Nueva Orleans ha sufrido desde su fundación múltiples incendios e inundaciones que han arrasado la ciudad una y otra vez. La crecida de 1927 es especialmente famosa porque incitó a las autoridades a tomar medidas de una vez para protegerse. Igualmente, es menos famosa pero sí una vergüenza que en aquel año se decidiese abrir las compuertas de las zonas cercanas a los barrios más pobres para impedir que el agua llegase a los ricos. Donde pone pobre ponga negro y rico, blanco. 

-Durante décadas, parecía que las medidas de ingeniería funcionaban. Lo que no sabían es que las decisiones adoptadas para protegerse de las crecidas y venidas del Mississippi habían dejado desprotegida (erosionando recursos naturales que llevaban milenios) a la ciudad de otro tipo de inundaciones: las de huracanes y tormentas que subieran el nivel del mar y de las marismas circundantes.


Un osito enfangado.


-Los expertos se han llevado medio siglo advirtiendo que esto pasaría.

-El 9 de septiembre de 1965, se desató sobre Luisiana Betsy, más conocida como la Billion Dollar Betsy, ya que fue la primera tormenta que provocó daños por encima de esa cantidad. Dos semanas después de que muriesen 68 personas y fueran rescatadas 22.000, el Congreso aprobó una serie de medidas de protección de la ciudad. 


El piano de Fats Domino, tal y como quedó. Domino, la estrella del rock, vivía en el Ninth Ward, el barrio más perjudicado por el Katrina.

-A finales de agosto de 2005, el Huracán Katrina impactó contra Nueva Orleans. Habían pasado 40 años desde Betsy y jamás se terminaron esas obras de emergencia por falta de fondos. 

-Alrededor de un milón y medio de personas de toda Luisiana fueron evacuadas. En Nueva Orleanas se quedaron unas 100.000, hasta 35.000 de ellas hacinadas en el Superdome (estadio de fútbol americano). 

-Betsy había añadido una frase a la cultura popular de Nueva Orleans: "ten un hacha en el ático'. Se refería a que cuando viene una inundación, una familia corre a la parte más alta de la casa, para encontrarse que no tiene salida. Con un hacha en el ático, puedes romper el techo y salir. 


Tommie Elton Mabry quedó atrapado en un apartamento en un barrio de las afueras. Se dedicó a escribir en la pared un diario con sus experiencias.

-Durante el Katrina, no solo murieron personas ahogadas, por accidente o golpeadas con restos que volaban en el huracán. Un número muy elevado murió en sus casas, deshidratadas, sin nada que beber o comer, de un ataque al corazón o por carencia de medicinas. No en vano, la mitad de las víctimas fueron personas mayores de 75 años (ese rango de edad apenas supone el 6% de la población). En los hospitales murieron antes de ser rescatadas casi 200 personas. 

-Las autoridades federales se escudaron en que Nueva Orleans era una ciudad sin ley para no actuar. Había pillaje y hasta francotiradores que disparaban a la policía, decían. Los testigos presenciales lo niegan. En los tribunales aún se dirimen casos que hablan de lo contrario: una decena de policías son investigados por disparar a gente desarmada.

-"¿Es esto América?". Se preguntó un periodista de Chicago, avergonzado de que el Gobierno no actuase. El periódico local, el Times Pycayune, nunca dejó de informar por internet y volvió a salir en papel cuatro días después de que el Huracán golpease con fuerza 5 la ciudad. Los periodistas iban en lanchas a cubrir las historias.  

-Las 1.833 historias de las que hablaba al principio podrían ser las de cada una de las personas que murieron por culpa del Katrina.   

lunes, 4 de diciembre de 2017

Lo mejor es enemigo de lo bueno

El pueblo de Kittaning, en Pennsilvania, igual te sirve de cabecera para Justified que de escenario para Mindhunter.

Arranca la temporada de listas de lo mejor del año y este blog se lanza a su particular repaso seriéfilo de 2017. Al igual que el año pasado no es un post al uso, con enumeraciones ni gradaciones. Es lo que se me viene a la cabeza y todos sabemos que aquello que recordamos con mayor presencia es lo que más nos gustó o nos enfadó.
El hilo conductor lo explica el título de la entrada. Suena a mensaje optimista en una taza con letras de colores o a primera frase de una paparrucha de Paulo Coelho. En realidad, recupera una de las frases preferidas de un jefe al que tuve hace tiempo. Era su forma de apurar a los tardones que no terminaban sus reportajes a tiempo en su afán de perfeccionar el párrafo o el titular. A menudo, cuando te empeñas en la excelencia te despeñas, es lo que venía a advertir la frase. Y yo añado que no está mal ser ambicioso (esa otra máxima de que a cuanto más aspires más conseguirás), pero si somos una raza de melancólicos es porque nos empeñamos en perseguir sueños imposibles (“el esfuerzo inútil conduce a la melancolía”, que dijo Ortega y Gasset).
A lo que iba: este 2017 ha sido un año en el que muchas series se han pasado de frenada pretenciosa o artificiosa mientras que las mejores (siempre en mi opinión… que para eso es mi blog) fueron las que aceptaron sus límites.
Vamos a empezar con los palos, que siempre son más jugosos:
-Premio al ‘Esta es mi serie, somos un fenómeno de masas y hago lo que quiero con mis guiones que para eso yo lo valgo’. Dicho con la cabeza alta, efluvios condescendientes y los ojos saltones del fanático. Mi primer palo del día es para ‘Juego de Tronos’. Admito hasta cierto punto que una serie de fantasía no tiene por qué acatar las normas narrativas del primer día de un taller literario. Y que quizá deba hacer caso a Alberto N. García cuando dice que es una serie para disfrutarla y no pensar en más lógicas internas. Sin embargo, creo que está en un territorio peligroso donde todo lo que se dedicó a la construcción de personajes se está traicionando por un puñado de efectismos.
Recochineo.
-Premio al ‘Esta es mi serie, somos un fenómeno de masas y ya no sé ni lo que hago con mis guiones’ para ‘The Walking Dead’. Que su hermana californiana, la Fear, la haya superado en interés ya lo dice todo. Estoy a punto de dejarla. Walking, digo. A esta serie solo la salva un apocalipsis zombi. Porque ya no es una serie de zombis. Salen bichos como salen osos en películas de montañismo. Lo demás es aburrimiento. Y lo demás ya son 43 de sus 44 minutos por episodio (o mucho, peor, 91 de sus episodios alargados innecesariamente a 92 minutos).
-Premio a ‘Esta es mi serie, somos un fenómeno de masas y el mundo es mejor desde que hicimos esta serie y denunciamos todas las miserias del mundo’. Perdón: debería decir “todos los miserios del mundo”. Porque hablo de ‘The Handmaid Tale’.    
Y no sigo con otras barbaridades, pérdidas de tiempo diversas y alucinaciones. Vayamos a lo positivo que, como ya he dicho, este año se caracterizan por su capacidad de admitir los límites.

-Premio a la Mejor para ‘Halt and catch fire’. Así de absoluto. La mejor serie del año en su temporada final. Con el repelús que me dan los informáticos (otros que van con la barbilla de la condescendencia a la altura de los plafones de luz), con lo poco que me interesa un código de programación, con lo que me costó ver su primera temporada (de hecho, dejé la serie y la retomé en su segunda cuando leí que había cambiado para mucho mejor)... No obstante, esta serie dedica a la informática casi tan poco The Walking a los zombis y por eso es grande, porque la informática es la excusa para hablar de todo, de eso que llamamos vida y de cómo nos esforzamos para ser felices aunque destruyamos todo lo que nos rodea (incluyendo a los que queremos); de la redención a través de la amistad, las trampas del amor y ese enemigo número uno del ser humano que se llama frustración.
Además, desde ‘A dos metros bajo tierra’ nadie había tratado una muerte en pantalla con tanto impacto; y, a diferencia de aquella, donde se pecaba a conciencia de cierta pornografía sentimental, en Halt lo hicieron con una elegancia sublime.

-Premio a la Honestidad Brutal Incluso en el Siempre Resbaladizo Momento del Adiós. Ex aequeo para ‘The Leftovers’ y ‘Rectify’. Otro adiós a la altura de las expectativas de la coherencia y la humildad. Y mira que ambas comenzaron con un ejercicio de pretenciosidad que a veces rechinaba demasiado (me refiero a sus primeras temporadas no al inicio de los capítulos de 2017). Precisamente, ambas se convirtieron en grandes series cuando acataron que no habían venido a cambiar el mundo sino que tenían una historia de sentimientos y amor que contar. Y vaya historias de sentimientos y amor verdaderos nos han dejado (estas dos sí pasarían el test de ‘La Princesa Prometida’ y su amor verdadero).
-Premio a la sorpresa entre bambalinas. Para ‘Sneaky Pete’. Aquí hablé ya mucho de ella. Terminado el año, es mi nueva serie fuera de radar preferida.  
El bate bueno lo tiene Steve.
-Premio a contracorriente. Para la segunda temporada de Stranger Things. Porque cumple la máxima de esta ceremonia, de aceptar sus limitaciones. No es tan genial como la primera, eso está claro. Y habría que preguntarse si eso era posible una vez pasado el efecto novedad que supuso su irrupción en 2016. Aun así, es una digna sucesora, consciente de ser una continuación (y más que eso: en el tono, en las referencias directas a segundas partes famosas –Aliens, El Impero Contraataca, el Templo Maldito, Gremlins- hay una simetría que sí me parece magnífica); con sus fallos y flaquezas (también los hubo en la primera, aunque en la distancia se nublen) y con sus logros propios. Si esto fuera un listado al uso de las diez mejores series del año, estaría sin duda entre las elegidas.
-Premio Más Conocido como Pedrea por Asuntos Secundarios (o el 2018 las hará mejores):
            -'Legion'. Ambiciosa como pocas, rebuscada como ninguna. Pasada de rosca en su despliegue técnico y narrativo. Farragosa y, llegados a un punto, cansina por puro agotamiento de tanto que exige. Así y todo, deja un puñado de momentos estelares y hallazgos visuales.

            -'The Deuce'. Es David Simon y estaría en cualquiera de mis listas aunque solo hiciera el anuncio del Gordo de la Navidad. Al ser David Simon, seguramente el verdadero calado de la temporada inicial no se entenderá hasta dentro de seis años (o cuando acabe la serie, vamos). De todos modos, ya hay material para ocupar los podios de 2017. Nadie como él es capaz de que te caigan bien puteros desalmados y policías corruptos; nadie como él rebusca en los estercoleros del capitalismo y nos regala argollas de latas de refresco con el fulgor de un diamante de Tiffany’s; nadie hace política ni da lecciones de moralidad como él sin caer en el maniqueísmo.
            -El tercer episodio de la tercera de 'Fargo'. Y quizá los dos episodios finales. El resto es un resbalón en una carrera que, quizá, era imposible de recorrer. Eso, o es que el señor Hawley no puede hacer dos cosas geniales en un solo año (normal, por otra parte).

            -La trama del Framework de ‘Agents of SHIELD’. Al final, la serie de Marvel crece cuando casi nadie le hace caso. Mientras que Netflix anda poniéndose estupenda con los superhéroes y metiéndonos con calzador imposturas de falsa profundidad, los de Coulson han encontrado en su carácter desenfadado lo mejor de sí mismos. Homenaje gozoso de la era dorada de los cómics de superhéroes, antes de que la trascendencia los volviera demasiado serios. Y aun así, cuentan cosas interesantes y lo cuentan muy bien. La quinta temporada acaba de empezar a todo trapo, si bien el último tramo de la cuarta es por lo que entra en esta lista. Una gran serie que entretiene y divierte, el primer deber de un superhéroe.
            -‘The Expanse’. La heredera de ‘Gallactica’. Nada más que decir.

            -‘Mindhunter’: Porque otra serie de asesinos en serie es posible y lo es con más psicología y menos casquería.        

Con la tontería, he destacado en lo positivo, precisamente, a diez series (y tres capítulos de Fargo). Asi que, al final, esta lista no es tan distinta como yo creía aunque para desbaratar la simetría añado dos comedias (apenas veo, eso sí) que merecen una oportunidad: 'The Good Place' y 'Future Man'.  

martes, 28 de octubre de 2014

Todo lo que hice fue por...








Por ti mismo. Vamos, Nucky: ¿a quién pretendes engañar?

La familia. Me vas a venir con la familia. ¿Alguien creyó a Walter White cuando en una de las escenas más terroríficas del tramo final de Breaking Bad, grita “Somos una familia” para justificar todas sus atrocidades? No, nadie lo cree ya. Ni él, tampoco. Sólo fue poder. El poder que siempre corrompe.


Siempre.

Porque todo fue por la familia, ¿no? Como en Los Soprano, en Breaking Bad, en Ray Donovan, en A dos metros bajo tierra… La familia es el placebo de los ambiciosos, la excusa perfecta.

Eso gesticula un Al Capone internamente derrotado a su hijo sordo la víspera de entrar en prisión. Eso se dice Nucky antes de corromperse del todo (luego, ya nada importó realmente). Eso dijeron Chalky o Gillian. Un espejismo de familia, defenderían hasta el final Jimmy, Richard o Van Alden o Eli.


Todo fue por el poder, sin embargo. En todo momento. Por el Imperio del Embarcadero (como metáfora de todo lo demás). Y no es casualidad que los ganadores (el comodoro, Luciano, Meyer, incluso Margaret…) renunciaran a la familia. Era la única forma de sobrevivir en un mundo en el que nadie perdona a nadie y tus debilidades serán tan grandes como tu amor. 



El pasado domingo terminó Boardwalk Empire, una de las mejores series de siempre. ¿Exagero? Para muchos, sí. Para mí (y esto es mío y hago y digo lo que quiero) entra directamente entre mis cinco mejores. No digo a quién adelanta o por encima de quién está. Pero ya os podéis imaginar que de muchas.


A Boardwalk Empire, como a tantos de sus protagonistas, no le han perdonado su ambición y, como tantos de sus protagonistas, la han matado violentamente y antes de tiempo. También, como tantos de sus protagonistas, su muerte ha sido maravillosamente digna.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que fuera el siguiente proyecto de Terence Winter tras el fin de Los Soprano. Tenía que ser una especie de segunda parte de aquella (hablaba de mafiosos, ¿no?) con un protagonista delgado en lugar de uno gordo.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que estuviera detrás Martin Scorsese (productor ejecutivo y director del piloto). Si no era Uno de los nuestros en los años de la Ley Seca era un fracaso.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron su grandeza, su ritmo engañosamente moroso, su reparto tan coral que protagonistas principales podrían llevarse tres capítulos sin aparecer, su exposición sexual, su violencia.

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que quisiera jugar al juego de The Wire (todo encaja en los últimos episodios de cada temporada) y que no hubiera dragones de por medio (entonces sí: entonces puedes poner en bolas a quien quieras y destrozar caras por doquier).

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que quisiera aunar, en una simple serie televisiva, la historia de la mafia en Estados Unidos en el primer tramo del siglo XX. Lo que empezó como las batallitas territoriales sobre el embarcadero de Atlantic City terminaría contándonos los inicios de Al Capone, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Bernie Siegel… pero también los de John Edgar Hoover antes de que fuera el primer director del FBI y estuviera obsesionado con su carrera y con la Comunidad de la Mafia que se estaba gestando. O de Kennedy padre, de cómo cimentó la fortuna que permitiría a su familia ser una de las más famosas de la Historia (y de las más malogradas).

A Boardwalk Empire nunca le perdonaron que, incluso recurriendo a tamaña nómina de personajes ilustres, los mejores caracterizados eran los inventados.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado su perfección técnica, su producción estratosféricamente cara y cinematográfica, sus guiones perfectos.     

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado la osadía de afrontar su última temporada, para colmo reducida a ocho capítulos, con la mitad del metraje dedicada a la infancia y juventud de su protagonista.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado esa capacidad insultante para cerrar los círculos cuadrados en los que se metían sus argumentos. Envidia pura y dura, vamos.

A Boardwalk Empire nunca le han perdonado ser tan buena (y la serie, a diferencia de Nucky Thompson, a quien le espetan que siempre quiso ser bueno pero no supo cómo, sí que sabía ser buena).

Quién sabe: la gente es muy dada a redimir a los que se mueren. Quizá empiecen a perdonarle cosas a Boardwalk Empire. Quizá entiendan que, como asegura la canción que cierra la serie: si quieres arcoíris, tiene que llover.

Eso sí, después de haberle descerrajado un tiro a la cara.




(De las mejores escenas de toda la serie con el enorme Richard Harrow al frente (aquí hablan inmejorablemente de él): final de tercera temporada. No me permite embeberla, pero se puede pinchar)
 

http://www.youtube.com/watch?v=_zYpP3lV-6k