lunes, 8 de septiembre de 2025

Eres un ganador, perdedor de mierda


Cosas de la publicidad: "Todos sois ganadores en el Mecca", dice un cartel de una cerveza de Alaska adaptada al bar en cuestión. Lo proclama en uno de los bares de perdedores más extremos que he conocido... y he estado en garitos de mariscadores furtivos en Conil, en el último bar de barra de aluminio con pantalla pringosa para ver el fútbol y cacahuetes de aperitivo en el centro de Madrid, a las cinco de la mañana en un antro de piratas en Nueva Orleans...  y otros muchos más que no recuerdo bien). 

Así que el Mecca está en Fairbanks. Es el único bar abierto en el centro. Bar como tal, puesto que hay un restaurante griego y otro mexicano aquí al lado. 





El centro de Fairbabks se ve en cinco minutos y te sobran tres. 

Pero es la pauta común (en Anchorage, con diez veces más de población que Fairbanks y, por tanto, la mitad de todo Alaska -tiene 300.000 habitantes- se veía en diez y sobraban siete). Común de las ciudades que se llaman como tal. Las que están para la administración, la industria y los servicios. Funcional. Todo es funcional en Alaska, esa gran zona de descarga continua (hablamos del paisaje urbano). 

Para ser excepcional está todo lo demás. La naturaleza: el 99%. 



La civilización siempre mancha. Es sucia. El Mecca, que es adonde iba al principio: todos los clientes 
están borrachos, dos tercios hablan solos (la población de indigentes gritando al aire es más común que esos osos que sigo sin ver), cuatro quintos son nativos, una mujer no deja de gritar para llamar la atención, el camarero (blanco), cojea y se diría que sufre un retraso ligero y sobrevenido, de los que te llegan por un accidente de moto o un golpe mal dado. Es joven y simpático. Los conoce a todos. Los aguanta. 

Hay una gramola. Monopolizada por una mujer que juega al billar con un jubilado de gorra caqui, barba blanca (ex de la industria, quizá). Ella es nativa y baila en torno a su palo de billar cada vez que emboca o porque el riff es bueno en ese momento. 

Elige música de puta madre: rock clásico. 

Él es gilipollas. El único blanco, quitándome a mí, que le dice al camarero que no puede ser que haya gente berreando por ahí. Él, que juega al billar con una igual de borracha imagino que para qué. El camarero la defiende. No me importa. No hace daño a nadie. Pero que lo tengas en cuenta. Sí, sí... y el camarero se va cojeando, donde los locos y borrachos están a sus cosas y no te dicen lo que tienes que hacer. 



Alaska es así. Le da igual lo que pienses o lo que sería normal. Aquí es normal no bajar nunca de los diez grados (iba a decir llevar camiseta de manga corta, como si fueras un madrileño al primer sol de febrero), llueve, nieva, hace un viento que multiplica lo malo de todo lo anterior. Las distancias son enormes, las carreteras mínimas. Pero es que, por lo que sea (seguramente, porque está muy lejos de todo y sus condiciones aprovechables son mínimas), nadie ha sido capaz de domarla. 

Nadie ha domado la naturaleza, claro está. 



Y esos nativos que llevan toda la vida aquí lo saben. Suerte tiene Alaska que no vendrá un Titanic a desafiarla. Sale demasiado caro. Aquí vienen turistas que dicen buscar sensaciones extremas y creen que la han vivido cuando ven a un solo polar con prismáticos. Lo mismo con ballenas o leones marinos. Hay algún crucero que atraca en los puertos del sur y te venden la historia marinera y los avistamientos de grandes mamíferos marinos. 

Bien. Uno no va a Cádiz a ver a las vacas retintas a pastar.

Que no digo que cuando uno va en un barquito a 100 dólares la hora (y el viaje no baja de cuatro) para ver si puede hacerse una foto de un beluga sea algo muy legítimo. Yo me he gastado una pasta para venir hasta aquí. 



Pero es que a mí ver animales me da cosa. Porque ellos casi nunca quieren ser vistos por algo. 

Por ti. 

Si me encuentro con uno... pues vale, le haré la foto (dicen que no corras cuando ves un oso, así que le diré que pose).

Aunque quizá entonces no haya blog mañana.  

domingo, 7 de septiembre de 2025

Se vende casa

Esta NO ES LA CASA.
Esta NO ES LA CASA que me ofrecieron.


Unos 50.000 dólares. O puede que fueran 150.000. No sé. Pero está recién reformada, con doble aislamiento en paredes y techos y en un lugar tan apropiado para comerciar con Europa como este (????????). Brad ha querido venderme su casa. Me ha soltado la bomba tras estar con él y Diana, su pareja, casi media hora. Se veía venir, la parte inmobiliaria de la conversación, porque había empezado preguntándome por cómo estaba la vivienda en España.

Ay, Brad. Si tú supieras. 

Traté de quitarle las ganas de expatriarse (porque me quiero expatriar, clamaba vehemente) diciendo que había mucho alemán, inglés y hasta rusos (apelando al miedo baby boomer)... pero es que a Brad no le importa nada de eso. Él solo quiere hablar de política (mal, hablar muy mal, no digamos ya de Trump) pero Diana no le deja. Diana le dice una y otra vez que se calle para dejarme hablar y pienso que qué amable es Diana.

De los que se fían de los amables están llenos los cementerios del cinismo. 





Diana empieza a largar y se lleva un cuarto de hora (no exagero) hablando de la conexión con la tierra, la naturaleza, los egipcios que ya lo sabían, que tenemos 2.000 años para reaccionar (muy largo me lo fías, Diana), pero que estamos en una confluencia existencial, me recomienda un gurú en YouTube que, gracias a la madre naturaleza, no pillo el nombre (si no lo busco y todo) y...

Brad, a todo esto, se pone a pagar a su espalda mientras remeda a Diana. Brad tiene 69 años y una barba blanca. Parece un adorable anciano, pero se bebe tres whiskys dobles en lo que yo me tomo una cerveza (y sabéis que no soy la persona más lenta bebiendo), las mejillas las tiene como estrellas de venas reventadas y de su estómago cuelga una bolsa asistencial que no le pregunté si de orina, mierda, ambas o a saber. Diana podría tener diez años menos que él y viste como una de cuarenta de la zona: camisa a cuadros, vaqueros, gorra... Brad es de Seattle y ella de Nueva York (Brad se mofa de ella, de si he entendido algo porque los se NY hablan con un calcetín en la boca; no sé qué contestarle, si no he entendido nada por el idioma o por lo que dice a secas). Brad lleva 30 años en Alaska, en Talkeetna, que es donde estamos. Este pueblo, del que dicen que se basaron para recrear el Cicely de Doctor en Alaska (no le veo mucho parecido), es una especie de campamento base de todo aquel que quiere lanzarse a las montañas o al río. 




En 1991 esto era el paraíso, en el 2000 había gente pero se estaba bien y en 2007 solo quería salir de aquí. 

Dice Brad.

Brad me cae regular, la verdad, porque me preguntó la edad y decía que parezco mayor. 

El que lleva una bolsa colgada del cinto para no mearse encima. 

Ahora en serio. Brad viene a ser lo que Alaska ha terminado siendo. Una especie de lugar de vacaciones para gente de mucho dinero. Está lejos de todo, y eso la salva de las aglomeraciones. De hecho, las instalaciones para turistas son entrañables por rústicas y simples. Y eso está bien. En ciertos sitios como el sur hay algo más de infraestructura e imagino que todo puerto que tocan los cruceros (yo conocí Seward) se adapta a la demanda. 

Sin embargo, incluso para gente del país esto sigue estando muy lejos. 

Y no es una tierra hecha para turistas. 

Alaska no piensa en comodidades ni en el cliente primero. Esto es un territorio hostil que, por razones geopolíticas, pertenece al primer mundo. Pero no es primer mundo... por mucho que insistan los que vienen hasta aquí. ¿Sabéis eso de irse de casa rural en Segovia? La prisa de la gran ciudad desaparece, habrá un bar como mucho, huele a ganado, la WiFi es mala, la humedad te mata, qué ganas de volver a Madrid... 

Multipliquen por mil y eso es Alaska. 

Lo que es genial, la verdad. 


viernes, 5 de septiembre de 2025

Sin árboles


Árboles. 

Tampoco hay árboles en el fin del mundo (como en la Puerta del Sol). Al menos, vivos, porque en las orillas de la múltiple costa en torno a Utqiagvik (hay un istmo que jadea ártico arriba hasta que se termina algo que llaman carretera pero no es más que roderas marcadas sobre la arena de playa) han ido a morir troncos apenas indistinguibles de los huesos de ballenas y otros mamíferos que murieron mar adentro o se ahogaron acá en la tierra. 


No hay árboles porque el suelo está helado y no hay raíz que se adentre en él a no ser que solo seas una plantita diminuta, anaranjada, amarilla o roja y que siembra los cementerios y alguna que otra explanada. 

Esto es la tundra, una especie de desierto helado cuya etimología ya lo explicaba sin más aspavientos: planicie sin árboles, según la palabra que lo designó en la lengua sami (nativos de la vecina Rusia).  

Las orillas se adornan de troncos, despojos de barcos, palés arrojados por la borda. Maquinaria oxidada, hierros retorcidos, contenedores enteros.



El litoral de Utqiagvik parece una playa de Normandía protegida por los nazis, un parapeto ridículo ante las hordas que vengan del frío del norte, la escena final de una película apocalíptica y cínica.

Hasta la costa nadan osos polares de islas cercanas, se recuestan al sol último de verano entre decenas de gaviotas que los merodean como moscas, a la caza de alguna migaja.




Ben es de la zona. En los meses donde la temperatura se mantiene por encima de cero grados se gana la vida haciendo de guía al puñado de turistas despistados que suben hasta aquí. En invierno, otoño o primavera caza. De todo y lo que se tercie. Pesca también. De lo que se tercie. 

Ben va contando anécdotas pero va más allá del buen conductor que mira siempre muchos metros por delante. Ben mira una milla hacia delante. Su misión es avistar el peligro. No haya a ser que nos topemos con un oso polar.

Como hoy. 

Espoiler: si escribo esto es que no ha pasado nada. 

La insistencia del turista le va empujando a acercarse más y más. No lo hará a menos de unos 400 metros. El de Kentucky es especialmente incisivo y temerario. 

Un macho alfa allá por el instituto que se viene a Alaska con mujer y niña de nueve años (¿no empezó ya el colegio? sí, empezó el martes aquí), con gorra, camiseta de lo bueno que es el petróleo para Alaska (o sea, de una empresa que lo saca) y no hace caso a la niña (solo cuando le tiene que quitar los prismáticos porque lleva mucho tiempo con ellos); mucho menos a la mujer, que en los paseos se va sola por ahí porque no me extraña, viajar desde tan lejos a tan lejos y que el marido siga por ahí. Él solo quiere ver animales salvajes. 

La llamada de la selva de Kentucky a Alaska. 

No tengo ni idea si son de Kentucky.

Este soy, que de Kentucky tengo lo que haya bebido en bourbon.

Pero pinta de gran ciudad que no vote a Trump no tienen.  

El oso de hoy se echa una siesta (por eso en la foto solo se ve su culo y un lomo enorme). No saluda a los humanos que lo tienen que apreciar desde una distancia prudencial. A lo lejos, es la mancha blanco roto entre las múltiples gaviotas. 



-¿Cuál es la menor distancia a la que has estado de un oso?

-Dos metros. 

-¿A propósito?

-Claro que no. 

Ben no tiene ni 30 años ni dientes en la parte de arriba salvo un incisivo. Usa sudadera con capucha, está moteado de barro de arriba abajo y cada dos frases de explicación intercala a alguien de su familia.
Bromea con la desolación de su tierra, de los chamizos donde acampan y hacen barbacoa sus vecinos allá donde terminan las carreteras (no dice que aquí las casas se abandonan pero no se derriban porque sería delito, porque son historia de los que se asentaron antes que nadie).

Bromea cuando dejamos la carretera de tierra prensada y nos zambullimos en la arena blanda a toda velocidad: espero que nadie sea propenso a marearse.

Bromea salvo con lo de acercarse a los animales. 




Ni siquiera a los muertos. Cuando pasamos a un par de metros de una morsa pudiéndose y sobre la que picotean varias gaviotas, el de Kentucky pide que paremos. 

-Ni de coña. 

Dice Ben. 

Serio.

Ben es un iñupiat, que no lo había dicho. 

Un habitante del fin del mundo.