Mostrando entradas con la etiqueta Pop. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pop. Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Día 7: Let's Pop!


Esta ruta, este blog, la primera novela que me publicaron, tienen como denominador común una palabra pequeñita: pop. 

Pop es muchas cosas. 

Pop es el alivio que se siente cuando se sale de alguno de los múltiples atascos que me he comido hoy. 

Pop es el ruido que no hacen los tarros de ketchup de Heinz porque ya los botes vienen con sistema antigoteo. 

Pop es el ruido con el que chascan los árboles salvajes cuando le han ganado el terreno a la civilización. 

Pop es la versión diabética de la música y odio a los Beatles así que no vayamos por ahí.

Si titulé aquella novela como Una aventura pop fue en homenaje a la corriente artística que elevó a los altares del consumismo de masas Andy Warhol; el de las latas de sopa de tomate, las estrellas de la farándula en mil colorines o su misma jeta producidos en series y con infinitas variables tonales. El que, más allá de convertirse en icono (que es lo que siempre quiso ser, desde que coleccionara de muy pequeño recortes y carteles del Hollywood dorado), reivindicó un arte construido desde los iconos de nuestra vida cotidiana, ya fueran de la publicidad o de la cultura popular. 

Poco antes de morir, Warhol volvió a la Campbel y a la Coca-Cola, aunque actualizando su modo de presentarla; de botella a lata la bebida y de lata a sobre las sopas. De esta serie apenas hay muestras.

Pop es, en definitiva, el diminutivo de popular. 

Así que popeemos un poco, que es lo que siempre ha hecho esta ruta, viajando hasta las mismísimas entrañas de los mitos de quince minutos que vemos en el cine, en la televisión, en nuestras tabletas (ay, qué pena) o en los móviles (qué horror).  



Aunque ya han aparecido imágenes del Museo de Andy Warhol en Pittsburgh (su ciudad natal y el centro con mayor número de obras -en su mayoría menores, dado que las conocidas se las rifan las grandes pinacotecas del mundo a golpe de talonario-), vayamos cronológicamente. 

Y empecemos en Cádiz. 



Cádiz, Ohio, he de aclarar. Fundada a principios del siglo XIX en honor a la Cádiz fetén, que en aquellos años previos a la Guerra de la Independencia era uno de los nexos comerciales más importantes del mundo. 

En este pequeño y coqueto pueblecito (ubicado en la esquina suroriental de Ohio) hay muy poquito que ver pero, como dice el cartel de arriba están muy orgullosos de sí mismos. Más que nadie, llegan a proclamar (el amor a su ciudad lo han heredado de Cadi, Cadi).

Por tener, cuentan hasta con un Óscar y una de las estrellas más rutilantes de la historia clásica del cine. Porque el señor Clark Gable es gaditano (¿el gentilicio será gaditanian?).


Un famoso del cine, un rincón perdido de América y una pechá de kilómetros para contarlo. Eso es esta ruta en esencia. 

Como también lo es la parada obligada al mundillo de las series. Ya hablé ayer largo y tendido de la Harlan real y muy poquito de la serie que propició mi viaje a la esquina más deteriorada de Kentucky: Justified. Como si ya no fuera bastante desviarse cientos de kilómetros hasta el condado minero, esta mañana me he tragado el atasco mañanero en las circunvalaciones de Pittsburgh (después de sufrir otro previo a causa de un accidente) para poder llegar a Kittaning, la localidad de Pennsylvania cuya calle principal servía de imagen para la serie (en lugar de la Harlan original, demasiado sobria y pobretona para quedar bien en los títulos de crédito). 



Y desde Kittaning, de vuelta a Pittsburgh (a las diez, los atascos se habían limpiado), donde el chaval Andrew ya se pintaba a sí mismo en el instituto:



Pero aquí habéis venido a ver chicha y famoseo:






¿El resumen? Pues el museo merece la pena si te intriga el personaje. Luego, las siete plantas están muy bien montadas (a lo grande, como gusta a este lado del océano) y se permiten el lujo de detenerse en etapas no tan explotadas como esas imágenes omnipresentes en cualquier tienda de fotos de barrio con tu propio careto en azul, rojo, amarillo y verde.

Sin embargo, salgo de Pittsburgh preguntándome si en esta ciudad encallada entre colinas, acuchillada por tres ríos y de nubosidad constante (y no hablo de lluvia, sino de la contaminación de sus mil industrias, incluyendo la Heinz), los patos sueñan con cosas de patos o con patos eléctricos a la naranja exprimida.



La tontería que acabo de soltar es para quitarme un poco el mal rollo de encima. Ya sabéis: el gracioso (negro hasta hace muy poco; últimamente gordo y, si puede ser, gordo y oriental) de la peli de miedo que va soltando chistes hasta que le sueltan la cabeza del resto del cuerpo. 

Pennsylvania es enorme: da para Filadeldia, Gettysburg, los amish, Pittsburgh y su universo industrial y aún le queda un enorme vacío en el medio donde se apiñan montañas de mayor o menor tamaño, donde las nubes se deshinchan al caer la tarde en forma de niebla, en forma de lluvia finalmente.



En el centro de ese vacío, se encuentra lo que fue el pueblo de Centralia. Un genuino pueblo fantasma donde no queda casi nada (y esto es literal) de lo que hubo hasta principios de los ochenta. Pueblo minero durante toda su historia (desde mediados el XIX), a finales de los años 60 del siglo XX se descubrió que había comenzado a arder el subsuelo bajo el término municipal y que, así a vuela pluma, podría estar cociendo la zona otros 250 años más. El pueblo, habitado por un millar de habitantes se desalojó, el Estado expropió todas las viviendas y derribó absolutamente todo recuerdo de la localidad. 

Bueno, no todo. 

Pero a eso voy ahora. 

Hasta llegar a Centralia, solo he visto un cartel que la señalice (uno que indicaba su distancia a 14 millas) y el GPS te lleva pero, de pronto, al alcanzar su término municipal se pierde la señal y ni siquiera se pone a recalcular. 

Los fantasmas no existen ni para el GPS.

Sabes que estás en Centralia porque el asfalto pasa del gris oscuro a un rojo sanguinolento. El bosque es el mismo antes y después de la carretera colorada: exuberante e indiferente. 



En la segunda foto, el cemento entre el rojo y los hierbajos es la típica acera americana. 

La vegetación se ha comido los solares donde estuvieron los hogares y quedan vestigios inquietantes. Los carteles de stop o señalizaciones viarias están pintarrajeados con motivos obscenos (en los USA no ves una sola señal manchada o pintada) y los mosquitos son del tamaño de helicópteros de rescate marítimo. De lo silencioso que está todo, las chicharras parecen salvas de cañonazos y los coches que pasan por la carretera resuenan como aviones aterrizando. 

Yo no noté que hiciera más calor.

Pero es que tenía el cuerpo cortado. 



En Centralia queda algún resto de la civilización. Para ser exactos, los dos cementerios y hasta tres casas que parecen habitadas. Según la wikipedia, hay siete habitantes que permanecieron en Centralia y lograron pactar con el Gobierno estatal. 

Allá ellos, debieron de pensar en la capital. 



Me hubiera gustado sacar una foto más artística, aunque os invito a mirar de cerca la imagen que hice a toda velocidad desde el coche y veréis que las rancheras están coloreadas con motivos militares. No sé: llamadme prejuicioso, pero cuando vives en un pueblo fantasma de un país en el que proliferan las armas y pintas tu coche de camuflaje no creo que seas del tipo de gente que le gusta que anden sacando fotos a tu casa. 

Porque pop también es el ruido que hacen las pistolas con silenciador.

Y pop, para terminar con una nota alegre, son los post dedicados a las comidas...

Mañana, con eso de que es viernes y la ruta entra en terreno conocido (vuelvo a Nueva Inglaterra, donde ya di cuenta el año pasado), vendrá la entrada de comidas... 

Id haciendo hueco.

lunes, 29 de mayo de 2017

Luna de miel en el Hotel California




Hace poco más de 20 años, el 16 de enero de 1997, puse el punto y final a mi primera novela, una cosita bastante infumable y pedante llamada 'Luna de miel en el Hotel California', debidamente escondida ahora en lo más profundo de armarios y carpetas. Iba, como no podía ser de otra manera, de tremendismos juveniles, de la sensación terrible que te aplasta a los 20 años de que todo eso que has estado esperando desde que tenías 14, 15 o 16 años y que la vida adulta te iba a regalar con la mayoría de edad era una patraña. Cambia el calibre de las frustraciones, se acumulan en todo caso. Año tras año.

Lo terrible es que ni lo sabes en ese momento. Por eso, la novela no era tan sesuda ni existencial. Lo que sí era un ladrillazo importante: porque empezaba yo a leer en serio y me daba por enlazar páginas y páginas de párrafos sin punto y aparte, en una triste emulación de la narración río/monólogo interior. En el fondo, la historia era una especie de 'Amor a quemarropa' en Madrid: chico solitario conoce a chica peligrosa y huyen en una sola noche en un amor imposible, con cierto toque fatalista, bajo la influencia satánico/maldita de la canción que da título a la obra.  

La había comenzado el 13 de septiembre de 1995 a bolígrafo en un cuaderno de anillas de tamaño folio en la tienda de zapatos que mis padres tenían en San Fernando, a pocos meses de empezar el tercer curso de la carrera de Periodismo. Durante aquel año, aprovecharía las clases para seguir escribiéndola a mano mientras alguien hablaba de redacción o dábamos por tercer año consecutivo el artículo de la Constitución que habla de la libertad de expresión... y luego la pasé a máquina en un viejo aparato eléctrico (entonces era toda una innovación para escritores). Es decir, la escribí de principio a fin dos veces (en el camino se cayeron capítulos enteros, de hecho).




Lo que sí hubo desde el primer momento fue intención de añadirle banda sonora. Y eso hice: cada capítulo tenía como título una canción. En aquella época sin internet la cultura musical de cada uno dependía de su familia, amigos, círculo de universidad... lo que cayera cerca, oyera en una radio o viera en una película. Así que hay obviedades de veinteañero universitario (ese Silvio), canciones que han envejecido bastante mal y otras que son, todavía hoy, indispensables en mi BSO personal.

¿Que por qué cuento todo esto ahora? Porque en menos de 24 horas (martes, 30 de mayo, a las 20:30 horas en la Beer Station de Madrid) presento mi segunda novela publicada, 'La Dama Blanca del Mississippi', tan distinta pero hermana al fin y al cabo de su precursora de hace 20 años. 

No sólo por el uso de canciones en una novela... qué va...

Quieras o no, somos lo que somos (que dice Tennyson).

Salud.   


You're so cool (Hans Zimmer)



Hotel California (The Eagles)



Ordinary World (Duran Duran)



Paint it black (The Rolling Stones)



Connection (Elastica)



Runaway (Del Shannon)



Listen to me (Texas)



Wicked Game (Chris Isaak)



No one said it would be easy (Sheryl Crow)



The unforgettable fire (U2)



Ojalá (Silvio Rodríguez)


miércoles, 3 de mayo de 2017

Pop, rock y… gracias


 

(Todo lo que sigue a continuación es autobombo y por eso pido disculpas de antemano, pero, ante todo, quisiera que fuera una muestra de agradecimiento)

Justo aquí al lado, a la derecha misma de estas líneas, en el perfil de este blog cuento que hace tres años y medio publiqué una novela.

Muy pronto, próximamente, en breve, en cuestión de horitas, en una miajita de ná… saldrá a la calle una segunda novela. Se llama ‘La Dama Blanca del Mississippi’ (‘Un Horizonte Rock’ como subtítulo). Para los que conocéis la primera, es una obvia segunda parte (con cierto aire de reinicio, en todo caso) de aquella aventura pop, con sus principales grandes protagonistas de vuelta y revuelta, su banda sonora renovada (y castellanizada) y todo lo que la caracterizaba en el fondo y en algo de la forma. Y para los que no la leísteis, tampoco importa demasiado: se puede abordar perfectamente como novela independiente.

Lo que realmente importa ahora mismo es una persona, Carmen Moreno, y una editorial, Licenciado Vidriera (con todo su equipo editor, diseño, grafismo, corrector…), que han hecho posible este contraataque, este regreso, esta secuela, este pequeño y precioso milagro que sigue siendo hoy día que te publiquen un libro en papel, con olor a papel y capaz, en su caso, de calzar una mesa coja si es que no te gusta.

Aunque ese sería un destino injusto. Al menos, que sirva para decorar una estantería. No por mí. Sino por toda esa gente que, como decía, ha estado detrás de su publicación. Gracias a todos.

No quiero convertir esto en una lista de agradecimientos en plan Premios Óscar y no lo haré. Por ahora: eso quedará para las presentaciones en la que espero veros muy pronto (ya informaré también de cómo y dónde se puede comprar).

De lo que va y de lo que le acontece a esta dama blanca del Missisippi ya da cuenta la sinopsis que se puede leer en la foto adjunta.

Para acompañar, os dejo una de las canciones de la BSO de uno de esos lugares donde nunca se pone el sol:
 
 

 

martes, 7 de julio de 2015

Día 2: Insurrección




Podría ser un mástil de un viejo navío de guerra que aún retoza Mississippi arriba y abajo.

Pero no: claro que no lo es. Será el trozo de algún viejo muelle al que han corroído las corrientes y lo han arrancado de cuajo. Río abajo, hay muchos de esos muelles que se caen a lagrimones. 

Hubiera estado bonito, sin embargo. Y me hubiera venido a la perfección para hablar de lo que voy a hablar hoy: mi libro (o de la batalla de Nueva Orleans). 


(Como sé que os vais a quedar con el detalle de la gorra sólo os digo que, de no llevarla, estaría ahora en un centro de salud curándome de una insolación). 

Aclarado el detalle, a mi espalda está la explanada de Chalmette, donde se libró en 1815 una de las batallas más decisivas de la historia de Estados Unidos... Ya, lo sé, lo admito, lo asumo y sigo adelante con todo: fue una batalla decisiva (librada en tres semanas desde diciembre de 1814 al 8 de enero del año siguiente).

Porque en torno al año 1812 no sólo estuvimos los españoles peleándonos con Napoleón sino que los ingleses (aprovechando la confusión generalizada en Europa) se lanzaron a reconquistar a los Estados Unidos, colonia perdida 40 años antes. Ellos (o sus libros de historia o la wikipedia) dicen que no, que era para asustar y para dejar claro quién mandaba en el Atlántico. El caso es que no sé si fue para asustar o no pero en su empeño quemaron hasta la Casa Blanca. 

¿Suena poco esta historia en Hollywood, verdad? Pues debería sonar más, porque el capítulo final de este truco y trato british fue conquistar Nueva Orleans y subir Mississippi arriba hasta Canadá (donde ya mandaban) y así dominar la arteria comercial de los USA. Un susto estándar, vamos. 

Lo más famoso que quedó de aquello es una cancioncilla cuyo soniquete os sonará, que se compuso en la época para cantar victoria (chiste fácil) y que no cuenta una sola verdad (¿para qué contar la verdad si es más interesante la leyenda?).



Decía que extraña el silencio peliculero (o no: por lo general, Nueva Orleans es un capítulo aparte en la cultura popular americana) porque la Batalla de Nueva Orleans reúne todos los elementos épicos oscarizables: una ciudad sin apenas defensa y sin soldados (estaban luchando contra los mismos ingleses al este) acosada por miles y miles de enemigos que habían prometido reducirla a cenizas. Tras los parapetos aliados, americanos de nuevo cuño, franceses, españoles (sobre todo, canarios), indios nativos, negros liberados, negros aún esclavos, algún señorito despistado...

Y un general, Andrew Jackson (luego, un par de décadas después sería el primer presidente nacido en el Sur en llegar a una Casa Blanca supongo que repintada a esas alturas). Un tipo conocido por sus batallitas contra los ingleses y un tipo que se plantó en una explanada a unas pocas millas al este de la ciudad a esperar a unos ingleses que le multiplicaban por diez en número. 



En concreto, Jackson ordenó construir una barricada aprovechando un pequeño canal de agricultores que, en la foto siguiente, aún se puede apreciar en el primer plano por los hierbajos distintos al prado uniforme.  



Al fondo, donde se aprecia una línea de árboles y despunta una torre, estaban los ingleses tomando el té. 



Por el flanco izquierdo, en esta otra línea de árboles, se perdía el suelo firme y el terreno era pantanoso con profundidades que variaban pero que no bajaban de la altura del pecho.

Así que los americanos resistieron como pudieron, los ingleses recibieron su merecido (los ingleses siempre han sido malos, muy malos, con los españoles: no deberíamos olvidarlo) y el parte de bajas fue curioso: 333 americanos (o aliados, que la mayoría fueron negros a los que ni consideraban americanos) muertos por 2.400 ingleses. 

Los barcos de su Majestad salieron huyendo del Golfo de México y por aquellos días se ratificó el Tratado de Gante por el que se firmaba la paz entre Washington y Londres (pero, ay, si los ingleses conquistan Nueva Orleans). 

Y todo este rollo que os he soltado es importante para mí porque esta batallita es parte importante de la segunda parte de (entramos en bloque publicitario: el que lo desee que salte al siguiente párrafo) Una Aventura Pop, cuyo nombre aún no desvelaré y cuya publicación se espera para septiembre o así. 

Ligeramente emocionado (ya sabéis que yo no pierdo la compostura por nada) estaba yo por visitar este punto clave del libro que quise inmortalizarlo. Pero resulta que le pedí que me hiciera la foto a un tipo que muy bien podría ser Carlton Banks con 70 años y que no mostró piedad alguna de mí, tropezando y casi cayéndome por la borda... 



Qué va: no se ofreció a hacerme otra.   

¿Qué qué hacía en un barco? Pues aprovechar que había un crucero guiado en un bonito barco de vapor imitación de aquellos del siglo XIX que paraba en la apartada explanada de la batalla. 

El barco era así de majo (¿a vosotros, cuando eráis pequeños no os molaba también el barco fantasma del Parque de Atracciones de Madrid? A mí, desde luego que sí).




También he aprovechado el barco para presentarme al guía que contaba toda la historia de la batalla, que resulta que es periodista, que ha trabajado para The Guardian en Londres y en Nueva Orleans, y con quien he acabado hablando del libro y del fin del bipartidismo en Canadá (esto es porque se ha colado un canadiense que también quería hablar de su libro). De Canadá hemos pasado a Reino Unido, España y...

En fin, que esa es otra historia. Entiendo que estáis ansiosos por que os hable de Canadá.

La de hoy va acabando hoy con la mejor forma posible de dejaros buen sabor de boca.

Sí, queridas y queridos míos, he reservado las fotos de comida para el final (así os tragáis la lección de historia previa).

He vuelto al paraíso de los desayunos, el Ruby Slipper (en el mismo edificio de mi hotel) para abotonarme unos Egg Blackstone (sobre un panecillo, tomate natural, bacon, huevos pochados y holandesa; acompañados de patatas):



Siento una verdadera maravilla el desayuno, lo que vino a mediodía ha superado todas las expectativas. He probado cosas buenas y muy buenas hasta ahora, pero este sandwich es la Natalie Portman de los sandwiches... el que recordaré cuando me coma un triste bocata de pan bimbo con queso tranchetes y jamón El Pozo... Lo he tomado en el Cochon Butcher, una gastrocharcutería (hay chorizos colgando, lo juro) junto al restaurante Cochon, uno de los punteros de la ciudad... Pero los bocadillos de su hermanito desenfadado son...

Ains.. (suspiro grande seguido de puchero no menos grande). Os presento la Cochon Muffaletta (es el otro bocadillo autóctono, junto al poboy)...


El pan (y calentito, además) tiene el sabor y la forma de la mejor napolitana salada que hayáis tomado... y en su interior, ocho lonchas de jamón asado, abundante bacon, chorizo picante, triple capa de queso fundido y, de base, una especie de ensalada con sabor a aceituna...

Ains...

Casi no me quedan ganas para despedirme... Para la canción de hoy se cuela El último de la fila cuya conexión con Nueva Orleans es completamente ninguna. Sólo que es la primera canción de la BSO de la continuación de Una aventura pop. 


lunes, 6 de julio de 2015

Día 1: Empezar a empezar de nuevo


Hoy sí. Hoy rompo años de tradición mentirosa: hoy seré breve. Como un aperitivo, vamos; o un prólogo de compromiso. Pero algo sencillo y rápido. 

Salud:



De vuelta a Nueva Orleans es como si no hubiera pasado un año (aunque vaya año más largo que se ha hecho). Lo digo con esa misma sensación de familiaridad de la que nos jactamos en Madrid los de provincia cuando vamos por segunda vez, en primero de carrera, a abrocharnos un bocadillo de calamares. Madrid ya es nuestro a la segunda. 

Nueva Orleans lo es a la primera.

Porque hay cosas que nunca cambian: como los taxistas extremos. Si en 2014 fue André (con esa pinta de haitiano que se va a cortar pescuezos de gallos cuando aparque el taxi) y su inglés imposible, hoy me ha tocado una hindú, paquistaní o vete a saber... con un inglés no menos imposible (donde Crown Plaza decía Crown 'Playa'). Joven, sin licencia a la vista y que conducía encaramada al volante como a un elefante derrapando en un barranco. A la cuarta manera que le he intentado explicar la dirección (se la he escrito, no era solo choque de acentos), una tan sencilla como sería Serrano con Ayala en Madrid, me ha confesado que sabe "un poquito español". Que su prima sí que sabe (en fin). Y se calla. Y al rato empieza: uno, dos, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez... Un poquito, un poquito, insistía. Y se calla. Y salta: trece... ¿era quince?... Si, sí, quince.

Pero anda que no ha dado vueltas a la manzana del hotel equivocándose en todas las direcciones (menos mal que la tarifa es plana desde el aeropuerto). 

Y ya estoy aquí, y ya me he ido a cenar al Mother's (ya que me sentía en casa, adonde la mama)... un sitio en el que siempre hay cola... aunque sea el equivalente a la medianoche en Madrid: colas para comer sus poboys, su jambalaya, su no pollo frito (se les había acabado)... Y un poboy, que es como le llaman aquí a los bocatas, me he tomado. El Ferdi Especial de la casa, relleno de jamón asado, carne mechada (o como la llamen aquí), carne deshilachada, col, pepinillo y mostaza... todo, bañado en un lago de salsa de carne. Tal que así:



El sitio luce de esta guisa y se confirma que es una institución (no sólo porque el gocho de Crónicas Carnívoras lo eligió como uno de los tres sitios de su programa dedicado a Nueva Orleans) porque estaba repleto de gente local (con algún turista, claro).



Después, y bajo ese calor aplastante de esta tierra (cuando el avión aterrizaba parecía que se metía en un vaso de leche, de la condensación de humedad que había en la atmósfera), me he tomado otra cerveza más. 

Salud (bis):



Y nada, que hay veces que empiezo a empezar de nuevo... ("There are times I begin to begin again", que le cantan a la ciudad los Foo Fighters en ese disco en el que dedican -y grabaron- una canción a cada una de las ocho ciudades musicales de los USA... y que en este caso es algo regulera, la verdad).



He sido cortito. 

Mañana no lo seré.

Que hablaré de mi (próximo) libro. 

martes, 16 de junio de 2015

El Retorno de la Ruta Pop



En algún rincón de Nueva Orleans debe de andar un coche temblando por lo que se le viene encima…



Ya está aquí Americanity. Ya está aquí, a menos de tres semanas, la Ruta Pop 3; ya está aquí El Retorno de la Ruta Pop; ya está aquí la razón de ser real de este blog: kilómetros, comidas, canciones, moteles baratos y muy baratos y, lo más importante, todo lo que vea y crea digno de mención (ya sea una asesina en serie o una de las mejores veladas demi vida). Tras la censurada primera entrega (de la que apenas quedó esto, tras 7.000 kilómetros, Faulkner y Little Big Horn) y la Ruta Pop Contraataca de 2014 (de ésta hay documentos numerosos que podéis encontrar en el archivo del mes de julio, desde Nueva Orleans a territorio zombi), es momento de calentar motores.

A partir del 6 de julio, en vuestras pantallas, desde Nueva Orleans (otra vez, sí) a la América fronteriza, el camino de cristales azulados de Albuquerque o París… París, Texas.

Y, mientras tanto (y hasta que en un post más adelante os cuente algún detalle más), ya hay canción introductoria (y que me encontró este mismo fin de semana):







domingo, 31 de agosto de 2014

Ahora que el mar...






"And he looked around and said:
I'm lonely--
I'll make me a world".


James Weldon Johnson  


Mala suerte. Esto es septiembre. Esto es la vida de nuevo. 

Esto es tu vida. 

¿Soñaste demasiado mientras te tomabas el cubata en un chiringuito? 

¿Te dieron ganas de adentrarte en el mar, cuando apenas las olas te cubrían los tobillos, y marcharte lejos; tan lejos, al menos, como para no volver a donde volverás hoy o mañana o ayer o el día 15 o la semana pasada o el mes que viene? 



¿Sentiste esa melancolía que se adueña de tu agenda -da igual si la del móvil o la mental- al mismo ritmo que el sudor de la cerveza se evapora, que el vaso se calienta en un bar junto a la playa?



¿Pensaste que el mundo es precisamente eso que viste en lo alto de un risco, jadeando tras la caminata, en una vista en 360 grados de naturaleza, acaso un pueblecito borroso en blanco en una esquina?

¿Imaginaste que ese sol nunca se iría (o vendría), que el naranja, el rosa, el morado, quizá el rayo verde, siempre penderían a punto de rozarse con el agua, el risco, el río, la ciudad?



¿Tatareaste feliz las canciones que sonaban en el coche?


¿Te vengaste de la rutina con siestas del tamaño de Júpiter?

¿Recordaste qué era aquello que quizá no es que hayas perdido realmente sino que has ido orillando en el altar de la rutina diaria pero que, sin embargo, siempre has querido y, pobre de ti, acaso hayas perdido realmente?

¿Suspiraste ante las historias que no pudieron ser ante el último horizonte de verano?




¿Qué querías?

¿Qué quisiste? 

Ahora que el mar se encrespa de nuevo, que cantan aquí abajo los Black Keys...


Esto es la vida. Esto es septiembre. 

¿De veras?

¿Qué querías?

¿Qué quisiste? 

O bien, y como dijo Chavela, vámonos...














lunes, 25 de agosto de 2014

Escenario de una batalla



Una aventura pop (publicada por Lapsus Calami y Jorge Vales Fernández) arranca entre esteros y marismas, a las afueras de San Fernando, y en plena refriega entre franceses y españoles durante la Guerra de la Independencia. ¿Por qué resistieron Cádiz y La Isla? No siempre se puede tener la oportunidad de ver desde un helicóptero el paisaje de una batalla. Aquí podéis hacerlo justo en el minuto 1:31:10 (dadle a la pausa justo ahí). 

Obviamente, no había carreteras ni el puente de la izquierda ni ese polígono que se adivina a la izquierda. El puente de la derecha (el más pequeño), sí existía desde la época romana, auqnue fue destruido en 1810 para evitar una entrada más sencilla del enemigo. Justo en el borde de ese puente, y en lo que la imagen es la única zona de color arena, estaba el alto mando español (había otras posiciones españolas en todo el margen izquierdo de la imagen). Al fondo a la derecha, la mancha blanca es Chiclana, donde estaban los franceses, que a lo máximo que se acercaron fue a la mancha oscura del extremo superior izquierdo: el Pinar de los Franceses. Sin embargo, el 80% del paisaje es similar al que había hace dos siglos y lo que ha cambiado era más terreno pantanoso entonces. Es decir, más inaccesible para un ataque.
 

Con entrevistas a ciclistas y clasificaciones entre medias (pasad el vídeo en ese caso), el helicóptero va remontando el caño (es la franja de agua más ancha, la que parece un río), por todo el lateral sur de San Fernando hasta llegar a mar abierto, a la playa de Camposoto, en cuyo extremo se situaba el flanco más vulnerable de la defensa. 



A lo largo de todo el caño (por lo general, en la parte inferior de la imagen o a la derecha) había fortificaciones españolas. Y por ahí correteaban Ricardido, el Francesito, y Freddy, el Puchero de La Isla.

(Por si vais a la web otro día distinto al 25 de agosto, es el vídeo de la 2ª etapa)


http://www.rtve.es/alacarta/videos/vuelta-ciclista-a-espana/

viernes, 25 de julio de 2014

Tracklist de la ruta

Todos los días (de carretera)



Tiempo de repaso y de poner la música bien alto (y de repasar post sin leer, ya que estáis en fin de semana). La gran mayoría de canciones sonó en radios locales mientras conducía por un lado u otro (los links llevan al post que más o menos trató esa parte del recorrido), así que no es una selección personal, sino una lista del azar (eso sí, de lo mejor que deparó la suerte).

1) A través de los bayous y de la inminencia ante la catástrofe:

-Bad Moon Rising y Who'll stop the rain, de la Creedence Clearwater Revival.





2) Entre lo que fueron en su día plantaciones de algodón y cuna del blues.

-Knockin' on heaven's door, de Bob Dylan.




3) A pocas millas del Dockery Farm

-I still haven't found what I loonking for, de U2.



4) Sobre un paso elevado de diez kilómetros en los pantanos al sur de Nueva Orleans.

-You can't always get what you want, de Rolling Stones.



5) Al pie de las montañas Apalaches, al norte de Georgia (y no muy lejos de Athens). 

-Losing my religion, de REM.



6) Nada más salir de Nueva Orleans.

-Don't bring me down, de la Electric Light Orchestra.




7) Al norte del territorio Cajún, entre lo poco que se puede llamar pradera.

-Your song, de Elton John.



8) En los primerísimos kilómetros de la ruta pop 2.

-One way or another, de Blondie.



9) Quién si no (y qué canción si no) para una mañana en la prisión.

-Folsom Prison Blues, de Johnny Cash.



10) En uno de los varios viajes arriba y abajo de Lafayette, capital cajún.

-Someday, de The Strokes.



11) Y de vuelta a Nueva Orleans.

-The House of the rising sun, de The Animals.