Mostrando entradas con la etiqueta Kentucky. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Kentucky. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de julio de 2018

Hoja 12: Paul Newman y Cristiano Ronaldo



Tormenta sobre el cañón.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Joshua Tree (California)-Las Vegas (Nevada)-Grand Canyon Village (Arizona): 780 kilómetros.




Un libro: 'De ratones y hombres', de John Steinbeck. Una novelita corta pero intensa, dura y contundente. Un relato de ese Estados Unidos sin futuro, sin esperanza, sin nada que echarse al orgullo. Un paí
s, una idea de país, demasiado grande para una persona normal. Por si no queréis ir a lo grande con 'Las uvas de la ira'. Que también deberíais. 


El desierto de Mojave, en cuyas lindes hay acres por un tubo en venta.

Una canción: 'Love for sale', de Talking Heads. Ya que todo está en venta en el desierto, recupero esta canción que seguramente fue de mis preferidas desde muy pequeño (hablo de los diez años o así). Aún hoy añoro a este grupo y todo lo que hacía. Pero ese riff de guitarra es bestial.




Al igual que en Joshua Tree pueblo, la vecina 29 Palms (29 palmeras) también es territorio comanche. No conté si hay 29 palmeras. Supongo que alguna más. No demasiadas, pero alguna más. 

Una película/serie: 'Justified'. Ya que no voy a estar por Kentucky ni de cerca este año (ya visité Harlan, de hecho, el año pasado), escojo otras de esas series a las que le tengo especial cariño y devoción. Porque, al fin y al cabo, también iba de esa América al otro lado del sueño de progreso, el que subsiste como puede.



Una comida/bebida: Olvidad la hamburguesa de pavo en versión suela de zapato del primer plano. Lo que se merece ser destacado es la cerveza que está detrás. Se llama Sweet Devil Stout y elabora la College Street Brewhouse, de la misma Arizona.



Un dato/hecho: El primer europeo que vio el Cañón del Colorado era, por supuesto, español: el capitán García López de Cárdenas, que pertenecía a la expedición de Vázquez de Coronado que andaba remontando desde México en busca de las ciudades míticas de oro. Los primeros en bajar el cañón y en descubrir el río también fueron españoles, pero en el parque solo he visto referencias a un tal Powell, americano que lideró la primera expedición científica... tres siglos después de los españoles. 



Un descubrimiento: Hay americanos que saben utilizar el zoom, encuadrar, tener en cuenta el fondo y a la persona a la que le estás haciendo fotos... tengo alguna del viaje que no he enseñado que es para echarse a llorar. E incluso esta mujer de hoy en el Cañón no paró hasta sacarme una bien (las tres primeras son horrorosas). Pero lo hizo por su cuenta.





Un error: En el día de hoy, una elección de lo menos malo. Me hubiera gustado, viniendo para el Gran Cañón, conducir un tramo largo de la antigua ruta 66 por Arizona, pero era añadir una hora más a la paliza. Además, ya lo hice en 2009. Gajes de una ruta apretada.




Una historia: Ha sido un día extraño. Madrugón para ir a ver el amanecer en el Joshua Tree (a las tres en pie ya), muchos kilómetros sobre desiertos desolados (lo que no está del todo mal porque tiene su encanto) y autopistas insulsas (esto es mucho peor). Y calor, calor del desierto. Y hasta lluvia... que no deja de ser curioso que, tras casi 8.000 kilómetros de ruta ya el único sitio donde me ha llovido sea en el desierto de Arizona. 

Además, me ha dado por desviarme un poco y meterme en el Strip de Las Vegas porque sí, por capricho. Me he recorrido la mitad, he descubierto que hay bastantes más edificios que hace nueve años (y más brillantes y más descarados) pese a que creía que ya no había sitio... y luego he enfilado hacia el Gran Cañón del Colorado, donde eso que he dicho ya alguna vez en esta ruta (que por muchas fotos que haga jamás se hará justicia al original) cobra toda su dimensión. Pueden gustarme más otros diez sitios, puedo volver inexorablemente a Nueva Orleans o a Maine, pero si tuviera que decir un solo sitio que hay que ver con tus propios ojos de todo USA ese es el Gran Cañón. Escribir sobre él es más en vano que hacerle fotos.

Ni aunque seas un inconsciente y te sitúes al borde de un precipicio para hacerte un selfie... lo que me hace pensar que los viejos espíritus de la decena de tribus que reclaman el Cañón como tierra de sus antepasados cuidan del turista irresponsable. Sin barandillas, con desfiladeros de arcilla y de tierra durante kilómetros para ansiar las ganas de inmortalizarse de millones de visitantes y no es que se lean muchas noticias de desgracias. O será como lo de los balcones de Sitges, que ya no es noticia. 

Ya. ¿Por qué se llama este post Paul Newman y Cristiano Ronaldo? Porque Paul es el Gran Cañón del Colorado y Cristiano es Las Vegas. Uno es una fuerza de la naturaleza y el otro un macarra con ínfulas y complejo de inferioridad.

El segundo hace todo lo posible por ser uno entre un millón. Lo tiene todo: el dinero, ciertas dotes, ambición, algunos mínimos físicos pero, sobre todo, es un tipo que quiere ser el número uno. Eso es hasta comprensible. 

Pero, al final, lo que la naturaleza ha hecho siempre superará a lo que el hombre sea capaz de poner en pie. Gran Cañón. Las Vegas. Por su cercanía, es posible que un turista que vaya a un sitio y al otro (dependiendo de si es un turista de juerga o de naturaleza, que se quedarán en su elección). Esa misma cercanía, eso de estar en el mismo paquete vacacional no deja de ser una faena para el hombre que ha querido erigir un paraíso de plástico y luces en mitad de la nada. Cuando hay tanto no muy lejos.  

Hagan fotos o hagan juego. En Estados Unidos, en Los Ángeles o en Joshua Tree, en San Francisco o el Pacífico, en Nueva York o en las cataratas del Niágara, en Chicago o en Yellowstone, en los rascacielos o en los cielos infinitos. La conquista del Oeste o la rendición de los indios. Siempre hay dos caras. Nos gusta lo pop, lo que sale en las películas, lo que vemos desde pequeñitos de una forma o de otra. Aunque, al final, lo que nos deja sin palabras es lo que solo se puede ver en persona y no a través de una pantalla. Y una foto es reducir a una pantalla un recuerdo. Ayuda, es útil, hasta le tenemos cariño y nos aferramos a ello. Perfecto: mientras no olvidemos que primero estuvimos allí. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

Todos los días: notas y BSO



Esto va a ser disperso. Imaginad un viaje largo, en medio de ninguna parte (pongamos que Extremadura, Ciudad Real o Jaén) y no dejáis de darle al botón de la radio para encontrar una emisora decente. Que no sea Radio María o Clásica (se las apañan para estar donde no hay nadie más). 

Esto va a ser una lista de canciones y un puñado de fotos y reflexiones a modo de resumen, notas al margen de grandes hechos o comentarios intempestivos. 

Esto comienza entonces con la canción descubrimiento de la ruta. Escuchada al vuelo, en una emisora perdida del este (os la recomiendo en su versión web: wumb.org) y con ese toque entre melancólico, del terruño (ese banjo) e incluso marcial:




Porque ha sido un viaje muy de América, de sus raíces, sus inicios, sus enfrentamientos fratricidas, su complicada situación actual. Ya lo dijo aquel guía de Gettysburg: al final, siempre volvemos a la misma guerra para intentar explicarnos. Europeos que somos, nos creemos superiores en esto de la democracia y no dejamos de repetir sornas con Trump. 

Ay.




Cuanto más me adentro en los Estados Unidos que no son los de los medios, el Nueva York o el DC, Los Angeles o el Chicago; el Estados Unidos del Kentucky y sus minas cerradas, de Ohio y sus industrias en decadencia, de Pennsylvania y su desconexión con el mundo globalizado, más me convenzo que Trump iba a ganar sí o sí. No porque los americanos sean unos locos peligrosos. No: quien dice eso es el perdedor a toro pasado. Precisamente, quien perdió las elecciones de manera estrepitosa porque se dedicó a ridiculizar lo que ellos consideraban un fantasma (su superioridad intelectual les impedía ponerse en el lugar de tantos otros). Hay una América de las carreteras de un solo carril, de las camionetas como cordón umbilical al terreno, de las gorras con motivos de camuflaje caladas y los pantalones manchados de barro y mugre, de las pistolas al cinto en la cadera derecha y el crío en la cadera izquierda, de rivalizar por quién se siente más orgulloso de su bandera, de sentirse más americano que el vecino, de dar los buenos días a quien sea que se cruce en tu camino. No digo que esto sea bueno o malo. Digo que estaba ahí y hay quien se empeñó en no verlo. 

Hay quien incluso se empeñó en reírse de ello.

Qué mala es la superioridad moral de ponerse en un bando porque te puedes permitir el lujo de elegir de qué bando estás y te olvidas de quien no tiene tiempo ni dinero ni fuerzas para ponerse a pensar en bandos. 




Hay quien incluso, cuando todo se reducía a elegir un bando, se negó a escoger uno. En plena guerra de la Secesión, cierto sector de los demócratas propugnó firmar la paz con el Sur, acabar la guerra antes de que corriera más sangre. Vaya locos: si los otros no se atenían a razones. Decían unos y otros. Los llamaron, a los que apelaban al sentido común, copperheads, en honor a un tipo de serpiente traicionera. 




Pero más vale un buen rollito aparente que una verdad incómoda. 



Filadelfia sigue viviendo de su imagen naif, de su marchamo de ciudad que dio origen a la perfecta Declaración de la Independencia. Allí, las paredes ociosas de los aparcamientos regalan murales. 









Lo que es muy bonito y muy loable, pero no he visto más vagabundo que en sus calles.




Siempre, absolutamente siempre, hay algo más que purpurinas y palomitas. Por cada Conil o El Palmar y sus mojitos a ocho euros hay un Puerto Serrano o un Algar donde realmente se explica por qué Cádiz, con lo bonito que es, también carga con ser la provincia con más paro.

Que la niebla no te impida rellenar los espacios en blanco.



Con lo que me he dado cuenta que me he puesto demasiado intenso para un domingo. 

Voy a aligerar la cosa. 

Que en mi caso es acelerar con una de esas canciones cuyo buen rollo (de forma simultánea a cierta tristeza) te animan la mañana:




Amanece en Maine:




Arriba, al norte del norte, donde son tan del norte que casi tienen una actitud sureña de la vida con aquello de pasarse de frenada y tocar el extremo contrario, la niebla es una amiga fiel. 




La niebla, por antonomasia, es misterio. Maine, también por costumbre popular, es Stephen King. Bangor es su patria chica y escenario desvirtuado de la Derry novelesca de sus obras. Con el estreno de una nueva película de una de sus novelas más emblemáticas, en Bangor están de enhorabuena... y de niebla.





Los homenajes no se limitan a los fanáticos. Atentos a la ventana de la planta baja a la izquierda del hogar de King en la misma Bangor:


Es un globo rojo, como el de Pennywise.


Si es como un niño.

Si es como todos. Soñando con pesadillas porque así uno tiene la esperanza de que podrá despertar a un mundo mejor.

Aunque flotemos, flotemos aquí abajo y donde sea con tal de no ahogarnos...



miércoles, 13 de septiembre de 2017

Día 7: Let's Pop!


Esta ruta, este blog, la primera novela que me publicaron, tienen como denominador común una palabra pequeñita: pop. 

Pop es muchas cosas. 

Pop es el alivio que se siente cuando se sale de alguno de los múltiples atascos que me he comido hoy. 

Pop es el ruido que no hacen los tarros de ketchup de Heinz porque ya los botes vienen con sistema antigoteo. 

Pop es el ruido con el que chascan los árboles salvajes cuando le han ganado el terreno a la civilización. 

Pop es la versión diabética de la música y odio a los Beatles así que no vayamos por ahí.

Si titulé aquella novela como Una aventura pop fue en homenaje a la corriente artística que elevó a los altares del consumismo de masas Andy Warhol; el de las latas de sopa de tomate, las estrellas de la farándula en mil colorines o su misma jeta producidos en series y con infinitas variables tonales. El que, más allá de convertirse en icono (que es lo que siempre quiso ser, desde que coleccionara de muy pequeño recortes y carteles del Hollywood dorado), reivindicó un arte construido desde los iconos de nuestra vida cotidiana, ya fueran de la publicidad o de la cultura popular. 

Poco antes de morir, Warhol volvió a la Campbel y a la Coca-Cola, aunque actualizando su modo de presentarla; de botella a lata la bebida y de lata a sobre las sopas. De esta serie apenas hay muestras.

Pop es, en definitiva, el diminutivo de popular. 

Así que popeemos un poco, que es lo que siempre ha hecho esta ruta, viajando hasta las mismísimas entrañas de los mitos de quince minutos que vemos en el cine, en la televisión, en nuestras tabletas (ay, qué pena) o en los móviles (qué horror).  



Aunque ya han aparecido imágenes del Museo de Andy Warhol en Pittsburgh (su ciudad natal y el centro con mayor número de obras -en su mayoría menores, dado que las conocidas se las rifan las grandes pinacotecas del mundo a golpe de talonario-), vayamos cronológicamente. 

Y empecemos en Cádiz. 



Cádiz, Ohio, he de aclarar. Fundada a principios del siglo XIX en honor a la Cádiz fetén, que en aquellos años previos a la Guerra de la Independencia era uno de los nexos comerciales más importantes del mundo. 

En este pequeño y coqueto pueblecito (ubicado en la esquina suroriental de Ohio) hay muy poquito que ver pero, como dice el cartel de arriba están muy orgullosos de sí mismos. Más que nadie, llegan a proclamar (el amor a su ciudad lo han heredado de Cadi, Cadi).

Por tener, cuentan hasta con un Óscar y una de las estrellas más rutilantes de la historia clásica del cine. Porque el señor Clark Gable es gaditano (¿el gentilicio será gaditanian?).


Un famoso del cine, un rincón perdido de América y una pechá de kilómetros para contarlo. Eso es esta ruta en esencia. 

Como también lo es la parada obligada al mundillo de las series. Ya hablé ayer largo y tendido de la Harlan real y muy poquito de la serie que propició mi viaje a la esquina más deteriorada de Kentucky: Justified. Como si ya no fuera bastante desviarse cientos de kilómetros hasta el condado minero, esta mañana me he tragado el atasco mañanero en las circunvalaciones de Pittsburgh (después de sufrir otro previo a causa de un accidente) para poder llegar a Kittaning, la localidad de Pennsylvania cuya calle principal servía de imagen para la serie (en lugar de la Harlan original, demasiado sobria y pobretona para quedar bien en los títulos de crédito). 



Y desde Kittaning, de vuelta a Pittsburgh (a las diez, los atascos se habían limpiado), donde el chaval Andrew ya se pintaba a sí mismo en el instituto:



Pero aquí habéis venido a ver chicha y famoseo:






¿El resumen? Pues el museo merece la pena si te intriga el personaje. Luego, las siete plantas están muy bien montadas (a lo grande, como gusta a este lado del océano) y se permiten el lujo de detenerse en etapas no tan explotadas como esas imágenes omnipresentes en cualquier tienda de fotos de barrio con tu propio careto en azul, rojo, amarillo y verde.

Sin embargo, salgo de Pittsburgh preguntándome si en esta ciudad encallada entre colinas, acuchillada por tres ríos y de nubosidad constante (y no hablo de lluvia, sino de la contaminación de sus mil industrias, incluyendo la Heinz), los patos sueñan con cosas de patos o con patos eléctricos a la naranja exprimida.



La tontería que acabo de soltar es para quitarme un poco el mal rollo de encima. Ya sabéis: el gracioso (negro hasta hace muy poco; últimamente gordo y, si puede ser, gordo y oriental) de la peli de miedo que va soltando chistes hasta que le sueltan la cabeza del resto del cuerpo. 

Pennsylvania es enorme: da para Filadeldia, Gettysburg, los amish, Pittsburgh y su universo industrial y aún le queda un enorme vacío en el medio donde se apiñan montañas de mayor o menor tamaño, donde las nubes se deshinchan al caer la tarde en forma de niebla, en forma de lluvia finalmente.



En el centro de ese vacío, se encuentra lo que fue el pueblo de Centralia. Un genuino pueblo fantasma donde no queda casi nada (y esto es literal) de lo que hubo hasta principios de los ochenta. Pueblo minero durante toda su historia (desde mediados el XIX), a finales de los años 60 del siglo XX se descubrió que había comenzado a arder el subsuelo bajo el término municipal y que, así a vuela pluma, podría estar cociendo la zona otros 250 años más. El pueblo, habitado por un millar de habitantes se desalojó, el Estado expropió todas las viviendas y derribó absolutamente todo recuerdo de la localidad. 

Bueno, no todo. 

Pero a eso voy ahora. 

Hasta llegar a Centralia, solo he visto un cartel que la señalice (uno que indicaba su distancia a 14 millas) y el GPS te lleva pero, de pronto, al alcanzar su término municipal se pierde la señal y ni siquiera se pone a recalcular. 

Los fantasmas no existen ni para el GPS.

Sabes que estás en Centralia porque el asfalto pasa del gris oscuro a un rojo sanguinolento. El bosque es el mismo antes y después de la carretera colorada: exuberante e indiferente. 



En la segunda foto, el cemento entre el rojo y los hierbajos es la típica acera americana. 

La vegetación se ha comido los solares donde estuvieron los hogares y quedan vestigios inquietantes. Los carteles de stop o señalizaciones viarias están pintarrajeados con motivos obscenos (en los USA no ves una sola señal manchada o pintada) y los mosquitos son del tamaño de helicópteros de rescate marítimo. De lo silencioso que está todo, las chicharras parecen salvas de cañonazos y los coches que pasan por la carretera resuenan como aviones aterrizando. 

Yo no noté que hiciera más calor.

Pero es que tenía el cuerpo cortado. 



En Centralia queda algún resto de la civilización. Para ser exactos, los dos cementerios y hasta tres casas que parecen habitadas. Según la wikipedia, hay siete habitantes que permanecieron en Centralia y lograron pactar con el Gobierno estatal. 

Allá ellos, debieron de pensar en la capital. 



Me hubiera gustado sacar una foto más artística, aunque os invito a mirar de cerca la imagen que hice a toda velocidad desde el coche y veréis que las rancheras están coloreadas con motivos militares. No sé: llamadme prejuicioso, pero cuando vives en un pueblo fantasma de un país en el que proliferan las armas y pintas tu coche de camuflaje no creo que seas del tipo de gente que le gusta que anden sacando fotos a tu casa. 

Porque pop también es el ruido que hacen las pistolas con silenciador.

Y pop, para terminar con una nota alegre, son los post dedicados a las comidas...

Mañana, con eso de que es viernes y la ruta entra en terreno conocido (vuelvo a Nueva Inglaterra, donde ya di cuenta el año pasado), vendrá la entrada de comidas... 

Id haciendo hueco.

martes, 12 de septiembre de 2017

Día 6: Tumbas de carbón



Harlan, capital del condado del mismo nombre. 1912.

Alex Hobarth Jr. desespera todas las noches a su madre. Recién cenado, aseado y listo para dormir, peinado con agua que sale del grifo del color del cemento líquido, el niño de 11 años espera a que vuelva su padre de la mina de carbón junto a la puerta, bailando de los nervios. Alex Hobarth Sr. entra ya de noche cerrada, porque en Harlan el sol tarda en iluminar las calles y se apresura en desaparecer, de lo encajada entre colinas que está la ciudad. La casa de los Hobarth no es suya, sino que se la proporciona la empresa minera: un edificio de madera de baja calidad, de una sola estancia alargada y en la que el suelo se comba por la humedad que las montañas del Este de Kentucky supuran. 

A la señora Hobarth lo que le desespera de su niño es que se ponga el casco tiznado de mugre del padre. Todas las noches le dice que se acostará con el pelo sucio y despeinado y todas las noches se lo vuelve a recomponer. 

Alex Hobarth Jr. pierde a su padre a los 12 años. Se lo ha tragado la montaña y el ataúd ante el que su madre llora y él no puede soltar una sola lágrima (porque es un hombre y los hombres no lloran) está vacío, ya que el cuerpo se lo ha quedado el estómago de la colina. Los del turno de su padre, que escaparon por suerte, dicen que deberían hablar con el sindicato, que se veía venir la tragedia y que vendrán más. 


En Harlan, todos los demás le dicen a Alex que su padre es un héroe, que ha sacrificado su vida para darle un futuro a su familia y para impulsar el mejor país del mundo.

Alex ya no es un niño alegre; su madre solo le tiene que peinar una vez por las noches.

Lo que quiere Alex es salir de Harlan. Una oportunidad en la tierra de las oportunidades, ¿no? Demasiado joven para alistarse en la Primera Guerra Mundial, al cumplir los 18 (y firmarse la paz) solo le queda una salida: seguir los pasos negros de su padre hasta la boca de la mina. 

A los 30 años, Alex tiene cuatro niños que han sobrevivido (otros tres murieron antes de cumplir un año), escuálidos, mal alimentados y con la constitución débil, mirada torva y juegos tristes; una mujer con la que no se habla y que solo come gachas y pollo frito, una madre que apenas habla a nadie y una tos que en las noches frías le hace escupir sangre.

También tiene un gato al que le da patadas. 



Corre el año 1930, unos meses después de que la Bolsa crujiera. El país se retuerce en la Gran Depresión y las empresas mineras de Kentucky, la primera industria con mucha diferencia del Estado, deciden vender carbón por debajo de su precio de coste. Para compensar, reducen en un 10% los ya bajos salarios de sus trabajadores. 

Alex no va a la huelga a la que sí acuden unos 6.000 de los 7.000 mineros de la región. 

-No es momento de no cobrar: mi familia me necesita. 

Dice, cuando lo cierto es que quiere el dinero para seguir comprando alcohol de contrabando (en esa parte de Kentucky no es legal vender alcohol). 

Su amigo Lee le dice que nunca es buen momento:

-Que si la guerra mundial, que si los bolcheviques, que si los felices años veinte, ahora la crisis... Siempre hay una excusa para no luchar por nuestros derechos. 

Grita exaltado.  

Alex se encoge de hombros y le da un tiento largo a su cantimplora donde no hay agua sino algo que le prometieron que era whisky pero sabe a azufre.



Las empresas despiden a los sindicalistas directamente y amenazan a los huelguistas con echarlos de las casas de su propiedad; luego los echan y las familias huyen montaña arriba, a los pueblos que no pertenecen (porque pertenecen con papeles como si fueran un coche) a las empresas mineras. La mecha prende y empiezan los enfrentamientos. El sheriff de la zona, a sueldo de las compañías, arremete contra los huelguistas con rifles y pistolas, viene la Guardia Nacional a poner orden y se pone a pegar tiros. Hay muertos por ambos bandos en unas escaramuzas que se alargan hasta finales de los años 30. Diez años de sangre y caos. 

Será el peor de los caos, la Segunda Guerra Mundial, lo que cierre la conocida como la Guerra del Condado de Harlan (o el Harlan sangriento). 

Ahora sí que sí: hay que arrimar el hombro contra los fascistas. Y después habrá que trabajar por la reconstrucción y vendrá Hoover y la caza de brujas (con sus ilustres perseguidos en Hollywood) al comunismo o a la izquiera y más esfuerzos patrióticos por Corea y Vietnam y Cuba y la guerra fría y...

Alex mantuvo su empleo, acudía a la mina escoltado por seguridad privada de la empresa, pero perdió la vida incluso antes de Pearl Harbour.

Murió con los pulmones reventados. 

Enfermedad común, no laboral. Con lo que su mujer no recibió la compensación que habría recibido si una roca le hubiera aplastado la cabeza. 

Porque cuando la montaña se derrama no hay casco que te proteja.


Harlan. 2017 


Alex Hobarth Jr es un personaje inventado y sus detalles personales (incluido el pobre gato) también. 

Pero hay un Alex Hobarth real que murió en 1912 en su trabajo como minero del carbón en el condado de Harlan:


Es el primero de una lista:


Una lista que sigue por la parte trasera y que más o menos incluye a un millar de mineros del condado de Harlan que han muerto en el desempeño de su trabajo. Durante algunos de los años 20 (justo antes de las huelgas de los 30) hay casi un medio centenar de víctimas por cada fecha. En ese mismo parque de la capital regional hay placas con todos los muertos en las distintas guerras: Primera, Segunda, Corea, Vietnam... no llega ni a una tercera parte del millar de los mineros si sumamos a todos los soldados caídos. 

Un ejercicio estadístico exprés: ¿recuerdan que en los años de las huelgas había unos 7.000 mineros en Harlan? Pongamos que en uno de esos años murieron 70 mineros: o sea, uno de cada cien mineros perdía la vida en su empleo.  

No ha muerto nadie desde 2006, pero es porque apenas hay sitio para el hombre en las minas del Kentucky oriental desde entonces. Las máquinas hacen ya el trabajo sucio (o todo el trabajo a secas) y la lista solo se ha actualizado para incorporar en la parte final algunas muertes de los años 30, 40 o 50 reconocidas ahora. 

De las entrañas de Harlan se ha sacado tanto carbón que es el segundo más productivo de todo el Estado (que a su vez, es el tercer estado extractor del país). Pero hoy el único empleo al que aspira un habitante de Harlan es a servir hamburguesas en alguna cadena de comida rápida.

O marcharse lejos. 



Esto tampoco me lo he inventado. Me lo cuenta Leslie, del centro de visitantes de Harlan, quien me ve rondando por el pueblo a eso de las siete y media de la mañana y se ofrece a ayudarme... pese a que el centro abre a las nueve. "Es que soy pájaro madrugador", me dice, mientras me acompaña a un garito a desayunar. "Aquí no viene mucho turista", pretende excusar su amabilidad extrema. 

El condado de Harlan tiene hoy día unos 27.000 habitantes (bajando dramáticamente cada año) y es uno de los más pobres de Estados Unidos en lo que respecta a renta per cápita de sus habitantes pese a todo el dinero que dieron las minas durante un siglo y que, obviamente, no se quedó en casa.

Perdón: que las casas tampoco eran de sus habitantes. 

En las montañas queda por extraer casi el 90% del carbón, aunque la tecnología actual no permita acceder a su mayor parte. 

Todavía. 



PD: La Guerra de Harlan ha dado algo de sí en la cultura: los escritores Dreiser y Dos Passos investigaron en nombre de periódicos del este los hechos y múltiples cantantes de folk y country homenajean a Harlan en sus letras. Además, una de las series de televisión a la que más cariño le tengo (Justified) está ambientada en la zona y en sus habitantes. 

Hoy es obligada esta canción, 'You'll never leave Harlan alive', con frases como: '...and you spend your life digging coal from the bottom of your grave':