viernes, 5 de septiembre de 2025

Sin árboles


Árboles. 

Tampoco hay árboles en el fin del mundo (como en la Puerta del Sol). Al menos, vivos, porque en las orillas de la múltiple costa en torno a Utqiagvik (hay un istmo que jadea ártico arriba hasta que se termina algo que llaman carretera pero no es más que roderas marcadas sobre la arena de playa) han ido a morir troncos apenas indistinguibles de los huesos de ballenas y otros mamíferos que murieron mar adentro o se ahogaron acá en la tierra. 


No hay árboles porque el suelo está helado y no hay raíz que se adentre en él a no ser que solo seas una plantita diminuta, anaranjada, amarilla o roja y que siembra los cementerios y alguna que otra explanada. 

Esto es la tundra, una especie de desierto helado cuya etimología ya lo explicaba sin más aspavientos: planicie sin árboles, según la palabra que lo designó en la lengua sami (nativos de la vecina Rusia).  

Las orillas se adornan de troncos, despojos de barcos, palés arrojados por la borda. Maquinaria oxidada, hierros retorcidos, contenedores enteros.



El litoral de Utqiagvik parece una playa de Normandía protegida por los nazis, un parapeto ridículo ante las hordas que vengan del frío del norte, la escena final de una película apocalíptica y cínica.

Hasta la costa nadan osos polares de islas cercanas, se recuestan al sol último de verano entre decenas de gaviotas que los merodean como moscas, a la caza de alguna migaja.




Ben es de la zona. En los meses donde la temperatura se mantiene por encima de cero grados se gana la vida haciendo de guía al puñado de turistas despistados que suben hasta aquí. En invierno, otoño o primavera caza. De todo y lo que se tercie. Pesca también. De lo que se tercie. 

Ben va contando anécdotas pero va más allá del buen conductor que mira siempre muchos metros por delante. Ben mira una milla hacia delante. Su misión es avistar el peligro. No haya a ser que nos topemos con un oso polar.

Como hoy. 

Espoiler: si escribo esto es que no ha pasado nada. 

La insistencia del turista le va empujando a acercarse más y más. No lo hará a menos de unos 400 metros. El de Kentucky es especialmente incisivo y temerario. 

Un macho alfa allá por el instituto que se viene a Alaska con mujer y niña de nueve años (¿no empezó ya el colegio? sí, empezó el martes aquí), con gorra, camiseta de lo bueno que es el petróleo para Alaska (o sea, de una empresa que lo saca) y no hace caso a la niña (solo cuando le tiene que quitar los prismáticos porque lleva mucho tiempo con ellos); mucho menos a la mujer, que en los paseos se va sola por ahí porque no me extraña, viajar desde tan lejos a tan lejos y que el marido siga por ahí. Él solo quiere ver animales salvajes. 

La llamada de la selva de Kentucky a Alaska. 

No tengo ni idea si son de Kentucky.

Este soy, que de Kentucky tengo lo que haya bebido en bourbon.

Pero pinta de gran ciudad que no vote a Trump no tienen.  

El oso de hoy se echa una siesta (por eso en la foto solo se ve su culo y un lomo enorme). No saluda a los humanos que lo tienen que apreciar desde una distancia prudencial. A lo lejos, es la mancha blanco roto entre las múltiples gaviotas. 



-¿Cuál es la menor distancia a la que has estado de un oso?

-Dos metros. 

-¿A propósito?

-Claro que no. 

Ben no tiene ni 30 años ni dientes en la parte de arriba salvo un incisivo. Usa sudadera con capucha, está moteado de barro de arriba abajo y cada dos frases de explicación intercala a alguien de su familia.
Bromea con la desolación de su tierra, de los chamizos donde acampan y hacen barbacoa sus vecinos allá donde terminan las carreteras (no dice que aquí las casas se abandonan pero no se derriban porque sería delito, porque son historia de los que se asentaron antes que nadie).

Bromea cuando dejamos la carretera de tierra prensada y nos zambullimos en la arena blanda a toda velocidad: espero que nadie sea propenso a marearse.

Bromea salvo con lo de acercarse a los animales. 




Ni siquiera a los muertos. Cuando pasamos a un par de metros de una morsa pudiéndose y sobre la que picotean varias gaviotas, el de Kentucky pide que paremos. 

-Ni de coña. 

Dice Ben. 

Serio.

Ben es un iñupiat, que no lo había dicho. 

Un habitante del fin del mundo. 












jueves, 4 de septiembre de 2025

El viejo oeste en el (nor)oeste de verdad

Utqiagvik puede ser muchas cosas: el punto más al norte de Estados Unidos, la ciudad más fría de Alaska, el municipio donde más días (66, entre el 18 de noviembre y el 23 de enero) es de noche, el fin de todas las carreteras (aunque para llegar haga falta un avión porque no hay conexión por tierra al resto del Estado y aquí, más de 500 kilómetros dentro del Círculo Polar Ártico, no llegan cruceros) y, por lo tanto, el fin del mundo conocido... si es que nos creemos el cuento de que el mundo se acaba donde digan los occidentales. 

Utqiagvik recuperó en 2016 su denominación original de la tribu de los Iñupiat, los más numerosos en el extremo noroccidental del continente, desde el Barrow anglosajón... pese a que los aviones siguen volando a Barrow. Dicen que este rincón lleva habitado por los nativos desde el 1.500 de antes de Cristo.

Dos tercios de su población sigue siendo de origen nativo y solo uno de cada seis blanco. 


Decía que Utqiagvik puede, y es, muchas cosas. Pero también es una mezcla inverosímil de poblado de pioneros del viejo oeste y vertedero de la civilización. La línea de costa, donde el Ártico ruge y bate en su primer contacto con la tierra firme, es de arena oscura, apelmazada, sucia, y en ella se apilan neumáticos de camiones gigantescos, estructuras de metal oxidado, árboles muertos y lo que el mar haya vomitado. 



Aquí no se pasea románticamente al atardecer.

Uno, que tiene sus costumbres, se va a pasear a media tarde. 

Y se pone a nevar, con una sensación térmica en el aire de cinco grados bajo cero.




 Dicen las estadísticas que la primera nevada suele venir a principios de octubre. 

Ya ven. Aunque más que nieve con granos de hielo, como supongo que los recién casados se sienten cuando les arrojan arroz.   

Solo que con un poco más de frío. 

Y no, las fotos no son los arrabales de Utqiagvik. Es su calle principal. Aquí no hay asfalto porque bajo el fango reina el permafrost, que es ese suelo que se mantiene a no más de cero grados.




Resulta complicado discernir qué casas están abandonadas y cuáles no. El deterioro es casi idéntico en todas. Desde una, un niño se ríe y me saca el pulgar hacia abajo. 

Qué hará el gilipollas este ahí afuera.  

A qué no se lo dices a los niños mayores que juegan al baloncesto bajo la ventisca.






Utqiagvik es cara, muy cara. Traerlo todo en avión lleva su sobrecoste. Varios ejemplos del único supermercado de lo que dicen que es el downtown: un KitKat, cuatro dólares; un paquete de Cheetos, 11 dólares; un paquete de café, 23 dólares. 

No hay alcohol. Está prohibido venderlo, aunque no consumirlo si lo traes contigo. 

Hay más quads que personas (como en Barbate, pero sin droga y unos pocos grados menos). 

No hay McDonalds ni ninguna otra cadena. Una hamburguesa simple con patatas congeladas cuesta 20 dólares. 

Hay un local donde fumar cannabis. 

No hay horarios.

Hay un aeropuerto donde la terminal es un hangar de hojalata.

Hay gente andando por el lodo en camiseta de manga corta.

Hay osos polares. Y focas y morsas. Y ballenas cuya caza por un joven de la tribu se celebra como acontecimiento. 

Hay tradición en enseñar a cada miembro de la tribu a ganarse la vida con lo que hay. 

Con lo poco que hay. 









Hay cierta belleza en todo esto. 

Lo que el fin del mundo deja hacer a la civilización. 

Arrastrarse en el barro. 


Aquí se viene al fin del mundo


Pero yo no. Soy europeo y tengo un estilo (¿el qué?). Tuve señales. Yo creía que era catetismo a lo de decathlón en un domingo de Casa de Campo. Porque, si no, que me diga alguien por qué en el avión a Anchorage todos iban vestidos como si, nada más aterrizar, en vez del pasaporte, te fueran a empujar a correr por un sendero entre osos y falta de autoestima. 

Me explico: hay solo tres aviones internacionales que aterricen en Anchorage (la ciudad tan más poblada de Alaska que aglutina la mitad de la población total de un estado tres veces el tamaño de España). Hay dos desde Canadá y el tercero desde Frankfurt. Ahí estaba yo, en el alemán. Muy bien, que el avión iba a un cuarto de capacidad y no hay dios clásico, nórdico, cristiano o inventado (¿como todos?) que no sepa la lotería que supone no tener a nadie al lado en un vuelo intercontinental. Rodeado de gente vestida para asaltar los senderos peor señalizados... cuando lo peor señalizado de la civilización que conocemos es el aeropuerto de Frankfurt. Aunque hablaban alemán y ya sabemos que si una azafata te pregunta el sabor del zumo suena mal porque todos hemos visto películas de chico donde en un control de frontera preguntan algo indistinguible y...

Bueno. Que llegué a Anchorage. Aeropuerto internacional, dicen. Cada uno se sube la moral como puede. 

El oso que no falte. 




Este es el ambiente. 



Estos son los medios de telecomunicaciones (el único cajero que había estaba estropeado). Y no es broma ni una exposición:




Hay un mostrador de información y una señora que debe de estar acogida a la Seguridad Social española porque sigue trabajando con 80 años. Hay gente que porta carteles dando la bienvenida a una profesora o algo. No hay nadie, básicamente. He visto películas de zombis donde en un aeropuerto hay más vida (eso quita a los zombis que corran hacia ti, carne fresca). 

Anchorage es ese fin del mundo perfecto. Para empezar, porque no vive mucha gente y eso te da campo para correr.
 
Lo malo de eso es que no te da para mucho más. 

Pero es que esto es el fin del mundo. 

Salto muchas horas a una conversación. Camille, una camarera muy amable (aquí en los USA todos son amables porque viven de las propinas) me pregunta que si estoy en Alaska por la naturaleza, por los leones marinos o por el senderismo. 

Entonces, ¿tienes otra cerveza local?

Pregunto yo, todo tacto. 

Camille pone cara de fletán y me pone otra IPA con demasiado sabor a limón.

Estamos en Seward, que es un pueblito de unos 2.000 habitantes encasquetado en un fiordo (como en Noruega) y donde se supone que las fotos son preciosas porque se ven montañas con mucha nieve. Lo que hay es mucha niebla y no se ve a más de cien metros.




El tiempo en Alaska no está hecho para las postales. 

Seward, cuyo nombre honra al secretario de Estado que negoció en 1867 la compra de Alaska a Rusia, está enclavada en una bahía de nombre precioso y premonitorio: Bahía Resurrección. 

Seward fue fundada a principios del siglo XX y los que ya habían llenado los Estados Unido fetén de ferrocarriles decidieron crear uno aquí que cruzara el Estado. Al principio, fue solo la estación de salida hacia lo desconocido. Lo que pasa es que se les explotó la burbuja y dejaron la línea férrea con unas pocas millas nada más. A Seward casi le dio igual o le vino hasta bien porque se convirtió en puerto de entrada literal: por mar. Luego, la Segunda Guerra Mundial la convirtió en lugar estratégico para el salto a Japón y el puerto de Seward crecía y crecía. 

Hasta 1964, que la tierra tembló y la aguas arrasaron Seward. El mar ganó y Seward volvió a convertire en puerto pesquero humilde y al que llegan turistas de tres tipos: cruceristas, de acampada y por tren. 




  
Donde estuvieron los muelles e infraestructura de la que fuera ciudad más importante de Alaska quedan pilotes carcomidos y solares donde aparcar la autocaravana. 

Yo he llegado por tren. Un paseo que ya de por sí merece la pena (y el precio). Aquí sí hay para imprimir miles de postales... aunque el tiempo no mejorase hasta la tarde. 


 




El viaje de cuatro horas y pico para 200 kilómetros (hay gente que va en bicicleta más rápido) es un trayecto a través de bahías desoladas, bosques impertérritos, montañas nevadas en verano, glaciares derramados, animales a los que no les da la gana salir a que les hagan fotos. 







No sé por qué estoy aquí salvo porque sí, porque me quedaba Alaska y Puerto Rico y Hawai para pisar todos los EE UU. Pero creo que sí, que estoy aquí porque esto es el oeste del oeste, que luego ya viene el este tal y como lo conocemos (el extremo oriental de Rusia, Japón, China...) y porque, ahora que estoy aquí, eso de que es la última frontera, como le encantan presumir en la publicidad estatal, tiene su sentido absoluto. 

Esto es muchas cosas que desarrollaré antes de incurrir en ser novelero, dando por sentado cosas en día y medio... o sea, como reportero de verano que da consejos universales lo que la Carmen de Córdoba te dice que tienes que hacer en una ola de calor o en un agosto más. 

Dormir la siesta. 

Si no trabajas, en agosto a las cuatro se duerme con el sonido de la tele de fondo. 

Alaska: me he perdido. En Alaska no pintas mucho si no se te ha perdido nada, o todo, y no lo sabes aún. 

Eso es lo que creo. 

Llevo un día.

Y me he comprado un cortafríos y camisa recia cuadros. Ya verás como en el vuelo de regreso van todos vestidos como de traje de chaqueta prestos a no bajar los tipos (chiste sectorial).