sábado, 4 de agosto de 2018

Última hoja: un resumen imposible



(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las 
normas aquí)

Al dejar el coche, en Chicago, tras toda la ruta.

El Toyota Camry, antes de salir de Maine.


Un dato/hecho: 18.148,5 kilómetros (o 11.277 millas). Han sido los kilómetros que he hecho en coche entre el 5 de julio y el 2 de agosto... a los que habría que sumar, según la aplicación del móvil, algo más de 420 kilómetros andando (de los que unos 40 fueron en bicicleta por los dos tours en Chicago y San Francisco). 

Estados: Hay 48 estados agrupados en los USA (luego están Alaska, Hawai y Puerto Rico). En este viaje he tocado 41. Por abreviar, solo me han faltado los siete siguientes: Colorado, Kansas, Nebraska, Misuri, Oklahoma, Kentucky y Virginia Occidental (todos ellos agrupados en el interior). Aun así, en estos siete he estado en otras rutas, con los que sí, he tocado cada uno de los estados 'unidos'.

El motel Viking, en Detroit, con mi coche al fondo y algo de miedo en el cuerpo porque bueno, era un poco límite en todos los sentidos. No pasó nada, eso sí.

Una canción: '505', de Artic Monkeys. Porque, quitando a los Decemberists, es el grupo que más ha sonado en esta ruta y porque la cerré con un concierto en directo en Detroit (donde doblaba la media de edad de los presentes, pero bueno, la verdad es que estos chicos son un pequeño espectáculo, incluyendo aquí un homenaje a los locales White Stripes...) en la que uno de sus grandes momentos fue cuando tocaron esta 505. Además, canción de carretera (505 es un número de habitación) y sobre lo que esperamos o no al volver a donde sea que volvamos. 





Un libro: 'Bajo el volcán', de Malcom Lowry. Si no existiera Faulkner, sería mi autor preferido. También, si hubiera escrito algo más (apenas tiene media docena de novelas frente a las 40 obras maestras de Faulkner) quizá podría discutirle algo más. Esta obra, aun así, se codea con las mejores del autor sureño y está en mi top ten. Y no hay nada mejor que un volcán destacar lo más impresionante (no sé si lo mejor, es muy pronto para eso) de todo el viaje: los cien kilómetros de la Carretera del Colmillo del Oso, entre Montana y Wyoming, en las estribaciones del parque Yellowstone: cordillera de montaña, entre altos pinos, ambiente invernal en verano; alta sierra donde se cruza de un Estado a otro a más de 3.000 metros de altitud entre túneles de montículos de nieve hasta de 20 metros de alto en pleno julio; y leve descenso al valle que sirve de antesala del parque natural más inabarcable de los USA. Hay quien comenta que es la carretera más hermosa del país. Por lo que yo he recorrido, no lo niego.   



Una película: 'Amor a quemarropa', de Tony Scott. Sí: mi película más querida que, además, arranca en una Detroit que hace 25 años ya se describía como decadente y peligrosa. Hoy ha empeorado, aunque ha adquirido una especie de orgullo que la hace hermosa en su derrota (como una de esas familias caídas de desgracia de Faulkner, vamos) y se resiste a que la vituperen: su emblema favorito en las tiendas de regalos es 'Di solo cosas bonitas de Detroit'. Junto a Baltimore, sus calles están repletas de casas abandonadas y vagabundos, pero se resiste a morir. En los alrededores, humean y se oxidan durante treinta o más kilómetros a la redonda, las fábricas, muchas de ellas ya cerradas. El centro se obceca en ser un lugar amable (y lo consigue)... el problema es que el concepto centro suele ser muy reducido en los USA. Al ser mi último día de ruta quedó un poco olvidada y no, no se merece Detroit quedar fuera de esta ruta. 



Una comida/bebida: El desayuno de la casa del Blue Cannyon Grill, a las afueras de Cameron (Arizona), en la confluencia de la Desert View Drive, que viene del extremo oriental del Gran Cañón del Colorado y la Carretera 89 que va hacia el norte, hacia Utah. Pastelitos, salsa gravy, salchichas, bacon, patatas, huevos revueltos. Nada especial. Ni siquiera especialmente bueno. Lo elijo en un día de condecoraciones porque llevaba casi tres horas despierto: me levanté a ver amanecer en el Cañón, paseé por allí y por el mirador de Desert View, me comí un atasco (a las siete de la mañana, en efecto) por obras y llegué al fin a este bar en mitad de la nada (pero había un Burger King al lado), en pleno territorio navajo, donde las que servían eran navajos puros (la mujer de la caja me preguntó si quería una "bai", así pronunciado para referirse a una "bag") y me sentó como pocas otras comidas. De bien, digo. Es decir, la pongo como uno de esos momentos grandes sin ninguna razón de peso. Solo porque es un buen momento en la rutina de un viaje.

Una interestatal (la que cruza Seattle), desde lo alto.

Un error: El diseño de la ruta era demencial de origen. Una media de 700-800 kilómetros diarios da muy poco margen a detenerse a asimilar o profundizar. Está claro que hay decenas de rincones que se merecían más reposo y atención, en lugar de salir huyendo al siguiente punto. Si me arrepiento de algo es de eso... de la premura en todo lo que hacía... pero claro: si hubiera querido darle a cada lugar el tiempo que se merece hablaríamos de un viaje de dos o tres meses. ¿Si podría haber hecho algo distinto? Seguro, pero si quería darle toda la vuelta al país en 25 días (y pasar por algunos lugares irrenunciables que quizá me exigieron desvíos) pocas opciones tenía.

En cualquier caso, fuera un error de concepto o no, me siento afortunado de que no haya surgido ningún imprevisto. Más allá de las dos revisiones para cambiar el aceite (cada 5.000 millas saltaba el aviso), el susto que se quedó en anécdota del Policía que me paró en Arkansas, los inevitables atascos por obras (aunque tengo la sensación de que en esto también tuve suerte, ya que siempre me parecía que había muchos más atascos al otro lado de la carretera, en la dirección contraria) o la forma de conducir de ciertas zonas como Florida o casi toda la costa este en general. 

Lo dicho: suerte de que no pasara nada.  

La niebla y las nubes impidieron un amanecer claro en Gettysburg, pero no me quejaré de que haya niebla nunca.

Un descubrimiento: Ninguno de mis lugares sagrados me ha defraudado en el regreso. Ni Little Bighorn, ni Nueva Orleans, ni Oxford, ni las White Sands, ni las Badlands, ni Maine, ni Gettysburg. A todos ellos seguiría volviendo. De muchos no me quería ir. Tampoco otras repeticiones como el Gran Cañón o San Francisco defraudaron. Sin embargo, hablamos de descubrimientos y, como siempre sucede con las casualidades, se disfruta especialmente de aquello que no te esperabas. Fueron casualidades, y grandes hallazgos: 



-Las inmediaciones de Yellowstone y la carretera que le antecede en su esquina noreste. Ya lo he contado al principio del post, pero es que no pensaba acercarme porque exigía un desvío y lo hice por no decir que no he ido a Yellowstone. 



-La entrada oriental de las Badlands y el camino hasta la Pine Ridge Reservation. A mitad de camino en aspereza de su hermana mayor, las verdaderas Badlands, en este rincón aún se puede cultivar y ver árboles. Luego, en la reserva de los lakota, que es casi un desierto, se aprende la crueldad de la historia oficial hacia la que fue la tribu más poderosa hace menos de dos siglos.



-Montana: mi nuevo Estado preferido. Cielos inmensos, carreteras desiertas. Lo que uno piensa cuando piensa en un gran viaje por los USA. Al evitar los Kansas y Nebraska me aparté un poco de esta delicia particular de otras rutas de verme solo durante kilómetros y kilómetros en largas rectas, pero Montana ha cubierto el hueco. A eso hay que sumar que es donde me he encontrado a gente más maja. Y hace frío en verano y es donde son más razonables con las velocidades en carretera (en Texas pecan de irresponsables a veces con un exceso de permisividad). Y está Little Bighorn, y el azar me llevó por delante de donde pasó su última noche Custer de camino al cementerio. Yo creía que sería dura zona de paso y punto ciego de la ruta. Lo que decía de las sorpresas por casualidad.



-Joshua Tree: Estaba fijado en ruta y dormía allí a propósito. Ver atardecer y amanecer al día siguiente, sin embargo, superaron todas las expectativas. Lo único negativo, el ambiente algo viciado que existe en los pueblos colindantes, que tanto me recordaron a las viejas películas del oeste.



-Desert View, en el Gran Cañón: Mientras todos los turistas (porque es donde están los alojamientos) se apiñan en las zonas habituales, este rincón permanece casi vacío. Una pena descubrirlo por la mañana, porque las vistas del atardecer deben de ser insuperables (en la parte conocida, unas montañas tapan el ocaso). Además, eso de tener una torre que es lo más parecido a un faro que hay en miles y miles de kilómetros a la redonda...

Enorme suerte que desde la ventana del hotel en Chicago pudiera ver amanecer.
-Chicago: La segundona que ni siquiera es la segunda en cifras (por tamaño y población, Nueva York y Los Angeles están por delante). Ni falta que le hace serlo. Por un lado, es cierto que se nota cierto complejo en eso de reivindicarse en todo momento frente a las grandes metrópolis. Aunque quien no llora, no mama. Es una gran ciudad, pero su centro es fácilmente abarcable a pie; esa playa (de lago, sí, aunque tan inmenso que parece mar), esos paseos, ese museo, esos rascacielos, esos perritos calientes sin ketchup y con bastante verdura, esa vida, esa pasión (y hasta hace un año) maldición deportiva, esos trenes elevados, esas putas (con perdón) sirenas de emergencias a un volumen que incluso a un medio sordo como yo mareaban como pasaran cerca, esas cervezas artesanales, ese comienzo de la ruta 66, ese final o comienzo, no lo tengo claro, del Medio Oeste... Frente a la parafernalia peliculera, televisiva, popera que hacen de NY y LA (son las primeras hasta en eso, en tener siglas propias) un escenario donde todos sentimos haber estado alguna vez aunque sea la primera vez que las pisemos, Chicago atesora el encanto de la ciudad hecha a sí misma en mitad de la nada. Mira, como Estados Unidos.

PD: El béisbol. Todo un descubrimiento ir a ver un partido en directo... ¡Vamos, Cubs!    



-Donde nace el Mississippi: estaba previsto, sí. Una vez más, fue una suerte llegar sin apenas nadie alrededor, con el lujo de poder sentarme a solas y mojar los pies. 

En Montana, Maine, Michigan... y junto a Americanuty, claro...

Una imagen: Hacia el oeste, con el sol del amanecer en el retrovisor. 

A Oxford va mucha gente que se cree escritor.

Una historia: Ya no me queda mucho más que decir. Ahora mismo, unas 30 horas después de aterrizar en Madrid, apenas puedo aclararme y, mucho menos, resumir un viaje de estas dimensiones. Por experiencia de otros años, sé que solo el paso del tiempo situará cada experiencia o momento en su sitio. Aquello que dije en uno de los primeros días, cuando hablé de sufrir el síndrome de Stendhal antes de entrar en Yellowstone, se puede hacer extensible a toda la ruta. Demasiados momentos, demasiados lugares, demasiadas sensaciones, demasiadas historias. Solo lamento que mucho de ello se perderá sí o sí porque no se puede recordar todo. Guardo, por un lado, 3.500 fotos realizadas en este mes y los textos de este blog y alguna nota (pocas, para lo que daba de sí). Pero sé que mucho se perderá como la niebla mañanera del Pacífico norte o de Maine, del Mississippi o de Montana. Es lo único que lamento ahora. 

Aun así, algo perdurará de lo mejor o, si perdura sin que yo sepa muy bien por qué, será por algo. 

Lo que sí es seguro es que no dejaré de volver de una forma o de otra (ahora mismo, se me hace complicado pensar en superar esta ruta) y que solo el tiempo me demostrará todo lo que he aprendido o conocido o descubierto o recuperado o dejado atrás. Y no hablo solo de lugares o kilómetros. 

Ya sabéis, historias o historias dentro de otra historia que dan pie a otra historia.

Ah: muchas gracias por acompañarme. 

Nos vemos en la carretera.     

martes, 31 de julio de 2018

Hoja 25: Leer después de comer (edición 2018)

Como estoy con la circularidad del viaje, aquí va una caja de los mejores donuts del mundo, hechos por manos amish en Pennsilvania.

(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bennington (Vermont)-Nueva York (Estado)-Nueva Jersey-Lancaster (Pennsilvania)-Gettysburg (Pennsilvania): 620 kilómetros.

Otra nota previa: Aunque siga el formato habitual, este post solo hablará de comidas (excepto la historia), porque sé que es os mola y una foto al día no es suficiente...

Una canción: 'Space Oddity', de David Bowie. Para una canción grandiosa en todo (forma, contenido, etcétera), una de platos que podrían haber entrado en los premiados de cada día perfectamente. O sea, los mejores.







Por orden de fotos: 

-El caimán de Cochon, en Nueva Orleans. En su día dije que comí cocodrilo y era cierto, pero lo fue en una especie de tarta de queso y sabía a tarta de queso. Aquí comí trozos como croquetas de abuela de grande y, bueno... supongo que depende de cómo lo hagan. Aquí, en el Cochon, lo rebozan finamente y le ponen una salsa picante genial. Estaban maravillosos. Por lo demás, el caimán no sabe a nada especial, aunque su textura es algo dura, como de conejo de hace dos días. Pero eso de que es como el pollo... si se refieren a que no tiene sabor distinguible, vale. Lo que está claro es que es una carne para tratar y depende de lo que la acompañes o le eches al guiso. A la brasa debe de ser como morder una suela de una zapatilla de esparto. 

-El pato con mole y picante, de Frontera Grill, en Chicago. Comida mexicana cuidada y detallista. Sabores intensos pero reconocibles bajo el picante. 

-Mero con verduras, del Husk, en Charleston. Parece simple (y de tan simple, le sobra tanto cilantro que le ponen para darle algo de sabor que no necesita). Aunque esas habitas diminutas, el tomate casero y el mero, claro, perfectamente cocinado, lo llevan a este particular podio. 










Un libro: 'El poder y la gloria', de Graham Greene. Y aprovecho para recuperar aquel día en el béisbol en Chicago, con su cerveza, su perrito cutre que venden entre las gradas, un perrito que me tomé el día antes como Chicago manda (como pidas ketchup te dan patadas hasta Seattle) y, tras el partido, el bocadillo de ternera típico de la ciudad del sitio más típico, el Al's (en su franquicia junto al estadio de los Cubs).





Una película: 'El imperio contraataca'. En mi altar de la ciencia ficción y aventuras. La uso para destacar otros tres grandes platos:

-Salmón del Pacífico norte, en el Spinners, de Gold Beach (Oregón). Más blanquecino de los que conocemos en Europa, un sabor más sutil y elegante y menos intenso. 

-Las tortitas del Ruby's Slipper, en Nueva Orleans. A cada cual mejor: con sabor a crema la primera, de nueces y bacon (sí, bacon, la segunda) y con fresas, arándanos y otra vez bacon la tercera. 

-El surtido de pescado (merluza, vieiras, almejas y gambas: todo frito, claro) del Harbor View, en Bucksport (Maine). 



Un error: El Mickey's Diner de Saint Paul. Mucha fama en todas las guías, mucha cochambre (una limpieza o una inspección de sanidad le vendría bien), pero comida normalita (tostadas tipo bimbo, lomo con vetas y mucha patata para compensar). Encima es el único sitio en el que he estado en todo Estados Unidos en el que no me han rellenado el café ni una sola vez (ni preguntaron). Estaba vacío, no era por exceso de gente. 



Un descubrimiento: El Compass Rose Cafe de Brookings, en la frontera entre Oregón y California. Allá donde estuve atento a la tertulia política de los cazadores. Desayuné muy a gusto tortitas y esta tostada de aguacate con huevo pochado en un sitio muy agradable. Es más una sensación de lo bien que estuve que una comida especial. 



Una imagen: Tomarse un cóctel decadente en el Vesuvio (sí, ellos lo escriben así) de San Francisco. Era el bar donde se reunían los Gingsberg, Kerouac y demás beat. 



Un dato/hecho: Solo he comido hamburguesa en cinco ocasiones... casi como más en España de media que aquí (he estado un mes, no olvidadlo). Y solo puedo destacar la de la primera noche en el Gage, de Chicago. En concreto, era de venado. Tampoco pasaba del 6,5. Luego he tomado en Clear Lake -en una cadena que he olvidado hasta el nombre porque no había otra opción cerca- Bemidji, el posavasos de cartón del Gran Cañón y una en Nueva Orleans en plena juerga. 


Una comida/bebida: Las tortitas han sido la comida del viaje. Me ha dado por ahí este año, seguido de cerca por las french toast (con bastante peor suerte en este segundo ramo). En la imagen, las del Blue Benn en Bennington (Vermont) de este mismo martes. Una de frambuesa y chips de chocolate (espectacular) y otra de plátano y nueves (magnífica).

Lá unica novedad este año en Gettysburg es que me acerqué a la colina donde el 20 de Maine defendió una posición imposible.




Una historia: Como lo que pienso de Gettysburg ya lo conté el año pasado le robo un párrafo a Faulkner de su 'Intruso en el polvo' cuando cuenta a su manera la famosa carga suicida de los sudistas. La traducción es mía directa del inglés para no incurrir en derechos de autor nacionales: 

"Todo depende de ahora y lo sabes. Ayer no habrá terminado hasta mañana y mañana empezó hace diez mil años. En cada chico sureño de 14 años, no una vez sino cada vez que lo desee, hay un instante cuando aún no son las dos en punto de aquel mediodía de julio de 1863, las brigadas están en posición tras la valla del ferrocarril, las armas están preparadas y listas en los bosques y las banderas enrolladas están ya aflojadas para desplegarse y el propio Pickett con sus largos rizos aceitosos y su sombrero probablemente en una mano y su espada en la otra mira ladera arriba a la espera de que Longstreet dé la orden y está todo en el alero, nada ha ocurrido aún, no ha empezado aún siquiera, no sólo no ha empezado aún sino que hay todavía tiempo para que no empiece nada contra esa posición y esas circunstancias que mandarán a la tumba a más hombres que Garnett y Kemper y Armistead y Wilcox, aunque va a comenzar, todos lo sabemos, hemos llegado demasiado lejos con demasiado en juego y en este punto no hace falta ser un chico de 14 años para pensar Esta vez. Puede que esta vez con todo esto por perder y todo esto por ganar: Pensilvania, Maryland, el mundo, la mismísima cúpula dorada de Washington que corone con una victoria desesperada e increíble el gambito desesperado, el órdago lanzado dos años atrás; o para cualquiera que alguna vez haya navegado en un esquife en plena marejada, el momento en 1492 cuando alguien pensó Esto es: el absoluto punto de no retorno, de volver atrás ahora y regresar a casa o navegar irrevocablemente y bien pisar tierra o sumergirse en el borde rugiente del planeta".

lunes, 30 de julio de 2018

Hoja 24: Belleza y verdad

Lagos de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.


(Nota previa: si quieres saber de qué va esto, lo explico más o menos aquí y las normas aquí)

Bucksport y Bangor (Maine).Nuevo Hampshire-Bennington (Vermont): 800 kilómetros.

¿Y si tuvieran una plaza de becario en este periódico?

Una canción: 'Born to run'. Faltaba el jefe en la lista, el último poeta de los USA reales y rurales, urbanos y de extrarradio (con permiso de Dylan). Para echar a correr, para acelerar, para disfrutar siempre. 





Una película/serie: 'Beautiful girls'. Película bandera a lo largo de toda mi vida. Está ambientada en un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra (vale, de Massachusetts), pero podría servir casi cualquiera de esas poblaciones semi industriales, tristes, con un pub o dos donde se reúnen como pueden los que quieren algo de vida más allá de trabajo y familia. Una película imprescindible de los fracasos cotidianos y de la crisis de los 40 (y eso que me enamoré de ella a los 20).

Un mapa de nubes sobre Bucksport, en Maine.

Un libro: 'El atlas de las nubes', de David Mitchell. No he visto la película y sí lo he leído casi todo de este autor, a caballo entre lo fantástico, el terror, la novela de iniciación, el culto a la cultura popular, los guiños sentimentales y, por eso lo traigo aquí (y porque me gusta mucho toda su obra) por su empeño en lo circular, el determinismo a través de los siglos y las conexiones improbables entre personas diferentes.

A la izquierda, nectarinas; a la derecha, melocotones; en medio, los pluots.

Una comida/bebida: Los 'pluots'. No tienen traducción, que yo sepa. Son una mezcla entre los albaricoques y la ciruela. Por fuera, tienen el color verdoso/rojizo de los tomates kumato e incluso su textura exterior es similar, resbalosa y brillante. Por dentro, son rojo carmesí y dulces, muy dulces. Como una ciruela especialmente jugosa.  

Como las Meninas en Madrid esta primavera, Bennington está plagado de pumas artísticos.

Una imagen: El puma americano (o 'catamount') ronda las montañas de Vermont.

Al amanecer, sobre el puente colgante de Waldo, donde siempre paro antes de dejar Bucksport.

Un error: Una pena, para ser exactos. Me ha costado irme de Maine. Primero, me he desviado para desayunar, luego he tomado otro desvío para ver de cerca el pueblo de Carmel y, sobre todo, decidí hacer caso a una compañera de barra del otro día que me recomendó que entrase en Vermont por el norte. Eso hice, con lo que tardé mucho más en salir de Maine. 

Por allí vienen los caminantes blancos, ojo...

Un descubrimiento: Hay un Stark que ganó algo. Es el general Stark y la victoria de Bennington se recuerda como una de las grandes gestas de la independencia americana contra los ingleses. 

De izquierda a derecha, la bandera oficial de Vermont, la americana, y la de Bennington, que es la que cuelga luego por toda la ciudad. De la independentista no hay rastro, ni oficial ni en casas particulares.

Un dato/hecho: Hay cierta tendencia (de los que no son tendenciosos, qué va) en decir que Vermont es el Estado americano más independentista. Es cierto que fue independiente desde 1777 a 1791, pero si el mundo lo definen las banderas, no he visto ni una sola del movimiento que propugna la Segunda República de Vermont (y me he cruzado todo el Estado). Y sí mucha americana, como en todas partes, y en Bennington, la municipal, que es una variación de la nacional con un 76 recordando la independencia... de todo el país. 

Los puentes cubiertos de Bennington se usan aún como forma de cruzar un río. Yo he cruzado todos en ambas direcciones en coche.

El puente Henry es el más largo de los que he visto entre Iowa y Vermont.

Estampa cotidiana del centro de Bennnington, en Vermont.

Una historia: Cuando leáis esto seguramente estaré a punto de despertarme en mi antepenúltima mañana de esta Ruta Pop. Como dicen los de Semana Santa, ya he empezado la recogida a templo; en mi caso, he emprendido el camino hacia el sur primero y luego hacia el oeste poco a poco, buscando Chicago. 

Ya habrá tiempo de hacer balances (supongo, que habrá tiempo), pero empiezo a cerrar círculos incluso sin pretenderlo. Hoy ha sido el de los puentes cubiertos. Si la primera jornada de carretera me llevó a los puentes techados más famosos, los de Madison, hoy tocaba hacer lo propio con los de Bennington, acaso los segundos más famosos. Toda historia es circular, lo veamos o no, y esta ruta, que nació con la idea de volver a donde empezó, desde luego que lo es. 

Sin embargo, una cosa es la geometría y otra muy distinta la poesía. Dice Robert Frost, cuya tumba de encuentra aquí, en Bennington, que pasó toda su vida como si viviera en una pelea de enamorados con el mundo. No voy a desmentir al bueno de Frost (excelente en muchos casos), si bien sus palabras enlazan con los puentes para enamorados de Madison, donde tantos nombres lucen (o deslucen, con el paso de los años) en corazones de tinta o tallados en la madera. Donde también Mom recordaba las cinco muertes de su familia. 

Aquí, en Bennington, Mom no podría venir a escribir sobre sus hijos so riesgo de terminar atropellada. En la moderna Vermont (el Estado menos denso, uno de los más ricos, ajeno a casi todo y todos), los puentes cubiertos siguen cumpliendo su función de puentes. Pasan sobre ríos y se pueden utilizar para ir en coche de un lado a otro (andando, no, ya que no hay aceras porque apenas hay hueco para un solo vehículo y debes esperar si ves que otro coche ha entrado antes que tú).

Los puentes de Vermont son puentes de carretera, con obras de mantenimiento y excavadoras que pitan cerca, con polvo que se levanta en los arcenes, sin una sola pintada en los interiores, con un río de corriente intensa que discurre por debajo, con el ajetreo de una carretera de servicio rural. No hay turistas apenas, sino furgonetas de Seur (bueno, de FedEx, pero si digo FedEx del tirón no lo pilla más de uno) esperando a que dejes de hacer el idiota con la fotito y pases de una vez.

Los puentes de Vermont son útiles. Son bonitos. 

Los puentes de Madison son hermosos. Son inútiles. 

Decía otro poeta en su cita más famosa que colgué el otro día tal y como aparece en la Biblioteca del Congreso, que la belleza es verdad y la verdad, belleza.

La belleza del arte, sea un verso de Frost o de Keats, sea un puente colgante con promesas de amor y amor eterno de una madre, es un círculo que nunca deja de dar vueltas y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y cerrarse y abrirse y dar otra vuelta y...