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miércoles, 11 de septiembre de 2019

300 años de maldición... y uno de propina





Nota previa: las rutas del 9 y el 10 de septiembre pasaron a formato Facebook, con unas fotos y sus pies explicativos y poco más porque tanto en Memphis como en Nueva Orleans me dediqué a pasar la tarde de fiesta. 

Ruta del 11 de septiembre: Nueva Orleans (Luisiana)-Oxford (Mississippi). Unos 600 kilómetros.


No voy a recordar los 300 años de historia de Nueva Orleans (los cumplió el año pasado) por mucho que el título del post hable de ello. Ya en 2014 me afané en repasar todas sus calamidades (las más grandes) y en 2015 hice una parada más pausada en el post Katrina.  

Monumento en honor a las víctimas del huracán realizado por Sally Heller con restos de la misma catástrofe.

Voy a hablar bien de Nueva Orleans. 

Bueno, eso no es nuevo precisamente. Aunque cuando digo que voy a hablar bien lo digo como un político que se siente orgulloso de lo que ha hecho por su electorado. Porque la Nueva Orleans de ahora es muy distinta a la de 2014 o 2015, que fue cuando la visité durante casi dos semanas si se suman ambos años. Seguramente, el impacto del Katrina costó de digerir y de asumir. Eso está claro, si bien el centro más turístico no se vio afectado por aquello. 

Muchos de los barrios que se hundieron bajo las aguas ya no existen y jamás volverán.

Son detalles. Ahora, digo. Hoy, Nueva Orleans es una ciudad menos inhóspita. Hay mucho vagabundo y más buscavidas que nunca con aspecto sospechoso. Eso habrá siempre porque es una ciudad completamente rota desde lo social y lo económico para un porcentaje muy elevado de sus habitantes. Si a eso sumamos que la miel turística atrae a los oportunistas que por hacer una gracieta se ganan un dólar fácil... pues eso... Según por dónde andes, la sensación de inseguridad es elevada. 

Eso no se cambia con un par de obras. 



O más de un par. Será por los 300 años que celebraron por todo lo alto en 2018 o porque ya toca levantarse tras la tragedia. El paseo del río ya es un paseo en condiciones y no un sendero de aficionados por el que podías caer al agua si ibas borracho (y aquí va la gente muy borracha a menudo). De hecho, para llegar a él desde la plaza Jackson (y el vórtice de turistas que es el Café du Monde con sus beignets) antes había que cruzar las vías durante unos 100 metros que hacían que te sintieras como en el arrabal más peligroso de Detroit. Ahora, está asfaltado y con unas losetas muy monas. Civilizado. 

Ya no hay vagabundos durmiendo en las escaleras que daban al paseo. 



Por lo general, el centro tiene otro aspecto. Sigue apestando a calles imposibles de baldear con tanto alcohol derramado, orines y basura cociéndose en la humedad imposible de la zona (es el primer sitio en el que la aplicación de mi móvil me da tanta diferencia entre temperatura real y sensación térmica: hasta seis grados de más de impacto)... y eso creo que no cambiará. De hecho, ese olor a calle mal limpiada (o sin limpiar), sobre todo si es en zona de marcha donde se juntan el alcohol y los baños por esquinas lo descubrí aquí y cada vez lo huelo en más barrios de España y de otros sitios. 

Volviendo a Nueva Orleans, es una sensación de recuperación que se extiende a zonas adyacentes al centro, como el distrito de negocios, antes una especie de polígono abandonado  tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en el Levante español y hoy reconstruyéndose manzana a manzana con nuevos garitos y comercios. 

Y siguen las obras. La plaza de España junto al río (donde hay cerámica talaverana con el escudo de cada una de las provincias) se reconvierte en fuente (está en obras desde hace más de un año), la avenida junto al pabellón de congreso mutará a parque en la mitad de su ancho, el tranvía vuelve a pasar por delante de Congo Square (que también terminó al fin sus obras de años)...


En la Congo Square ya se reunían a cantar y bailar los indios que vivieron en la zona antes de la fundación francesa. Luego, desde el siglo XIX tomaron el testigo los esclavos y dicen que aquí es donde nació la música americana.

En realidad, Congo Square es solo una plaza dentro del parque Louis Amstrong que acoge esta zona y varias estatuas más.


Poco a poco, Nueva Orleans levanta la barbilla orgullosa de sí misma y de su capacidad de superación. 

Ya. 




Porque ahí está el agua. Sea el Mississippi o la que cae del cielo a tortazo limpio. En los últimos dos meses (la última vez hace menos de dos semanas), Nueva Orleans ha sufrido dos inundaciones debido a fuertes tormentas. No ha sido el Dorian ni ningún huracán salvaje. Solo lluvias fuertes que han demostrado que el sistema de drenaje es una mierda con hasta 15 centímetros de altura del agua en pleno centro (que es plano y que incluso anda por debajo del nivel del río) y que la ciudad sigue a años luz de estar preparada de verdad frente a su mayor desafío.  

Ya lo sé. Eso pasó también en Madrid en verano. Y ahora en el Levante. Cada vez más y en más sitios. No obstante, Nueva Orleans tiembla cada vez que nota que el agua vuelve a por ella. Tiene siglos de historia a sus espaldas de venganzas acuáticas.

Por si acaso, el Ayuntamiento ha pintarrajeado todas las calles con marcas señalando la altura de la crecida (hay negocios del centro con sacos terrenos aún en las puertas). 




Todo controlado.  

Que es lo que dicen en las películas de miedo antes de que se desate la pesadilla. 



domingo, 23 de septiembre de 2018

Pop, rock y blues




Hace diez años, cuando puse punto y final a 'Una historia pop' (lo de 'aventura' vino luego por sugerencia editorial) creía que ahí acababan las aventuras de Carmen, Ricardito y Freddy. Allí se quedaban, en la playa gaditana donde crecí, la Playa de la Torre del Puerco, desangrándose o quizá muriéndose después de una batalla imposible. Lo del epílogo aclarando un poco las cosas también vino mucho después. Durante mucho tiempo, el final fue el final. Pasarían muchos años de espera, de incertidumbre, de rechazos, de silencios, de fracasos.




Entre unos y otros, en septiembre de 2009, me vino a la cabeza un primer fogonazo de posible continuación. Fue en Monument Valley, no en las praderas de los monolitos famosos de las películas de John Ford, sino en un valle apartado, a la espalda de los turistas: por un momento, vi a los tres cabalgando a toda prisa porque les perseguían montañas que cobraban vida. O algo por el estilo.



Pero llegó 2010 y luego 2011, cuando la vida me dejó poco resquicio a la ficción y el poco aire que me quedaba lo volqué en 'Runaway' y su huida hacia delante. Poco a poco, Carmen, Ricardito y Freddy caían en el peor de los olvidos, que es el olvido de quien los creó. Nadie los quería, a nadie les interesaban. 2012 también pasó y, con él, el bicentenario definitivo de los hechos que sirven de escenario a la novela (aunque, en puridad, los hechos sucedían en 1811). 

Cuatro años después de poner el punto y final, y con otra novela más reciente entre manos, era el momento de pasar página. Había quien me decía que aquella novela era distinta, la de Pop, digo. Dani, Nuria, Ana... aquellos que la leyeron en folios impresos en casa y sobre los que agotaba cartuchos de tóner porque me empañaba en imprimir los ejemplares en color, con los protagonistas, cada vez que se les nombraba, en una tonalidad distinta: Carmen en rojo, Ricardito en azul y Freddy en naranja; aquellos que se resistían a dejar morir aquello.

Por ellos (bueno, y porque soy un poco cabezón) incluso la llegué a subir a Amazon. La compraron unos cuantos amigos, quizá algunos leáis esto. Y con eso sí que pensé que ahí se terminaba su periplo. Fue entonces, como en una peli mala, cuando ya no esperas nada, que oí a un amigo que me contaba que un amigo de un amigo estaba montando una editorial a la que había enviado una novela que había escrito y que aceptaba manuscritos. Que publicaba solo en digital. 

Esta foto me la enviaron este mismo domingo desde Cádiz una amiga lectora.


Bueno: después de solo recibir calladas por respuesta saber que había alguien que al menos abriría mi correo ya es algo. Es como lo de mandar currículms sin que haya nadie al otro lado. Y les escribí, adjuntándoles 'Runaway', que era lo último que había terminado y mi apuesta del momento. En el último segundo, añadí 'Una historia pop'. Porque adjuntar documentos era gratis (si hubiera tenido que enviarla por correo postal jamás me habría gastado otros 30 euros en imprimirla y encuadernarla de nuevo para nada). La editorial era Lapsus Calami y el contacto Jorge Vales.

Hoy, ambos nombres puedan sonar a malditos. Y sin “el pueden sonar”. Obviamente, yo les debo el comienzo de lo que pueda ser (de lo poco que pueda ser en este mundo editorial) a los Jorge Vales y Lapsus Calami de 2013 y de 2014. También a Carlos Bravo (lector cero y entusiasta), José Miguel Campos (responsable de redes y no menos entusiasta promotor de la obra) o Jean (correctora y tampoco menos entusiasta de la novela).



Primavera de 2013. Jorge me llama y me dice que me publica la novela. Esa llamada que todo aspirante a escritor sueña con recibir, me llega cinco años después de haberla escrito, casi 20 años después de haber escrito y terminado mi primera novela, allá por los primeros años de facultad. Yo creo que se refiere a 'Runaway' y dice que no, que no. Que habla de Pop. Que le gusta tanto que ha decidido editar en papel mi novela y la de aquel amigo que me habló de él. Que se pone en marcha todo. Y ocurre. Y el 9 de noviembre de 2013, día festivo por la Almudena en Madrid (lo destaco porque la primera novela de juventud que terminé, la de 1993-1994, arranca justo un día de la Almudena) cojo un autobús en Moncloa y subo a Torrelodones, donde vivía Jorge, y en un bar del centro, junto a Jean y Jorge, recibo mi primer ejemplar. Como no sé lo que es tener un hijo puede resultar algo frívolo hablar del orgullo y la felicidad con la que bajé, libro en el regazo, hojeándolo ansioso, a Madrid esa noche, en el último autobús de la noche, en la madrugada ya del día siguiente.

Hago aquí una elipsis hasta el año 2015 porque solo quiero hablar de cosas bonitas. Y momento bonito donde los haya es cuando en aquellos meses me crucé con Carmen Moreno. Poco a poco, de casualidad, de pasada, en una presentación o en otra. 

El escenario del asedio a Nueva Orleans.

A mediados de ese 2015 ya había terminado 'Un horizonte rock' (nombre original de 'La Dama Blanca del Mississippi'), una vez que Jorge me había pedido que continuase con la historia y yo, después de pasar por Nueva Orleans en el verano de 2014, decidiera que había una historia en ese otro asedio tan parecido a una ciudad que tanto se me parece a Cádiz como Nueva Orleans. 

Jorge estaba tan encantado que hasta me obligó a abrirme una cuenta de skype (nunca la he llegado a usar y no sé ni cómo quitarla del escritorio) para hacer una presentación desde la ciudad americana en mi viaje de julio de 2015. Una de sus ideas. La última. ‘Un Horizonte Rock’ no se publicó a tiempo para julio. Ni para agosto, septiembre, octubre, noviembre, diciembre…

Jorge desaparece de escena y aparece Carmen, que andaba ya lanzando desde hacía meses su propia editorial. Por supuesto que quiere ‘Un horizonte rock, pero tiene que hacer hueco en la programación. Por supuesto. Si esperé 20 años por Pop, qué más dan ya unos meses más.

Pasa 2016.



Llega 2017 y en abril, ese otro mes donde tantas cosas (me) ocurren se publica ‘La Dama Blanca del Mississippi’. La historia desde esos días ya es algo más conocida porque he dado la brasa convenientemente en este blog y en las redes.

Esto era una historia de orígenes y de reconocimiento a quien sigue creyendo en todo ello. Hagan caso a Carmen y pasen por su tienda, la digital https://www.cazadorderatas.com/ o la física, Librería La Ratonera, en Cadi, Cadi.



Para celebrar que, tras Pop y Rock, el círculo se cierra con un Blues (o empieza de nuevo, o yo qué sé), os dejo la que podría haber sido la banda sonora de la criatura de haber elegido el mismo modelo de sus dos hermanas mayores en lugar de rendirme a la poesía.

Disfruten, al menos, de la música. Y lean. No a mí, necesariamente. 

Pero lean. 

Primer verso: ‘You only live once’, de The Strokes



Segundo verso: ‘Machine gun’, de Portishead




Tercer verso: Common People, de Pulp



Cuarto verso: ‘Behind blue eyes’, de The Who



Quinto verso: ‘Crown of love’, de Arcade Fire




Sexto verso: ‘Amie’, de Damien Rice






Séptimo verso: ‘The man who sold the world’, de David Bowie



Octavo verso: ‘Ring of fire’, de Johnny Cash




Noveno verso: ‘Crystalised’, The XX



Décimo verso: ‘California stars’, de Billy Bragg & Wilco



Undécimo verso: ‘Gotta get away’, de The Black Keys




Verso suelto: 'Yankee bayonet', de The Decemberists



martes, 17 de julio de 2018

Hoja 13: Un pueblo llamado gente



(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Grand Canyon Village (Arizona)-Monument Valley (Arizona/Utah)-Grants (New Mexico): 780 kilómetros (prácticamente todo, en Nación Navajo).




Secuencia del amanecer del 17 de julio en el Gran Cañón.


Un libro: 'Días sin final', de Sebastian Barry. Una de las sorpresas del año. Al ir de dos tipos en la Guerra de la Secesión me la hubiera comprado sí o sí, pero es que además ambos empiezan su periplo militar antes incluso, en las guerras indias. No escatima en detalles sobre las matanzas de los soldados sobre los poblados indios. Sorprendente por entretenida y con retazos de belleza en la crudeza. Un western moderno por el enfoque y la forma.

Nada, que no hay forma de que hagan las fotos bien... ¿tanto costaba que yo no tape una de las formaciones?

Una película: 'Centauros del desierto', de John Ford. Cómo no. Seamos apropiados y llamémosla Los Buscadores (The Searchers, en su nombre original). Obra cumbre no solo del cine sino de arte en general. 





Un dato/hecho: Una curiosidad. Me preguntan a menudo que de dónde vienen mis ideas para los libros que escribo. Pues bien, cuando acabé 'Una aventura pop' en la primavera de 2008 nunca pensé en una continuación. Dejaba incluso un final que podría significar que todos mueren o que no. Un año después, cuando en septiembre de 2009 visité Monument Valley con unos amigos de pronto me imaginé a Carmen, Freddy y Ricardito cabalgando por allí. Luego cambié a las Badlands para que estuviera relacionado con el Mississippi, pero fue en ese momento (frente a las formaciones rocosas y un año y medio de escribir la primera) cuando decidí que existiría una continuación que luego se titularía 'La Dama Blanca del Mississippi'. El rock del subtítulo también viene de aquí (además del doble juego, claro).


Un descubrimiento: El mirador de Desert View, en el Gran Cañón. Ha sido de casualidad porque me cogía de paso en la salida. Y mira que me arrepiento porque creo que es el sitio perfecto para ver atardeceres (en el complejo principal el occidente queda tapado). Las mañanas no están mal, con ese mirador que da contraste y sí, tanto rastrear el río Colorado donde abundan los turistas y aquí se ve perfectamente. Lo que tiene alejarse unas millas de la multitud.

En esta carretera me puse gallito... a la furgoneta de los hechos la dejé ir. Este coche no tiene nada que ver. 
Un error: Sacar el conductor madrileño que tengo dentro y pegarle una pitada a un coche que terminó por desesperarme. No caí en ese momento en que estaba en pleno desierto navajo, que el de la pick-up al que había pitado (y que ya se me había colado en la autopista y frenaba hasta pararse en cada curva o bache porque llevaba dos bidones gigantes de gasolina detrás... o líquido para fabricar cristal, vamos) podía ser de la zona y que ambos nos metíamos en una carretera con la que nos cruzábamos un coche cada diez minutos. Vamos, que si hubiera querido hacerme un 'Runaway' o un 'Diablo sobre ruedas'... pero no pasó nada. 




Una imagen: En un día en el que amanezco en el Gran Cañón y paso la mañana en Monument Valley aún le reservo un hueco en el corazón al Cañón de Chelly, con su Roca de la Araña y con sus restos de asentamientos de hace siglos en el fondo del desfiladero. 



Una comida/bebida: La sopapilla de El Cafecito, en Grants. La comida mexicana es la especialidad (siendo Nuevo Mexico...) y nunca había probado una cosa de estas, que no deja de ser una especie de tortilla (aunque frita) rellena a saco de lo que le echen: carne, guacamole, queso y tomate picante en este caso. 



Una canción: 'Hallelujah', de Jeff Buckley (versión de original de Leonard Cohen). La primera vez que vi las formaciones rocosas de Monument Valley escuchaba esta canción. Hoy he mirado si en los CDs que me he traído está el disco de Buckley. Y lo tenía y sonó antes, incluso en un momento mejor, cuando al salir de una curva de Kayenta, el último pueblo antes del complejo, ves estas dos formaciones que parecen flanquear el paso al visitante.




Una historia: 

Título: cosas que he aprendido hoy de los Navajo

Tema: En el que este humilde periodista revela sin opiniones lo que ha visto o aprendido hoy.

El Elephant Feet, una esquina cualquiera de la Nación Navajo (tienen como 20 metros de alto). No hay carteles ni información. El nombre me lo dio una vendedora de artesanía que campaba por allí.

-A los navajo les gustaría que les llamaran Diné, que es la palabra en su idioma como se llaman a sí mismo. Significa "gente" y su Universidad es la Universidad de Diné.




-La Nación Navajo es la mayor reserva indígena en extensión de Estados Unidos: ocupa parte de Arizona, Utah y Nuevo México. Pese a estar en una zona árida y desértica, es uno de los territorios más hermosos posibles. No hay horizonte en vano, cada rincón está adornado por una formación rocosa distinta, un valle, un cañón, una gruta, un desfiladero, una cima, un bosque. Casi siempre, la arena es roja, muy roja, pero son los contrastes de pardos, grises, verde oliva, verde pálido, blanco nube y azul claro los que hacen la magia. Sin entrar en cualquier lugar recóndito, a la Nación Navajo pertenece la parte oriental del Gran Cañón, Monument Valley y el Cañón de Chelly. Nada menos.  




-Son pobres, muy pobres. Viven de la ganadería y de lo que pesquen del turismo. Casi la mitad de la población subsiste por debajo del umbral de la pobreza. Un tercio de los hogares no tiene fontanería pero hay tantos coches como familias. Viven en casas prefabricadas al abrigo de colinas o en mitad de la nada. Cada mañana, miles de ellos montan puestos en los arcenes para vender artesanía propia.

-Pero son la aristocracia entre los indios. Viven en su tierra y es hermosa (no es un fin del mundo como se les dio a los Lakota). Incluso tienen su página de honor en la historia militar americana, con aquellos navajos que adaptaron su idioma para crear un lenguaje intraducible para el enemigo en la Segunda Guerra Mundial. Hay pelis de eso. 

-Los Navajo son prácticamente independientes, con sistema político, judicial y policial que deciden sobre ellos mismos (excepto crímenes muy graves que son federales, como se ve en alguna película cuando un sheriff del condado vecino no puede hacer nada cuando un crimen lo comete un indio dentro de la reserva).



-Son tan nación dentro de Estados Unidos que en cuanto sales un par de metros de la carretera hay un alambre que delimita todo el contorno de su nación. 

-Aquí hay también mucho autoestopista. Sin embargo, a diferencia de la costa del Pacífico, no son indigentes, sino gente normal que no tendrá ni para un coche de cuarta mano (en cuanto ves un coche con menos de cinco años de antigüedad es de alguien de fuera seguro). Hacer dedo es un medio de transporte más.   

-No hay carteles redentores de dios a pie de carretera (como tanto abunda en otros Estados del interior). Aquí, se pide a los jóvenes que no caigan en el cristal (Breaking Bad se desarrola en uno de los extremos de la Nación Navajo).



-Un signo de distinción en Nación Navajo es que los baños están limpios. Porque no todos los indios son sucios, les falta añadir. 

Aquí están los datos para quien quiera saber más.

domingo, 8 de julio de 2018

Hoja 5: Tierra mala

La conquista del Oeste.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Kimball-Wounded Knee-Badlands-Deadwood (todo en Dakota del Sur): 700 kilómetros.


En la colina del fondo hay un cementerio donde se recuerda a las 146 víctimas indias de Wounded Knee. Desde el aparcamiento oficial, hay que pasar por varios mensajes que dejan claro que aquello no es una atracción, sino un lugar santo.


Un dato/hecho: El 29 de diciembre de 1890 se produjo el último enfrentamiento sangriento entre indios y el Gobierno americano, la masacre de Wounded Knee. Murieron cerca de 200 personas, la mayoría mujeres y niños acribillados por ametralladoras del Séptimo de Caballería, fusilería y cargas. 

Que yo sepa, no hay olivos en las Badlands.

Lo que sí permanece es el río Blanco y su valle, donde la aspereza de las Badlands todavía deja aire para que haya algo de vida y se crie ganado. 

Un libro: 'La Dama Blanca del Mississippi'. Entro en modo autopromoción porque sí, porque no todos los días se visita el lugar al otro lado del mundo donde acabas una novela. Eso sí, no he encontrado un olivo por ninguna parte. Será que Freddy se esconde de las rutas para los turistas en las Badlands.





Una película/serie: 'Deadwood', de David Milch. Si me preguntas cuál es para mí la mejor serie, contestaré que 'The Wire' sin dudarlo, pero si la pregunta es cuál es mi serie favorita seria esta sobre este pueblo perdido en territorio Lakota donde se encontró oro y saltó por los aires la posible bondad de los hombres. 




Una canción: 'Sunday Bloody Sunday'. de U2. Repite U2 sin que pretendiera yo repetir a nadie, pero nada más encender la radio del coche salió esta canción. Y era domingo e iba hacia lugares donde se había derramado mucha sangre. Y el buen U2 nunca sobra.






Una comida/bebida: Tortita en el Ditty's Dinner de Kimball. Parece simple, sin mil añadidos (toppings, los llaman los guays) ni rellenos. La elijo por su pureza, ya que, pese a ser harina, leche y huevo, sabe a la parrilla donde se ha hecho (¿por qué están tan buenos el sandwich mixto de bar?). Sabe a auténtica.



Un descubrimiento: Me he acordado que ya lo pensé en 2013 cuando conocí las Badlands. Pero lo había olvidado hasta hoy: en muchas de las formaciones rocosas, si miras de esa forma esquiva en la que no fijas la vista pero ves de reojo, captas figuras y rostros en la piedra. ¿Las almas de los lakotas?





Una imagen: Las Badlands, así llamadas por los Lakotas, que ya temían a esta tierra de nadie como a un nublado. No hay pasto ni caza ni agua, solo piedras y arena y unos pocos hierbajos. Al otro lado de estas malas tierras mandaron a los últimos indios rebeldes, a lo que hoy es la Pine Ridge Reservation.





Un error: La inclusión de Wounded Knee ha sido un (más que feliz) añadido de última hora. Sin embargo, el viaje da para pocos extras y eso me ha restado fuerzas e ímpetu para afrontar con todo su respeto y calma las Badlands.





Una historia: Jerilyn, de unos sesenta años pero con la piel (roja) tersa de los treinta, una camiseta de hombre azulona con dibujos de su tribu, unas gafas anacrónicamente modernas, la dentadura limada y mellada, la voz pausada de los que ya no tienen prisa pero en cada frase permiten que rezumen el dolor y la desesperación, dice: "Yo no soy sioux, ni mucho menos soy india o indígena americana: yo soy lakota". Como ella, lakota de verdad, solo quedan cien más en la reserva de Pine Ridge (bastante más grande que todo el Pais Vasco en extensión) y mil repartidos por el país. Hace siglo y medio, aglutinaban a las siete grandes tribus que dominaban medio continente.
Para ser lakota, tu padre y madre y abuelos deben ser lakotas. "Ahora mucha gente dice que es lakota, pero cuando yo era pequeña en el colegio me insultaban por no saber hablar y otros compañeros, indios incluidos, me decían que los lakotas eran los indios más sucios y pobres". 
Tiene razón objetiva Jerilyn en lo segundo: la reserva al sur de Dakota de Sur es una de las comarcas más pobres de Estados Unidos. 
"Nos traen iglesias de todo tipo: católicas, evangélicas, baptistas... pero nos morimos de hambre. Llevamos más de cien años muriéndonos de hambre".
Más o menos, desde que el hombre blanco vino desde el otro lado del mundo y acabó con el sustento de las tribus: el bisonte.
Jerilyn Elk es la mujer del jefe. Viven unos pocos metros más atrás, en casas prefabricadas que se caen a pedazos y en las que se antoja difícil pensar que llegue la electricidad. Subsisten al borde de la indigencia en una tierra tan alejada de todo, tan yerma y dura como el lado oculto de la luna. Cada mañana, la familia Elk contempla al salir de su hogar la loma donde en 1890 medio millar de soldados del Séptimo de Caballería acribillaron con todo lo que tenían (hasta ametralladoras) a un grupo de lakotas que ya se habían rendido desde hacía días (aunque habían puesto nerviosas a las autoridades porque estaban replicando una serie de rituales en los que profetizaban el fin del hombre blanco). Entre las 146 víctimas hubo decenas de mujeres, niños, ancianos y heridos. También murieron 36 soldados, muchos de ellos asesinados por sus propios compañeros que disparaban al bulto. A ese día sangriento se le llama la Masacre de Wounded Knee y fue el último gran enfrentamiento entre los indios y los soldados del Gobierno de Washington.
"¿Qué quieres que te hable, de 1890 o de 1973?", me pregunta Jerilyn. 
¿1973? Puesto que yo he ido esta mañana a este rincón dejado de la mano de las cuatro fuerzas de la naturaleza (si hablamos en lakota no puedo decir de la mano de dios) por la masacre de 1890. De 1973 pocos hablan excepto los (muy) pocos lakota que quedan. A raíz de una protesta de los movimientos indígenas, un grupo de lakotas se encerró en una iglesia que había junto al cementerio actual. El Gobierno mandó hasta tanques para reducir la protesta. Murieron dos indios y resultaron heridos más de diez tras varios días de sitio.
"Ahora, ser lakota es motivo de orgullo", dice Jerilyn con media sonrisa, acariciando los ajados (y remendados con papel de celo mil veces) documentos que muestra a los turistas sobre los dos incidentes de Wounded Knee. "Todos quieren ser lakotas", comenta, con la condescendencia de quien viene de vuelta y considera, por ejemplo, que ahora todos se dejan barba y llevan jerseys apolillados porque es lo que manda la moda. "Incluso en la misma reserva vive un descendiente de Custer que dice ser lakota... De Custer..." Concluye, y no escupe al decir el nombre del jefe del séptimo de Caballería (ya muerto cuando la masacre, pero él mismo había perpetró otras muchas antes) porque los lakotas son educados. Sonríe, mientras la ira brilla en sus ojos negros tras las gafas de montura de metacrilato. La ira antigua de los derrotados. O quizá lo que brille sea la esperanza irreductible de que quizá algún día vuelvan a ganar.